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REVISTA N59-PRINCIPAL

ENSXXI Nº 59
ENERO - FEBRERO 2015

LOS LIBROS por JOSÉ ARISTÓNICO GARCÍA SÁNCHEZ

Novelas sin ficción o narraciones de hechos verídicos de estëtica preciosista que superan la realidad que narran

No pueden las grandes realizaciones fabuladas del XIX, monopolizar el concepto de novela. Tampoco es necesario recurrir a otros vocablos, como hizo Unamuno con la palabra nivola, para denominar obras que se alejan de ese corsé, y que algunos encuadrarían en otros géneros como historia, periodismo, ensayo o autobiografía. Javier Cercas  (Ibahernando, 1962) llama lícitamente novela sin ficción al relato real contenido en su última y magnífica obra El impostor (Literatura Random House, Nov. 2014), convirtiendo en bizantina  la discusión sobre si un relato real, la descripción estrictamente ajustada a la realidad de un hecho sin permitir la intromisión de la ficción por ninguna  rendija por leve que sea, es o no novela, porque esa discusión es un sinsentido, solo útil, como dijo Gunther Grass, para facilitar a los libreros la clasificación por géneros de los libros en las estanterías. En realidad una historia o un reportaje son cuentos basados en la realidad, y todas las ficciones son elaboraciones de experiencias, ninguna es totalmente inventada, basta buscarla en la tradición (Borges), porque como dice Cercas con su tendencia a la paradoja, toda ficción es solo olvido.  En realidad lo que importa es que sea o no buena literatura. Y en el caso del que hablamos lo es, y de primer orden.
El libro relata con rigor la historia de Eric Marco, la historia apasionante de un hombre que se inventó, engañando a todo el mundo, una vida heroica de superviviente de los campos de concentración y exterminio nazis hasta llegar a ser Presidente de la más importante asociación de supervivientes de esos campos, la Amical de Mauthausen. Montado en esa calidad inventada,  durante años concedió entrevistas, dio conferencias, y peroró hasta hacer saltar la lágrimas de los Congresistas en la primera y única conmemoración del Holocausto celebrada en el Parlamento español que incluía un homenaje a los republicanos españoles deportados de los campos nazis, ceremonia que levantó  una conmoción global que engrandecieron periódicos, radios y televisiones. Solo fue desenmascarado por azar en vísperas del montaje en Mauthausen de una exposición conmemorativa de resonancia internacional en la que a él le correspondería un papel estelar. Lo descubrió un modesto historiador salmantino, Benito Bermejo que, también por azar, empezó a investigar en serio el destino de los deportados españoles en los campos nazis descubriendo todo el pastel: Marco no había pisado ningún campo de concentración nazi.

"Mezcla en la narración  un verdadera ensayo de aguda dialéctica y en el filo de la ironía sobre la frontera entre ficción/realidad-verdad/mentira aunque  sin conclusiones aparentes, porque todo puede ser a la vez una cosa y su contraria"

La noticia dio la vuelta al mundo.     Era la impostura del siglo. Una impostura tan potente que, pensó Cercas,  rechazaba cualquier ficción añadida, por sí misma desarrollaba más fuerza dramática que cualquier ficción. Esa es la razón que le indujo a narrar los hechos escuetos, con rigor. Y hace no una crónica ni un reportaje, sino  una novela, sí, una novela,  sobre la realidad neta, sin ficción. Una espléndida obra literaria sin fabulaciones.
Pero Cercas no se limita a narrar los hechos. También analiza los porqués de cada acto de Marco, conjetura sus pensamientos, aventura las razones de cada opción que elige, la verdad de cada una de sus mentiras y la mentira de cada una de sus verdades. Entremezcla en la narración  un verdadera ensayo de aguda dialéctica y en el filo de la ironía,  sobre la frontera entre ficción/realidad-- verdad/mentira aunque  sin conclusiones aparentes, porque todo puede ser a la vez una cosa y su contraria. Y alzando el vuelo incluye como culminación en la obra  un estudio sociológico sobre la conducta de las masas que refrenda las conclusiones que en este punto había avanzado en su laureada obra anterior, Anatomía de un instante.

"También incluye un estudio sociológico sobre la conducta de las masas que refrenda las conclusiones que  había avanzado en su laureada obra anterior, Anatomía de un instante"

Como entonces, Cercas no se limita a intervenir como un historiador a pesar de su escrupulosa fidelidad a los hechos que narra, Ni como un mero periodista de investigación, factual-fiction en la jerga anglosajona. Ni solo como un poeta a pesar de la precisión  de su lenguaje, el crisol literario de muchas de sus frases y el bello ritmo de su prosa. Tampoco actúa solo como un psicoanalista a pesar del agudo análisis de la conducta de Marco, sus silencios y las razones de sus ausencias.
Cercas crea una obra poliédrica,  fusión afortunada de historia/ensayo/reportaje/crónica psicológica que desborda el marco geométrico de la gran novela del XIX y al mismo tiempo  cumple sobradamente con  la aspiración a sonar a verdad de toda novela,  aunque ésta se contraiga a narrar  hechos estrictos, porque éstos son de una fuerza dramática y un potencial simbólico tal que ningún fabulador los podría acrecentar.
Cercas se atiene a los hechos, sí, pero su análisis y su reflexión  añade a la mera narración una intensidad, una profundidad, una luz y un ansia de eternidad  similar a la que los estetas del hiperrealismo pictórico --pensemos en Antonio López y su retrato de la familia real española-- insuflan a sus creaciones y que solo un ágrafo confundiría  o equipararía a una fotografía aunque aparentemente rivalicen en fidelidad al original, porque los pintores buscan la exactitud con más densidad que la fotografía y la crónica de Cercas quiere narrar los hechos con más profundidad y objetividad que la crónica histórica, confirmándose una vez más que la realidad, la naturaleza son superados por el arte, como dejó patente la bella  paradoja de Wilde de ser la naturaleza imitadora y deudora del arte y no al revés.

"Cercas quiere narrar los hechos con más profundidad y objetividad que la simple  crónica histórica, confirmándose que la realidad, la naturaleza son superadas por el arte, como demuestra la bella  paradoja de Wilde de ser la naturaleza imitadora y deudora del arte y no al revés"

También para Cercas es así. La ficción, la historia de Marco supera a la realidad. No es fácil trazar los límites entre realidad y ficción, y no son concluyentes  las especulaciones que Cercas multiplica obsesivamente sobre las interferencias entre ambos. Truman Capote llegó a intentar forzar la realidad para que su factual-fiction en A Sangre fría alcanzara el clímax que el novelista había imaginado. Pero por otro lado el escritor argentino Fernández Díaz confesó haber utilizado la ficción para contar la realidad porque en la dictadura se daba la paradoja de que solo mintiendo se podía contar la verdad.
Cercas se ha trazado una línea perimetral recia: solo la verdad puede contar la mentira de Marco. Y basta la verdad para hacerlo. Y lo hace con dos axiomas reiterados que flotan sobre la trama como  los augurios en la tragedia griega. La ficción salva, la realidad mata, insiste,  aunque luego --fruto de su gusto por la paradoja y la ambigüedad-- tenga que admitir que a él le salvó contar la realidad de Marco, y a éste aunque le salvó (de la mediocridad) la ficción,lo que al final realmente le salvó fue la realidad, como salvo a Don Quijote reconocer su auténtica realidad de ser Alonso Quijano. Porque a fin de cuentas el pasado nunca pasa, pende como la llamada del destino inexorable, lo que  por un lado, al descubrir el poder del pasado, permitió a Marco inventarse uno ficticio que le salvó pero  al final le perdió porque tuvo  que enfrentarse a él cuando fue desenmascarado. El pasado --esta es la otra paradoja sobre la que gira la narración-- no pasa nunca, ni siquiera es pasado, sino solo una dimensión del presente (Faulkner).

"Marco, el gran impostor, estaba más cerca de los actores de la transición que de los deportados en los campos nazis. Todos fuimos impostores, todos somos Marco. Marco es un hombre común, un hombre que como la masa a todo dice sí"

¿Pero qué dimensión da al actor un literato hiperrealista como Cercas? Tampoco en esto  se aleja de su línea de ambigüedad, prefiere dejar la conclusión a cada lector, pero sí deja un análisis interpretativo del que le invita a participar.
Marco era un seductor, un charlatán desaforado, un retórico brillante con habilidades de pícaro que vive el mundo de fantasía que se inventa, pero no es un loco que confunda la ficción con la realidad sino un actor que quiere convertir en realidad su ficción transformando la verdad en mentiras.
Marco ontológicamente  es un mentiroso. No un héroe ni un villano. Tampoco un antihéroe. Es un mentiroso.  Marco no fue un combatiente, ni un resistente, ni un refugiado nazi ni un luchador antifranquista. Para huir de una realidad que le displacía, decidió vivir en un mundo de fantasía que se inventó como tantos otros --hoy tendría un émulo rutilante en el pequeño Nicolás-- pero lo hizo para sobrevivir, no por vanidad. No sería castigo adecuado condenarle al silencio social, como los griegos hicieron con  Eróstrato cuando quemó el templo de Diana solo para ser famoso. Marco quiere vivir la fantasía, hacer realidad sus sueños, convertir la mentira en verdad y la ficción en realidad. Igual que  Alonso Quijano se convirtió en Don Quijote y salió a defender su yo heroico inventado, Marco abrazó el nuevo papel que se había atribuido y peleó por vindicar  la verdad de su mentira. Ambos defendieron su yo ficticio y lo hicieron con denuedo hasta que Carrasco ganándole en duelo y Bermejo desenmascarándolo, les hicieron caer del burro y aceptar la realidad que, paradójicamente, mató a la ficción soñada pero salvó al hombre y a la verdad.  Don Quijote derrotado inspiraba ternura. También Marco  quien, dice  Cercas,  cuantas más mentiras se le descubrían más piedad, afecto y admiración,  y hasta comprensión inspiraba. Pero comprender no es  justificar, aclara enseguida Cercas, porque la mentira y la impostura merecen una contundente condena histórica, moral y social. Marco como presumiblemente Fran Nicolás, rayan la genialidad, pero una genialidad espantosa y reprobable. Marco, a cambio de su mentira, solo nos da un relato edulcorado, falaz y desbordante de sentimentalismo...que es pura mentira. Y las mentiras están muy mal en la vida, aunque estén bien en las novelas salvo que sean  relatos reales y sin ficción, como la que comentamos. La historia de Marco en realidad  desborda el debate que Cercas esboza sobre la moralidad de la mentira. Marcos lo excede y se queda corto. Lo excede porque deslumbrado por su capacidad de deslumbrar llegó más allá de una mentira amable. Y se queda corto  porque en realidad  no pasó de  la vulgaridad, fue un ciudadano corriente.
Marco, en realidad, fue como la inmensa mayoría,  estuvo donde estaban todos y hacía lo que los demás, evitando comprometerse, buscándose la vida, huyendo del pasado y buscando su futuro. Muerto Franco, casi todo el mundo empezó a construir un pasado para encajar en el presente y prepararse el futuro. También Marco. La suya fue una impostura. Pero no fue diferente la de los demás. Todos, la mayoría,  para Cercas,  participaron de esa impostura. Algunos inventaron su pasado y su identidad, pero todos maquillaron o adornaron su pasado, sin demasiada desazón moral, sabiendo que a su alrededor todo el mundo hacía lo mismo y todos lo aceptaban, nadie preguntaba para que no preguntaran sobre él.

"La obra es un ensayo certero y profundo sobre la mentira y la sociología de masas, también una historia apasionante, y desde luego es una bella crónica literaria"

La democracia, dice Cercas, se construyó en España sobre una mentira, sobre una gran mentira colectiva o sobre una larga serie de pequeñas mentiras individuales. Como ya difundió en Anatomía de un instante en una nueva y notable paradoja, el 23-F no fue un triunfo de la democracia  como se dijo sino un fracaso del sistema democrático porque la ciudadanía estuvo pasiva, ni lo respaldó ni hizo nada por frustrar el golpe. Es más,  los diputados que el 23-F se escondieron bajo los escaños probablemente encarnaban mejor la voluntad popular que los tres que permanecieron en pie. En la misma línea concluye ahora Cercas que Marco, el gran impostor, estaba más cerca de los actores de la transición que de los deportados en los campos nazis. Todos fuimos impostores, todos somos Marco. Marco es un hombre común, un hombre que como la masa a todo dice sí. Solo los héroes se atreven a decir no y él solo lo dijo, obligado, cuando estaba frente a las cuerdas. Marco es un emblema, un espejo de lo que hemos sido todos a lo largo de un siglo.
La obra es excelente. Aunque como en Anatomía de un instante a veces resulte barroca o redundante, abunden las reiteraciones o los ensimismamientos circulares sobre conceptos recurrentes. Aunque tenga un montaje intertemporal y descompasado que provoca repetición de reflexiones y citas y a veces no contribuye al orden ni al crecendo del clímax.  Aunque insista en dar vueltas al eje de la novela, por ese obsesivo afán de  psicoanalizar la causa de las mentiras de Marco que le condenan irremediablemente al uso continuo de la paradoja, el oximeron, las composiciones y  las conjeturas, a pesar de todo ello,  la obra es un ensayo certero y profundo sobre la mentira y la sociología de  masas, una historia apasionante, y formalmente una bella crónica literaria, preciosista, con una esmerada selección de ritmos, una sintaxis lineal y distinguida, un lenguaje  de juego florales y una prosa subyugante.  Como querían los   preciosiosistas del hiperrealismo. Un regalo. 

También es un relato real sin ficción –o al menos así lo presenta el autor—   la última obra de Luis Landero, también extremeño (Alburquerque 1948) que ganó hace años  el Premio Nacional de Literatura con su obra, espléndida,  Juegos de la edad tardía, comentada entonces en estas páginas.

La titula El balcón en invierno (Tusquets Ediciones, Sept. 2014) que se nos ofrece como un relato cálido, emocionado,  de la infancia y la adolescencia del escritor en el seno de una familia de labradores en su pueblo natal y posteriormente en un barrio castizo del Madrid de la posguerra, la Prosperidad.
Es una autobiografía y una novela de costumbres en la que el cronista es también el protagonista, por lo que inevitablemente mezcla las historias que cuenta con sus análisis  a posteriori y, subconscientemente de forma inevitable,  selecciona y justifica o condena personas y conductas con el filtro sentimental  además del literario.

"Landero se  embarcó, por cansancio y desafecto a la ficción,  en la que él llama novela de hechos verídicos  ajena a la ficción, regida por la sinceridad y la autenticidad como motores de la verdad"

También Landero entra en el debate ficción/realidad. Se propuso una novela de ficción y advirtió que su realidad, la realidad de lo que le había pasado y le estaba pasando, como le ocurrió a Cercas con el 23-F o la impostura de Marco, tenía más fuerza vital y más potencial simbólico que cualquier ficción. Se  embarcó, por cansancio y desafecto a la ficción, según confiesa, en la que él llama novela de hechos verídicos  ajena a la ficción, regida por la sinceridad y la autenticidad como motores de la verdad.
Es una novela en sentido amplio como El impostor, pero que más que crónica, es pura vida. Una novela de costumbres, de tradiciones ancestrales y vocablos olvidados que aun se usan en la Extremadura rural profunda. Una novela que recoge las tretas y picardías suburbanas de la posguerra, las pillerías y granujadas para meramente sobrevivir de una familia de hojalateros casi analfabetos que emigraron a Madrid cuando el narrador era adolescente y que como tantos otros se abrieron camino ejerciendo cualquier oficio para sacar cabeza entre las miserias que le circundaban en las sub-barriadas madrileñas arrasadas por aquella economía de subsistencia.

"También es prosa subyugante para una novela de hechos verídicos sin ficción, autobiografía, crónica y poesía al tiempo, en la que como en el hiperrealismo la narración supera a la realidad que narra"

Una obra también  hiperrealista, también preciosista formalmente, llena de ternura y sentimiento, que descubre y suscita recuerdos y emociones  que Landero procura sean contenidas  hacia un padre ahora admirado, una madre siempre venerada, el primo Paco o el abuelo Luis, tan entrañables, siempre en un ambiente que derrocha emoción y gratitud. La terquedad de un padre obstinado, el sabio giro que el profesor Gregorio Guerrero dio a sus instintos literarios alejándole de Balmes y de las 100 mejores poesías de la lengua castellana y  reorientándole hacia Borges, Valle-Inclán o García Márquez,  y su talento natural configuraron el cambio que Landero describe y que ha movido con éxito hasta convertirse en el gran escritor que es.
También es prosa subyugante para una novela de hechos verídicos sin ficción, autobiografía, crónica y poesía al tiempo, en la que como en el hiperrealismo la narración supera a la realidad que narra, porque cuando es buena,  la literatura es capaz de dar mas y  mejor sentido a la realidad.