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REVISTA74-PRINCIPAL

ENSXXI Nº 75
SEPTIEMBRE - OCTUBRE 2017

Por: JOSÉ ARISTONICO GARCIA
Decano honorario



LOS LIBROS por JOSÉ ARISTÓNICO GARCÍA SÁNCHEZ

En brillantes y rigurosos reportajes histórico-culturales Philipp Blom analiza detalles y minucias que a su juicio tuvieron un peso determinante en la etiología de las dos guerras mundiales

Es lugar común entre cronistas e historiadores que fue la Gran Guerra, entre 1914 y 1918, la que produjo los cambios más tajantes en la civilización, la cultura y los modos de vivir de Occidente. Incluso se repite con frecuencia que fue su estallido lo que rompió para siempre el encanto de uno de los periodos más idílicos del Occidente europeo, la belle epoque, y que fue la repulsa a tanta violencia y tantos millones de muertos lo que generó tal rechazo sistémico a todo lo anterior que a partir de entonces todos los grupos creativos, artísticos o científicos, en pintura, arquitectura, en música, hasta en técnica o economía, terminaron por renegar y dar la espalda a los principios en que se habían apoyado las generaciones anteriores, esas que no habían sabido evitar tal descalabro.

No es esa la opinión de Philipp Blom que ha estudiado con ojos de halcón periodístico y desde puntos de vista insólitos los fenómenos que precedieron y condujeron inexorablemente a esa primera guerra y a la que de forma inevitable le siguió en 1939, que no fue a su juicio una nueva conflagración sino una continuación de la primera. Así lo sostiene en su nueva obra de reciente aparición (Anagrama, Octubre 2016) La fractura. Vida y cultura en Occidente 1918-1938, en la que define a este periodo, comúnmente llamado de entre guerras, como una continuación larvada de la inacabada primera contienda, una especie de reproducción de la Guerra de los Treinta Años con sus intervalos latentes y contenidos. Y cierto es que, muy pocos dudaban que antes o después estallaría esta segunda contienda, incluso hay quien lo predijo en el mismo acto de la firma del Tratado de Versalles con que concluyó la primera, entre ellos el propio Duchaine, que lo definió, más que como un Tratado de Paz como una Declaración de guerra aplazada.

"Philipp Blom ha estudiado con ojos de halcón periodístico y desde puntos de vista insólitos los fenómenos que precedieron y condujeron inexorablemente a la primera guerra y a la que de forma inevitable le siguió en 1939, que no fue a su juicio una nueva conflagración sino una continuación de la primera"

No había ocurrido así con la Gran Guerra. Nadie en la década anterior, ni siquiera a principios del verano del 14, quería o podía sospechar que pudiese estallar un conflicto armado tan intenso y devastador. Pero aquel bello periodo imperial, pleno de elegancia y aparente seguridad que tan bien describió Stefan Zwaig, incubaba y alimentaba soterradamenre tensiones fatídicas que a juicio de Blom necesitaban liberarse y explosionar. También este periodo había sido analizado magistralmente por este autor en una obra anterior Años de vértigo, Cultura y cambio en Occidente 1900-1914 (Anagrama 2010), y además en este caso pudo realizar su análisis abstrayéndose de la tragedia que en 1914 se iba a desencadenar, porque en este periodo no eran conscientes los protagonistas ni flotaba en aquel ambiente imperial la sombra de los nubarrones amenazantes que se iban formando ni se intuía la catástrofe que iba a desencadenar una chispa incontrolada y extravagante en Sarajevo. Fueron solo catorce años, década y media, desde 1900, en que se celebró la Exposición Universal de París a 1914 en que el nacionalismo serbio rompió aquel aparente equilibrio. Quince años de contradicciones, sí, pero plenos de optimismo, y belleza, también de fricciones, vividos a ritmo de un vértigo alucinante que, sin embargo, no cerraba la puerta a un futuro abierto y prometedor, paradoja que flota de forma constante sobre las crónicas de Blom que hacen cumplido honor a la elegancia, la esperanza y hasta la utopía de un período fulgurante.
No ocurre así con su nueva obra, La Fractura, en la que no cabe este experimento porque en ese periodo ningún cronista sería capaz de desprenderse, ni imaginativamente siquiera, de la amenaza inminente de una nueva guerra. O mejor de que estallase un nuevo episodio de aquel conflicto latente y enconado.

"Philipp Blom es un historiador, periodista y novelista alemán formado en Viena y Oxford. Es un historiador de la cultura, un investigador de la minucia, del detalle. Se le podría calificar de reportero de la oportunidad o la curiosidad. Y lo sabe hacer con maestría, encontrando muchas veces en lo secundario, en lo accesorio, la razón de algunas consecuencias graves"

Philipp Blom es un historiador, periodista y novelista alemán, nacido en Hamburgo en 1970, pero formado en Viena y Oxford en cuya Universidad se doctoró en Historia Moderna. Ha escrito una magnífica Historia de la Enciclopedia de Diderot y D'Alambert, ha escrito en los periódicos más prestigiosos del mundo anglosajón, y ha saltado a la fama con unas obras de divulgación de historia rigurosa, analizando de forma muy original los periodos de anteguerra de las dos contiendas mundiales del siglo pasado, sin entrar siquiera en su desarrollo militar, cosa que desdeña intencionadamente como algo falto de interés. Las guerras, las batallitas como las llama, están muy escudriñadas por militares y técnicos belicistas. Y Blom no lo es. Él es un historiador de la cultura, un investigador de la minucia, del detalle. Ha explicado por ejemplo el nacimiento de la ciencia a partir del asombro. Se le podría calificar de reportero de la oportunidad o la curiosidad. Y lo sabe hacer con maestría, encontrando muchas veces en lo secundario, en lo accesorio, la razón de algunas consecuencias graves.
La Exposición de París que rezumaba luces y progreso, la primera fosforescencia del uranio o la fiebre del caucho, también la irrupción de un nuevo poder, la prensa, que permitió que Morel, un simple administrativo se atreviera a plantar cara a Leopoldo I por lo del Congo, o que se destapara el taimado cariz de la guerra de los Boers o del caso Dreyfus… Fueron hitos que permitieron a Blom en su primera obra llegar a las entrañas de aquella sociedad de los años previos al 14, adormecida en utopías y sueños dorados que, como un gigantesco carrusel, producían en las conciencias un vértigo embriagador.

"Asombra el contenido de tanta sinrazón, pero asombra también la forma en que Blom, aún siendo alemán, ha asimilado, sin duda en su larga estadía en Oxford, la forma de aunar el rigor con la ligereza en la forma para sortear datos y fechas cargantes, manteniendo siempre una línea narrativa incisiva y fluida al tiempo, que logre despertar el interés de doctos y profanos"

Episodios similares, aunque más trágicos y sombríos, y nuevos personajes, muchos también secundarios, permiten ahora a Blom en La Fractura adentrarse en las conciencias y en la etiología de los graves acontecimientos de los decenios siguientes, marcados ya para siempre por la angustia de una inminente y para todos ya inevitable nueva catástrofe, de los que ha desaparecido ya cualquier rasgo de optimismo, de ilusión o de esperanza. Es imposible imaginar qué hubiese ocurrido sin esa teleología acotada.
Asombra el contenido de tanta sinrazón, pero asombra también la forma en que Blom, aún siendo alemán, ha asimilado, sin duda en su larga estadía en Oxford, la forma de aunar el rigor histórico congénito de que siempre hizo gala, con la ligereza en la forma para sortear datos y fechas cargantes, manteniendo siempre una línea narrativa incisiva y fluida al tiempo, que logre despertar el interés de doctos y profanos. Su lenguaje es culto y ágil, de vocación periodística. Su estructura, también periodística, se aleja de los armazones dogmáticos y de las tramas profesionales. El desarrolla su narración en crónicas independientes que se enganchan a una percha, aparentemente accesoria o colateral, pero de la que Blom cuelga con maestría las razones de acontecimientos decisivos.

"Ningún historiador había advertido antes, por ejemplo, que el jazz revolucionó tanto o más que el Kaiser o que Lenin. Para Blom su abrupta irrupción fue como un estallido liberador, un símbolo de la rebelión frente a las convenciones. Y al tiempo, un brote de esperanza de que la expresión y la realización personales seguirían siendo posibles"

Ningún historiador había advertido antes, por ejemplo, que el jazz revolucionó tanto o más que el Kaiser o que Lenin. Piénsese que ninguna dictadura aprobó jamás el jazz. Y es que para Blom su abrupta irrupción fue como un estallido liberador, un símbolo de la rebelión frente a las convenciones, un aviso del desdén por la belleza -por otro lado nada transgresora- de la música refinada… Y al tiempo un brote de esperanza de que la expresión y la realización personales seguirían siendo posibles.
Tampoco se habían analizado con tanta meticulosidad las causas y consecuencias de fenómenos inéditos, como la cultura corporal, los primeros gymnasios, el feminismo radical, el psicoanálisis, la revolución en espiral de las vanguardias artísticas que repelían todo lo académico, las consecuencias de los pasmosos nuevos descubrimientos científicos como la electricidad, la radiofonía o la relatividad.

"Los datos de Blom son auténticos y su narración es fiable, pero no es un libro sesudo de historia, ni siquiera una narración estructurada de los hechos según ocurrieron en aquellos años turbulentos. Son crónicas históricas sobre el guión de reportajes periodísticos"

Son veintiuna crónicas independientes aunque entrelazadas, veintiún paneles de cosas aparentemente accesorias y circunstanciales. Sus protagonistas no son los generales o los cancilleres en tensión sino, como ya se ha dicho, otros, populares o anónimos, en apariencia irrelevantes, que, sin embargo, dan en el clavo del devenir histórico de una época desgarrada, inestable y de rupturas tajantes. Personajes famosos como D'Annuncio, germen del peor fascismo que Blom analiza con marcada intención. O Marléne Dietrich simbólico solaz contra la desesperanza por la hiperinflación y enseña de la degradación de la Babilonia en que se convirtió aquel Berlín de los seiscientos clubs de alterne y los ciento setenta burdeles masculinos. También Canetti y la insurrección masiva que provocó ante el Palacio de Justicia de Viena tras la absolución de los parafascistas que habían asesinado por la espalda a dos obreros. Breton y los avatares de su internacional surrealista… Y otros episodios laterales pero inquietantes, como el nacimiento del cine megalómano, la apología del superhombre o la idea del asesinato gratuito solo para demostrar inteligencia superior que más tarde llevó al cine Hitchcock en La Soga. Y no se olvida del asesinato de marinos en Kronstadt solo porque reclamaban al Gobierno practicar la participación en las decisiones como predicaba la revolución, asesinato que ordenó el propio Lenin solo para aplastar de raíz cualquier reivindicación similar en el futuro, lo que decantó definitivamente la revolución rusa hacia la dictadura. O las hambrunas intencionadas de Stalin en Ucrania que costaron millones de muertos y que Blom narra con detalle, y como contrapeso la evasión de la angustia por la vía de la ciencia-ficción que inició Zamiatin en una magnifica novela entonces prohibida, Nosotros, que luego completó Huxley en la archifamosa Un mundo feliz.
Como ya se ha apuntado, los datos de Blom son auténticos y su narración es fiable, pero no es un libro sesudo de historia, ni siquiera una narración estructurada de los hechos según ocurrieron en aquellos años turbulentos. Son crónicas históricas sobre el guión de reportajes periodísticos. Quince crónicas de fácil lectura de un reportero cultural que mas que investigar, filosofa sobre detalles olvidados, conexiones inadvertidas y personajes insignificantes, para construir unas narraciones originales que quieren estar al alcance de un lector desenfadado, permitiéndole que, sin gran esfuerzo mental, consiga tener una visión panorámica y rigurosamente cierta, de aquellos años de vértigo que incubaban, a plena conciencia de todos, una repetición inminente de la catástrofe asoladora de 1914.

Una historia compartida

En unas memorias sutiles y ajustadas Landelino Lavilla dilucida los resortes y la paternidad de cada paso de la transición política española

Son incontables las obras que han narrado e interpretando la transición española, alguna, como la excelente de Cercas, fue recordada en estas páginas. También han publicado sus diarios o memorias algunos de los que participaron, recordemos las de Ortega Diaz- Ambrona, adlátere de nuestro protagonista de hoy, también comentadas en estas páginas.
Ahora han aparecido (Galaxia Gutenberg, 2017) las de uno de los artífices principales de este acontecimiento político, quizá el más importante de nuestra historia reciente. Lleva como título Una historia para compartir. Al cambio por la reforma (1976-1977), y la firma de uno de los coprotagonistas con Adolfo Suárez de este evento. Es, lo saben, Landelino Lavilla Alsina, Letrado del Consejo de Estado, hoy Presidente de honor de la Real Academia de Jurisprudencia, que fue Ministro de Fomento y Presidente de aquellas Cortes decisivas en aquel evento, cuyo meollo él acota acertadamente en doce meses, los que van de julio del 76 en que se aprobó la Ley para la Reforma Política y junio del 77 en que tuvieron lugar las primeras elecciones generales. Ahí estuvo el germen y la clave nuclear de la Transición y a él dedica Lavilla su discurso, minucioso y estricto, que no trata de justificar sino de explicar aquel asombroso paso de un régimen autoritario a un sistema democrático sin quiebra formal de la legalidad.

"Su discurso, minucioso y estricto, no trata de justificar sino de explicar aquel asombroso paso de un régimen autoritario a un sistema democrático sin quiebra formal de la legalidad"

Es la obra de un experto, de un narrador cuidadoso y preciso, de un pensador sutil -baste como muestra el ensayo inicial sobre el significado de los puntos suspensivos- y también de un jurista sagaz que quiere dejar sentados, con absoluta ortodoxia jurídica, los términos técnicamente exactos de aquel suceso. Así, aclara de forma contundente su intervención decisiva para que no se enfocase como un proceso de quiebra o ruptura sino de reforma o para que se distinguiera con claridad entre UCD y centrismo. Sale al paso de las críticas de los que hablaron y hablan de improvisación en el proceso cuando el guión estaba meticulosamente redactado desde meses antes por él tras un análisis extenuante con Suarez de todas las opciones posibles. O para que la Ley se llamara no “de” sino “para” la Reforma Política, pues no era esa ley la que la efectuaba. Y para precisar el alcance del juramento de fidelidad inquebrantable prestado por algunos cuyos escrúpulos venció recordando que es un juramento al Estado, y apelando a la doctrina de la vieja escolástica española (Suárez, Molina) que defendía el origen divino del poder, sí, pero siempre a través del pueblo.
Su intervención, es sabido, fue trascendental. En la obra particulariza su íntima coordinación con Suárez, con quien rememora, discurre o especula los detalles en conversaciones reales o reproducidas con verosimilitud, recordando cómo el Presidente, de quien reconoce recibía un aprendizaje continuo, hacia flexible el hilo conductor del guión trazado por Lavilla, y terminó colocando bajo la responsabilidad de este Letrado la interpretación de determinados aspectos clave de la transición. Y para ello le hizo ponente ante el Consejo de Ministros, también -y muy en especial- en el caso de la Ley para la Reforma Política como decisivo eslabón de legalidad formal entre el sistema que concluía y el que se iba a implantar. Solo lamenta que no triunfase su propuesta de dejar al Ministerio de Fomento como tutor y coordinador general del orden jurídico.

"Es la obra de un experto, de un narrador cuidadoso y preciso, de un pensador sutil y también de un jurista sagaz que quiere dejar sentados, con absoluta ortodoxia jurídica, los términos técnicamente exactos de aquel suceso"

No es un libro de historia, ni pretende serlo, así lo confiesa. Pero es algo más que el testimonio factual del coprotagonista de la transición. Y, como diría Hanna Arendt, quien dice la verdad factual en la medida que es un narrador, origina esa reconciliación con la realidad, que Hegel, el filósofo de la historia por excelencia, entendió como el fin último de todo pensamiento filosófico y que ha sido el motor secreto de toda la historiografía que trasciende la mera erudición. Pocas obras como la de Lavilla, responden más a esta premisa en cuanto al origen y clave de la Transición que fue la Ley para la Reforma Política. Y pocas practican con mayor claridad y precisión el suum cuique tribuere a quienes protagonizaron, de forma pulcra y elegante, la proeza de la transición política española.