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ENSXXI Nº 57
SEPTIEMBRE - OCTUBRE 2014

LOS LIBROS por JOSÉ ARISTÓNICO GARCÍA SÁNCHEZ

Algunos números atrás en esta misma revista se daba noticia de la aparición en la Editorial Acantilado -merced a la impagable labor de un editor modélico y visionario, recientemente fallecido, Jaume Vallcorba, a quien desde estas páginas queremos mostrar reconocimiento--, de una edición de referencia del más excelso poema filosófico que nunca se ha escrito, De rerum natura del poeta-filósofo Titus Lucretius Carus, obra perseguida con saña durante siglos por gobernantes y fanáticos de todos los credos por contravenir sus postulados autócratas y ser incompatible con cualquier culto. Es necesario, decía, que las tinieblas del espíritu se disipen para contemplar solo la naturaleza y la razón, teoría que –a pesar de la terca resistencia de las fuerzas reaccionarias-- se fue abriendo paso, a veces a costa de la propia vida, gracias a Giordano Bruno, Galileo, Pascal, Montaigne, Descartes, Newton, Hobbes, los enciclopedistas y una larga cadena de adalides  del racionalismo frente a la superstición. Uno de los eslabones mas decisivos de esa cadena, como me recordó a raíz de aquella crónica un colega ilustrado Pablo Madrid, quien también me advertía de su paralelismo con Lucrecio, fue el rebelde judío sefardí de origen hispano-portugués, Bento de Espinosa, conocido en la comunidad judía de Ámsterdam donde habían emigrado sus padres  como Baruch Spinoza y que tras ser expulsado rabiosamente de la congregación judía (“con el juicio de los ángeles y de los santos excomulgamos, separamos, maldecimos y anatematizamos a Baruch de Spinoza con el consentimiento de los ancianos y de toda esta santa congregación en presencia de los libros sagrados....” decía el texto) por sus ideas sobre la naturaleza, sobre Dios y sobre la práctica de la religión, decidió adoptar la acepción latina de su nombre, Benedictus Spinoza y exiliarse a una aldea cercana a la Haya donde desarrolló la libertad y con ella la chispa precisa para dar rienda suelta a su creatividad.

"Como Lucrecio y Epìcuro, sus precursores en el materialismo racionalista, recibió la repulsa y condena del status político y religioso"

Pese a la influencia de los clérigos calvinistas, eran los Países Bajo un país de considerable tolerancia -- allí se habían refugiado filósofos, impresores, judíos y científicos liberales, entre ellos Descartes--, pero quedaban líneas rojas. Solo dos obras pudo publicar en vida Spinoza con su nombre los Principia y los Cogitata metaphisica, escrito en catorce dias con un rigorismo en el método y una precisión de silogismos increíble… El rechazo de las fuerzas político-religiosas reaccionarias, que calificaban su obra de “vil y sacrílega” le indujeron a no publicar más en vida. Solo aparecieron opúsculos menores de forma anónima. y sin firma. Las más importantes, sobre todo su obra magna la  Ethica more geométrico demostrata. Sólo fueron publicadas tras su muerte y por sorpresa por sus amigos como Opera posthuma. Como en el caso de Lucrecio, su obra fue perseguida con inquina y no solo por judíos, católicos y calvinistas. La propia autoridad civil de los Países Bajos prohibió y persiguió con saña sus obras. Y lo mismo ocurrió en los demás países europeos. La persecución fue tan feroz que el propio Leibnitz, que en su fuero interno admiraba a Spinoza y compartía muchas de sus ideas (vid. El hereje y el cortesano, de Mathew Stewart, Ed. de Int. Cultural, Biblioteca Burilan) que le visitó en La Haya un año antes de su muerte, negó conocerle y tembló por si los agentes encontraban entre los papeles de Spinoza alguna de sus cartas.

"Como en el caso de Lucrecio, su obra fue perseguida con inquina y no solo por judíos, católicos y calvinistas. La propia autoridad civil de los Países Bajos prohibió y persiguió con saña sus obras"

A pesar de todo sus ideas seguían circulando de forma imparable entre la intelectualidad europea. Y aunque nadie se atrevía a defenderlo, ni siquiera a citarlo de modo expreso; y aunque sus discípulos, y ya se ha dicho de Leibnitz, renegaban en apariencia de sus doctrinas --como ocurrió en el Renacimiento con Lucrecio cuando apareció algún ejemplar de su poema--, las ideas de Spinoza adquirían un prestigio creciente en la clandestinidad. Bajo la máscara de una aparente rechazo fueron recogidas disimuladamente en el Dictionaire Philosophique de Bayle, en la Encyclopedie de Diderot e inspiraron decisivamente la obra de Montesquieu, Rousseau y demás epígonos de la Ilustración y fueron acogidas con entusiasmo en el siglo siguiente por Helder, Goethe y otros mentores del romanticismo y con asombro admirativo por toda la comunidad científica que convirtió a Spinoza en su filósofo de referencia. Freud, Darwin, Einstein y muchos otros han confesado su dependencia de la obra de Spinoza, y un mundo secular creciente le fue transformando en su profeta. No perteneció a ninguna escuela y tampoco fundó ninguna. Rechazó la cátedra de filosofía de Heidelberg y la pensión que le ofreció Luis XIV, siempre para que su libertad de pensamiento no sufriera restricciones. Vivió solo cuarenta y tres años, siempre retraído y austero.

"Toda la comunidad científica ha convertido a Spinoza en su filósofo de referencia. Freud, Darwin, Einstein y muchos otros han confesado su dependencia de la obra de Spinoza, y un mundo secular creciente le fue transformando en su profeta"

Sus críticas al absolutismo religioso, negando valor histórico y origen divino a los libros sagrados de judíos y cristianos, y su censura a la teocracia o autocracia política afirmando que el estado no está al servicio del tirano ni del príncipe sino de los ciudadanos y que su primer deber es ofrecer al individuo la libertad de conciencia, de opinión y de expresión --doctrina que por otro lado enlazaba con la tesis escolástica—rompían moldes y tabúes y le valieron como antes a Lucrecio la enemiga del status político y religioso,  y sus prebostes le denostaron en vida sin piedad tachándole de hereje, loco y malvado, o Anticristo, para desacreditarle y le arrinconaron después de su muerte “como un perro muerto”(sic). Hoy es considerado como el filósofo más influyente y citado después de Kant.
No se trata de resumir su pensamiento o repetir los tópicos con que manuales y tratados en general nos obsequian, reiterando clichés que demuestran, como ha apuntado G. Albiac, que Spinoza ha sido mal leído o nunca leído. Los hechos demuestran que sus obras, escritas todas en latín, algunas como la Ethica mediante silogismos encadenados y con la forma de la última escolástica, gozan de una vitalidad asombrosa y esconden intuiciones e ideas que demuestran que el contenido de sus escritos aun resulta inagotable para los investigadores. Ello explica el reguero incesante de obras que siguen tratando de desentrañar su pensamiento y creen encontrar en él precedentes intuitivos de la ciencia mas avanzada.   
Es el caso del neurólogo y humanista Antonio Damasio, profesor de Neurología de la Universidad de Southern California y Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica que en su famosa obra En busca de Spinoza (Ed. Crítica, Barcelona), que ha alcanzado ya ocho ediciones, argumenta cómo el gran filósofo intuyó en sus afirmaciones la génesis y funcionamiento de las emociones y sentimientos según la más moderna biología
Todo procede del intento de Spinoza de superar el callejón sin salida en que se atascó su primer maestro, Descartes. Y decidió superar sus dualismos imposibles: la duplicidad de sustancias, materia y espíritu, cuerpo (res extensa) y alma (res pensante) que hacen inexplicable su integración en el ser vivo, y por otro lado la eternidad e infinitud de un ser inmaterial y trascendente, Dios, que no puede tener cabida en un universo finito y limitado, la naturaleza. Spinoza resolvió el primero negándolo: solo hay, como ya dijeron Lucrecio y antes Epicuro, una sustancia biológica y por tanto no es necesaria la integración. Y el segundo rompiendo la trascendencia y equiparando a Dios y Naturaleza como totalidad infinita cuya esencia consiste en su propia potencia.

"Antonio Damasio, profesor de Neurología de la Universidad de Southern California y Premio Príncipe de Asturias argumenta cómo el gran filósofo intuyó en sus afirmaciones la génesis y funcionamiento de las emociones y sentimientos según la moderna biología"

Ello le valió la condena generalizada del status y el aplauso entusiasta aunque silencioso del mundo científico. Spinoza estaba defendiendo por primera vez que mente y cuerpo, extensión e intelecto,  son procesos paralelos y mutuamente interrelacionados que se limitan uno al otro en cada encrucijada, sugiriendo que el cuerpo modela los contenidos de la mente y los procesos mentales tienen su réplica en procesos corporales. Frente a la tesis de las dos sustancias, Spinoza defendió que materia y espíritu son atributos de la misma sustancia, sea Dios sea Naturaleza. Deus sive Natura, expresión o frase que se ha repetido como lema de forma ligera y acrítica en tratados y manuales para concluir demasiado deprisa que para Spinoza Dios y naturaleza son una y la misma cosa y su doctrina es puro panteísmo, olvidando que el pensamiento de este filósofo es mucho más profundo y denso y de más laboriosa elucubración. En la Proposición 29 de la Ethica I, por ejemplo, Spinoza distingue la naturaleza genitrix próxima a la idea tradicional del Dios creador (natura naturans) y la natura naturata, la naturaleza resultado de esa creación, cadena de causas y efectos que se suceden naturalmente en un sistema preestablecido al que los hombres difícilmente tienen acceso.
Sentado que todo procede de una sola sustancia, Damasio se admira de la descripción,  cercana a la más moderna biología, que Spinoza hace en su Éthica de cómo las emociones se generan en el cuerpo de todos los seres vivos bajo la guía de un cerebro diseñado para gestionarlo aunque sin conocimiento consciente del empeño y, sin haber decidido como entidad individual emprender nada;  cuando esta sabiduría natural se cartografía de nuevo en el cerebro el resultado son los sentimientos que pueden guiar una acción deliberada de conservación o ayuda para elegir la mejor opción. Pensamiento (mens) y extensión (cuerpo), en suma, aunque distinguibles, son atributos de la misma sustancia y por tanto inseparables, en mutua interdependencia y con permanentes correspondencias representacionales, lo que permite a Damasio aventurar que también Spinoza intuyó la disposición general anatómica y funcional que el cuerpo tiene que adoptar para que la mente se dé junto con él, o mejor, con y dentro de él, intuición que basa en el P.15 de la Éthica: “la mente humana es capaz de percibir un gran número de cosas y lo es en la misma proporción en que su cuerpo es capaz un gran número de impresiones.....” etc. .

"En toda su obra, palpita con fuerza el discurso ideológico racional de la Ilustración contrario a la superstición a la que Spinoza calificaba, en su forma más extrema, de asilo de la ignorancia"

También en el conatus latino de Spinoza confesó Nietzsche haber encontrado precedente a su idea de voluntad de poder. Y Shelling, Herder y Goethe dijeron haber descubierto en su obra las bases para explicar cómo la estética y la filosofía de la naturaleza se reúnen como alternativa a la ciencia moderna. Y nadie niega que  en toda su obra, palpita con fuerza el discurso ideológico racional de la Ilustración contrario a la superstición a la que Spinoza calificaba de asilo de la ignorancia.

"Vicente Serrano  en un magnífico ensayo titulado La herida de Spinoza (Ed. Anagrama 2011), encuentra en la obra de Spinoza las bases de la moderna biopolítica"

Y aún hay más. Vicente Serrano  en un magnífico ensayo titulado La herida de Spinoza (Ed. Anagrama 2011), encuentra en la obra de Spinoza las bases de la moderna biopolítica. Trata Serrano de sanar la que Damasio llama herida de Spinoza y que sería el choque entre su afirmación de que el dolor y la muerte son fenómenos naturales que hay que aceptar estoicamente, y el descontento y rechazo, también naturales,  de la mente humana para aceptar esos fenómenos. Y trata de sanar esa herida con técnica spinozista entendiendo que ese rechazo y ese descontento no son inclinaciones naturales sino fruto de una segunda naturaleza que el autor emboca, en la era de la postmodernidad, a la revolución digital. Partiendo como sostiene Spinoza de que la potencia solo puede crecer si reconoce su propia limitación --en otro caso sería omnipotencia--, Serrano apunta como necesario límite a la pasión violenta de la voluntad de poder, un deber ser que sería en el mundo actual los derechos humanos y la noción de dignidad humana, e incluso el afecto, núcleo del biopoder, donde están aunados, como aclara Spinoza, el límite y la naturaleza.

"Según el Profesor Moreau ningún texto de Spinoza reivindica el ateismo y solo afirma no creer en el Dios antropomórfico de la Revelación, el Dios de Abraham, de Isaac o Jacob, pues como ya se ha dicho él es un filósofo “ebrio de Dios”, no lejos según parece de Schopenhauer y Nietzsche"

Es difícil encontrar mayor fertilidad científica en textos filosóficos. No es de extrañar que existan cenáculos y grupos de admiradores de Spinoza y especialistas en su doctrina, como el profesor Pierre-François Moreau, Secretario de los Amigos de Spinoza de París, especialista en Spinoza y en las filosofías materialistas que, aparte de varias monografías, es director de una edición bilingüe y de referencia en las prestigiosa Presses Universitaires de France de las obras completas de Spinoza con nueva fijación del texto latino original en cinco volúmenes de los que tres ya han visto la luz, y que acaba de publicar (A. Machado Libros, Madrid 2014) con el título Spinoza, filosofía, física y ateismo, una obra con breves pero excelentes trabajos de investigación y crítica sobre los temas más polémicos de la ideología de Spinoza. No es fácil la tarea. Su lenguaje, como ya se ha dicho, es hermético y frío. El hecho de que casi todas las obras de Spinoza se editaran a la vez tras su muerte, impide tener seguridad en la evolución intelectual del autor y en la fijación definitiva de su pensamiento. Moreau agrega a la superación del dualismo cartesiano o duplicidad de sustancias nuevos matices y sutiles diferencias entre mens e intellectus, concluyendo que el intellectus en solo una función del alma y no una facultad separada. Discurre sobre el tozudamente repetido ateismo o panteísmo de Spinoza --lo que no deja de ser lo mismo, pues el panteísmo no es más que una suerte de ateismo refinado--, defendiendo que ningún texto de Spinoza reivindica el ateismo y solo afirma no creer en el Dios antropomórfico de la Revelación, el Dios de Abraham, de Isaac o Jacob, pues como ya se ha dicho él es un filósofo “ebrio de Dios”, no lejos, según parece, de Schopenhauer y Nietzsche. También admite Spinoza la Revelación como profecía, no como un hecho del verbo y voluntad divina sino como el hecho de que algunos hombres justos y piadosos se ven empujados por el conatus a su nivel más elevado apareciendo como los ecos, las consecuencias o las resonancias del dinamismo divino. Y afirma su discurso con algunas reflexiones sobre la consabida unidad e interdependencia de alma y cuerpo, y sobre lenguaje, poder y libertad según el Tractatus theológico-políticus. El libro viene acompañado de una tabla de claves de la terminología y el método para leer y comprender la obra de un pensador tan profundo y denso que hace inútil cualquier intento de agotar su pensamiento.

"También el Profesor Moreau advierte, como Pablo. Madrid, el paralelismo entre Spinoza, Epicuro y Lucrecio. Los tres son materialistas y apelan a la física en detrimento de la lógica, para explicar los procesos generadores"

También el Profesor Moreau advierte, como P. Madrid, el paralelismo entre Spinoza, Epicuro y Lucrecio. Los tres son materialistas y apelan a la física en detrimento de la lógica, para explicar los procesos generadores, incluso los que conducen al error. Los tres encuentran una explicación física de la sensación. Los tres encuentran la explicación del mundo mediante el movimiento de la materia, por el azar en Lucrecio y Epicuro y por la necesidad preestablecida en Spinoza, lo que no deja de ser, según el Profesor Laquelot, una misma cosa, y al final para aquellos no hay otra eternidad que la perpetuidad del vacío y los átomos, y para éste todo desemboca en una eternidad irreductible al tiempo. Las tres filosofías parecen coincidir incluso en las diferencias. Las obras de Epicuro, se dice que más de 300 tratados, fueron hechas desaparecer y solo nos quedan referencias. El poema de Lucrecio fue perseguido con saña y de milagro se conservó algún original olvidado o conservado subrepticiamente en alguna biblioteca monacal. . La obra de Spinoza no pudo apenas ver la luz en vida del filósofo, y una vez publicada tras su muerte entró en el Índice y fue perseguida con saña hasta en los países más liberales como Holanda. Los tres sin embargo terminaron recibiendo el reconocimiento y la admiración de la intelectualidad y de la ciencia. Y lo que es más importante triunfando en su pelea con los fanatismos.