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Por: MIGUEL ÁNGEL AGUILAR
Periodista


Comentaba un colega amigo en su columna del periódico semanal AHORA que en la Asamblea General de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) del pasado septiembre un periodista encumbrado se preguntó en modo retórico qué tienen que hacer los periodistas. Y que se respondió a sí mismo de manera fulminante y categórica diciendo: “Hacer periodismo, aunque moleste a políticos, a sus jefes y empresarios". Tiene que "contar la verdad y lo que interesa a los lectores”. Olvidó, primero, que los lectores y las audiencias a veces, no quieren que les cuenten la verdad, prefieren otros cuentos; se dejan seducir por lo viral, en vez de atenerse a lo verdadero; prefieren sintonizar con las emociones y descartar los hechos depurados.
Y también olvidó advertir a los periodistas a los que encaminaba por la escondida senda de "molestar a políticos" que más les vale distinguir de qué color son para exceptuar de infligir esas molestias a quienes sean afines a la empresa editora y mientras cargan las tintas críticas sobre los desafectos o prepararse para cargar con las consecuencias. En el entendido de que nadie por lo general va a darles en sus redacciones consignas explícitas de defensa o de ataque a unos u otros porque se sobreentiende que la percepción del periodista ha de ser capaz de barruntar la proximidad o la distancia que hace merecer indulgencia o reprobación. En cuanto a la recomendación de contar la verdad sin tener en cuenta las molestias que puedan derivarse para "sus jefes y empresarios", los periodistas deben evitar verse sorprendidos por lo previsible y discernir que seguirla es tan honorable como dañino para la continuidad en el puesto de trabajo.
Ampliando el foco, las enseñanzas compendiadas por Maurice Joly en su libro de 1864 Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu, establecen que para el manejo de la opinión pública cumplen una función clave las relaciones entre el poder y la prensa y saber que tienen un alto potencial inflamable dado que compiten por el mismo público en sus vertientes de votante o de lector. El poder, pretende extraer el voto y asegurarse el respaldo; la prensa, busca sumar efectivos de audiencia que pasa a vender a continuación a los anunciantes. Joly advertía que suprimir formalmente la libertad de prensa sería una torpeza y de que al poder le resulta más útil canalizarla, guiarla a distancia. Por eso, los más finos autócratas intentan un delicado camuflaje haciéndose criticar por alguno de los periódicos mercenarios mientras suscitan una saludable propensión a la autocensura mediante la práctica de un depurado arte de la intimidación.

"A los periodistas que se encaminaran por la escondida senda de 'molestar a políticos' más les vale distinguir de qué color son para exceptuar de esas molestias a quienes sean afines a la empresa editora y cargar las tintas críticas sobre los desafectos"

En el diálogo duodécimo del libro citado, cuando Montesquieu hace notar a Maquiavelo las graves dificultades que la aparición de la prensa libre plantearía a los gobiernos tal como él los concibe, el florentino le responde vislumbrando la posibilidad de neutralizar esos inconvenientes por medio de la prensa misma (la mancha de la mora con otra verde se quita). De ahí su certera conclusión: “Puesto que el periodismo es una fuerza tan poderosa, ¿sabéis que hará mi gobierno? Se hará periodista, será la encarnación del periodismo”. Y esto lo escribió Joly cuando la radio y la televisión públicas utilizadas como servicio doméstico por los gobiernos eran inimaginables.
Además, nuestro Joly atribuye un papel decisivo al arte de la palabra en la política moderna y se anticipa así 70 años a los ensayos sobre lenguaje, política y verdad de George Orwell, reeditados por Taurus con el título de El poder y la palabra, donde se combate la idea perversa de que la libertad sea indeseable; la honradez intelectual, una forma de egoísmo antisocial y reduce la controversia sobre la libertad de prensa a un mero debate sobre si mentir es deseable. Mientras, para Orwell lo que está en juego es el derecho a informar de los sucesos, al menos con tanta fidelidad como lo permitan la ignorancia, el sesgo y el engaño a los que cualquier observador está sometido.
Observemos ahora que con la llegada de Donald Trump a la presidencia la información en Estados Unidos propende a convertirse en una duda permanente y que la búsqueda de la veracidad ha sido sustituida por el empeño en dar espectáculo. Por eso, últimos viajeros llegados de Washington señalan con escándalo que en las ruedas de prensa de la Casa Blanca se contraponen a la verdad los llamados "hechos alternativos" fabricados a la medida de la invención presidencial y que se intenta circunscribir las convocatorias a los periodistas considerados "idóneos", una categoría siempre abierta a la incorporación de los sumisos mientras que los indóciles percibidos como molestos e insalubres son acusados conforme a las previsiones de Orwell de querer encerrarse en una torre de marfil, de alardes exhibicionistas de personalidad o de resistirse a la corriente inevitable de la historia bien aferrados a privilegios injustificados.
El caso es que los portavoces de la Casa Blanca que actúan convencidos de su impecable comportamiento, proclaman su lealtad inquebrantable al presidente, defienden que "la verdad" ya ha sido revelada por Trump y consideran que el disidente, o bien es idiota, o bien conoce "la verdad" y se opone a ella por motivos egoístas. Mayor gravedad reviste aún que la producción de mentiras a la que estamos asistiendo, incluso cuando consta de manera abrumadora su falsedad, no suscite la menor reacción, como si a todos convenciera el argumento de que decir la verdad sería "inoportuno", de que "serviría para hacer el juego a estos o aquellos" o de que contradeciría al encumbrado Donald Trump. Del 45 presidente de los Estados Unidos se esperaba que, después de una campaña miserable con apoyos sospechosos y una vez alojado en la Casa Blanca, se dejaría permear por las obligaciones inherentes al cargo, que se cumpliría aquello de que el hábito hace al monje, que la gracia de estado descendería sobre él y que bajo sus efectos salvíficos acabaría adoptando comportamientos acordes con la dignidad del cargo.

"El caso es que la información en Estados Unidos propende a convertirse en una duda permanente y que la búsqueda de la veracidad ha sido sustituida por el empeño en dar espectáculo"

Pero semejantes pronósticos se han visto desmentidos y Donald Trump en el despacho oval sigue siendo un bocazas que confunde la velocidad del twit con el tocino de la responsabilidad, ejerce de matón, agrede sin parar, se instala en el desquite, amenaza en todas direcciones y aprovecha para vender armas a Arabia Saudí, a Catar, a Corea del Sur, a Taiwan o a Polonia sin olvidar el aprovechamiento de cuantas oportunidades avista para incrementar su fortuna personal. Igual que Berlusconi rehúsa cumplir la exigencia elemental de deshacerse de su imperio empresarial evaluado en 3.700 millones de dólares como le ha recordado de modo insistente el director de la Oficina de Ética del Gobierno de EE.UU., Walter Schaub, quien ante su negativa contumaz ha optado por dimitir sin consecuencia institucional alguna.
La honradez, la solvencia y la contención esperables en un presidente de los Estados Unidos han sido sustituidas por el berlusconismo rampante, la colusión de intereses, el nepotismo bananero, el machismo más soez y la zafiedad más tosca. Si algunos gobiernos autocráticos se hacen periodistas para contrarrestar la influencia del periodismo que les critica, el presidente Trump en un arranque de modernidad se ha convertido en el twitero mayor del país y en ese ejercicio incansable ha perdido el control de los esfínteres. El inolvidado Cuco Cerecedo sostenía que millones de moscas no pueden equivocarse cuando prefieren la basura. En esa misma línea, Eli Pariser en su imprescindible libro El filtro burbuja (Editorial Taurus, Madrid 2017) cita que nuestro cuerpo está programado para consumir grasas y azúcares porque son raros en la naturaleza y que tendemos biológicamente a prestar atención a estímulos groseros, violentos o sexuales, a chismes humillantes, embarazosos u ofensivos, de modo que si no tenemos cuidado, desarrollaremos el equivalente psicológico a la obesidad. Es decir que nos encontraremos consumiendo el contenido que menos nos beneficie, a nosotros o a la sociedad en general.
Aquí, en España, José María Aznar alardeaba de haber ganado las elecciones sin prisa para dar a entender que como el conglomerado mediático formado por el diario El País, la cadena radiofónica SER y la televisora Canal+ le había negado sus favores, en correspondencia, llegado a candidato se abstendría de conceder a esos medios entrevista alguna y demostraría que de esa actitud refractaria ningún perjuicio se derivaría en las urnas. Allí, en Estados Unidos, la osadía de Donald Trump fue mucho mayor porque su victoria fue lograda poniéndose prácticamente a todos los medios en contra, si bien ninguno dejó de prestarle un eco tan amplio como el que conviniera para lucrarse de las audiencias que sus disparates incrementaban. De ahí que, mecido por ese ruido estruendoso que terminaba puntuando a su favor, pudiera limitar sus inversiones en publicidad a 350 millones de dólares poco más de la cuarta parte de los 1.200 millones que empleó en la campaña su rival demócrata Hillary Clinton.

"La honradez, la solvencia y la contención esperables en un presidente de los Estados Unidos han sido sustituidas por el berlusconismo rampante, la colusión de intereses, el machismo más soez y la zafiedad más tosca"

Hubo un discreto mea culpa de los grandes medios de comunicación reunidos en México con ocasión del foro internacional del Paley Center el pasado noviembre, pero todos se maliciaban que el nuevo presidente continuaría la espiral iniciada en la campaña e intentaría minar aún más la credibilidad del trabajo periodístico. Donald cristalizaba en las antípodas de la frase del presidente Jefferson -"prefiero periódicos sin Gobierno que Gobierno sin periódicos"- que captura con extraordinaria sencillez la relación entre poder y prensa que debe regir en un sistema democrático. Trump más directo ha declarado a los medios de comunicación críticos hacia él como enemigos del pueblo. De ahí que los medios del citado foro internacional se comprometieran a combatir la información falsa como si fuera un virus y coincidieran en la necesidad de decirles a los lectores que el periodismo de pago es el único que solo se vende a sus lectores y les alertaran de que en todo servicio gratuito el precio que se paga es la información que el suministrador obtiene del usuario.
Trump como esos locos bajitos de la canción de Joan Manuel Serrat actúa "sin respeto al horario ni a las costumbres" y parece imposible de domesticar. En esa línea Fernando Savater escribía en El País que con los autócratas de guardería caben pocas razones porque de su desconocimiento y desprecio de las reglas de la vida adulta puede esperarse cualquier cosa, tanto risible como espeluznante. En su opinión ese es el caso de Donald Trump, con sus morros de adolescente malcriado, sus tuits de caca, culo, pedo y pis, sin nadie que le mande al reformatorio mientras conserva en sus manos las claves del armamento atómico. De nada sirvió que la pesadilla de la degeneración política del gran país norteamericano fuera anticipada con todo detalle en la novela Eso no puede pasar aquí escrita y publicada en 1935 por Sinclair Lewis cinco años después de ganar el Nobel de Literatura, que acaba de reeditarse en Antonio Machado Libros magníficamente traducida al castellano por Amaya Boyal e Íñigo Rodríguez Villa-Aramburu. Su lectura resulta tan necesaria como esclarecedora.