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REVISTA76-PRINCIPAL

ENSXXI Nº 76
NOVIEMBRE - DICIEMBRE 2017

Por: IGNACIO GOMÁ LANZÓN
Notario de Madrid



ESPECIAL DE NAVIDAD

Meditación sobre la forma

La forma no está de moda. Forma, formas, formalismo, solemnidad huelen hoy a rancio y envarado. Suenan a trámites burocráticos obstaculizadores de la vida real, de la libertad del individuo. Incluso algo peor: la forma sugiere falta de sinceridad y autenticidad, como si con ella se quisiera ocultar el fondo real de las cosas, los intereses realmente existentes para atenerse solo a lo expresado, a lo patente, a lo que se sujeta a las normas pero que no corresponde al sentimiento real, a la verdad íntima.
Y eso afecta, si usamos esa expresión de manera más intuitiva que técnica, a todos los aspectos a que la palabra “forma” nos lleve: desde las formas en la convivencia en la pareja, hasta las formas en el contrato, pasando por las normas sociales de educación o las reglas de etiqueta en el vestir, las relaciones interpersonales, la manera de dirigirse a la autoridad, la de respetar al otro o la intimidad propia o la de los demás. Son las formas de toda la vida, hoy en decadencia.

Ah, pero no se asusten. Esto no va de anhelar nostálgicamente el pasado. La liberación de las formas ha sido positiva en muchos aspectos y no debemos renunciar a ella. Me explico. El siglo XX ha sido un periodo lleno de conflictos y sufrimientos, pero también de avances en derechos y libertades. Las sociedades democráticas y modernas de la primera mitad del siglo suponen el triunfo de la Razón al conseguir someter al individuo a reglas uniformes y estandarizadas, a la “voluntad general”. Se impone un modelo de sociedad coercitivo y disciplinario articulado en torno a roles inamovibles y a convenciones sociales rigurosas -las formas- que facilitan la convivencia ordenada y la producción eficiente. Pero los totalitarismos y la Segunda Guerra Mundial dan al traste con esa supuesta solidez. El valor de la razón pierde prestigio. No solo no consigue materializar los ideales ilustrados sino que, además, crea la esclavitud mental de las reglas y de las formas y la esclavitud real del ciudadano aplastado por totalitarismos que son vistos por algunos como la epifanía -diabólica- del positivismo y de la racionalidad política.

"La forma no está de moda. Forma, formas, formalismo, solemnidad huelen hoy a rancio y envarado"

Esta ruptura con la razón, junto al nacimiento del consumo de masas, dan paso a la sociedad posmoderna. Ahora el designio es la emancipación individual de los obstáculos institucionales -ideologías, relatos, roles, formas- que aferraban a la persona a la razón colectiva. Se trata de un proceso de individualización o personalización en el que lo que cuenta es la manifestación de deseos personales, la realización individual, la autoestima. En este contexto, las formas sufren un evidente retroceso, porque lo que cuenta no es cómo se hacen las cosas, sino las cosas en sí mismas. Lo que interesa no es la voluntad declarada, sino la voluntad real; no lo que se escribió, sino lo que se quiso. O incluso, cabe decir, lo principal no es la palabra dada, la formalidad cumplida, la dicción legal, sino los sentimientos, las necesidades, la realidad material, lo que hubiera debido haber sido. Por poner el ejemplo de las relaciones sentimentales, hoy no es la institución formal del matrimonio el elemento esencial e iniciático de la convivencia sino sólo una guinda que seguirá, quizá, a esa convivencia y más probablemente a la procreación. En el mundo de la jurisprudencia, cabe señalar ese deseo irrefrenable de obtener la justicia material, con cierto olvido del sentido de la ley y los principios del Derecho. Hasta en la política está de moda prescindir de los procedimientos y de las formas y apelar a los sentimientos de identidad, a la voz primigenia del pueblo, a la consulta directa. Suben la expresividad, la sinceridad, el acuerdo y el sentimiento; bajan la autoridad, la jerarquía, la obediencia, la solemnidad.

En búsqueda de referentes perdidos
Sin duda, el desafío ético que tiene hoy la sociedad democrática moderna surge del hecho de que el individuo se ha liberado de casi toda limitación, pero ha perdido referentes. Lo que tenían los principios de la modernidad es que constreñían la individualidad pero también marcaban un rumbo, proporcionaban unos asideros, más o menos cómodos. Hoy el hombre se ha liberado de muchas imposiciones, pero anda un tanto sin criterio, obligado a buscarse sus propias reglas. Como decía cierto sociólogo alemán, hoy prima la filosofía del “hágaselo usted mismo”, porque es preciso construirse individualmente un código de vida: decidir si es compatible ser vegetariano con ser budista, si nuestra exsuegra es miembro de la familia, si puedo ser de izquierdas y católico. Casi todo vale…o no.
Por ello la gran cuestión de nuestro tiempo es cómo seguir siendo libres y compatibilizar esta libertad con una vida en común responsable y civilizada, en la que reconocemos la existencia del otro y sus necesidades y las respetamos. No es fácil la tarea y excede con mucho de mis pretensiones. Pero sí podría apuntar que la forma puede tener un papel ético y civilizador en esta tarea. Por supuesto, cuando hablo de forma no me refiero al concepto aristotélico, en la que la forma es lo que da ser a la materia en el compuesto hilemórfico. En este sentido todas las cosas tienen una forma, porque sin ella solo son materia, como, en el ámbito jurídico, todo negocio tiene una voluntad y una declaración de esa voluntad. No, me estoy refiriendo a esa otra solemnidad añadida, quizá no imprescindible, representada por aquellos ritos preestablecidos que tienen un significado acordado y con los que transmitimos un mensaje reconocible a la colectividad. Mensaje que, por un lado, simplificamos para que sea entendible y que, por otro, pone una cierta barrera entre nuestra intimidad y los demás. Por ejemplo, si das los buenos días al vecino le das un mensaje de paz, pero al mismo tiempo, con la fórmula, evitas decirle lo que realmente piensas de él o cómo te encuentras (el famoso “¿Cómo estás? Respuesta: “Bien ¿o te cuento?”).

"Hoy lo que cuenta no es cómo se hacen las cosas, sino las cosas en sí mismas; no la voluntad declarada, sino la voluntad real"

El valor cívico de la forma
Pero ¿por qué digo que esta vuelta a la solemnidad puede tener efectos cívicos y éticos? Pues porque, una vez despojada la forma de su valor simbólico como reflejo del estatus o del rol, queda reducida a un significado práctico, más democrático. Cuando, como notario, tengo la oportunidad de celebrar un matrimonio, y si la ocasión lo propicia, tengo el gusto de explicar a modo de homilía (en un intento baldío de remedar el insuperable rito católico) que contraer matrimonio puede no tener ya para muchas personas el significado religioso o institucional que tenía antaño pero, quizá precisamente por ello, formalizar hoy voluntaria y conscientemente la convivencia a través del matrimonio tiene un sentido ético y cívico especial. Lo tiene, sin duda: por un lado, muestra el deseo expreso de favorecer a la otra persona con ciertos derechos sobre la nuestra de que, de otra manera, no disfrutaría; por otro, tiene una hermosa función social, porque proclama frente a todos una determinada situación de hecho que, ahora, se convierte en jurídica y por ello facilita al Estado y al resto de la sociedad la asignación de los derechos evitándoles la carga de su investigación en caso de conflicto o de fallecimiento. Es, en este sentido, un acto civilizador, un acto de responsabilidad, porque incluye someterse a la norma y facilitar su cumplimiento. Lo mismo podríamos decir sobre otros actos jurídicos o simples formalidades -incluso simplemente el ir correctamente vestido o el saludar- que tienen también ese sentido cívico de permitir identificar las situaciones, preservar la vida social y resguardar la intimidad.

"La gran cuestión de nuestro tiempo es cómo seguir siendo libres y compatibilizar esta libertad con una vida en común responsable y civilizada"

Por supuesto, para que la forma tenga ese sentido civilizador ha de aportar un valor añadido real, por estar basado en compromisos y exigencias que configuran la realidad preexistente. Los meros formulismos poco valor añaden aunque, curiosamente, han crecido en número en los últimos tiempos, quizá precisamente porque la devaluación de las formas clásicas ha hecho que se intente suplir la falta de referencias con multitud de trámites nimios para apagar la ansiedad que genera la inseguridad jurídica. Los notarios lo sabemos bien cuando nos enfrentamos al famoso “manuscrito” de las hipotecas que pretende conjurar la falta de información financiera obligando al deudor a realizar un infamante e infantil dictado.

"Los formulismos aumentan porque se intenta suplir la falta de referencias con trámites nimios para apagar la ansiedad que genera la inseguridad jurídica"

El valor económico de la forma
Además, conviene recordar que ciertas formas no solo tienen un valor ético, sino también económico. Las formas son representaciones estandarizadas de una determinada realidad que generan una confianza. Ésta, en una economía moderna, no recae sobre el conocimiento directo de la persona -imperfecto por definición- sino sobre sus representaciones. Si vamos a un hotel, lo esencial no es que el recepcionista me conozca, sino que le exhiba el pasaporte y la tarjeta de crédito, que son las representaciones homologadas para las cuestiones concretas que son las que importan al caso. Ciertas formas tienen, pues, un valor económico porque, por los requisitos con que han sido creadas, contienen una representación de la realidad homogénea y estandarizada que generan confianza. Y esa confianza permite el intercambio, base del mercado. Como dice Hernando de Soto en El valor económico de la propiedad formal, el Occidente rico, después de haber inventado ciertas representaciones, olvida para qué las inventó, y es importante, de vez en cuando, hacer el esfuerzo de tenerlo presente, porque en muchos países poder demostrar que eres propietario de algo mediante un documento es la diferencia que permite de dejar de ser pobre. Y esto es así porque da acceso al crédito y a la transmisión al generar seguridad jurídica, imprescindible en el mercado, a su vez imprescindible para el desarrollo. En este sentido, como dice Hernando, la creación de un sistema de título formal es un argumento progresista, no conservador. Claro que para que esto ocurra las formas han de ser verdaderamente confiables -como ocurre muy particularmente las notariales- por constar que en su formación han concurrido unos requisitos de fondo (capacidad, titularidad, declaración real, etc.) que permiten la generación de unas presunciones jurídicas muy potentes en las cuales todos han de creer. Y ello revaloriza de una manera exponencial los activos.

"La forma puede ser un acto civilizador porque incluye someterse a la norma y facilitar su cumplimiento"

El valor ético de la forma
Pero hay más. La forma tiene también un efecto respecto de la conducta de aquellos que se sirven de ella. Recientes estudios en el campo de la sicología económica han hecho descubrimientos muy interesantes. Dan Ariely, por ejemplo, en su libro The (honest) truth about dishonesty muestra los interesantes experimentos que realizó para descubrir cómo la gente miente. Mediante cierto ejercicio matemático, remunerado según los aciertos, demuestra que el grupo de voluntarios que no tiene supervisión en su corrección miente más que el grupo que es supervisado, con una media bastante constante. Pero, sorpresa, en un segundo experimento comprueba que el grupo de voluntarios a quienes se les hace recitar previamente al ejercicio los mandamientos (o un código de honor) no miente en absoluto. La conclusión que saca Ariely es, por un lado, descorazonadora: la mentira está generalizada y es bastante estable. Pero, por otro, esperanzadora: un simple recordatorio de los estándares morales puede cambiar sustancialmente las cosas. Y esto es precisamente lo que pasa con la forma: que te obliga a recordar estándares morales en el momento de otorgarla. ¿Por qué, si no, la gente realiza ciertas actas de manifestaciones? Porque no es lo mismo mentir que mentir ante notario, porque este te recuerda in situ el valor de no mentir. La forma tiene, pues, el valor de recordar a las personas sus estándares éticos. Y, al revés, el deterioro de las formas jurídicas por la obsesión con acceder a la realidad material devalúa la palabra dada formalmente y la vinculación responsable.

"Demostrar la propiedad con un título formal tiene un valor económico y progresista: permite abandonar la pobreza"

Además, las formas, en cuanto estandarizan la conducta social, tienen una virtud más: preservan la intimidad, valor también en cierta decadencia en un mundo digital en el que los "me gusta" recibidos se convierten en un mérito susceptible de convertirte en el nuevo prototipo social: el influencer. Como dice mi hermano filósofo (“Yo sinceramente”), durante largos años no se esperaba que el hombre fuera sincero, sino virtuoso; pero ahora cualquier regla moral que contradiga las propias inclinaciones se considera una forma odiosa de alienación del auténtico yo. Quizá no venga mal volver a esas balsámicas hipocresías que, como dice el adagio son el cemento de la sociedad. La cultura, dice, consiste en crear mediaciones con la realidad.
Acabo ya. Las formas obligatorias y omnipresentes pueden ser limitativas e incluso castradoras. Pero voluntariamente asumidas tienen un valor enormemente positivo porque expresan la voluntad deliberada de asumir una responsabilidad, frente a uno y frente a los demás. Y en un momento de máxima liberación personal esta asunción expresa supone salir de esta cierta adolescencia -de indefinición ética y de deseos insatisfechos o, mejor, de compulsiones- a que la sociedad posmoderna parece habernos conducido porque con ese acto se favorece el autocontrol, la intimidad, la responsabilidad y se nos recuerda nuestros deberes éticos. Pero no solo eso: es que el acto formal genera riqueza al expresar de una manera homogénea, cierta y comprensible los activos y permitir su intercambio, lo que lo convierte en un modo cívico de ejercicio de la libertad personal y, a la vez, en una fuerza de progreso.
No hay, pues, que volver al pasado, pero sí dar un nuevo sentido civilizador a logros que ese pasado tardó mucho tiempo en crear.

Palabras clave: Forma, Libertad, Realidad material.
Keywords: Form, Freedom, Material reality.

Resumen

La forma no está de moda. La evolución de la sociedad en los últimos decenios lleva a que lo principal no sea la palabra dada, la formalidad cumplida, la dicción legal, sino los sentimientos, las necesidades, la realidad material. Las formas obligatorias y omnipresentes podían ser, ciertamente, limitativas e incluso castradoras. Pero una vez liberado el individuo de tantas limitaciones, la gran cuestión de nuestro tiempo es cómo seguir siendo libres y compatibilizar esta libertad con una vida en común responsable y civilizada. En esa tarea puede tener un papel la forma porque, voluntariamente asumida, tiene un valor cívico porque expresa la voluntad deliberada de asumir una responsabilidad, frente a uno y frente a los demás, favoreciendo el autocontrol, la intimidad, la responsabilidad y recordándonos nuestros deberes éticos. Pero no solo eso: es que el acto formal genera riqueza al expresar de una manera homogénea, cierta y comprensible los activos y permitir su intercambio, lo que lo convierte en un modo cívico de ejercicio de la libertad personal y, a la vez, en una fuerza de progreso.

Abstract

Form is not fashionable. Society has evolved over recent decades so that the primary consideration is not a word given, a formality fulfilled, or legal diction, but instead feelings, needs, and material reality. Obligatory and omnipresent forms may indeed be restrictive and even emasculating. However, once the individual has been liberated from so many restrictions, the great question of our time is how to remain free, and make this freedom compatible with a shared and responsible civilised life. Form may have a role to play in this task because if accepted voluntarily, it has a civic value because it expresses the deliberate desire to accept a responsibility, before oneself and others, and fosters self-control, intimacy, responsibility and reminds us of our ethical duties. But not only that: the formal act creates wealth by expressing assets in a uniform, certain and comprehensible way and enabling them to be exchanged, which makes it a civic way of exercising personal freedom and at the same time, a force for progress.