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REVISTAN63-PRINCIPAL

ENSXXI Nº 63
SEPTIEMBRE - OCTUBRE 2015

ALFONSO CUENCA
Letrado de las Cortes Generales. Director de Presupuestos y Contratación del Senado

Si hubiera de señalarse el epítome histórico del parlamentarismo, o lo que es igual, el Parlamento por excelencia, habría de seleccionarse, de modo ineludible, al Parlamento británico del siglo XIX o, como suele expresarse más resumidamente, al Parlamento victoriano. En cualquier caso, es necesario hacer una precisión preliminar. Así, cuando se habla de parlamentarismo y, más en concreto, de la edad de oro del mismo, se estaría aludiendo al sistema en el que el Parlamento actúa como verdadero centro de la vida política de un país, esto es, como foro principal, no sólo de debate e intercambio, sino también de dirección o impulso político, excluyendo de tal valoración su mayor o menor carácter representativo. Es más, como es sobradamente conocido -y no faltan análisis de la cuestión- en el período histórico de esplendor de la institución parlamentaria no puede predicarse del mismo un carácter plenamente representativo, ya que el sufragio tardaría aún en ser universal hasta bien entrado el siglo XX.
Ciertamente, la edad dorada del Parlamento responde a un contexto y a unas circunstancias históricas muy concretas, propiciatorias o favorecedoras, entre las que cabe citar, entre otras, y a título de ejemplo, la presencia incipiente de unos medios de comunicación que se hacían gran eco de lo que pasaba en Westminster -y en este sentido, cobra el mismo peso el término “incipiente”, toda vez que el posterior hiperdesarrollo de los mass media ha jugado en ciertos aspectos en pro del declive de la relevancia del Parlamento- y una Administración en estado medio de desarrollo en consonancia con el laissez faire imperante, lo que daba lugar a un Gobierno muy reducido en competencias -y, por lo tanto, en importancia- en relación con los ejecutivos actuales.

"Cuando se habla de parlamentarismo y, más en concreto, de la edad de oro del mismo, se estaría aludiendo al sistema en el que el Parlamento actúa como verdadero centro de la vida política de un país, esto es, como foro principal, no sólo de debate e intercambio, sino también de dirección o impulso político"

Por lo que respecta a los límites temporales de la mencionada edad dorada, cabe señalar, con toda la subjetividad que encierra un ejercicio como el autopropuesto, que la Arcadia parlamentaria inglesa tiene lugar entre el último cuarto del siglo XVIII y el estallido de la Primera Guerra Mundial. El alfa podría ser ubicado en 1782, con la caída del Gabinete de Lord North tras las derrotas sufridas en la guerra contra los “rebeldes” americanos, mientras que el omega vendría marcado por el último gobierno en solitario del Partido Liberal entre 1910 y 1915.
Conviene detenernos en las principales características de la institución y de la vida parlamentaria en el Edén referido. Así, en primer término, cabe destacar la ya indicada centralidad del Parlamento en la vida británica. Bien puede decirse que todo comenzaba y acababa en Westminster. Para ello, basta asomarse a cualquier periódico de la época para comprobar que la mayoría de la información aparecía conectada con los debates parlamentarios. El Parlamento constituía el principal resorte del “indirizzo político”, sin olvidar tampoco, por ejemplo, que en el ámbito judicial la Cámara de los Lores ejercía el rol de Corte Suprema. Por otra parte, si recurrimos a la tríada clásica de las funciones parlamentarias, puede comprobarse la especial intensidad con la que las mismas fueron desempeñadas por las Cámaras.
Así, en lo concerniente a la función legislativa, las “Casas” impulsaron y aprobaron una legislación que recogía (alguien podría decir que con algún retraso, pero en todo caso antes que en el resto de países) las necesidades de una sociedad en continua y profunda transformación. Se trató de un proceso no exento de tensiones y apasionados debates (atemperados por el más puro espíritu y flema británicas) que hicieron que muchos ojos se volvieran hacia Westminster. Las importantes reformas electorales que progresivamente extienden el derecho de sufragio (comenzando por la trascendental de 1832 y las posteriores de 1867 y 1884), la instauración del librecambismo como nueva religión, cuyo punto de arranque vendrá determinado por la abolición de las célebres Corn Laws, la atenuación de la dominación exclusiva del anglicanismo en la vida pública, las primeras leyes de protección de los obreros ante la irrupción de un nuevo escenario para el que nadie estaba preparado, los intentos de reconocimiento de autonomía para una Irlanda que sale dolorosamente (crisis de la patata) de un sueño de siglos, etc… son algunos de los hitos más destacados en el aspecto referido.
Como apéndice de la función legislativa, aunque con entidad propia, la función presupuestaria alcanza en este período sus mayores cotas: la tramitación y aprobación parlamentaria del Presupuesto constituía con creces el momento político más importante del año. De hecho, es la única ocasión en la que se permite “beber” en la Cámara, en concreto al Canciller del Exchequer, encargado de defender el proyecto del gobierno en sesiones maratonianas (así, Disraeli pedía brandy con agua y Gladstone jerez con yema de huevo). Basta evocar el que es seguramente el Presupuesto más célebre del XIX para corroborar la trascendencia apuntada. Nos encontramos en la sesión del 16 de diciembre de 1852. En una noche de tormenta, pasadas las diez, el Canciller del Exchequer, un joven llamado Benjamin Disraeli, comienza la exposición de un presupuesto cuya muerte está anunciada de antemano, ya que los peelitas (antiguos conservadores) no iban a dar apoyo al ejecutivo de Lord Derby. Durante tres horas, el canciller parece que puede cambiar los pronósticos, realizando uno de los discursos más memorables que se recuerdan. Cuando el speaker anuncia la división (votación) un diputado que ha permanecido hasta entonces en silencio en la discusión presupuestaria, pide la palabra y, a pesar de las iniciales objeciones del Speaker, la obtiene. Cuando William Gladstone se sienta en su escaño a las 3:45 de la madrugada el efecto Disraeli se ha diluido y la votación que tiene lugar a continuación supone el fin del Gobierno. El duelo de más de cinco horas protagonizado por “el león y el unicornio” constituye una de las máximas cotas de la oratoria de todos los tiempos y, como tal, habría de repetirse en las siguientes décadas como jalones de una de las más fructíferas (y enconadas) rivalidades políticas de la vida parlamentaria.

"Será el Parlamento quien proveerá a la Nación de sus más destacados hombres de Estado. El elenco de protagonistas es muy amplio. Así, tras Pitt y Fox, se suceden los grandes nombres del poder y la escenografía parlamentarias británicas: Canning, Castlereagh, Melbourne, John Russell, Peel, Palmerston, Disraeli, Gladstone, Cecil, Balfour…"

La función de control del ejecutivo también habría de brillar con luz propia y es precisamente el desarrollo de la misma lo que señala el inicio y el posterior esplendor de la institución parlamentaria. Como toda génesis o alumbramiento, el de la edad de oro analizada no careció de dolor. La dimisión de Lord North, tras una votación parlamentaria adversa en relación con la conducción de la guerra con las trece colonias, hará que partir de esa fecha (1782) resulte imposible mantenerse en el poder ejecutivo británico sin contar con el apoyo de la mayoría de los Comunes. Cierto es que habrá todavía en el futuro algún intento de contrariar este nuevo dogma, pero esos intentos se saldarán, al fin y a la postre, con la inevitable caída, antes o después, de los gabinetes recalcitrantes a escuchar la voz de Westminster. Los gabinetes ya no responderán a la voluntad regia sino a la distribución de fuerzas y equilibrios en la Cámara Baja. Serán numerosos, por tanto, los gobiernos derribados tras una votación adversa en los Comunes en un tema considerado esencial. Baste señalar como ejemplo, la caída del gabinete de Lord Aberdeen en plena guerra de Crimea, al hacerse eco la mayoría parlamentaria de las duras críticas en relación con la planificación y logística de la campaña vertidas por el corresponsal del (The) “Times” en la península del Mar Negro. Bien es verdad que siempre quedará como alternativa a la dimisión, tras la aprobación de una moción de no confianza, la presentación al rey por el gabinete “censurado” del decreto de la disolución de los Comunes y la consiguiente convocatoria de elecciones; pero, tras un período inicial de fabricación de mayorías desde el gabinete convocante, desde 1841, año en el que los Whigs gobernantes pierden las elecciones en favor de los torys de Peel, la disolución no asegurará al “convocante” la continuidad en el poder. Por ello, desde el último año señalado pueden considerarse asentados los pilares del régimen parlamentario en Reino Unido. Por otra parte, la función de control de las Cámaras se completa en esta época con la proliferación de comisiones especiales o de investigación que desde el Parlamento destaparán los casos más graves de corrupción, siendo una de las más célebres la constituida a propósito de los desmanes cometidos en la administración del subcontinente indio por la Compañía de las Indias Orientales, en la que Burke desempeñaría un papel destacado.
En consonancia con lo señalado anteriormente, será el Parlamento quien proveerá a la Nación de sus más destacados hombres de Estado. El elenco de protagonistas es muy amplio. Así, tras Pitt y Fox, se suceden los grandes nombres del poder y la escenografía parlamentarias británicas: Canning, Castlereagh, Melbourne, John Russell, Peel, Palmerston, Disraeli, Gladstone, Cecil, Balfour… La mayoría de ellos habrían de brillar como formidables oradores en los Comunes, pues ya se apunta un progresivo oscurecimiento de la relevancia de la Cámara de los Lores (que, en cualquier caso, aún habría de ejercer un importante papel, como demuestran las reformas frustradas por su veto, entre las que destaca el segundo Irish Home Rule en 1893), desplazada por una Cámara Baja crecientemente representativa y en donde tomaban asiento las nuevas y más dinámicas fuerzas de la sociedad. Peel, Disraeli y Gladstone son claros ejemplos de lo acabado de señalar: el primero y el último, hijos de acaudalados industriales del Norte, el segundo de una familia judía. Pero, junto a las grandes figuras, sobresale el hecho de que todos los actores, todos los MPs tenían un papel destacado. La solemnidad y relevancia del maiden speech (o primer discurso de un diputado) o, sobre todo, la inexistencia práctica de la disciplina de partido o de voto, siendo frecuentes las frondas internas que oscilan la balanza, son ejemplos del prestigio de una función para la que muchos se preparaban desde la infancia.

"Los Parlamentos electos después de la Gran Guerra ya no volvieron a ser los mismos. La formidable maquinaria administrativa requerida por la conducción bélica y la incipiente implantación del Estado de Bienestar (oficialmente inaugurado en 1942 con el Informe Beveridge) marcarían el comienzo de la Era de los Gobiernos…"

¿Y el final? A pesar de que Westminster aún habría de ser el punto neurálgico del país en las ocasiones más trascendentales (casos, por ejemplo, del problema suscitado por el matrimonio de Eduardo VIII o de la hora oscura del desastre franco-británico en la defensa del país galo en 1940), existe una práctica unanimidad en señalar el comienzo de la Primera Guerra Mundial como el adiós -también- a la época dorada del Parlamento. Pero, al margen de la innegable influencia del conflicto bélico, con anterioridad a su estallido ya existían factores relevantes -si bien no claramente perceptibles- que habrían de determinar en último término el fin de un sistema (el propio desdibujamiento de las funciones de los Lores por la Parliament Act de 1911 es ejemplo de ello). Estos factores provocarían, además, al recuperar la normalidad tras el conflicto, la muerte inesperada (bien podría hablarse de un “infarto político”) de uno de los pilares más importantes -si no el que más- del sistema parlamentario vigente desde hacía más de un siglo, el Partido Liberal.
Si Lord Grey pudo decir en agosto de 1914 que los faroles de Europa se habían apagado para siempre, los Parlamentos electos después de la Gran Guerra ya no volvieron a ser los mismos. La formidable maquinaria administrativa requerida por la conducción bélica y la incipiente implantación del Estado de Bienestar (oficialmente inaugurado en 1942 con el Informe Beveridge) marcarían el comienzo de la Era de los Gobiernos… Pero Westminster y, en general, todos los Parlamentos todavía perviven como recordatorio no sólo de lo que un día fueron, sino, sobre todo, de lo que podrían volver a ser si la Historia así lo exige.