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REVISTAN62-PRINCIPAL

ENSXXI Nº 62
JULIO - AGOSTO 2015

LOS LIBROS por JOSÉ ARISTÓNICO GARCÍA SÁNCHEZ

Fue una revolucionaria plena de vida, de autenticidad y de misterio que ha despertado la más heterogénea corte de admiradores incluso entre agnósticos y ateos

No hace mucho aplaudíamos la idea de la Fundación March de editar biografías de personajes significados, a veces olvidados o mal conocidos, de nuestra historia y cultura. Lo hacíamos a propósito de la inclusión entre los españoles eminentes de un personaje singular, un eclesiástico-reformador que por accidente se convirtió en político y que a juicio de su biógrafo, llegó a ser el más grande estadista de su tiempo, superior desde luego al afamado, también cardenal, Richelieu. Seguro que el lector ya ha adivinado personaje y biógrafo. El personaje era en efecto el Cardenal Cisneros, el Cardenal de España, y el biógrafo no era otro que el prestigioso hispanista francés de origen valenciano, catedrático de la Universidad de Toulouse, Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2014, Joseph Pérez, especialista en nuestro siglo XVI, siglo al que ha dedicado casi en exclusiva sus investigaciones y del que ha resultado un experto indiscutido. Su extensa formación humanista le ha permitido escudriñar los hechos históricos y los personajes de ese siglo, no solo desde el ángulo político como es habitual sino también desde el sociológico, urbano, cultural, humano y aun teológico, con la ventaja que esto supone para llegar al núcleo de figuras tan poliédricas como los que protagonizaron la fecunda España del XVI.

"La extensa formación humanista de Joseph Pérez, le permite escudriñar los personajes también desde el ángulo sociológico, urbano, cultural y aun teológico, llegando así al núcleo de esas figuras poliédricas que protagonizaron la fecunda España del XVI"

Pérez nos avisó de que la grandeza de la política de Cisneros se fundaba en la avanzada concepción del Estado que propugnaba la escolástica española de aquel siglo, que concebía la comunidad política como un cuerpo místico cuya cabeza (rey o república) ejerce el poder a Deo per populum, es decir, que es un poder constreñido por esencia excluyente al bien común, tesis que continuaron el también dominico Francisco de Vitoria y el jesuita Francisco Suárez en la Universidad de Salamanca, dónde en época tan brillante se gestó también -perdonen la digresión- el germen del capitalismo moderno por obra de Tomás de Mercado o Martín de Azpilcueta y otros autores de la llamada escuela de Salamanca que Pierre Vilar reconoce como los primitivos españoles del pensamiento económico.

Teresa, una rebelde de dimensión universal

En ese ambiente cultivado lleno de entusiasmo e ilusiones de la España del XVI se movieron otros personajes, también eminentes, que por desgracia han perdido protagonismo en la cultura actual de una manera injustificada. Uno de ellos, al que es obligado hacer referencia antes de que concluya este año del quinto aniversario de su nacimiento que está transcurriendo con más indiferencia de los estamentos públicos y de las élites culturales de la que era de presumir (aunque ahora TVE anuncia un telefilme divulgativo), es el de Teresa Sánchez de Cepeda y Ahumada, una mujer guapa, lista, viva, inquieta, profundamente religiosa, quintaesencia de la mística barroca, que ha pasado a la historia como Teresa de Ávila, Santa Teresa, la primera Doctora de la Iglesia Universal, que siempre se rebeló contra la mediocridad y que ha sido admirada incluso por agnósticos y ateos, y hasta por la más recalcitrante izquierda anticlerical, aunque su reciente apropiación por algún credo político declarándola Santa de la raza ha tenido como efecto colateral negativo, cierta distorsión de su figura y cierto desapego de los demás idearios digamos políticos, que solo el tiempo se encargará de corregir recuperando para su imagen la dimensión universal que siempre tuvo.
Teresa fue sin saberlo una grandiosa escritora, tampoco lo pretendió, no corregía sus escritos que consideraba privados, para sus monjas y sus confesores, pero el mismo año de su muerte, 1582, se editó en Évora el Camino de Perfección y seis años después Fray Luis de León publicó en Salamanca la mayoría de sus obras. En menos de una década ya se traducían al francés la Vida, el Camino de perfección y el Castillo interior, y diez años después se editaron en Amberes en lengua inglesa. Y ello a pesar de que era un constante ejercicio de riesgo por el absurdo y amenazante celo de la Inquisición, acechanza que ni siquiera amainó con su beatificación en 1614 ni con su proclamación por las Cortes de Madrid como Patrona de España, y que solo cortó de raíz Gregorio XV en 1622 con su solemne canonización.

"Teresa Sánchez de Cepeda y Ahumada fue una mujer guapa, lista, viva, inquieta, quintaesencia de la mística barroca, que ha pasado a la historia como Teresa de Ávila, Santa Teresa, la primera Doctora de la Iglesia Universal, que siempre se rebeló contra la mediocridad y es admirada incluso por agnósticos y ateos"

Desde entonces la imagen de esta monja indómita, valiente y corajuda, se convirtió en un exponente para tirios y troyanos, arquetipo de referencia para muchos literatos como George Eliot, T. Hardi, Pascal o Truman Capote y artistas plásticos como Bernini, Ribera o Rubens, modelo vital para otros como Simone de Beauvoir que la reconoce como la única mujer que vivió en libertad, y hasta icono para grafiteros y seguidores del pop. Y para todos en prototipo de revolucionaria llena de vida, de interioridad, de ilusión, de autenticidad y de misterio.

"La imagen de esta monja indómita se convirtió en arquetipo de literatos como Eliot, Pascal o Capote y artistas plásticos como Bernini, Ribera o Rubens, modelo vital de otros como S. de Beauvoir, icono de grafiteros y seguidores del pop, y para todos en prototipo de revolucionaria llena de vida, de interioridad, de ilusión y de misterio"

Polémica historiográfica

Innumerables son las biografías que se han escrito de Teresa de Ávila, la mayoría santorales o hagiográficas, aunque tampoco faltan las escritas por incrédulos contumaces que, sobre ciertos datos médicos, han llegado a formar toda una biblioteca con pretensiones científicas que califica las visiones místicas de Teresa de episodios neuróticos, entre la histeria y la epilepsia, probable secuela, dicen, de la enfermedad que padeció en 1537 a los 22 años, teoría que difícilmente puede explicar que los primeros éxtasis tuvieran lugar 20 años después y que en lugar de caer en melancolía, como siempre ocurre en ese cuadro, hiciese permanentemente gala de una jovialidad festiva y una vitalidad excepcional y, lo que es mas importante, que sea una constante en sus escritos la llamada en último término a la razón, que utiliza siempre como crisol de su interioridad.
Entre unos y otros se sitúa la biografía que anunciábamos al principio, la de Joseph Pérez, que acaba de ser reeditada en este año conmemorativo, Teresa de Ávila y la España de su tiempo (Algaba Ediciones, Madrid, 2015) que, desde una perspectiva agnóstica pero respetuosa, sin prejuicios y sin concesiones a uno u otro bando, perfila la vida de Teresa enmarcándola, como su título dice, en la fascinante España de la época que tan bien conoce.

"Pérez se preocupa de informar al lector del origen y razón de la hidalguía, de la lista de contribuyentes y de la llamada pureza de sangre, no olvidemos que Teresa, aunque a veces se ocultó, era de origen judío"

La Castilla del XVI
Pérez se preocupa de informar al lector del escenario en que se desarrolla la vida de esta mujer excepcional: el origen y razón de la hidalguía, la causa y motivos de la lista de contribuyentes, el significado y trascendencia de la llamada pureza de sangre, no olvidemos que Teresa, aunque se ha querido ocultar, era de origen judío con todo lo que ello suponía en la época. Todo lo aclara este erudito hispanista, que también nos deleita con sus descripciones costumbristas sobre las trazas y condición de las posadas de Castilla en las que Teresa y sus monjas paraban de sus andanzas, o el estado de las rutas que transitaban en mulas y asnos, rutas ya vigiladas eficazmente por la Santa Hermandad recién creada por los Reyes Católicos. También se detiene a comentar el cariz de los castellanos, tanto de la nobleza, la mayoría por cierto arruinada, con sus ridículos modales afectados a la que Teresa rehuía, como de las clases dirigentes asistidas aún por esclavos, el pueblo llano, los pecheros, radicalmente analfabetos con los que Teresa no se relacionaba, y la burguesía emergente, las clases intermedias de las que ella procedía, a las que recurría y entre las que se desenvolvía con seguridad. No olvida tampoco el autor informarnos en breves trazos de la situación de patética incultura del clero en general, de ahí su obsesión por encontrar confesores letrados, y del estado general de los conventos cuyas costumbres, conversaciones, amistades y visitas -entre las que evoca las de ese personaje tan legendario como singular llamado galán de monjas-, tanto se alejaban de una real clausura.

"No olvida tampoco el autor informarnos de la situación de patética incultura del clero y del estado general de los conventos cuyas costumbres, conversaciones, amistades y visitas -entre las que evoca las de ese personaje singular llamado galán de monjas-, tanto se alejaban de una real clausura"

Una conversión dramatizada
En ese ambiente se desenvuelve Teresa cuya conversión describe Pérez con pericia y dramatismo. A los 40 años, en 1555 empieza el proceso de depuración de su espiritualidad que se acentúa en los años de crisis religiosa de Castilla, año de 1557, cuando aparecen focos de heterodoxia en Valladolid y Sevilla que el Santo Oficio corta de raíz con dos sangrientos y ya famosos autos de fe. Teresa se depura con penitencia y oración, comienzan los arrobamientos y los éxtasis, y termina con la simpar transverberación mística de 1560 en casa de Guiomar de Ulloa, inmortalizada por Bernini. En este periodo, tiempos recios dice, Teresa se transformó. Buscando una vida interior más auténtica por la vía del recogimiento, la penitencia y la oración, intensificó su fe y cobró conciencia de que el estado de los conventos no se prestaba a esa profunda vida interior que pretendía. Así nació y fue madurando su decisión de reformar el Carmelo, y pronto, el 13 de julio de 1563, se descalzó los zapatos por última vez y se puso unas alpargatas de cáñamo que ya nunca se quitó.

"Teresa se depura con penitencia y oración, comienzan los arrobamientos y los éxtasis, su conversión termina con la transverberación de 1560 inmortalizada por Bernini. El 13 de julio de 1563 se descalzó los zapatos por última vez y se puso unas alpargatas de cáñamo que ya nunca se quitó"

Cruzada fundadora
Empieza de seguido la aventura apasionante de fundar nuevos conventos para descalzas, con votos y clausura rigurosa, que Teresa empieza con entusiasmo y decisión. Su personalidad arrolladora impresionaba a todos. También al Superior General del Carmelo, Juan Bautista Rossi, que, a veces con disimulo, aplaudía su proyecto. De noche, a escondidas, sorteando enemigos -el Santo Oficio y los Calzados entre otros- y utilizando astutamente la técnica del hecho consumado fundó en Medina, en Malagón, en Valladolid, en Toledo, en Pastrana con el famoso enfrentamiento con la Princesa de Éboli allí recluida, Salamanca... llegó hasta 14 conventos, a los que dotaba de las nuevas Constituciones, después llamadas Constituciones de Alcalá, obra casi enteramente suya aunque luego se silenciara y más tarde se reformaran perdiendo parte del espíritu original. Fue justamente un notario de Zaragoza, Diego Fecet, quien en 1636, en agradecimiento por una merced que le había concedido la fundadora, erigió un monasterio que puso bajo su advocación y ordenó que sus carmelitas adoptasen las Constituciones primitivas tal como Teresa las había escrito.
La fama y obra de la Santa irradió a toda la cristiandad católica. También a Francia donde, a pesar de la desconfianza hacia España que habían creado dos siglos de rivalidad y la enemistad confesada de Henri IV, se edita su obra, se admiran las sutilezas de la espiritualidad de Teresa de Ávila... y pronto comenzaron las fundaciones de Descalzas: París, Pontoise, Dijon, Amiens... hasta 55 monasterios se crearon en tres décadas. La estela siguió a Bruselas, Italia... y a todo el orbe católico.

Una maestra involuntaria

Es admirable que una mujer de la clase media, no culta, autodidacta, que no dominaba el latín, que no asistió a ninguna escuela porque el estudio se reservaba a los varones (no tenemos letras las mujeres dice en su Vida), solo a través de lecturas desordenadas, pudo llegar a tener una cultura poco común para una mujer castellana del siglo XVI. Aprendió a leer en silencio como las élites, y aunque empezó con libros de caballería de su padre o vidas de santos de su madre, terminó asimilando en su madurez varios tratados profundos de teología mística, y mal que le pese, sin pretenderlo, se convirtió en una maestra de la prosa natural.
Teresa era una obsesa de la sencillez. Huía intencionadamente de los neologismos y del vocabulario pretencioso, ridiculizaba las que llamaba bachillerías y gramatiquerías, y aconsejaba usar palabras sencillas a la manera de los ermitaños, mejor pasar por rústico que por pedante, decía. Por esta vía, buscando la humildad y la sencillez, encontró sin saberlo el camino de la literatura auténtica, ingresando sin pretenderlo en las filas de los clásicos de la mejor literatura castellana. Una merced es dar el Señor la merced y otra es entender qué merced es y qué gracia, otra es saber decirla y dar a entender cómo es, escribe. Es difícil decir más y mejor con menos palabras y mayor elegancia. Es un conceptualismo condensado, sí, propio de las cimas líricas que, por cierto, también alcanzó Teresa en sus poemas al igual que su coetáneo y alguna vez confesor Juan de la Cruz, a quien Menéndez Pelayo consideraba mejor poeta de la lengua castellana.

"Teresa era una obsesa de la sencillez. Huía de los neologismos, ridiculizaba las bachillerías y las gramatiquerías, y aconsejaba usar palabras sencillas, mejor pasar por rústico que por pedante, decía. Buscando la humildad y la sencillez, encontró sin saberlo el camino de la literatura auténtica, ingresando sin pretenderlo en las filas de los clásicos de la mejor literatura castellana"

Misticismo embridado por la razón
No elude Pérez entrar en el jardín del misticismo incluso desde una perspectiva agnóstica. Es notable el respeto y admiración con que describe el proceso místico de Teresa que, también con Juan de la Cruz, llevó los misterios de la mística religiosa a una cima nunca antes ni después alcanzada. Eran tiempos recios, dijo Teresa. Había ciertamente crisis de fe, inquietudes religiosas que en Castilla se orientaban, más que al luteranismo, a un iluminismo atosigante. Surgieron grupúsculos de alucinados, de quietistas, misteriosas beaterías en número creciente -hasta 60 se contaban en Toledo- que decían tener visiones y recibir revelaciones, casi siempre farsantes con falsos estigmas, por lo que el Santo Oficio estaba lógicamente ojo avizor, sobre todo con las mujeres.
Pero lo de Teresa era otra cosa. Nunca relató apariciones corpóreas. Manifestó visiones, la primera, imaginaria, solo una imagen mental intensa y precisa, fue en 1541, a los 26 años, y la primera visión, intelectual, de Cristo, 18 años después, en 1559, un año después del primer arrobamiento, algo tan repentino y fuerte que casi me sacó de mi misma, y que vino acompañado de una sensación de felicidad y paz, un placer completo de cuerpo y alma que Teresa y Juan de la Cruz describen con naturalidad, y que no es exclusivo de las mística espiritual propia de todas las religiones contemplativas sino que también se da en otras experiencias de ensimismamiento trascendente o salidas de uno mismo, por ejemplo en abstracciones musicales, artísticas o filosóficas. En el caso de Teresa fueron varios éxtasis, raptos y una transverberación entreverados en un proceso de interioridad o ensimismamiento progresivos que ella misma narra en las Moradas y que culmina en la 7ª con el desposorio espiritual o Unión Mística final.

"Tampoco elude el autor tratar, a partir de la ingenua descripción por los místicos de esos felices arrebatos, las semejanzas entre misticismo y sexualidad, exacerbadas por el sensualismo barroco de la Transverberación de Bernini, similitudes que no tienen mayor fundamento que el uso de un vocabulario y unas metáforas que desde el Cantar de los Cantares utilizan todos los místicos"

Misticismo y sensualidad
Tampoco elude el autor tratar, a partir de la ingenua descripción por los místicos de esos felices arrebatos, tratar las acusadoras semejanzas entre misticismo y sexualidad, especialmente exacerbadas por la imagen de cierto sensualismo barroco de la Transverberación de Bernini, similitudes que no tienen mayor fundamento que el uso de un vocabulario, unas alegorías y unas metáforas que desde el Cantar de los Cantares utilizan todos, monjas o sufíes o iluminados, para describir los arrebatos místicos. Pero simplificar el misticismo reduciéndolo a esa similitud supone una actitud intelectual demasiado frívola. No hay otro lenguaje, ni otras imágenes o alegorías para describir esos estados de gozo espiritual trascendido, y los argumentos de los autores que condenan ese fácil reduccionismo, pongamos en un extremo a Américo Castro y en otro a Simone de Beauvoir, son tan contundentes que desactivan claramente a los contrarios. Tampoco el Santo Oficio encontró resquicio para indagar anomalías. Teresa repitió sin cesar en sus obras una regla de oro: era preciso someter la vida espiritual al control de la inteligencia sin por ello sofocarla, dice. Es preciso siempre contar con la razón, añade en varias ocasiones. Y con gracejo crítico decía a sus monjas y escribió en su Vida que De devociones a bobas nos libre Dios. Y es que siempre entendió que era preciso someter a la crítica de la razón -la razón iluminada por la fe- las aprehensiones obtenidas durante los éxtasis.

"Teresa es una mujer excepcional, indomable y convencida. Ha producido un impacto imperecedero sobre toda la humanidad. Y ha levantado la más heterogénea corte de admiradores, incluso entre los agnósticos"

Una española excepcional
No es éste lugar para explayarnos más, hay que remitirse al original. Lamentablemente no podemos pasar de una simple noticia para referirnos al feminismo activo y declarado de Teresa, a sus andanzas reformadoras, a su magisterio, al culto que despertó desde el mismo momento de su muerte, la persecución con avidez de su cuerpo como si fuera un tesoro del que todos quieren conservar recuerdos o reliquias, cómo tuvieron que descuartizarlo para complacer a personalidades e instituciones, cuáles fueron los avatares de sus miembros desgajados, especialmente de su brazo izquierdo, en realidad una mano…Todo lo narra con respeto y admiración Joseph Perez en la obra que comentamos. Teresa, ya concluimos, fue una mujer excepcional, indomable y convencida. Ha producido un impacto imperecedero sobre toda la humanidad. Y ha levantado la más heterogénea corte de admiradores, incluso entre los agnósticos. Es, no cabe duda, una española insigne.

Blasco Ibáñez, un escritor a la vez costumbrista y cosmopolita

Y hablando de biografías de españoles insignes no podemos terminar esta breve relación sin dar noticia al menos de la aparición de una magnífica biografía de otro español insigne Vicente Blasco Ibáñez, el último conquistador (1867-1928) debida al profesor Jaime Varela (Ed. Tecnos, 2015), especialista en el biografiado, Comisario de la Exposición celebrada en Valencia en 2011 para reivindicar la figura de ese gran escritor cuya imagen dejaron borrosa los entresijos de una vida tortuosa. Sus zozobras en el caos político nacional e internacional de su tiempo, sus veleidades, su dispersión creativa y su perenne rebeldía no deben hacernos olvidar al gran novelista del costumbrismo valenciano que fue (Cañas y barro, La Barraca… etc.) y también de la panorámica internacional, por ejemplo en Los cuatro jinetes del Apocalipsis, una obra realmente ambiciosa cuya versión cinematográfica divulgó tanto como vulgarizó. Pero esto tendrá que ser en otra ocasión. Baste aquí la noticia.