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REVISTAN62-PRINCIPAL

ENSXXI Nº 62
JULIO - AGOSTO 2015

MIGUEL ÁNGEL AGUILAR
Periodista

Sabemos del intento denodado de acceder a los laboratorios donde se retocan las fotografías y se reescribe la historia porque, como escribió Milan Kundera, se busca revalorizar el pasado para instrumentalizarlo de forma que asegure la conquista de posiciones favorables cara al futuro. Y está comprobado que la presidencia del futuro acaba siendo asignada a quien mejor sepa dar cuenta y razón del pasado. De ahí la importancia de la celebración del trigésimo aniversario de la firma del Tratado de Adhesión de España a las Comunidades Europeas, que tuvo su momento culminante el miércoles 24 de junio en el Salón de Columnas de Palacio. Volviendo a nuestro autor observamos que en su libro El Telón, editado en castellano por Tusquets en versión de Beatriz de Moura, hay una lúcida referencia al olvido que borra y a la memoria que transforma. Esas dos variables se combinaron en la conmemoración de la mencionada efeméride, minuciosamente preparada, mediante una singular alquimia de ambos procesos.
Así que, en medio del estruendo actual de los antagonismos excluyentes impulsados por el Partido Popular, de su empeño incesante por presentar una imagen extremada del Partido Socialista y de convertir a Pedro Sánchez, secretario general y candidato del PSOE para las elecciones generales de otoño-invierno, en un radical irredento, deben registrarse unas horas excepcionales de alto el fuego ceremonial. Vinieron propiciadas por la memoria del propósito compartido en amplio consenso político social que concitó la incorporación de nuestro país a la Unión Europea. La breve tregua cobró visibilidad en el mismo lugar donde el 12 de junio de 1985 bajo la presidencia del Rey Don Juan Carlos se procedió a la firma solemne por los plenipotenciarios, designados por los jefes de Estado de los doce países miembros y los de los dos que se sumaban. Eran seis monarquías y seis repúblicas. En cada caso, los firmantes fueron cuatro, a saber, los respectivos Primeros Ministros, ministros de Asuntos Exteriores, Ministros o Secretarios de Estado para las Comunidades Europeas y embajadores representantes permanentes ante las Comunidades. En esa condición por el Reino de España firmaron Felipe González, Fernando Morán, Manuel Marín y Gabriel Ferrán.

El Tratado de Adhesión constaba de más de 350 artículos que ocupaban más de quinientas páginas contando las disposiciones relativas a la aplicación del Acata y los anexos y declaraciones que por expresa solicitud de diversos firmantes hubo que añadir. El detalle desconcierta más de lo imaginable. Desciende, por ejemplo en el artículo 107 a la aclaración de que “las disposiciones del artículo 79 se aplicarán a la ayuda para los gusanos de seda”. Aborda también con sorprendente interés la cuestión del cultivo del escaramujo. El Tratado figuraba traducido en su integridad a las lenguas oficiales que, a partir de ese momento, pasaban a ser ocho: española, francesa, griega, inglesa, irlandesa, italiana, neerlandesa y portuguesa.

"Recuerdos imborrables de una jornada de treinta años atrás que culminaba la larga marcha hacia Europa, un anhelo que contó siempre con el más amplio consenso político y social"

Treinta años después, para un cumpleaños tan redondo, hubo el acierto de recurrir a la música, es decir, al lenguaje que llega a todos sin traducción alguna porque las partituras rompen las fronteras idiomáticas que nos incomunican. Para cumplir esa función estaban la Joven Orquesta Europea y el coro del Liceo Francés. Después del Himno Nacional y del Himno a la Alegría, que funge como si fuera el de la Unión Europea, aunque quedó fuera del Tratado por imposición británica, atacaron tres composiciones para impregnar a la audiencia de las diversas sensibilidades sinfónicas que van del Mediterráneo al Báltico.
El Rey presidía y tenía a la derecha a su padre. Se había buscado un speaker de lujo, Pedro Piqueras, para que cuidara la secuencia del acto. Sus intervenciones breves pensadas para cumplir la función de sutura se deslizaron sin querer más allá de los hilvanes precisos y hasta alcanzar la excentricidad de apuntes editoriales. Fue muy de ver la primera fila de la izquierda -lado de la epístola- donde se alineaban los tres ex presidentes del Gobierno Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero. Ofrecían una rara estampa de jarrones chinos de distintas dinastías y filiaciones. Se reconoció la tarea de los dos presidentes constitucionales que les precedieron y nos han dejado: Adolfo Suárez y Leopoldo Calvo Sotelo. Había sido convocada una amplia representación de los equipos que se relevaron en las negociaciones bajo las instrucciones de los sucesivos gobiernos, como Raimundo Bassols, Pedro Solbes o Ramón de Miguel.
Podía verse a los ex presidentes españoles del Parlamento Europeo, Enrique Barón y José María Gil Robles, pero faltaba Josep Borrell. El Consejo de Ministros formaba en pleno, salvo el titular de Defensa, Pedro Morenés, retenido en Bruselas por compromisos de la OTAN, y el de Hacienda, Cristóbal Montoro, que andaría en sus asuntos internos de la Agencia Tributaria o preparando a toda máquina el proyecto de Presupuestos Generales del Estado, que el Gobierno quiere dejar presentados en el Congreso de los Diputados, antes de que Mariano Rajoy haga uso de su prerrogativa personal e intransferible de disolver las Cámaras y fijar la fecha de las elecciones generales.
Se veía en amigable conversación a los ex ministros de Asuntos Exteriores, como Marcelino Oreja, José Pedro Pérez-Llorca, Carlos Westendorp, Abel Matutes, Josep Piqué o Ana Palacio. Extrañaba la ausencia de Javier Solana, caballero del Toisón, y la de Joaquín Almunia, que ha cumplido como Comisario y vicepresidente en Bruselas. Con esos mismos títulos figuraba en la tribuna Manuel Marín junto a otros ancient combattants, que competían en evocaciones de cuando entonces. Abrió el turno de intervenciones el presidente del Parlamento Europeo, Martin Schulz, con referencias a Salvador de Madariaga y alertas a los deberes de la Unión. Siguió Felipe González, sin papeles, con los recuerdos imborrables de una jornada de treinta años atrás que culminaba la larga marcha hacia Europa, un anhelo que contó siempre con el más amplio consenso político y social. Un consenso que nos hizo fuertes y fue tomado como un ejemplo digno de admiración para pasar enseguida a ser considerado aberrante. González hizo un paréntesis momentáneo para recordar cómo aquel día se congeló el júbilo porque los terroristas etarras ensangrentaron la jornada con atentados en Madrid y el País Vasco. Otra cuestión es que quienes nos hayan gobernado después prefirieran entregarse con afán desmedido al fervoroso cultivo del antagonismo incandescente. En su turno, el presidente Mariano Rajoy desnaturalizó la ocasión para vestirse de luces y derivar hacia la descarada propaganda partidista, sin conectar con las lecciones que del anclaje en Europa hubieran podido derivarse. Cerró el Rey Felipe VI con apelaciones a la unidad en torno a grandes objetivos y citando a Stefan Zweig. Pronto volveremos a tener ocasiones de comprobar si clamaba en vano.
De vuelta al cumpleaños, la adhesión a la UE terminaba con la exclusión merecida por un régimen como el franquista, que negaba las libertades y nos había dejado fuera de los proyectos de construcción europea, hasta tal punto que el Rey don Juan Carlos en su primer mensaje el 22 de noviembre de 1975 proclamaba que “Europa deberá contar con España”, dado que bajo el régimen anterior no se había contado con ella. De ahí que la monarquía quisiera impulsar la pretensión de incorporar nuestro país esperanzado a una Europa próspera. Hubo que lanzarse a los caminos y todavía casi un año después, en octubre de 1976, durante la primera visita oficial a Paris invitado por el presidente Giscard, el Rey Juan Carlos dedicaba su brindis en la cena de gala ofrecida en el palacio del Elíseo a reivindicar una evidencia que cualquier mapa confirma: la condición europea de España.
Si hubiera de hacerse un apunte critico a la conmemoración que venimos comentando habría que señalar la extravagante proyección del video de la “Marca España” y la falta de mención al alma de Europa que, como la historia confirma, o recupera su función como centro difusor de libertades y derechos o terminará importando esclavitudes; que o exporta prosperidades o importará precariedades, que o defiende el estado social con servicios públicos de educación, sanidad y pensiones o se degradará favoreciendo la exclusión y generando bolsas de pobreza propicias para engendrar en la desesperanza cualquier desastre. Habría bastado volver a los términos textuales del preámbulo del Tratado donde se recordaba que “los objetivos fundamentales de la Comunidad Económica Europea implican la constante mejora de las condiciones de vida y de trabajo de los pueblos de los Estados miembros, así como el desarrollo armonioso de sus economías, reduciendo las diferencias entre las regiones y el retraso de las menos favorecidas”. Porque hace treinta años los Estados firmantes se manifestaban “UNIDOS en la voluntad de proseguir en la consecución de los objetivos del Tratado constitutivo de la Comunidad Económica Europea” y “DECIDIDOS, con arreglo al espíritu que anima estos Tratados, a construir sobre las bases ya sentadas una unión cada vez más estrecha entre los pueblos europeos”. Esa declaración de construir “una unión cada vez más estrecha”, ever closer union que es el estribillo de todos los Tratados que configuran la UE es precisamente lo que exigiría ahora el primer ministro británico David Cameron para negociar la continuidad de su país como Estado miembro.