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REVISTAN60-PRINCIPAL

ENSXXI Nº 60
MARZO - ABRIL 2015

LOS LIBROS por JOSÉ ARISTÓNICO GARCÍA SÁNCHEZ

El método y sistema de la gran Transición debe servir de modelo a cualquiera de los cambios políticos que hoy se propugnan.

Parece que este año electoral va a someter a prueba de fuego el sistema político instaurado en la Gran Transición española. Pronto vamos a comprobar la resistencia del pacto resultante de una Transición que ha pasado al imaginario político como arquetipo de tránsito desde una dictadura de forja inquebrantable a su antítesis, una democracia constitucional. Veremos si ese pacto, consensuado milagrosamente por una pluralidad contradictoria de incompatibles, será capaz de aguantar los coletazos de esta crisis violenta que sacude al mundo occidental desde hace años. Ha crecido sin duda la indignación y el descontento. Gran parte de los ciudadanos rechaza las políticas aplicadas y pide cambios radicales. Algunos hablan incluso de fin de ciclo. El sistema bipartidista nacido de una ley electoral pensada para ser usada una sola vez y mantenida a ultranza por los beneficiados parece que está en solfa. Y no todos los partidos que ahora emergen con fuerza aceptan el sistema resultante de aquella Transición. Incluso algunos han anunciado una vocación radicalmente constituyente proponiendo hacer tabula rasa e implantar un nuevo orden de raíz y simbología revolucionarias aunque la realpolitik haya rebajado sus propuestas. ¿Estaremos en vísperas de una nueva transición?
No vamos a repetir aquí la tópica condena de los pueblos que reniegan de su historia. Pero, en esta nueva encrucijada de cambio, sí conviene recordar lo que supuso la Gran Transición, sus resultados o al menos su “método y su ejemplo para resolver conflictos mediante la cooperación, el diálogo, la transacción y las cesiones recíprocas”  Esta es la propuesta de uno de los actores de la Gran Transición, Juan Antonio Ortega Díaz-Ambrona, Secretario de Estado de Justicia con L. Lavilla, dos veces ministro con UCD y partícipe de cuantas reuniones, planes y proyectos se intentaron durante dos décadas para encauzar una transición pacífica entre regímenes antitéticos. Así lo recoge en el libro-autobiografía, Memorial de Transiciones (1939-1978), la generación de 1978, que acaba de aparecer (Galaxia-Gutemberg, Barcelona 2015).  Su aparición en un momento en que se tacha de agotado al sistema, de corrompidas a las instituciones y se proclama la necesidad de un cambio o tránsito a una nueva era, no puede ser mas oportuna. La obra de Ortega, ciclópea y minuciosa a un tempo, supone una contribución indispensable para comprender aquella Transición. Mejor aquellas transiciones, ya que como bien documenta el autor no hubo una sino varias, muchas transiciones, pues desde los años sesenta habían empezado a emerger borbotones de protesta, primero casuales y aislados pero cada vez más frecuentes y decididos, en esa caldera en ebullición en que se iba convirtiendo la sociedad española durante el tardofranquismo. Aunque solo rompiera a hervir cuando, tras la muerte del dictador, Suárez acertó a darle forma cristalizando en la Ley de Reforma Política y la Constitución de 1978. Eran otros tiempos, otras circunstancias en nada comparables desde luego a las de hoy.

"Es la historia de muchas minitransiciones, la historia lineal de los que compartían posición acechante, con impulsos ocasionales a veces frustrados y a veces decisivos, éstos paradójicamente casi siempre como reacción a las ciegas represiones del régimen"

Aquella fue una época valiente, a veces heroica, de borboteos insistentes, en general aislados, a veces coincidentes y en ocasiones paralelos, pero siempre en un perpetuum mobile, cada uno de los cuales, constituía una mini-transición en potencia, un intento de avanzar, de romper filas hacia el cambio. Y surgían desde la prensa diaria, Nuevo Diario, Ya, Diario Madrid, que bien caro lo pagó, desde las revistas periódicas Tribuna o Cuadernos para el Dialogo, desde la Universidad en las facultades de Derecho o de Políticas por ejemplo; desde la Iglesia a partir del Concilio Vaticano II, los curas obreros, el Padre Gamo o el Cardenal Tarancón, desde la literatura, citemos a Paco Umbral o a Vázquez Montalbán, pero sobre todo desde los sectores esencialmente políticos, claro está, sindicatos y partidos o grupos políticos en el exilio o en una clandestinidad inversamente proporcional a su afinidad con el régimen.
Es la historia que cuenta Juan Antonio Ortega, democristiano y europeísta convencido, que se confiesa miembro de la generación del 56. Una generación que creció espoleada por el mayo francés del 68 ---que sacudió a la sociedad de consumo y encrespó a aquellas juventudes europeas que apelaban a la imaginación para cambiar de partitura política--- , y que luego se ha llamado generación del 78 por el año en que cuajó ese gran pacto constitucional de convivencia que todos aceptaron y  que todavía nos gobierna.
Es historia verdadera, admirablemente escrita, de lectura absorbente a pesar de su rigor para con los hechos, que marca con nitidez los hitos del avance hacia el cambio, algunos subrepticios, otros transparentes y todos elementales, como la Ley Orgánica del Estado del 66 que perspicazmente separaba y hacía prevalecer el Estado sobre el Movimiento, o el Concilio Vaticano II de 1965 que por primera vez aceptaba la libertad religiosa y ponía fin al nacional catolicismo del régimen.

"La narración es tan precisa y detallada basada en documentos inéditos, notas y actas manuscritas tomadas de propia mano de reuniones y ponencias, que no será posible en el futuro escribir historia sobre esta materia sin contar con la obra de Ortega"

Es la historia de todas esas minitransiciones, la historia lineal de los que compartían posición acechante, con impulsos ocasionales a veces frustrados y a veces decisivos, éstos paradójicamente casi siempre como reacción a las ciegas represiones del régimen, como las necias sanciones a los europeístas reunidos en Munich en Junio de 1962, la respuesta brutal a las protestas por la muerte en comisaría de Enrique Ruano en 1969 o el clima que creaban las actuaciones del Tribunal de Orden Publico cuya labor represiva fue muy a su pesar, otro agente activo de rebelión.
Es la historia de los grupos o círculos de iniciados o conjurados, según el caso, que conspiraban hacia la meta común, la democracia y la libertad, como los oyentes y seguidores de Jiménez Fernández en Sevilla o de Ruiz-Jiménez en Madrid, las asociaciones de penenes con trasfondo político, el Club Jovellanos, el Grupo Tácito, el Club Siglo XXI, la Unión Militar Democrática, la Junta Democrática de París.

"No se muerde la lengua el autor al citar con nombres y apellidos y avisándonos de sus hazañas, a todos los partícipes en esta cadena de transiciones"

Y ante todo y sobre todo es la historia de la malograda Democracia Cristiana, DCE, Izquierda Democrática y todos los demás partidos. comisiones, subpartidos y grupúsculos en que se fue diluyendo el gran partido de centroderecha que el autor hubiera querido instaurar en nuestro país al ejemplo de la Democracia Cristiana alemana o italiana y que no fue posible, a pesar de los múltiples intentos de unos y otros, y muy singularmente del autor, por ese vicio tan español del protagonismo a ultranza que conseguiría que, según se lamenta Ortega, todas las reuniones para la aproximación entre los que se arrogaban el logo D. C. desembocaban sistemáticamente en un aumento de la discordia y nuevas subdivisiones. Es la Democracia Cristiana lo que realmente le duele al autor, y a ella dedica la mayor parte de su obra. Y no puede ocultar su amargura cuando todos aquellos minipartidos que integraron la gran coalición de centroderecha, tuvieron que aceptar, con nostalgia y cierto desconsuelo, la invitación a disolverse en la corriente avasalladora de una UCD en apoteosis. Allí quedó para siempre el logo señero DC para desazón de quienes tanto habían luchado – caso del autor - en recuperarlo.

"Adolfo Suárez, viniendo del Movimiento, consiguió regatear a Fraga por la izquierda dejándole como emblema vivo del franquismo residual y pasando él a ocupar posiciones progresistas para interpretar magistralmente una partitura que aunque él no compuso, supo llevar a la apoteosis"

La narración es tan precisa y detallada, casi siempre basada en documentos inéditos, notas y actas manuscritas tomadas de propia mano de reuniones y ponencias, que no será posible en el futuro escribir historia sobre esta materia sin contar con la obra de Ortega.
No se muerde la lengua el autor al citar con nombres y apellidos y avisándonos de sus hazañas, a todos los partícipes en esta cadena de transiciones. Basta ver el nomenclátor de la obra que supera las treinta páginas. Tampoco al aplicar a los citados referencias que van desde una leve pincelada significativa a veces elogiosa a veces jocosa o irónica pero siempre intencionada, una reseña explicativa o una verdadera etología según la importancia histórica, la afinidad ideológica o personal del autor con el personaje, pero siempre con una insospechada maestría.

"No se olvida Ortega de la aportación de los notarios a la Transición. Es el caso de Alberto Ballarín Marcial, Carlos Bru, Pío Cabanillas. Y sobre todo José Luis Álvarez"

Notables son las caracterizaciones de los actores máximos de aquella Gran Transición. Felipe González por ejemplo. Su habilidad para evolucionar desde el Suresnes radical a la socialdemocracia, y para captar primero a la izquierda arrinconando a un PC con mayor bagaje y más tarde al centro arrinconando a UCD,  deja fascinado al autor. Como el gran oficiante, Adolfo Suárez, que viniendo del Movimiento consiguió regatear a Fraga por la izquierda dejándole como emblema vivo del franquismo residual y pasando él a ocupar posiciones progresistas para interpretar magistralmente una partitura que aunque él no compuso, supo llevar a la apoteosis.

"Es un libro-simbiosis de memorias y autobiografía, memorial lo llama el autor, un memorial que constituye una verdadera crónica histórica con la ventaja de estar nutrida de datos incuestionables, acreditados, como los actos notariales, por la presencia física, de visu et auditu, del autor"

No se olvida Ortega de la aportación de los notarios a la Transición, Aparte las esporádicas apariciones del siempre peculiar Gómez-Trevijano y del amargo papelón de Arias-Navarro, incapaz de impulsar algún proyecto coherente con el espíritu que anunció un 12 de Febrero, no fue irrelevante la aportación de los notarios, lo que Ortega reconoce y constata. Es el caso de Alberto Ballarín Marcial, vicepresidente de UCDE, luego senador, que libró batalla con éxito para que el instrumento publico se mantuviera entre las competencias constitucionales del estado. O Carlos Bru compañero de fatigas de Ortega en Izquierda Democrática, aunque en una de las continuas subdivisiones de los demócrata-cristianos derivara hacia el PSOE. También está el genial Pío Cabanillas con su sagacidad y su Fedisa, --- la sociedad anónima que constituyó para esquivar la inefable Ley de Asociaciones Políticas, tuteladas por quien sólo concibe partido único, el Movimiento---, cuya tormentosa relación con Fraga es descrita por el autor con ironía freudiana, al tiempo que reconoce su frecuente y sutil ambigüedad que desconcertaba a tirios y troyanos pero que terminaba siempre en empujes decisivos hacia delante. Y sobre todo José Luis Álvarez, actor importante del proceso de la Transición, una de las almas del Grupo Tácito, compañero de fatigas del autor, quien no oculta su admiración por la entrega y abnegación de quien con él soportó tantos sinsabores y tanto personalismo y sufrió la discordia recurrente que impidió estructurar un gran partido de centroderecha español correspondiente a la democracia cristiana europea.

"En lector se verá sorprendido en su nostalgia en su curiosidad, y tal vez en el temor de que haya quien, soñando con asaltar el cielo al estilo maoísta, intente socavar los cimientos de una construcción, la del 78 aceptada por todos"

Es un libro-simbiosis de memorias y autobiografía, memorial lo llama el autor, un memorial que constituye una verdadera crónica histórica con la ventaja de estar nutrida de datos incuestionables, acreditados, como los actos notariales, por la presencia física, de visu et auditu, del autor. Y cuando no es así, por la calidad de las fuentes a que acude y la idiosincrasia concienzuda y tenaz del autor. Un regalo nostálgico. Una rememoración deleitosa. Y una sana alegría al seguir de forma tan absorbente la lectura de un libro compuesto con una cabeza ordenada, también a veces con el corazón,  en prosa ágil e insospechadamente absorbente que demuestra la dedicación y el rigor que lo fundamentan. Y también la sagacidad y las dotes de observación del autor. (Aunque, aliquando quoque dormitat Homerus, no siempre su interpretación sea pacifica. Los hechos y la sociología de masas demuestran, por ejemplo, que los que desfilaron por la Plaza de Oriente el 20 de noviembre no lo hicieron para comprobar la autenticidad de la muerte del dictador) En cualquier caso es una historia enciclopédica, exhaustiva, minuciosa, en especial de la frustrada democracia cristiana. Pero no sólo. Todo el período del tardofranquismo, toda la etapa de las transiciones soterradas, luego latentes y acechantes,  y por fin exultantes, es descrito por el autor de forma admirable y con un montaje clarificador que absorbe sin esfuerzo la atención del lector. Un lector que se verá sorprendido en su nostalgia al recordar el pasado reciente, en su curiosidad al descubrir el secreto de muchos de los acontecimientos inexplicados, en su satisfacción por reconocer el éxito de una transición mundialmente admirada. Y tal vez por el temor de que haya quien, soñando con asaltar el cielo al estilo maoísta, intente socavar los cimientos de una construcción, la del 78, que aceptada por todos, --incluido el País Vasco a pesar de que el PNV recomendaba la abstención--, ha regido en forma pertinente y razonable el más largo período democrático y de convivencia civilizada de nuestra historia
Esta casa armada por la Transición del 78 fue capaz de acoger a generaciones cuya contradicción identitaria era superior a la que ahora se denuncia, y de encajar armónicamente las pulsiones de los que pidiendo ruptura comprendieron que bastaba una reforma paccionada para que la estructura del estado siguiera acogiendo a todos en convivencia. Es posible que ahora haya que reformarla, modificarla o modernizarla.  En cualquier caso será de utilidad, recordar y embeberse del espíritu de la transición, concordia y consenso, y recordar el método y el ritmo para cualquier cambio. En cualquier caso la lectura de esta obra, además de gratificante, resultará esclarecedora.

"Esta casa armada por la Transición del 78 fue capaz de acoger a generaciones cuya contradicción identitaria era superior a la que ahora se denuncia, y de encajar armónicamente las pulsiones de los que pidiendo ruptura comprendieron que bastaba una reforma paccionada"

Se dice que la historia, como ya se recordó antes, te condena a repetirla si la ignoras. Pero la Gran Transición es un modelo a seguir, un arquetipo. La condena vendría si la ignoras y no sigues su enseñanza conforme al adagio, más cierto, de que la historia est magistra vitae.  Mas vale que repitamos esta historia. Y para ello que la repasemos en el libro que comentamos, por ejemplo.