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ENSXXI Nº 9
SEPTIEMBRE - OCTUBRE 2006

JUAN CRUZ
Periodista

Me habían dicho que Rafael Azcona no hablaba con nadie. Había aparecido, en una revista italiana, una entrevista con él, en la que hablaba de su cine, de su vida, de sus anécdotas inacabables y universales, de sus viajes, de sus amigos. Y yo estaba sentado en mi mesa de responsable de La Cultura en el periódico El País. Dije: “Caramba, y eso que no habla con nadie”. Me dijeron: “Se lo han robado, es una entrevista robada”. Pregunté cómo era posible robar tanto, y me lo explicaron.
Según me decía quien me lo explicaba los italianos de aquella revista se habían sentado a tomar un café con Rafael Azcona, habían puesto un magnetófono en funcionamiento y le habían dado cuerda –al magnetófono, y a Azcona- para que registrara todo aquello que se le ocurriera al maestro principal de la autoría de guiones de nuestra lengua.
Yo me lo creí. Cómo no lo iba a creer, si los protagonistas de la supuesta fechoría eran periodistas. Por conseguir algo, que alguien hable, por ejemplo, los periodistas somos capaces de vender nuestra alma al diablo. Algunos periodistas. Y aquellos periodistas italianos podrían haber hecho eso, sin duda ninguna, imaginé yo.
Ahora que ha pasado el tiempo ya sé que aquello no fue una fechoría, porque ya sé también que no es imposible dirigirse a Azcona. Al contrario, si tú quieres –y lo quieres- es extremadamente fácil porque el autor de Estrafalario es acaso el hombre más generoso del mundo. Y si no es el más generoso, al menos estará en el ranking de los diez más generosos, junto a algunos santos hindúes o desconocidos.
Aquella anécdota ocurrió a mediados de los años ochenta, cuando ya Azcona era el guionista más conocido de nuestro país, aunque todavía no era el más premiado. Y yo me creí todo lo que me dijeron hasta una tarde de junio de una década después, tras un almuerzo con Fernando Trueba y Gonzalo Suárez.

"Sacó a la luz, en Estrafalario, algunas de sus novelas cortas y convirtió el volumen que lo contiene en un chisporroteo de genio y de sociología, pues sin leer a Azcona es imposible hacerse un retrato de la España en la que él mismo se hizo"

Estábamos almorzando en el restaurante St James, de la calle Juan Bravo; habíamos tomado arroz abanda, habíamos bebido vino abundante, y era viernes por la tarde. Cuando ya nos despedíamos le pregunté a Trueba, y sin venir a cuento:
--¿Es verdad que resulta imposible hablar con Azcona?
--¡Y quién te ha dicho semejante estupidez! Claro que le puedes llamar. Mira, este es el teléfono: 561….
Yo anoté el teléfono, que luego memoricé, y lo llevé conmigo, esa tarde, a mi oficina, que estaba en la misma calle Juan Bravo, frente a un bar de verano que entonces ofrecía whiskies abundantes, muy bien servidos. Cuando subí a mi despacho, miré el número y lo marqué. Al otro lado, Rafael Azcona.
Estuvo dispuesto a que nos viéramos inmediatamente, y vino andando, vestido con unos vaqueros y una camisa roja, de Lacoste, hasta el lugar en el que yo trabajaba, la sede de Alfaguara. Me hizo tan feliz su presencia, que significaba el final de una clandestinidad que él no había buscado, que llamé a algunos parientes y a algunos amigos, para que fueran testigos ciertos de que Azcona era una persona a la que se podía tocar.
Bajamos al bar, tomamos whisky hasta la hora del telediario, y cada uno se fue por su casa, imagino que yo mucho más borracho que él. Desde entonces jamás hubo una semana en que no hablara con él.
Ese fue el inicio de una amistad que me ha permitido conocer a una de las personas más fabulosas con las que he tenido contacto gracias a mis dos profesiones, la de editor y la de periodista. Ya no forma parte, por decirlo así, de ambas cortes, porque ya es un amigo de veras, pero mientras la relación tuvo ribetes laborales tuve ocasión de comprobar cómo es Azcona también en ese ámbito de la profesión que desarrolla, la de escritor.
Fue muy difícil ponerlo a seleccionar y a arreglar algunos de sus textos, que él consideraba inanes u obsoletos; autocrítico hasta hacerse sangre, no quería por nada del mundo desempolvar escritos que en un tiempo consideró alimenticios, pero sacó a la luz, en Estrafalario, algunas de sus novelas cortas y convirtió el volumen que lo contiene en un chisporroteo de genio y de sociología, pues sin leer a Azcona, sin saber de su humor, es imposible hacerse un retrato de la España en la que él mismo se hizo. Luego preparó para Tusquets Los europeos, y tuvo un gran éxito, por las mismas razones literarias y sociológicas.
Mientras tanto no ha parado de trabajar en sus guiones y en otros proyectos, y a pesar de que ya frisa los ochenta años se ha dejado tiempo también para perderlo   –o para ganarlo- con amigos a los que es leal y fiel, como un caballero medieval. Tiene tiempo para todo y para todos, jamás lo he visto refunfuñar por lo que se le tuerce o por lo que le tuercen; nunca ha pedido para sí mismo otra atención que la de la distancia y el silencio, y si me detengo a pensar sólo lo he visto serio, o circunspecto, cuando la cosa lo requiere, pocas veces. De resto parece haber venido al mundo a que la gente sienta a su alrededor que la vida es armonía, e incluso una fiesta.
Jamás entenderé por qué a este ser tan sociable, y tan amoroso, como dicen los argentinos, se le colgó en su día el sambenito de que era un hombre al que uno no podía acercarse. Y ya sé que los italianos no le robaron nada. Él tampoco a ellos: de esto estoy aún más seguro.