Menú móvil

cerrar-mobile

 

REVISTA78-PRINCIPAL

ENSXXI Nº 79
MAYO - JUNIO 2018




IN MEMORIAM

JOSE ARISTÓNICO GARCIA SÁNCHEZ

Al día siguiente de la última epifanía, el 7 de enero, murió Francisco Nuñez Lagos, un hombre insigne y perspicaz y al tiempo llano y sencillo. Se ha marchado discretamente, sin hacer ruido, como vivió. Han sido 102 años de una vida no menos propicia que longeva. 
Era notario, un gran notario, más que notario porque trascendía la función a categorías de plenitud que pocos llegan a alcanzar. Era hijo de notario, hermano, padre y tío de notarios. Fue coartífice de una saga notarial con un marchamo de brillantez y prestigio, y su estela sigue atrayendo seguidores en todo el panorama notarial panhispánico. La saga la inició su padre, Francisco Núñez Moreno, hombre brillante como su hermano José con quien partió de Periana a Madrid, y luego -ya unido a la familia Lagos, también de Periana- recaló en Valencia donde ejerció la notaría y alcanzó el Decanato. Pero han sido sus hijos Rafael y Francisco quienes dieron al binomio Nuñez Lagos -ni uno ni otro usó monomio- el brillo que ahora destella como marca de excelencia y calidad en el panorama notarial.
Puede decirse que uno y otro son las dos caras, diferentes pero complementarias, de una misma estampa. Rafael era brillante, tenía una peculiar agudeza y una gran sencillez, y a su sólida formación de base civilista unía una riqueza de ideación para captar la realidad viva en imágenes y una extraordinaria brillantez de pluma como expositor recordó Vallet en su necrológica. Francisco era al igual sencillo y agudo, pero sobre todo era realista, seguro y certero. Tenía un intelecto clarividente y de tan férrea estructuración que era capaz de clasificar en categoremas ordenados las doctrinas más espinosas, los asuntos más enrevesados o las reglamentaciones más enmarañadas.
Le conocí en el Tribunal de Oposiciones de ingreso y siempre le consideré -junto a los demás miembros del Tribunal y otros de los que tuve el honor de recibir lección, Roan, Cámara, Prada, Adrados o Vallet- un maestro admirado y ejemplar. Yo le vi descifrar, como un taumaturgo, con una lógica insultante por su simplicidad, el galimatías que en materia de vivienda había creado una legislación precipitada y oportunista, de principios y objetivos divergentes cuando no contradictorios y de vigencia dudosa, Ley Salmón, Casas Baratas, Ley Castellana conviviendo con otras leyes de coyuntura, Viviendas de Clase Media, Bonificables o Renta limitada dictadas con urgencia. También presencié cómo, en auditorios de alto nivel, como la Academia de Jurisprudencia o Seminarios de élite, asombraba a los concurrentes con su maestría en el manejo de los conceptos técnicos novedosos introducidos en la nueva Ley del Suelo por el staff técnico ajeno al derecho que la redactó, como las unidades de aprovechamiento, y su reducción como por ensalmo a categorías jurídicas normalizadas. También comprobé, porque colaboré bajo su dirección, cómo de su mano salieron muchos de los artículos más transcendentes y arduos del Reglamento de Gestión Urbanística, en cuya redacción la mente poderosa y ordenada de Francisco consiguió poner método donde los políticos, por oportunismo o coyuntura electoral, parecían empeñados en excluirlo, y de entrecruzar racionalidad donde solo había trazos ilógicos de voluntarismo. El Ministerio de la Vivienda, sabedor de su talento, le incluyó en sus Comisiones de trabajo, le nombró miembro de su Consejo Nacional y convirtió muchos de sus postulados en leyes que en gran parte siguen vigentes. Aprendí mucho de él, de su discurso y de su método, aunque para incitar a sus colaboradores él dijera vanamente lo contrario. Y hoy guardo como un tesoro en mi biblioteca una sacra de altar del evangelio de San Juan -símbolo del verbo y de la luz- que le perteneció y en la que encontraba inspiración.

"Tenía un intelecto clarividente y de tan férrea estructuración que era capaz de clasificar en categoremas ordenados las doctrinas más espinosas o las reglamentaciones más enmarañadas"

Igual trato dio al fárrago de disposiciones de distinto rango y clase sobre inversiones extranjeras en España que -de nuevo por voluntarismo coyuntural- dictaban con urgencia los políticos sin pensar en su encaje y coordinación con el sistema legal. En un pequeño opúsculo que regaló a todos los notarios y en una obra extensa posterior, descifró y redujo a esquemas inteligibles y a una estructura piramidal todo aquel marasmo.
Y no es una opinión. La propia Junta Directiva del Colegio de Madrid reconoció oficialmente la importantísima labor cultural, sobre todo en los sectores del urbanismo -cita los magníficos trabajos publicados en la Revista de Derecho Notarial nº 17, 25 y 113- y de las inversiones extranjeras en las que fue la máxima autoridad en nuestro Derecho como lo demuestran su obra monumental publicada por la Junta de Decanos y los numerosos trabajos y conferencias que la precedieron o completaron. Esa misma Junta le calificó de notario ejemplar y le nombró Decano Honorífico del Colegio. La Revista del Colegio El Notario del Siglo XXI le incluyó entre los Grandes del Notariado. Y el Ministerio de Justicia le concedió la Cruz de Honor de San Raimundo y le declaró notario honorario, título más que merecido pues siempre interpretó la notaría como un oficio público de servicio al ciudadano pasando, como pedía Salatiel, sus consejos por el corazón antes de dárselos al que los pide, prius teneat in corde quam in ore.
Había llegado a Madrid por oposición restringida en 1949 y colaborado siempre con las Juntas Directivas y en 1978 fue nombrado Decano y Presidente de la Junta de Decanos. Formó parte de Tribunales y Comisiones, fue miembro permanente de la Junta de Gobierno de la Academia Matritense del Notariado de la que fue nombrado Presidente honorario. También fue vocal permanente de la Comisión General de Codificación, sección Derecho Civil y Mercantil, y formó parte de la comisión reguladora de las sociedades limitadas (Ley de 1953) que como es sabido habían nacido y vivían por anomia en los protocolos notariales.
Siempre fue clarividente y certero. Pocas mentes han conseguido dominar como él hechos jurídicos rebeldes al orden y alinear y clarificar marasmos legislativos redactados a espaldas de la lógica jurídica. Y no le faltaba brío para sostener con firmeza su criterio si era firme. Lo demostró en su época de rector del Notariado en que adoptó con rotundidad decisiones a veces dolorosas, como desautorizar colegiados en 1979 y dar carpetazo a un pretendido Colegio Oficial de Empleados, lo que le costó manifestaciones multitudinarias que supo resistir con la misma serenidad y tesón con que otrora le vi hacer frente a una presión insólita para registrar el Planeamiento fuera de las Oficinas Oficiales proponiendo una solución equilibrada a la relación Propiedad-Planeamiento-Registro que al final se convirtió en ley.
Fue un hombre sencillo y humilde. Como su hijo Paco recordó en los funerales, seguía el aviso evangélico de que el se humilla será ensalzado. Justo lo que hacemos hoy. Porque fue, sigue siendo, ejemplo y modelo de modestia, normalidad y racionalidad certera y armónica. Pero no basta con reconocer y admirar su legado. Hay que absorberlo. Así lo sugiere el verso de Goethe: lo que has heredado de tus mayores, adquiérelo para poseerlo.