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REVISTA81 PRINCIPAL

ENSXXI Nº 81
SEPTIEMBRE - OCTUBRE 2018

Por: MIGUEL ÁNGEL AGUILAR
Periodista


España según pregonaba Rajoy y el marianismo de acompañamiento en vísperas de la victoria electoral pepera de 2011, perecía víctima de la perfidia zapateril. Yacía en el fondo de un pozo cavado por manos socialistas, cuyo ahondamiento iban exagerando cada vez más porque así crecía en paralelo su hazaña de haber evitado el rescate por la UE de nuestra economía al que parecíamos condenados y que hubiera supuesto la suma de todos los males. A la manera que describe Francisco Silvela en su España sin pulso, el gobierno del PP consideraba que de sus incesantes auto-elogios se acabarían deduciendo heroísmos. En todo caso, la prioridad de Rajoy, tras la sesión de investidura y la formación de Gobierno, fue la toma de Prado del Rey. Es decir, la puesta bajo estricta obediencia de la radiotelevisión pública, que apenas meses antes el presidente José Luis Rodríguez Zapatero había procedido a liberar de su invariable condición de servicio doméstico del gobierno de turno.

Esa fue, pues, la primera urgencia a que atendieron los nuevos encumbrados sirviéndose de la holgada mayoría parlamentaria disponible. Primero, en junio de 2012, procedieron a eliminar a Alberto Oliart para relevarle por Leopoldo González Echenique quien, a partir de septiembre de 2014, fue sustituido por José Antonio Sánchez, votante confeso del PP, que estuvo haciendo con insólito descaro permanente bufa y befa de los diputados en cada una de sus comparecencias periódicas ante la comisión mixta de control. Los resultados electorales de 2016 mantuvieron al PP como fuerza más votada pero muy lejos de la mayoría parlamentaria de la precedente legislatura. Por ahí se formó un frente de rechazo a la manipulación y se alumbró un acuerdo para la provisión de los cargos de RTVE mediante un concurso público. 
Pese a ello, la aritmética y los subterfugios del PP han mantenido bloqueada la convocatoria del concurso mencionado hasta que el triunfo de la moción de censura descabalgó a los populares y el improbable candidato Pedro Sánchez quedó investido como presidente del Gobierno. Su primer decreto-ley fue para hacer posible la elección de los miembros de su Consejo de Administración. Momento de recordar la vergüenza que nos ha invadido al asistir a una propuesta de nombres y a un reparto de cuotas, que nos hacían recordar las situaciones abominables de las que queríamos salir. Con el agravante de que era Pablo Manuel Iglesias quien andaba ofreciendo puestos a periodistas que consideraba afines asimilables, asegurándoles en sus sondeos previos que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, le había entregado la RTVE para que dispusiera de ella. Por ahí llegamos otra vez a la importancia de las formas, advertidos como estamos por Charles Maurice de Talleyrand de que il-y-a toujours la manière. 
De estas anticipaciones, por parte del secretario general de Podemos, ya tuvimos pruebas lamentables cuando Pablo Manuel le hizo a Pedro Sánchez el Gobierno mientras estaba todavía en el palacio de la Zarzuela aceptando el encargo del Rey Felipe VI para intentar la investidura que nunca fue. En la sala de prensa del Congreso de los Diputados compareció entonces el líder de la formación morada con aquellos de los suyos que preconizaba para los ministerios y otros puestos de primera relevancia. Ahora también, en el caso de la RTVE, empezaron a sonar nombres como los de Ana Pardo de Vera, directora del periódico Público, Arsenio Escolar o Andrés Gil de diario.es. También otros que resultaron elegidos en segunda votación por el Pleno del Congreso, a saber: Rosa María Artal, Juan José Baños, Concepción Carcajosa, Cristina Fallarás, Tomás Fernando Flores y Víctor Sampedro. O los que acabarán siendo elegidos también por el Congreso para subsanar el bloqueo de la mayoría pepera en el Senado, que acabarán siendo Ana Isabel Cerrada, Fernando López Agudín, Juan Tortosa y Josep Luis Micó.

"Momento de recordar la vergüenza que nos ha invadido al asistir a una propuesta de nombres y a un reparto de cuotas, que nos hacían recordar las situaciones abominables de las que queríamos salir"

Todos ellos, antes de que les llegue el momento de hacerse la pregunta de por qué han sido destituidos, deberían cuestionarse ya ante quién y cuáles han sido los méritos que puedan haber propulsado sus nombramientos. Cada uno habría de plantearse aquello de “¿qué he hecho yo para merecer esto?”, siguiendo el título de la película de Pedro Almodóvar rodada en 1984. Porque lo que algunos observadores, situados en un determinado ángulo del espectro político, valoran como merecimientos; a otros, que miran desde el ángulo opuesto, solo les infunde sospechas. Los méritos se apuntan en la hoja de servicios mientras que las sospechas se infunden según sea la susceptibilidad del observador. Hay unos baremos establecidos conforme a los cuales se evalúan los méritos pero es la mirada crítica, deshabituada, la que descubre indicios, a veces de apariencia inocua, que al rastreador con buena pituitaria le hacen sospechar.
A falta de un vocabulario de la mirada que haya clasificado sus modalidades se impone establecer al menos las diferencias entre la mirada recta y la de través, la mirada prensil, la que llega al objeto y queda en él agarrada y la mirada blanda que resbala sobre su forma sin prenderla, en un deslizamiento de caricia. La mirada que mira como más allá de lo que mira, y la otra, corta, que parece no llegar a su superficie. La mirada indiferente, la intensa, la vaga. La mirada voluptuosa y la reflexiva, la clara y la turbia, según propone el doctor Gustavo Leoz en su ensayo La expresión y la mirada.
Los periodistas, como los actores o los políticos, siempre han estado intervenidos por la mirada y el oído del público ante el que comparecen, que les está leyendo, escuchando en versión sonora o contemplándoles en audiovisual. La diferencia estriba en que mientras actores y políticos han de aguantar la inmediatez porque trabajan cara al público, los periodistas pueden por lo general mantenerse a distancia. Cuando los programas de radio o de televisión son en abierto con espectadores en el estudio o en el lugar desde donde se emiten puede suceder que hayan sido reclutados bajo la forma de docilidad mercenaria, en cuyo caso sus aplausos son obedientes al regidor del plató o que el aforo haya sido de libre disposición y las reacciones tanto de adhesión como de disconformidad se produzcan de modo espontáneo, sin ajustarse a guión alguno. 

"Los periodistas, como los actores o los políticos, siempre han estado intervenidos por la mirada y el oído del público ante el que comparecen, que les está leyendo, escuchando en versión sonora o contemplándoles en audiovisual"

La experiencia confirma que la percepción del eco, en forma de aplausos y de censuras, perturba a los periodistas porque puede inducirles a falsificar los hechos o desertar de las opiniones bien fundadas en aras de sintonizar con el público o por el contrario a incendiarlo exacerbando las diferencias. A ese acompasarse con los espectadores para agradarles lo llamaba Pepe Dominguín torear de oído. Decía que cuando los tendidos aplauden el torero tiende a insistir en la misma suerte pero que cuando protestan, su reflejo es el de cambiar de mano o de terrenos. Sucede además que las nuevas tecnologías han dado al eco la velocidad de la luz y lo han hecho simultaneo con la narración del acontecimiento o la proclama de la opinión, También son capaces de cuantificar la magnitud de la audiencia. Entonces, a la búsqueda de multiplicar la audiencia, el número de clicks o de visitas, se acaba halagando los más bajos instintos, se pierde el respeto y se embrutece al público, se cultiva el morbo más degradante y se olvidan los deberes elementales del oficio. 
A la inversa, hay otro estruendo desorientador, el del silencio absoluto y la absoluta falta de eco. Entre los afectados por esa carencia en distintas épocas se ha citado a los columnistas de El País, a quienes durante décadas nada se les dijo nunca del seguimiento o de los efectos de sus colaboraciones. Era como si trabajasen en los laboratorios de la NASA sustraídos a la Ley de la Gravedad. Continuará.