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REVISTAN60-PRINCIPAL

ENSXXI Nº 60
MARZO - ABRIL 2015

MIGUEL ÁNGEL AGUILAR
Periodista

De Estados Unidos nos vino la crisis de las hipotecas subprime, troceadas, empaquetadas y compradas al por mayor por unas instituciones financieras, que habían sido liberadas de las estrictas regulaciones que limitaban su expansión y obligaban a separar las actividades de banca comercial y de negocios. La Unión Europea sumida en el contagio se aplicó la medicina de la austeridad a toda costa mientras Washington tomaba la senda de los estímulos e imprimía moneda. Pasados ocho años los resultados presentan una cara muy diferente a uno y otro lado del Atlántico. Como escribía Marc Bassets en El País Estados Unidos pasa página, recupera el pulso, se acerca al pleno empleo, exhibe la fortaleza del dólar, se aproxima a la autosuficiencia energética y ahuyenta los fantasmas de la Gran Recesión, dando la imagen de éxito económico en una sociedad fracturada. Por nuestra parte en la zona euro estamos por ejemplo con un desempleo por encima del 11% de su población activa, una proporción que se dobla respecto al paro de los menores de 25 años y que en algunos países como Grecia o España supera el 50%.
En sus memorias Jean Monnet, uno de los padres de la Unión Europea, explica por qué empezó la construcción del proyecto por la economía, a través de la Comunidad Económica del Carbón y del Acero (CECA) y por qué prefirió el método de aproximaciones sucesivas, que acabó llamándose método funcionalista, confiando en que la función terminara creando el órgano. Pero Monnet también concluye al final de sus páginas que si le hubiera sido dada la oportunidad de recomenzar lo habría hecho partiendo de la cultura. En efecto, como escribe Joaquín Estefanía en una de sus certeras columnas, por ejemplo el euro fue sobre todo un proyecto político, que remitía directamente a los orígenes filosóficos del proyecto de construcción europea, cuyos fines tantas veces se han logrado a través de las herramientas económicas. Pero desde mucho antes, desde Gramsci, sabemos también que no hay hegemonía política sin que la preceda la hegemonía cultural. Y de su falta todavía nos resentimos.

"Estados Unidos pasa página, recupera el pulso, se acerca al pleno empleo, exhibe la fortaleza del dólar, se aproxima a la autosuficiencia energética y ahuyenta los fantasmas de la Gran Recesión, dando la imagen de éxito económico en una sociedad fracturada"

Hablar no es inocente, ni existen términos neutros, científicos, para dar cuenta de los acontecimientos políticos que implican a Europa, sin que de las anteriores premisas pueda concluirse que  quien renuncie a ser ideólogo de alguna causa política europea haya de recluirse en el silencio. Luuk van Middelaar, que ha sido de 2010 a 2014 adjunto al anterior presidente del Consejo Europeo Herman van Rompuy, y su speech writer preferido, ha escrito el discurso más lúcido de estos últimos años sobre El paso hacia Europa (Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2014), donde intenta leer lo mejor posible el tiempo ya transcurrido, hechos y acontecimientos del periodo de más de sesenta años a lo largo de este pasaje, y proceder después a inventariar los discursos políticos en conflicto, siempre dispuesto a indagar sobre usos y contextos, debilidades y fortalezas. Su estudio aborda en particular tres discursos: el de la Europa de los Estados, el de la Europa de los ciudadanos y el de la Europa de los despachos.
Joaquín Almunia, al resumir en una columna para el periódico semanal Ahora sus doce años en la Comisión Europea, ha subrayado la confusión deliberada que introducen los responsables políticos cuando intentan una y otra vez deformar las decisiones adoptadas en común por los responsables de los 28 estados miembros para presentarlas como victorias propias y derrotas ajenas. En su opinión, la información que llega a las terminales de los ciudadanos en muchas ocasiones tiene poco que ver con la realidad de los acuerdos alcanzados en su nombre. Al día siguiente de la reunión de un Consejo Europeo las versiones ofrecidas por los medios informativos dan la impresión de que se hubieran celebrado 28 reuniones diferentes, cada una con la coloración de las afinidades nacionales correspondientes. Así que después de tantos lamentos por el déficit democrático de la UE, venimos a descubrir que todas las instituciones europeas tienen una irreprochable matriz democrática mientras que es en el plano mediático donde la orfandad genera distorsiones que amenazan la posibilidad de seguir compartiendo un proyecto.

"En la zona euro estamos con un desempleo por encima del 11% de su población activa, una proporción que se dobla respecto al paro de los menores de 25 años y que en algunos países como Grecia o España supera el 50%"

Acercar la realidad de la política europea a los ciudadanos, de modo que se reconozcan en ella y se sientan partícipes, requeriría la existencia de medios de comunicación que con una audiencia significativa en todos y cada uno de los países miembros interrogaran a la realidad y emplazaran a los poderes e instituciones de la UE desde una weltanschauung o cosmovisión europea. La carencia de medios que merezcan la denominación de europeos, tanto porque su difusión alcance cotas significativas en todos y cada uno de los países de la Unión como porque mantengan una cierta neutralidad multidireccional sin izar en el palo mayor bandera de país miembro alguno, desencadena efectos letales. Mientras, los medios existentes aceptan de manera acrítica participar en el juego al que los quieren someter quienes distorsionan el mensaje en aras de conseguir ventajas exclusivas en detrimento del interés común.
A esas imprescindibles tareas de acercamiento que reconcilien a los europeos con la UE deberían contribuir los Parlamentos nacionales mediante el control riguroso de lo que sus gobiernos deciden en el ámbito del Consejo Europeo. Algunos ya lo vienen haciendo de forma ejemplar como el Bundestag, lo cual además de ser algo muy positivo desde el punto de vista estrictamente democrático –los ciudadanos alemanes mantienen un alto grado de confianza en sus instituciones-, refuerza la posición de su país y de su gobierno en la relación y negociaciones con sus socios. De manera que, llegados aquí, puede establecerse una ecuación, según la cual el rigor y la competencia que exige un parlamento a su gobierno si bien le plantea obligaciones incómodas hacia adentro le hace mucho más efectivo y creíble cuando se sienta a la mesa de “los veintiocho”. En todo caso, sin una estrategia compartida y asumida como propia por los gobiernos nacionales, la Unión Europea seguiría desprovista de apoyos internos, obtendría resultados mediocres y tendría relevancia decreciente, hacia el exterior y de cara a sus 500 millones de ciudadanos. Porque como concluye Joaquín Almunia para que la ciudadanía mantenga incólumes sus derechos necesita garantías de que su voz será escuchada y de que las decisiones adoptadas en su nombre estarán sometidas al escrutinio y control democráticos que cada vez perciben más lejanos e ineficaces cuando se ejercen a escala de cada uno de sus países. Además, en el plano social deberá abrirse una reflexión para indagar por qué el modelo europeo, que todos admiraban y querían emular, se ha convertido de modo súbito en un penoso lastre como si fuera el causante de dejar a la UE fuera del circuito de la competencia. Parece que se estuviera dando cumplimiento al principio, alguna vez enunciado en estas páginas, según el cual si la UE se desnaturalizara y abjurara de su misión de ser centro emisor y difusor de derechos y libertades acabaría siendo importadora de esclavitudes, de la misma manera que si dejara de exportar prosperidades acabaría incorporando penurias.  

"Envalentonados con el favor de las urnas los del Tsipras, transmutados en ministros, han intentado que las instituciones europeas les dieran ventajas, quitas y aplazamientos. Pero no han llegado genuflexos a pedir sino engreídos a reclamar, tanto en sus encuentros con los socios de la UE como con los miembros de la eurozona"

Vayamos ahora al problema que la crisis económica ha terminado planteando de modo muy agudo en Grecia y a la inesperada arrogancia con la que se han presentado en Bruselas los líderes del nuevo gobierno de Atenas salido de las últimas elecciones. Envalentonados con el favor de las urnas los del Tsipras, transmutados en ministros, han intentado que las instituciones europeas les dieran ventajas, quitas y aplazamientos. Pero no han llegado genuflexos a pedir sino engreídos a reclamar, tanto en sus encuentros con los socios de la UE como con los miembros de la eurozona. En la Comisión, en el Consejo de Ministros, en el Consejo Europeo y en el Parlamento las sobreactuaciones producen molestias y la respuesta procura desalentar que cunda el mal ejemplo. Además, el primer ministro español, Mariano Rajoy, se ha erigido en el buen Juanito empeñado en que Varufakis sea puesto cara a la pared, para que aprendan aquí los colegas de Podemos y los votantes de las encuestas se evaporen antes de llegar a las urnas de primavera y otoño.
Recordemos que partíamos de que los anteriores gobiernos de Atenas, procedentes de la derecha más reconocida, habían mentido con descaro en las cuentas presentadas a Bruselas, eso sí formuladas con la benemérita ayuda de los nunca bien ponderados amigos de Goldman Sachs a cambio de un módico estipendio convencidos como están de que por la caridad viene la peste. El presidente Jean Claude Juncker hubo de salir al paso de Rajoy en Madrid, convencido de la inconveniencia de humillar a los griegos, una senda a la que se ha sumado Donald Tusk. En un plano más académico, el profesor Íñigo Errejón ha terciado en una Cuarta página de El País para sostener que si Grecia saliera de la eurozona todos los integrantes saldrían perdiendo “como  en los juegos de suma cero” pero ha creado el desconcierto porque en esos juegos, como ha recordado la carta de Antoni Bosch Domènech, hay ganadores y perdedores y las ganancias de los primeros igualan las pérdidas de los segundos. Más allá de los snobismos de la teoría de juegos, la actitud de los griegos responde al principio francés de la disuasión del débil al fuerte en el que se basa la force de frappe ideada por De Gaulle. El general sabía que su armamento nuclear no podía compararse con el soviético pero mantenía que en todo caso antes de que fuera destruida Francia sería capaz de causar a su enemigo “un daño inaceptable” y ahí residía la clave de la disuasión que Paris se reservaba ejercer de manera autónoma. Del mismo modo los griegos de Varufakis están persuadidos de que, a costa incluso de su propia supervivencia, serían capaces de causar daños inaceptables al conjunto. Y es en esa capacidad en la que se apoyan para forzar las concesiones. Pronto entraremos en el diálogo de Melos y la ambigüedad calculada. Atentos.