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REVISTA74-PRINCIPAL

ENSXXI Nº 74
JULIO - AGOSTO 2017

Por: J. IGNACIO NAVAS OLORIZ
Notario de Fuenlabrada


Hace unos días, un buen amigo, político destacado, me decía: “estamos todos de acuerdo en que es muy, pero que muy difícil, predecir, pero lo que resulta verdaderamente difícil es predecir el futuro.”
Me perdonará el lector esta pequeña boutade, pero es pertinente y cumple una doble función: por una parte desdramatiza las expectativas que origina el título, y por otra, supone un guiño de complicidad al lector.
Parodiando a Borges, diría que los españoles vivimos la extraña pasión, de ser incesantemente españoles. Ello viene a cuento de la opinión bastante extendida de que hemos abandonado a la improvisación y a la revancha, nuestro futuro.
Por ello, por estar absolutamente seguro de lo acertado de esa opinión, reto a cualquiera que lea este artículo, a que señale algún político o algún líder social que sepa lo que quiere, que lo exponga como debe y que crea en lo que dice. No encontrará ninguno. Solo encontrará vendedores de crece pelo, y de éstos, alguno no sabrá siquiera si va en frasco o en bote.
Nuestra sociedad camina sin una meta prefijada, sin un proyecto -lo que equivale a no avanzar-, y supone caminar poquito a poco, día a día, momento a momento, hacia el infortunio. Los españoles seguimos dedicándonos con empeño y constancia, con extrema dedicación, a labrar o diseñar nuestras próximas quejas, nuestras futuras desgracias.

"Reto a cualquiera que lea este artículo a que señale algún político o algún líder social que sepa lo que quiere, que lo exponga como debe y que crea en lo que dice. No encontrará ninguno"

Por ello y desde este territorio del descontento en el que estoy escribiendo, trataré de enumerar varios de los cambios que percibo como necesarios, y que a mi juicio, ya se encuentran instalados en estado embrionario en los intestinos de nuestra sociedad.
Nuestro devenir histórico vive unos momentos que muchos califican de convulsos, yo los prefiero calificar de provisionales, y que se caracterizan por la extremada volatilidad de los conceptos y de las instituciones heredadas del siglo XX y que permanecían sin demasiadas alteraciones desde el siglo XIX.
Esos conceptos y esas instituciones se basaban, precisamente, en los valores de la estabilidad y de la utilidad social que compensaban cualquier desacuerdo ideológico que con respecto a las reglas por las que se regía la sociedad, se tuviera.
En el momento actual ciertas Instituciones que se adivinaban como permanentes, ya no se admiten o aceptan sin más, comienzan a no “compensar” a una parte de la sociedad, y por ello son objeto de atención o examen extremadamente crítico.
En ocasiones incluso, esa ley de las compensaciones que, en mi opinión, ha influido en el gobierno de todo el entramado personal y colectivo de los hombres, también es cuestionada y su crisis determina que se pongan en cuestión muchas Instituciones, cuyo coste o significado “ya no compensa”. En otras, las más, se trata simplemente de hacer creer que se avanza hacia el progreso, y el camino y la meta que se señala, se revisten con una apariencia de interés colectivo, de interés común, al objeto de atraer a una mayoría social hacia ese proyecto que por no haber sido debatido suficientemente, parece ser el adecuado para la gran mayoría de la ciudadanía, que por otra parte, está dispuesta a aceptar lo nuevo como mejor, porque lo antiguo ha demostrado su obsolescencia y a veces, su deshonestidad. En realidad, nada ha cambiado y se trata de una nueva distopía disfrazada de utopía: ese camino, esa meta, solo es mejor o más conveniente para los intereses de quien lo promueve, quien lo difunde o publicita.

"Nuestra sociedad camina sin una meta prefijada, sin un proyecto -lo que equivale a no avanzar-, y supone caminar poquito a poco, día a día, momento a momento, hacia el infortunio"

La falta de transparencia, la confusión en la enunciación, el reclamo mediante argumentos insuficientemente enunciados y debatidos, anuncia, habitualmente, una confusión intencionada entre interés particular o de grupo, e interés común o social.
Pero, no obstante, convengamos en que hoy parece que la mayoría de las opciones políticas pretenden que nuestras Instituciones tengan una aplicación, desarrollo y utilidad más transversal y democrática. Es mucho suponer pero vamos a partir de esa presunción.
Una advertencia previa y necesaria: el lector debe prepararse para comenzar a leer lo que a continuación escribo, sin proyecciones políticas personales, desposeyendo a las palabras de significados y prejuicios ideológicos. Mi intención es única y exclusivamente de carácter histórico-identificativa, y crítica. Pretendo opinar desde una perspectiva imparcial, no partidista ni sectaria. No quiero que los que no coincidieran con esa hipotética perspectiva dejaran de leer, eso no quiero, de ninguna manera, que suceda.
Habíamos convenido en aceptar que la mayoría de las opciones políticas, pretenden la mejora y excelencia social, pero también hemos de convenir en que para alcanzar ese desiderátum hay que partir, necesariamente, de la realidad jurídica y legal de nuestra sociedad.
Cualquier iniciativa de mejorar nuestra sociedad ha de partir de aquella realidad, que es necesario identificar y definir, y en esa tarea -inabordable en este espacio- pretendo fijar el papel del Derecho positivo. Veamos:
Nuestros cuerpos legales, tanto constitucionales como civiles, responden a la ideología burguesa individualista inspirada en la revolución francesa, y conforme a ella, los Códigos civiles son dictados para servir solo al interés individual, “para proteger” -como diría Federico de Castro- “el libre juego de las libertades individuales”.

"Hoy parece que la mayoría de las opciones políticas pretenden que nuestras Instituciones tengan una aplicación, desarrollo y utilidad más transversal y democrática"

Con tal paradigma resulta lógico que se excluyeran del Derecho civil, todas aquellas regulaciones que subordinaban los fines individuales a los motivos de utilidad general. El poder feudal del terrateniente o latifundista agrario, fue sustituido por el poder capitalista del latifundista financiero. “Los viejos privilegios que eximían de cargas fiscales a los señores dejan paso a los nuevos privilegios que liberan de responsabilidad y que facilitan arriesgar las fortunas ajenas en beneficio propio” (Federico de Castro, Introducción al Derecho Civil, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1968).
La doctrina jurídica desde hace dos siglos y hasta este momento dominante, ha extraído de los preceptos legales su savia moral y los ha puesto al servicio de la seguridad calculadora de los comerciantes, empresarios y financieros. Al propio tiempo, y para evitar los resultados más crueles y dramáticos o peligrosos, sigue amontonando reglas anómalas, ocasionales y de excepción. Así es, por ejemplo, en el ámbito hipotecario y concursal.
Esta preterición de la función central y unificadora del Derecho civil, ese olvido de su capacidad vertebradora, se manifiesta sobre todo en la influencia cada vez mayor de la ideología individualista, carente de objetividad. Lo cierto es que cada día es mas patente su influencia en todos los ámbitos de la sociedad.

"Creo llegado el momento, la oportunidad, de abandonar definitivamente enunciaciones teóricas y abstractas y atender de manera urgente, eficaz y eficiente a los problemas de nuestra realidad social, al confort legal de la ciudadanía"

Este es uno de los principales escollos a la corriente de progreso de nuestra sociedad.
En visión sincrética y apresurada podríamos decir que nuestro Derecho responde al universalismo imperialista del Derecho romano que evolucionó hacia el principio del bien común, y el individualismo bárbaro, propio de los godos, que evolucionó hasta convertirse en el respeto a la persona. El catolicismo los integró en la idea de la vida, del vivir. Solo faltaba la unidad del Derecho.
Es cierto que no existe una porción del Derecho segregada o separada que se haya puesto de modo intencionado al servicio del capitalismo, aunque haya normas o ausencias de normas que sean aprovechadas por éste. Pero también es cierto que otras muchas, ponen coto a sus excesos o tienen, incluso, resonancias anticapitalistas.
Nuestro Derecho, como todos, y entendido como corpus iuris, es el resultado de las ideas políticas y económicas dominantes en cada época.
Estamos asistiendo al fin de una época y al principio de otra. Por ello creo llegado el momento, la oportunidad, de hacer realidad esos viejos principios de nuestro Derecho civil -siempre enunciados y nunca aplicados en su realidad extensa y absoluta-, de restringir toda arbitrariedad en el ejercicio de los derechos, sea quien sea el que los ejerza; de abandonar definitivamente enunciaciones teóricas y abstractas y atender de manera urgente, eficaz y eficiente a los problemas de nuestra realidad social, al confort legal de la ciudadanía.