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revista7

ENSXXI Nº 7
MAYO - JUNIO 2006

MIGUEL ÁNGEL AGUILAR
Periodista

Como explicaba aquel oficial en la clase teórica del campamento del Robledo (La Granja) de la milicia universitaria el proyectil disparado caería por la fuerza de la gravedad o en caso contrario por su propio peso. Es el mismo principio inexorable que se ha cumplido en Marbella. Hubiéramos apostado porque el escándalo saltaría por la fuerza de la gravedad pero al final lo ha hecho por su propio peso, después de décadas de progresivo engorde a la vista del público.
Como ha escrito un buen amigo periodista el incremento de la distancia entre lo que es de dominio público para los que están en la pomada y lo que finalmente se acaba publicando en la prensa escrita o difundiendo en los medios radiofónicos o televisivos es un síntoma irrefutable de graves patologías sociales. El cuadro clínico está muy bien descrito en los manuales y abarca desde casos extremos, como los de las mafias bajo la ley de la "omertá", a otros de escala más reducida referentes a grupos de interés que rehuyen por lo general el recurso a procedimientos criminales.
Todo tiende a permanecer en un estado de sobresaturación que resiste de modo inexplicable sin trascender al espacio público de libre acceso para todos, es decir, sin romper la barrera del silencio protector que ofrendan los medios de comunicación social. Hasta que un movimiento fortuito, a veces imperceptible, rompe esos raros equilibrios y acaba generando tal estruendo que obliga a su registro en la prensa. A partir de ahí, se cumple el axioma de que ningún hecho permanece invariable después de haber sido difundido como noticia, por mucho que su tratamiento informativo haya sido de una exquisita objetividad. Todo lo que se difunde se altera y se deforma y además la difusión genera efectos colaterales por completo fuera de control.

"Todo lo que se difunde se altera y se deforma y además la difusión genera efectos colaterales por completo fuera de control"

En su momento, por ejemplo, el todo París sabía de la amante del presidente Miterrand; de la misma manera que el todo Londres sabía de Camila Parker antes y durante el matrimonio de la princesa Diana de Gales. Pero nada fue igual después de que la prensa registrara en sus páginas la duplicidad del amor o del desamor de François y de Charles. Porque todo cambia cuando el agraviado o la agraviada  advierten en las miradas que reciben de los demás el brillo indeleble que adquieren los ojos de sus interlocutores cuando reflejan conocer el desaire que aquel a quien miran está padeciendo. A partir de ahí las convenciones sociales obligan al desairado, que hubiera podido sobrellevar las heridas sin relevancia pública, a descartar la resignación callada o el consentimiento privado de cualquier eco, a dar respuesta o a saberse en la humillación advertida por los demás. Ya dijo el poeta que escuchar con los ojos es una de las mayores agudezas del amor.
Repetimos para los que hayan llegado tarde que la notificación de un hecho sólo adquiere plena relevancia cuando llega a reflejarse en las páginas de los diarios, aunque sus tiradas sean incomparablemente inferiores a las audiencias que se mantienen a la escucha de las emisoras de radio o de los canales de televisión. Todavía la prueba que da consistencia como noticia a un hecho es la de su aparición en los periódicos impresos. Es lo que antes se conocía con la expresión de salir en los papeles. En definitiva, reconozcamos que la prensa escrita sigue ocupando la cúspide de la influencia en el ámbito de los medios de comunicación, tal vez porque entre los pocos que la leen figuran como auténticos devotos los periodistas que hacen la radio y la televisión. Sorprende que en este momento histórico, en el que todas las ventajas son para la inmediatez, siga privilegiada la prensa escrita, pese a estar sometida en su elaboración, impresión y distribución a procedimientos arcaicos incapaces de competir con la velocidad de la luz propia de los medios electrónicos.   
Pero volvamos a la ecuación de Marbella, que se ha convertido en el caso estrella de la corrupción urbanístico-municipal. Empecemos por recuperar aquella antigua consigna -"la tierra para quien la trabaja"- que puso en marcha a los campesinos para reclamar la reforma agraria. Observemos cómo el abandono del sector primario enfrió la situación y calmó durante decenios las angustias de los terratenientes. Hasta que con la nueva distribución del poder y la burbuja del ladrillo hemos llegado a otro nuevo lema de sustitución, según el cual "la tierra para el que la recalifica".
Si toda la financiación de los ayuntamientos pende de los dineros que genere el urbanismo municipal y si los gestores que ven engrosar las arcas siempre tienden a considerar que les corresponde asignarse un coeficiente en premio a su indiscutible eficiencia, el principio de la corrupción queda desplegado. ¿Por qué ha estallado Marbella, después de tantos años de trabajar a la vista del público llevándoselo crudo?. Primero, por sobredosis y segundo, por la pérdida de reflejos defensivos que acaba generando la idea de impunidad permanente garantizada. Continuará.