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REVISTAN67-PRINCIPAL

ENSXXI Nº 67
MAYO - JUNIO 2016

FERNANDO DE HARO
fernando.deharo8@gmail.com
Periodista

REFUGIADOS

Bourj Hammoud es un barrio popular. En sus escaparates no se ven los lujos propios del centro de Beirut. Ni coches de alta cilindrada ni joyerías caras. Sus calles son estrechas. Los cables, tendidos de una casa a otra, forman una tupida red. Huele a pan, a especias, a mercado de gente pobre. En muchos de sus edificios ondea la bandera armenia. Bourj Hammoud es un barrio de refugiados, de los refugiados de hace un siglo, de los que huyeron del genocidio armenio de hace cien años. Y de los refugiados nuevos, de los que huyen del infierno de Siria. Son los que tienen más suerte, los que viven bajo techo de ladrillo. Bourj Hammoud es un campo de desplazados, pero de puertas adentro. Los apartamentos, que ya eran pequeños, se han dividido. Donde antes vivía una familia, ahora se alojan tres o cuatro. El primo llamó al primo, al pariente lejano, al amigo. La hospitalidad armenia hizo lo demás. Son los que tienen más suerte, los que viven bajo techo de ladrillo. A una hora y media de viaje, en el valle de la Bekaa, el paisaje que está cerca de la frontera de Siria se ha ido llenando desde hace ya muchos meses de asentamientos improvisados. No son campos de refugiados formalizados. Solo tiendas construidas con plásticos, dispersas, levantadas a pocos kilómetros de la raya. Al otro lado, la guerra, la que según algunas estimaciones ha dejado ya casi 500.000 muertos. Hay veces que bajo las tiendas se oye el fuego de mortero, por si alguno quisiera olvidar el terror del que ha escapado. Solo los que tienen dinero pueden soñar con emprender un viaje a Europa.

"Nos hemos olvidado de nuestro pasado, de los millones de refugiados y desplazados de la II Guerra Mundial, todavía en el otoño de 2015 les hubiéramos dado la bienvenida, pero eso ha cambiado radicalmente"

En Bourj Hammoud, hace unos meses, un refugiado armenio que había salido de Alepo, al que atendían en un centro social con más dedicación que recursos, me pedía un visado para viajar a Canadá o Europa. En aquel momento balbuceé unas palabras de disculpa que, después de haber pasado por la traducción de uno de sus compañeros, debieron de sonarle aún más estúpidas de lo que me sonaron a mí. Ahora quizás hablaría más. Le diría que ni por asomo intentara, a su edad, viajar al Viejo Continente. Porque hay unas mafias que extorsionan y han obtenido, según datos de Frontex, 4.000 millones de ingresos traficando con las personas. Le intentaría explicar, aunque seguro que ya lo sabe, que Europa se ha convertido en una tierra hostil. Que si consiguiera llegar a Grecia acabaría en un campo de internamiento. Que el Derecho internacional no se cumple. Que nosotros no éramos así, que no sé qué nos ha pasado, que nos hemos olvidado de nuestro pasado, de los millones de refugiados y desplazados de la II Guerra Mundial, que todavía en el otoño de 2015 le hubiéramos dado la bienvenida, pero que eso ha cambiado radicalmente. Les miraría a los ojos y le diría que se quede en el Líbano, que, aunque sea un país que ha pasado de 4 a 6 millones de habitantes porque han llegado dos millones de refugiados, ese estrecho país es más ancho que la Europa de 500 millones de habitantes, donde no cabe un millón de demandantes de asilo. Se trata de eso ¿no? De evitar el efecto llamada.

El origen del conflicto
No le pregunté al refugiado armenio cuál era, a su modo de ver, la razón por la que había tenido que huir de una de las ciudades que más amaron los cruzados. Pero en Deir-el-Anhmar, un pueblecito a 30 kilómetros de la frontera siria, muy cerca de Damasco, una monja maronita me explicó con una frase muy sencilla el origen del conflicto. La religiosa, señalando a unos niños que dormían bajo las tiendas, me dijo: “están aquí por el juego de los poderosos”. ¿Cuál es ese juego? Es difícil para los propios sirios y para los iraquíes aclararse sobre quién es quién en una guerra que alberga mil guerras (Daesh, régimen sirio, Al Nusra, kurdos, milicianos de Hezbolá, otros milicianos chiítas, sunníes desencantados que estaban con Sadam Hussein, rusos, iraníes y saudíes con grupos interpuestos, turcos con doble juego...). Pero lo que es evidente cuando se mira a la cara de un refugiado de estos dos países es que no son víctimas de un choque de civilizaciones entre el mundo islámico y el mundo occidental. Y, por supuesto, no son los verdugos de una invasión yihadista. Que haya intentado infiltrarse alguno no convierte la excepción en regla.
Son las víctimas de lo que Antoine Sfeir ha llamado L´islam contre l´Islam. La interminable guerre des sunnites et des chiites (Paris, Grasset, 2013). Todo conflicto en Oriente Próximo se entiende a la luz del enfrentamiento que cristalizó en la batalla de Kerbala (680), cuando surgió el chiísmo. El fracaso de las revoluciones nacionalistas de los años 70 del pasado siglo, el triunfó de la revolución de los ayatolas y la lucha entre Arabia Saudí e Irán por la hegemonía, lucha obsesiva, ha avivado la “interminable guerra”. A lo que se añaden las torpezas, la ceguera ideológica y la pasividad de Estados Unidos y Europa.

"Es difícil para los propios sirios y para los iraquíes aclararse sobre quién es quién en una guerra que alberga mil guerras"

El sunismo en su versión wahabita soñaba con romper el arco de la alianza que arrancaba en Irán, pasaba por el Iraq de postguerra (si es que se puede utilizar esa palabra para algo de lo sucedido después de 2003) bajo gobiernos chiítas, por el régimen de Bacher el Assad en Siria sostenido por los alauitas y terminaba en el Líbano de Hezbolá y su salida al mar. El sueño se pudo cumplir por las consecuencias de la intervención de Estados Unidos en Iraq y por el desmantelamiento de la policía y el ejército de Sadam llevado a cabo por Paul Bremer. Todavía nos preguntamos todos cómo fue posible una operación tan descabellada por parte de una Administración que, en principio, tenía a su disposición una buena información. Al final lo que cuentan no son los datos sino la interpretación que se hace de los mismos. Cierto tipo de occidentalismo impidió leerlos de un modo correcto. Sin el descontento de los suníes y sin la debilidad del ejército iraquí no se entiende que la Al Qaeda de los dos ríos se transformara en el actual Daesh (o Isis). Los militares iraquíes no informaron con sinceridad de su avance durante meses. A lo que se unió la transformación de la primavera árabe de Siria y nuevas torpezas occidentales. En un proceso todavía no esclarecido, las revueltas que se iniciaron en Damasco en favor de una mayor democracia se transformaron en un caldo de cultivo del yihadismo. En semanas, en días, se convirtió en el protagonista de la oposición al régimen sirio. La Administración de Obama cambió varias veces de postura en pocos meses: quiso bombardear a los efectivos leales al Gobierno y poco después a los rebeldes. Tampoco Europa, especialmente Francia, ha marcado un rumbo claro. Los europeos primero fuimos pasivos. Después los franceses, como los estadounidenses, se empeñaron en exigir como condición sine qua non, para luchar contra el Daesh, la salida de Bacher el Assad. Sin embargo desde el principio era necesario, a todas luces, tolerar al presidente sirio, al menos como fue necesario tolerar a Stalin en la Segunda Guerra para hacer retroceder a Hitler. Se perdió mucho tiempo antes de intentar un acuerdo político entre el régimen y la oposición no vinculada al Daesh. Se ha tardado mucho tiempo en cortar las vías de financiación de los yihadistas que han estado vendiendo petróleo en el mercado negro a razón de un millón de euros al día. Y luego está el capítulo de la venta de armas del que se suele hablar poco. Los datos de una fuente oficial como UN Comtrade Database (Naciones Unidas) reflejan que no solo Estados Unidos y Rusia han explotado el negocio de la muerte en Siria y en Iraq. Francia vendió entre 2000 y 2014 más de 5 millones de dólares en armamento pesado a Damasco, Polonia casi 44 millones y Austria más de 55 a Bagdad.

La crisis de identidad
El juego de los poderosos y la crisis de identidad del proyecto político europeo, también una crisis cultural de fondo, explican lo que le ha sucedido no ya al refugiado armenio de Bourj Hammoud o los niños de Deir-el-Anhmar. Explican lo que les ha sucedido a los centenares de miles que han buscado en Europa techo y futuro. En poco menos de seis meses la Unión Europea ha dado un pendulazo que retrata sus debilidades.

"Los datos de una fuente oficial como UN Comtrade Database reflejan que no solo Estados Unidos y Rusia han explotado el negocio de la muerte en Siria y en Iraq. Francia vendió entre 2000 y 2014 más de 5 millones de dólares en armamento pesado a Damasco, Polonia casi 44 millones y Austria más de 55 a Bagdad"

A finales del verano de 2015, bajo el liderazgo de Merkel, la parte más solidaria de la Unión abría sus brazos. Eran los días del Welcome Refugee. Con resistencia de los grandes beneficiados por la última ampliación de Europa, los países de Visegrado (Chequia, Polonia, Eslovaquia y Hungría), el Consejo Europeo establecía el reparto de 120.000 refugiados. El número era insuficiente y las medidas para llevar a cabo quedaron en papel mojado. La generosidad inicial de buena parte de la opinión pública y de Merkel se vio desbordada por los acontecimientos y por una reacción poco articulada. El Acuerdo de Dublín que establece el principio de que se debe de acoger en el país de entrada había saltado por los aires. Los refugiados atravesaban la Unión poniendo de manifiesto la debilidad de la política fronteriza del Viejo Continente. La libre circulación de personas que permite Schengen -y que relativiza las fronteras interiores- no se puede mantener en pie sin el control de las fronteras exteriores. Es en esas fronteras exteriores donde debían haberse establecido los sistemas de identificación para hacer cumplir la regulación internacional del derecho de asilo. Pero los puntos de identificación (hotspot) se crearon tarde y nunca funcionaron. La experiencia de otras crisis de refugiados como la de los Balcanes en los años 90 del pasado siglo, o la de Vietnam, Camboya y Laos en la primavera de 1975, aconsejaban situar los centros en Jordania, Líbano, Turquía y el Kurdistán y, desde allí, poner en marcha corredores humanitarios seguros (puentes aéreos) a los países de destino en Europa. Eso hubiera evitado el protagonismo de las mafias.
En pocos meses el liderazgo de Merkel cambió de signo. En parte por una masiva llegada. En parte por una xenofobia creciente que dio gasolina a formaciones como Alternativa por Alemania. El agravamiento de la crisis, y el giro de la canciller, han dado forma al acuerdo del Consejo Europeo de marzo de este año. El que establece la expulsión a Turquía de los demandantes de asilo que lleguen a las costas de Grecia. Un acuerdo contrario al Derecho internacional e irrealizable. El rechazo de una solicitud de asilo solo está fundamentado si es personal y si es confirmada judicialmente en caso de recurso. Turquía no podía ser considerada un “tercer país seguro”. Aunque haya firmado la Convención de Ginebra de 1951 solo reconoce a los refugiados no europeos en un grado limitado. El acuerdo se ha convertido en papel mojado. No podía ser de otro modo. Erdogan ha incumplido su parte y no ha derogado las leyes antiterroristas que violan claramente los derechos humanos. El presidente turco parecía empeñado en confirmar lo que todos sabíamos: que bajo su mandato su país no es seguro. Otro de los requisitos, que la decisión administrativa de la expulsión sea recurrible ante una instancia judicial, también se ha paralizado. Se ha producido una avalancha de recursos presentados por aquéllos a los que se les ha denegado el asilo. Y los jueces griegos no quieren resolverlos sin tener claros los criterios.
La Unión Europea nunca debió acordar lo que acordó con Turquía. Erdogan nunca quiso cumplir lo que prometía. El doble juego que ha llevado en la guerra de Siria, y su falta de respeto a los derechos humanos, le incapacitan para ser un buen socio.
Es fácil describir qué le ha pasado políticamente a Europa, por qué no ha estado a la altura de las circunstancias. Más difícil es comprender cómo los grandes ideales de la Ilustración no han sido capaces de dar respuesta al reto. El rechazo del extranjero y el miedo al diferente reflejan la falta de salud cultural y antropológica del Viejo Continente. La incertidumbre generada por la globalización provoca repliegues hacia una identidad nacionalista que tiene miedo al necesitado de asilo. Los fracasos de los modelos de integración basados en los valores de una república forzosamente laicista, o en la indiferencia multiculturalista, han acrecentado los recelos.

"La Unión Europea nunca debió acordar lo que acordó con Turquía. Erdogan nunca quiso cumplir lo que prometía. El doble juego que ha llevado en la guerra de Siria, y su falta de respeto a los derechos humanos, le incapacitan para ser un buen socio"

La tarea es sin duda una mayor vertebración política. Pero también el reto es recuperar la verdadera Europa, siempre humanista, siempre universal: la Europa hospitalaria.
Es verdad que la hospitalidad no es cosa fácil. Pero todos somos refugiados, todos somos acogidos. Nos acogió nuestra madre cuando supo que estaba embarazada, nos acogió nuestro padre cuando aparecimos en el mundo. En muchos casos nos acogieron nuestros hermanos, que nos hicieron un hueco en una casa en la que ya había mucha gente. Nos acoge la vida cada mañana, no es mérito nuestro seguir vivos. Esas certezas elementales son las que han construido Europa. Las que buscaba mi amigo armenio, la que buscan los niños de Deir-el-Anhmar bajos los plásticos.

Palabras clave: Siria, ISIS, Refugiados, Unión Europea.
Keywords: Syria, ISIS, Refugees, European Union.

Resumen

El modo en el que Europa se enfrenta a la crisis de refugiados no solo desvela  debilidades políticas. También supone un aviso sobre la erosión de las evidencias sociales que hicieron posible el desarrollo del proyecto de la Unión Europea. El autor relata su experiencia con refugiados sirios en Líbano, ofrece una hipótesis sobre los orígenes de la guerra en Siria y evalúa la política europea de refugiados europea de los últimos meses. Propone como solución fórmulas adoptadas en otras crisis de refugiados, en especial las fórmulas de los corredores humanitarios.  

Abstract

The way in which Europe deals with the refugee crisis reveals not only political weaknesses. It is also a warning about the erosion of the social ideology that made the project of the European Union possible. The author recounts his experience with Syrian refugees in Lebanon, offers a hypothesis about the origins of the war in Syria and assesses the European policy on refugees in recent months. It proposes as a solution formulas adopted in other refugee crises, especially the use of humanitarian corridors.