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REVISTAN66-PRINCIPAL

ENSXXI Nº 66
MARZO - ABRIL 2016

LOS LIBROS por JOSÉ ARISTÓNICO GARCÍA SÁNCHEZ

El autor destapa crudamente en su última novela los métodos de la corrupción periodística

La muerte de Humberto Eco es una ocasión obligada para rendir homenaje de reconocimiento y admiración a quien ya no podrá incrementar su aportación al progreso ni seguir agitando con su perspicacia y su ironía el ideario de Occidente. Recordemos como exponente de su legado, la última de sus novelas, Numero zero, que no es la mejor pero sí la más cáustica y chispeante, y la única que ambienta en la realidad contemporánea. Y lo hace para atacar un mal endémico que no es exclusivo de Italia, la corrupción que nace de los peligrosos lazos que surgen entre periodistas, políticos y empresarios.
Llegó a ser popular por su primera novela, una novela policíaca ambientada en un monasterio benedictino en plena Edad Media, año 1327, que en una magistral fusión de cánones populares y científicos sobrepasaba la intriga, desaparecida en la avalancha de referencias históricas y filosóficas de primer nivel que la envolvían, y que se convirtió en un éxito editorial absoluto, El nombre de la rosa, traducida a todos los idiomas y llevada al cine también con éxito.

"La riqueza conceptual y didáctica de sus ensayos sobre filosofía, estética, semiología y moralidad le acreditan como un agudo pensador y un comunicador excepcional"

En realidad todas las novelas de Eco tienen interés y altura, no olvidemos que fue propuesto varias veces para el Nobel. Pero no es éste su mayor mérito. Su vasta obra cultural y filosófica le había ya encumbrado en los círculos intelectuales europeos. Crítico literario, sociólogo, filósofo y literato ha dejado estela de excelencia en todos los ámbitos culturales. Se le reconocía como sabio universal, erudito de la universalidad, indagador intuitivo de los resortes que descifran los últimos secretos del saber. Su interés por la filosofía y la cultura medievales, que le permitió hacer una recreación magistral de la vida civil y monástica del medievo, aparece ya en su etapa escolar en la Universidad de Turín en la que se doctoró en filosofía con tesis sobre El problema estético en Santo Tomás de Aquino. Luego amplió su espectro docente a todas las ramas del humanismo, en especial la semiología o ciencia de los signos, y la filosofía, extendiendo su docencia por las Universidades de Florencia, Turín, Bolonia y Milán... en realidad en todas, pues era Doctor Honoris Causa por treinta y ocho Universidades, al menos cuatro españolas. Pocos humanistas han tenido un reconocimiento más universal traducido en medallas, premios y distinciones. La riqueza conceptual y didáctica de sus ensayos sobre filosofía, estética, semiología y moralidad le acreditan como un agudo pensador y un comunicador excepcional.

"La obra de arte contiene un mensaje ambiguo, abierto a la subjetividad de cada receptor, y sugiere múltiples significados que afloran por interacción incluso creativa con cada receptor"

Especial mención merecen sus aportaciones en el campo de la simbología, es decir en la interpretación de los códigos y los signos, y su diferencia o integración con la alegoría y la metáfora. Eco rechaza la teoría interpretativa común, la de equivalencia fija y código único, por supuesto univoco. Para él esto no es así. Solo el receptor o lector ideal -el del mundo de las ideas de Platón- decodificaría el mensaje artístico con los mismos códigos con que lo cifró el artista. Eco sostiene que todas las creaciones artísticas o culturales deben ubicarse e interpretarse como actos de comunicación regidos por códigos diferentes, double coding o multiple coding, según cada destinatario, porque la obra de arte contiene un mensaje ambiguo, abierto a la subjetividad de cada receptor, y sugiere múltiples significados que afloran por interacción incluso creativa con cada receptor.
Sería imposible resumir aquí la filosofía de un diletante cultural omnímodo como Eco, que indaga en todo el arco cultural de Occidente desde el mundo grecorromano hasta la actualidad más candente, y desde el clasicismo hasta el esoterismo y esas tradiciones herméticas que reaparecen periódicamente incluso en las sociedades más avanzadas como metáfora de la irracionalidad, hoy por ejemplo en el terrorismo suicida, en las mafias financieras y en alguna otra que podíamos añadir.

"Numero cero formaliza una denuncia acerba y terminante de los políticos y el periodismo corruptos. Lo hace sin disfraces, sin metáforas y sin mensajes subliminales"

Porque Eco, aunque especializado en el medievo, siempre ha sido un agudo observador de la realidad circundante que analiza sin pudor y nos devuelve pasada por un tamiz a veces despiadado y una ironía mordaz, que solo se le tolera por estar cimentada en observaciones contundentes y razonamientos inatacables.
Y lo sabe transmitir magistralmente. Porque Eco es un acreditado comunicólogo. Su interés por esta ciencia le llevó a intentar cuantificar con fórmulas matemáticas los contenidos artísticos para averiguar la cantidad de información que transmite cada uno, la previsibilidad de su mensaje y hasta la cuantía del desorden que contiene, algo difícilmente racionalizable porque, como él mismo reconoce, la belleza artística se construye en el desorden y en la sorpresa. Pero su obsesión por descifrar los códigos y resortes de la comunicación nunca ha cesado, porque venía de lejos. Ya en su juventud trabajó en la RAI, y era una constante en sus lecciones, en sus intervenciones y en sus ensayos la denuncia de la banalidad y vulgaridad mediáticas. Baste recordar su ensayo más famoso, Apocalípticos e integrados ante la cultura de masas, que le sirve para distinguir a los que aceptan acríticamente las trazas culturales dominantes, los consumidores del best-seller banal y la inane cultura fomentada por los medios de comunicación, a los que llama integrados, que se rigen por las leyes del mercado y la mediocridad, y los apocalípticos, esa élite intelectual que critica desde la alta cultura, enemiga feroz de los medios a los que culpa de mantener a la masa encadenada, que desgraciadamente conduce al pesimismo por la decadencia cultural masiva de esta sociedad. Eco hace una llamada a buscar la esencia innegable de las cosas que nos rodean, y ensaya superar este dualismo en sus novelas.

"Eco deja al desnudo los vicios de la profesión periodística y sus métodos para que los magnates puedan presionar y chantajear a los políticos"

Lo consiguió realmente con El nombre de la Rosa donde se produce una fusión feliz de los elementos de la alta cultura y de la cultura de masas. Junto al bibliotecario ciego, que responde a su obsesión por la biblioteca borgiana, al que decide llamar Jorge de Burgos porque es en esta ciudad donde se inventó el pergamino de paño -el papel-, cohabitan perfectamente integradas las claves del suspense policial vinculadas al mismísimo Conan Doyle de quien plagia el nombre del fraile sabueso, Guillermo de Baskerville, que descifrará luego la intriga monacal. La simbiosis fue total y el éxito clamoroso.
También lo intentó en sus obras siguientes El péndulo de Foucault, La isla del día después (en el original el día de antes), en Baudolino o en El Cementerio de Praga, pero en ninguna lo consiguió. Y en la última, Numero zero, que ahora comentamos, terminó por renunciar a cualquier intento de integración de claves. La concibió y redactó directamente en clave popular y en estilo cercano al público, compensando su endeble trama y su elemental concepción con reflexiones de candente actualidad sobre la corrupción política capaces de agitar la conciencia de los más ingenuos.
Numero cero (Lumen 2015), el legado final de Eco, es la única novela que sitúa en la contemporaneidad, y lo hace para formalizar una denuncia acerba y terminante de los políticos y el periodismo corruptos. Lo hace sin disfraces, sin metáforas y sin mensajes subliminales. Los hechos que narra son palmarios, la crítica es directa y la condena abierta y contundente.

"El nuevo periódico se publicita como distinto, veraz e independiente, pero pronto se manifiesta como todos los demás, es decir como trampolín para conseguir poder recurriendo si es preciso a la calumnia y el chantaje"

Eco sitúa intencionadamente la acción en 1992, año en que estalló el escándalo Tangentopoli sobre una tremenda red de corrupción política que dio origen al movimiento mani puliti –las manos limpias de aquí-, y que fue perseguida por un valiente sabueso, el juez Di Pietro, que enjuició el proceso de corrupción más importante de Italia, tan absoluto que prometía extirpar la corrupción política para siempre.
Sabido es que no fue así. Eco observa que 23 años después, todo seguía igual, y es esto lo que le induce a tomar la pluma para dejar al desnudo los vicios de la profesión periodística y sus métodos para que los magnates puedan presionar y chantajear a los políticos.
La fábula, siempre alegoría, se centra en la creación de un periódico que se publicita como distinto, veraz e independiente, pero que pronto se manifiesta como todos los demás, es decir como un trampolín para conseguir poder recurriendo si es preciso a la calumnia y el chantaje.

"Especial didactismo dedica a la predisposición de los medios a crear sofisticadas conspiraciones, tramas inventadas que el público en su creencia de que la historia oficial es siempre falsa es propenso a creer y propalar"

Nunca aparece el promotor del proyecto, Il commendatore, en quien muchos ven a Il Cabaliere, solo da ordenes -el que paga manda-, la fuerza oscura del sistema que siempre está detrás. Y nunca saldrá el periódico a la luz, no es necesario, bastará imprimir números cero, hasta doce prevé, alegoría de que esa prensa en el fondo no se escribe para ser leída por el público, esto es indiferente, sino para extorsionar con amenazas a otros poderosos y a los políticos.

"La obra es el vademécum del periodismo de la dossierizacion, de la insinuación, de la difusión de sospechas generalizadas sobre alguien para chantajearle"

Si ladeamos la insulsa historia de amor que se cruza en la novela, la intriga que desata la aparición del cadáver de uno de los redactores, la mitomanía conspiratoria del protagonista, muy bien narrada por cierto, y la excesiva extensión del mito mussoliniano, podemos decir que la obra es admirable en cuanto ensayo y denuncia de los vicios del periodismo corrupto. Cómo sugerir con insinuaciones y sospechas sin llegar a acusar, cómo probar la inocencia por la vía de deslegitimar al acusador, cómo manipular al lector sin que lo note, como insuflarle opinión mediante entrecomillados de presuntos testigos presenciales, como intoxicarle, cómo lanzar sobre alguien la sombra de la sospecha con solo incluir en su cercanía conocidos habituales de grupos oscuros, relacionados con la coca... Todo conforme a la perversa regla que debe regir la pluma de los redactores del nuevo periódico: no son las noticias las que hacen el periódico sino el periódico el que hace las noticias. O al revés, las destruye, las oculta, las revienta o las disfraza cuando no interesan al promotor, porque parodiando al cinismo de Taillerand para quien las palabras solo sirven para disfrazar los pensamientos, para Il commendatore los periódicos no están hechos para difundir sino para encubrir noticias ahogándolas bajo la inundación de otras más aparatosas.
Especial didactismo dedica a la predisposición de los medios a crear sofisticadas conspiraciones, tramas inventadas que el público, fascinado por cualquier indicio esotérico y en su creencia de que la historia oficial es siempre falsa porque el poder todo lo amaña a conveniencia, es propenso a creer y propalar. Y se explaya, quizá en exceso como ya se ha dicho, en la teoría de aquella esotérica conspiración que circuló intensamente por Italia sobre la posibilidad de que en el Gran Sasso muriera un doble y que el verdadero Mussolini huyera a Argentina ayudado por el Vaticano y la CIA. Como podría ser la que circuló en Internet de que las torres gemelas fueron derribados por un complot, o alguna otra que circuló por acá.

"Conforme al lema de Il Commendatore, el límite entre la verdad y la mentira, si es que existe, aquí no importa"

La obra es el vademécum del periodismo de la dossierizacion, de la insinuación, de la difusión de sospechas generalizadas sobre alguien para chantajearle. Se ha considerado muy acertadamente esta obra como el manual del maquiavelismo periodístico. Y no sin razón. Aunque, no haría falta decirlo, Eco, desde la perspectiva sarcástica en que se ubica, no trata de enseñar sino de sanear, de disparar contra la maquina del fango como se ha llamado en Italia al periodismo corrupto.
Porque, eso sí, ese periódico en permanente gestación, se ha de anunciar en su presentación al público como un nuevo diario dedicado a la búsqueda de la verdad, un periódico dispuesto a decir la verdad sobre todo. Otra triste paradoja que debemos enlazar con la lección de Eco de que el camino de las paradojas es el camino de la verdad, porque para poner a prueba la realidad es necesario verla sobre la cuerda floja, y solo cuando patalea podemos juzgarla. Pero eso en la redacción de ese perenne numero cero, es baladí, porque conforme al lema de Il Commendatore, el límite entre la verdad y la mentira, si es que existe, aquí no importa.
La novela es breve, aguda, muy interesante. Eco, diletante máximo de la cultura, amante de la memoria (solo somos lo que recordamos, decía), fan de las listas, las paradojas, los oximoron, volteador de los tópicos y las frases hechas, soñador de utopías, como la lengua universal, etc., también como crítico social ha dado la talla. La realidad es que siempre fue un inconformista. Nunca se permitió detenerse en los estadios usuales de la evolución cultural. Siempre aspiraba a más. Murió como Presidente de la Escuela Superior de Estudios Humanísticos que él mismo había fundado en Bolonia en 2001, exclusiva para licenciados de alto nivel. Se ha marchado el gran humanista de nuestro entorno, Il Professore. Nos queda su legado.