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Por: ALEJANDRO RUIZ-AYÚCAR SEIFERT
Notario de Madrid



CONTRATACIÓN BANCARIA


Hubo un tiempo en el que la contratación bancaria era fácil para los (en una terminología todavía poco consolidada) “consumidores”. Las facilidades en el trato que daban las entidades a sus clientes hacía que el proceso de la concesión de un préstamo o crédito fuera bastante previsible. El concepto de transparencia no era un elemento necesario en la formación cabal y adecuada de la voluntad de los futuros deudores porque todo el proceso era sencillo y como he dicho, previsible. Podría decirse que los bancos todavía no eran “malos” y sus clientes, por lo general, eran o éramos bastante “inocentes”.
Trasladada esta realidad a nuestros despachos notariales recuerdo sin temor a equivocarme que el encargo por parte del banco tenía lugar mediante la entrega en la persona del propio Director de la oficina local del banco o caja de ahorros de la documentación necesaria para causar un nuevo expediente; y esto tenía algo de sacramental. Véase que para la propia sucursal de la entidad bancaria el caso que entraba de este modo en su recta final, una vez aprobada la operación, conllevaba el rito de las grandes decisiones: la entrega en mano de una minuta para firmar un contrato que conllevaría para el banco la salida de una suma respetable de dinero, y para el cliente adquirir un compromiso grave frente a aquel. Tan grave como lastrar su vivienda o negocio con una hipoteca para muchos años.

"Hubo un tiempo en el que la contratación bancaria era fácil para los (en una terminología todavía poco consolidada) 'consumidores'. Las facilidades en el trato que daban las entidades a sus clientes hacía que el proceso de la concesión de un préstamo o crédito fuera bastante previsible"

Pero, ¿podemos recordar todavía cómo se formaba la voluntad del prestatario? En aquél tiempo no tan lejano, el cliente resolvía un día determinado acudir a un banco, generalmente la entidad en la que tenía depositados sus ingresos o al menos mantenía una cuenta corriente, para averiguar si determinada operación inmobiliaria podía tener la aprobación del banco y de este modo obtener la financiación necesaria. Dejando a un lado las posibilidades que hoy se nos ofrecen mediante la aceptación de créditos preconcedidos o la contratación a distancia, hasta aquí nada ha cambiado desde entonces en lo sustancial.
En donde las cosas sí han cambiado bastante, es en la fase que dura hasta que la entidad comunica a su cliente que accede a conceder el préstamo o crédito hipotecario, pues antaño la solicitud se hallaba simplemente en “fase de estudio”. Y una vez aprobados en su caso el riesgo o la operación, el propio Director de la sucursal o un dependiente suyo entregaba en la Notaría una minuta redactada con esmero por la entidad y una copia de la escritura del bien o de los bienes a hipotecar. Poco papeleo y todo muy directo.
Hoy, en cambio, durante la fase de estudio, “el caso” o expediente, simplemente “desaparece”. Hay un tiempo, pueden ser unos días o incluso semanas, en el que la maquinaria interna de la entidad desarrolla un proceso de “digestión” de toda la información de la que dispone y estudia las “posibilidades de negocio”. Esa tramitación interna, cuando dura mas tiempo del conveniente, genera una ansiedad para el solicitante necesitado del dinero que acaba viciando muchas veces las relaciones entre ambas partes. Hay que reconocer que la sociedad de consumo ha empeorado las cosas y ahora necesitamos más dinero y además queremos disponer de él antes, aunque también es cierto que a los bancos nunca se les ha podido poner la pistola en el pecho. Seguramente son éstos quienes quieren más negocio, negocio que abarca no solamente la financiación solicitada, sino también la contratación de seguros, otros productos bancarios, etc. Lo que eufemísticamente se denominan “vinculaciones”.
En esta fase final, habiendo aprobado la entidad la operación solicitada, lo comunica a su cliente y genera el encargo a la Notaría, lo que se produce generalmente a través de una gestoría o ente externo que trabaja para el banco, aunque -hay que decirlo- con cargo al bolsillo del cliente, cosa que todavía nadie me ha podido explicar del por qué. Y el cliente acude a la oficina bancaria para conocer las condiciones de la operación o, para la banca “a distancia”, las recibe por correo electrónico. Y la Notaría designada para el otorgamiento de la escritura acaba recibiendo y no siempre con la antelación deseable la documentación necesaria para que se pueda redactar el borrador de la misma.
Es comprensible que a menudo se desate la tormenta perfecta porque a la urgencia de la entidad por ver firmada la escritura se unen los diferentes grados de insatisfacción del cliente o consumidor, originados, por ejemplo: porque pensaba que el crédito se le iba a conceder antes y el dinero llega tarde para sus propósitos; o porque se entera a última hora en el despacho del notario de los costes totales de la operación o de que “ha elegido libremente” una gestoría y el coste de sus servicios; o porque conoce en ese momento las vinculaciones contractuales del contrato principal o de algunas formalidades de última hora cuyas consecuencias o simplemente su razón de ser no alcanza a comprender. El despacho de la Notaría se convierte de este modo y muy a menudo en el trasunto de una unidad hospitalaria de URGENCIAS. Unos tienen prisa por firmar e irse; otros no saben qué ni cómo ha sucedido; los enfermeros, los oficiales del notario, improvisan las escrituras con la información que suele llegarles a última hora; y el médico, esto es, el notario, tiene que “operar” y salvar al paciente.

"El despacho de la Notaría se convierte de este modo y muy a menudo en el trasunto de una unidad hospitalaria de URGENCIAS. Unos tienen prisa por firmar e irse; otros no saben qué ni cómo ha sucedido; los enfermeros, los oficiales del notario, improvisan las escrituras con la información que suele llegarles a última hora; y el médico, esto es, el notario, tiene que “operar” y salvar al paciente"

Volvamos al tiempo pretérito cuyo recuerdo evoco aquí espero de forma útil. El director de la oficina bancaria o el dependiente en quien lo delegaba, se ponía en contacto personalmente con el cliente de la entidad, con el “señor cliente” mejor dicho, y juntos decidían en qué fecha intentarían firmar la escritura. El gestor del banco solía conocer el margen de tiempo que precisaba el notario para tener redactada la escritura pero en la Notaría se negociaba amistosamente; y el día de la firma todos acudían sin sorpresas de última hora. En estas condiciones y con este telón de fondo, la lectura por el notario y el proceso la formación de la voluntad de la parte contractual más débil no podían sino ser lo que debe de ser. No había gestorías que teledirigían el proceso, ni los consumidores, ni los apoderados de banco y tampoco el propio notario eran víctimas propiciatorias de lo que por desgracia puede llegar a ser un sainete de locos.
Año 2017. El panorama actual es muy complicado y me temo que difícil de desenmarañar. Los errores cometidos por las entidades de crédito con sus clientes en estos años, clientes que ahora son consumidores investidos de derechos protegidos por Leyes de ámbito europeo y amparados por Tribunales de Justicia también europeos, han minado su imagen. El desarrollo de toda la operativa crediticia, por su complejidad y su falta de transparencia, se ha vuelto en contra de las entidades bancarias. Porque cuando su cliente realmente puede o no decidir si acepta las condiciones de la operación es cuando ya está sentado a la mesa de firmas del notario. No dispone lógicamente del plazo de tres días para examinar el borrador de lo que va a firmar, ni tiene la mente suficientemente despejada para analizar si las condiciones de última hora le convienen o no, ni hay quien le explique por qué las cosas son así. Solo le queda decidir en unos minutos si firma o no. Saltar o no. Y da igual si lo queremos salvar con una apresurada firma en la FIPER o cumplimentando un ridículo manuscrito, que es el colmo de los despropósitos legislativos

"El desarrollo de toda la operativa crediticia, por su complejidad y su falta de transparencia se ha vuelto en contra de las entidades bancarias"

La práctica diaria del despacho me da en mi condición de notario cierta autoridad en la materia, pues sobre la formación viciada de las voluntades, los notarios, tenemos bastante experiencia. No conozco los parámetros por los que se tienen que regir las tramitaciones internas de las solicitudes de crédito, pero este oscurantismo es incómodo para sus clientes, a quienes hay que garantizar de forma efectiva sus derechos. Y los bancos deberían ser los primeros en preocuparse de ello si valoran de verdad su clientela.
Termino. Parafraseando al célebre Martin Luther King debo confesar que yo tengo un sueño. Y lo sueño desde hace muchos años. Verán. Sueño que el banco informa de modo claro a su cliente sobre las condiciones de la operación concedida. Y sueño que el banco le informa también de cuanto tiempo dispone para meditar si las acepta o no. Sueño que el banco consulta al notario sobre el día a partir del cual puede planificar la firma de la operación. Sueño que antes del día señalado para la firma, fecha consensuada también con el cliente, éste dispone de un plazo razonable para acudir a mi despacho para que yo le informe de las consecuencias legales del contrato que estamos redactando. Sueño que los oficiales de nuestras Notarías disponen de unas minutas estandarizadas, redactadas con lógica y que son fáciles de cumplimentar, para que puedan hacer su trabajo como es debido, un trabajo muy poco reconocido muchas veces. Sueño que los apoderados del banco acuden a la Notaría con el tiempo suficiente para comprobar que todo está en orden y que incluso su cliente tiene una sonrisa en la cara. Y sueño que estos apoderados conocen la operación que van a firmar para su entidad. Sueño que los apoderados me exhiben sus poderes. Sueño que puedo hacer mi trabajo, el de explicar la escritura y dar un último asesoramiento a las partes de forma sosegada, y no que estoy manejando un precario carro con ruedas de madera cargado con frascos de nitroglicerina. Sueño que todos firman la escritura y se despiden unos de otros satisfechos. Sueño que el cliente queda convencido de que ha firmado una buena operación con un buen banco. Sueño, en definitiva, que todos hacen lo que deben y saben hacer, y que la recompensa para cada uno de los implicados es la justa.
No pido mucho ni es imposible mi sueño. Todo esto ya lo teníamos hace veinte años; pero, en veinte años… cómo hemos cambiado. Los notarios no podemos seguir haciendo de médicos de urgencias. Por eso también sueño todos los días que los responsables de levantar un edificio nuevo y bien construido, esto es, Ministerio de Justicia, Ministerio de Economía, la Banca, y los que velan por los Consumidores, nos tengan en cuenta a los notarios para que participemos en el proceso de configurar un panorama y un paradigma nuevo. El mejor futuro que podamos tener. Es tiempo, concluyo, de que cabezas preparadas y voluntades sin doblez se sienten a la misma mesa para poder garantizar un futuro mejor para los sectores implicados. Para todos en definitiva.

Palabras clave: Consumidores, Banca, Hipotecas.
Keywords: Consumer, Banking, Mortgages.

Resumen

El autor evoca el tiempo en el que la contratación bancaria era fácil para los “consumidores” que eran merecedores de facilidades en el trato que daban las entidades a sus clientes y que hacían que el proceso de la concesión de un préstamo o crédito fuera bastante previsible. Sin embargo en el año 2017 el panorama es bien distinto: los errores cometidos por las entidades de crédito con sus clientes en estos años, clientes que ahora son consumidores investidos de derechos protegidos por Leyes de ámbito europeo y amparados por Tribunales de Justicia también europeos, han minado su imagen. El autor sueña con una operación bancaria en la que todos hacen lo que deben y saben hacer, y que la recompensa para cada uno de los implicados es la justa.

Abstract

The author recalls the time when contracting with banks was easy for "consumers" who were deserving of the facilities offered and that made the process of granting a loan or credit quite predictable.  However, in 2017 the picture is quite different.  The mistakes made by credit institutions with their clients in those years (clients who are consumers protected by rights under European Law and under the jurisdiction of the CJEU) have undermined their image.  The author imagines a banking operation in which everyone does what they should, knows how to do it and where the reward for each is fair.