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Por: JUAN JOSÉ LÓPEZ BURNIOL
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Tras el suicidio de Europa

Cuenta George Steiner que, el año 1934, Thomas Mann escribió la necrológica de Sammi Fisher, su editor, un judío húngaro afincado en Berlín que había contribuido en buena medida a que Mann fuese un escritor conocido. Mann recordó entonces el diálogo sostenido con Fisher la última vez en que charlaron, meses antes, cuando el anciano estaba ya muy enfermo. Fisher expresó su opinión sobre un conocido de ambos: “No es europeo” -dijo Fisher, mientras movía negativamente la cabeza-. “¿No es europeo, señor Fisher? ¿Por qué no?”, preguntó Mann. “No entiende nada de grandes ideas” -respondió Fisher-.

La unión de Europa es una gran idea europea alumbrada por europeos en circunstancias terribles, y que no todos los europeos entienden o -mejor aún- quieren entender y hacer operativa. Surgió en circunstancias dramáticas. Hay que imaginar lo que era Europa desde el Cabo Norte a Punta Europa, allá en Tarifa, y desde el Finisterre a los Montes Urales, la madrugada del 12 de mayo de 1945, el día siguiente a la rendición incondicional de Alemania ante los Aliados tras una guerra atroz de cinco años, precedida por una contienda civil española de tres. Era un escenario terrible de destrucción y muerte, en el que hombres y mujeres habían sufrido de manera indecible, hasta el punto de que, si todos los gritos de dolor y espanto proferidos durante aquellos años resonasen al unísono, el mundo entero sería incapaz de soportarlos. Fue entonces cuando europeos de toda laya -empresarios, intelectuales, político y sindicalistas- se juraron que aquel inenarrable desastre no podía repetirse jamás, y para ello concibieron un doble ideal: la unidad de Europa, como antídoto para el enfrentamiento entre pueblos propiciado por el nacionalismo, y el Estado de bienestar, como antídoto para el enfrentamiento entre clases sociales. Tan es así, que Hannah Arendt recuerda las palabras que Georges Bidault, antiguo jefe de la Resistencia francesa y luego ministro de Asuntos Exteriores, dirigió poco después de la liberación de París a los soldados alemanes heridos y hospitalizados, expresando de manera breve y magnífica los sentimientos de quienes arriesgaron su vida frente a los nazis: “Soldados alemanes, soy el jefe de la Resistencia. He venido para desearles un pronto restablecimiento. Ojalá se encuentren ustedes pronto en una Alemania libre y en una Europa libre”. Es característico -apunta Arendt- que incluso en una situación semejante se persistiera imperturbablemente en la idea de Europa; unas palabras diferentes no hubiesen correspondido a la convicción de que la crisis europea era antes que nada una crisis de los Estados nacionales.
La idea de la unidad de Europa era tan fecunda que logró, al ponerse en marcha en su vertiente económica, un éxito innegable, al que deben los europeos más de medio siglo de paz y crecimiento económico. Pero, hoy, Europa se encuentra en una encrucijada. Está quedando claro que la unión económica no provoca, como una consecuencia necesaria, la unificación política. Es más: el paso de gigante que supuso la creación de una moneda única -el euro- ha puesto de relieve como Europa no es ni será viable sin unas instituciones políticas comunitarias con legitimación democrática directa y sometidas a un control democrático también directo, que puedan impulsar políticas dirigidas a hacer prevalecer el interés general europeo sobre los intereses particulares de sus Estados miembros. No será viable ni su moneda única. Así las cosas, tal vez sea bueno recordar una enseñanza que se halla en una de las raíces de la cultura europea: el Derecho romano.

“La unión de Europa es una gran idea europea alumbrada por europeos en circunstancias terribles, y que no todos los europeos entienden o -mejor aún- quieren entender y hacer operativa”

La societas -sociedad- surgió en Roma como un contrato en el que varias personas ponían en común sus bienes, o parte de ellos, para obtener una ganancia también común. En esta figura -inspirada en parte por las sociedades mercantiles helenísticas para el comercio de esclavos o la recaudación de impuestos- se halla el germen de las sociedades mercantiles modernas, a las que se reconoce una personalidad distinta de la de sus socios y cuya esencia se halla en un triple rasgo: 1. Puesta en común de bienes. 2. Unidad de dirección. 3. Algún tipo de responsabilidad compartida, aunque sea limitada, por las deudas sociales.
La Unión Europea no escapa ni puede escapar, pese a su naturaleza política, de este esquema conformado por la tradición jurídica europea. Por consiguiente, solo habrá una auténtica Unión Europea si reúne estos tres requisitos: 1. Si pone algo en común: lo ha hecho en buena medida, al poner en común -cuanto menos- el mercado y la moneda -la divisa-, además de un presupuesto comunitario, bien es cierto que extraordinariamente parco. 2. Si existe unidad de dirección: no la hay suficiente, pues la UE carece, pese a la amplitud de sus competencias, de capacidad decisoria en diversos e importantes ámbitos que quedan reservados a los Estado miembros. 3. Si acepta la responsabilidad compartida por ciertas deudas: ni la acepta ni tiene, al parecer, intención de admitirla, con olvido de que es imposible una moneda única sin algún tipo de responsabilidad solidaria de los socios por las deudas de éstos, que sirva de garantía frente a terceros. Una garantía que haría posible, por ejemplo, la emisión de eurobonos.

La refacción de Europa

La historia es, con altibajos, un proceso de progresiva racionalización de la vida colectiva con arreglo al único criterio ético de validez universal no metafísico: que el interés general ha de prevalecer siempre sobre los intereses particulares. La progresión de este proceso se manifiesta en el hecho, claramente perceptible a lo largo de los siglos, de que cada vez son más amplios y extensos los ámbitos territoriales sujetos a una determinada ordenación racional: la tribu, la ciudad, el Estado y las uniones supraestatales, sin que pueda pensarse en llegar a un único ámbito mundial -un Estado universal-, dado el carácter binario -dialéctico- de la historia humana.
En este proceso de racionalización se incardina la paulatina conformación de la Unión Europea, surgida como reacción a la irracionalidad y vesania desencadenadas por la Primera y la Segunda Guerras Mundiales (una nueva “Guerra de los Treinta Años”), que fueron -de hecho- sendas guerras civiles europeas. No existe, por tanto, ninguna duda de que el objetivo último que perseguían los iniciadores de este proceso era llegar a constituir, con el tiempo, unos Estados Unidos de Europa. Pero -prudentes como eran a causa del desastre que vivieron y conocedores de los atavismos nacionalistas que encarnan los Estados-nación europeos- promovieron inicialmente un mercado único, con la esperanza de que el roce provocado por éste facilitaría -primero- una mayor integración económica y -más tarde- una auténtica unión política. Así, en esta línea de pensamiento y de acción, se implantó osadamente hace unos años, sobre la base de poco más que un mercado común, una moneda única -el euro-, a la espera de que detrás de ella se articularían necesariamente, por la misma fuerza de los hechos, unas políticas económica, fiscal y presupuestaria también compartidas. Todo ello, además, sin que existiesen previamente unas instituciones políticas comunitarias que hiciesen posibles aquéllas.

“Ha llegado para Europa el momento de la verdad: el de su refacción como un cuerpo político unitario”

Pero ésto, que hubiese sido un milagro, no ha llegado a producirse. Y, de repente, estalló la última y profunda crisis económica, que cogió a Europa desvertebrada, es decir, sin las instituciones precisas y, por tanto, débil. Además, como sucede siempre, la enfermedad se ensañó con los miembros más endebles, esta vez bajo la forma de crisis de sus deudas soberanas. Ahora bien, si esta crisis se hubiese producido en el marco de una estructura federal o cuasi-federal, hubiera tenido una trascendencia limitada, similar a la de la quiebra de California, cuyos efectos han sido asumidos y neutralizados por la mera existencia del Sistema de Reserva Federal (FED). Pero la ausencia en Europa de una institución con competencias semejantes -en otras palabras, la falta de un Tesoro Europeo que controle y respalde a las diversas economías estatales- ha provocado que, al acometerse sin instrumentos adecuados la solución de los problemas surgidos, éstos se hiciesen mayores, hasta llegar a una situación límite. El caso de Grecia -que suponía solo el 2% de la economía europea, frente al 18% de la americana que representaba la de California- es paradigmático.
El trance fue de una gravedad extrema y planteó, de forma abrupta, el problema de fondo en esta hora de la construcción europea: si existe o no una voluntad política para pasar de lo que es hoy la UE -una confederación de funcionamiento mejorable- a una federación con instituciones soberanas legitimadas democráticamente y sometidas a control democrático. Ha llegado para Europa el momento de la verdad: el de su refacción como un cuerpo político unitario. Se trata de una tarea que ha de ser obra de todos, pero en la que Alemania ostenta, por su hegemonía económica, una clara posición de liderazgo. Son explicables sus reservas: el recuerdo de la tremenda inflación de los años 20, la desconfianza por la falta de rigor fiscal de algunos países y, también, las ventajas puntuales que le brinda la actual situación. Pero ha de mirar a medio y largo plazo. De no hacerlo así, Europa se sumirá en el caos por tercera vez en poco más de un siglo. Y a la tercera va la vencida.

El retorno del pasado

La misma crisis económica que puso al descubierto las carencias institucionales y políticas de la Unión Europea produjo un segundo efecto que inicialmente no se percibió, pero que pronto cobró relevancia: una fuerte erosión de las clases medias (en las que descansa el buen funcionamiento de la democracia representativa) y un aumento de las desigualdades sociales. Se ha ido generando así, en los distintos países de la Unión, una situación no muy distinta a la de la Europa de los años 30, cuando las consecuencias de la crisis de 1929 propiciaron, junto con otros factores, una polarización social en torno a mensajes totalitarios, tanto a la derecha (fascismo) como a la izquierda (comunismo). En la actualidad, hay que añadir a este empobrecimiento de las clases medias y populares otros dos factores: los efectos de la globalización (entre ellos la deslocalización industrial) y el temor frente a una inmigración creciente, que -como siempre ocurre- afecta más duramente a los sectores más débiles de la sociedad. La concurrencia de todos estos fenómenos genera un creciente miedo al futuro en todas las sociedades europeas. No se trata tanto de la existencia de riesgos, que son previsibles y mensurables por naturaleza, sino de incertidumbres, que no pueden determinarse ni evaluarse. Y, frente a las incertidumbres, la gente busca refugio, aunque sea ilusorio. Un refugio que siempre se persigue, en cada país, de acuerdo con la idiosincrasia de éste. Así en Francia, país conservador donde los haya, muchos “indignados” apuestan por la extrema derecha de Marine Le Pen; en España, país con una cierta querencia “anarcoide”, votan a Podemos; y en Cataluña, al igual que en otros lugares de Europa, miran hacia atrás, hacia la Arcadia feliz de una Edad de Oro imaginada, profesan la fe nacionalista y buscan el amparo de un Estado propio ya existente o que se pretende crear de la nada. Una pura involución que, por otra parte, no es nueva en la historia. Así, tras la Revolución Liberal, se produjo una reacción legitimista que en España se encarnó en el carlismo; mientras que, en la actualidad, la globalización ha provocado también la oposición y el rechazo de amplios sectores de la población.

“La Europa federal a la que se aspira no ha de apostar solo por proyecto político y económico, sino a la vez por un proyecto social que genere un sentimiento de pertenencia a la Unión hasta ahora inexistente”

El nacionalismo supone, por tanto, una involución que va en sentido contrario a la tendencia a una progresiva formación de grandes uniones supraestatales como la Unión Europea, y es, además, un refugio coyuntural del populismo surgido tras la última crisis global. Las manifestaciones de este fenómeno son muy diversas: la victoria del presidente Trump en Estados Unidos (que acaba de autodefinirse como nacionalista), el Brexit en Gran Bretaña (tan nostálgico de su “espléndido aislamiento”), la erosión democrática en Polonia y Hungría, y el secesionismo catalán (que ha sumado el impulso populista a una seria, fuerte y constante -más que secular- afirmación catalanista). En cualquier caso, todos estos fenómenos, en cuanto a Europa se refiere, suponen -incluida la formación de nuevos Estados por secesión de un Estado miembro- un paso atrás en el camino de la construcción europea, cuya idea germinal -recordémoslo- fue la superación de unos Estados-nación que habían llevado a Europa a su suicidio.
Los europeos han de tener muy presente, en estos momentos de zozobra, la aventura extraordinaria que constituye la construcción política europea, a partir de la desolación inmensa reinante en Europa tras su suicidio en las dos guerras mundiales. Y, al propio tiempo, tampoco han de olvidar que la Unión Europea es, en esencia, un proyecto político en el que la unión económica y monetaria no pasa de ser un instrumento al servicio de aquella. Este proyecto político de horizonte federal es, por tanto, incompatible con el populismo independentista allá donde éste se manifieste. De un modo casi testamentario dejó constancia de ello el presidente Mitterrand, en su discurso al Parlamento Europeo -en 1995-, cuando, teniendo presente la historia trágica de Europa, sentenció que “el nacionalismo es la guerra”. Por todo ello, lejos del rebrotar nacionalista, la Europa federal a la que se aspira no ha de apostar solo por proyecto político y económico, sino a la vez por un proyecto social que genere un sentimiento de pertenencia a la Unión hasta ahora inexistente.

“De ahí la importancia de defender el “régimen del 78” y su piedra angular que es la Constitución que nos rige, que nos homologó con las democracias europeas y sigue siendo la base de nuestra ordenada convivencia. Atacar la Constitución es, por consiguiente, atentar contra los valores y principios que informan a la UE”

Mucho se ha apelado a Europa en España durante los últimos años, con motivo del llamado por unos “problema catalán”, al que otros prefieren denominar “problema español”, el problema español de la estructura territorial del Estado, es decir, de la distribución del poder. Unos, insistiendo en la exclusión de Cataluña de la Unión en caso de proclamar unilateralmente su independencia; otros, dando por segura su permanencia en la Unión. Hay que recordarles a unos y otros que la Unión Europea es nuestra estación de destino, pero que los problemas internos debemos resolverlos entre nosotros y no pretender solventarlos remitiéndolos a una “instancia superior” como sería la UE. Indro Montanelli decía lo mismo respecto a Italia. De ahí la importancia de defender el “régimen del 78” y su piedra angular que es la Constitución que nos rige, que nos homologó con las democracias europeas y sigue siendo la base de nuestra ordenada convivencia. Atacar la Constitución es, por consiguiente, atentar contra los valores y principios que informan a la UE. Los problemas políticos hay que resolverlos políticamente. Así, la cuestión territorial ha de afrontarse con la ley como marco, la política como tarea y la palabra como instrumento.

Palabras clave: Unión Europea, España, Cuestión territorial.
Keywords: European Union, Spain, Territorial question.

Resumen

Mucho se ha apelado a Europa en España durante los últimos años con motivo del llamado por unos “problema catalán”, al que otros prefieren denominar “problema español”, el problema español de la estructura territorial del Estado, es decir, de la distribución del poder. Unos, insistiendo en la exclusión de Cataluña de la Unión en caso de proclamar unilateralmente su independencia; otros, dando por segura su permanencia en la Unión. Hay que recordarles a unos y otros que la Unión Europea es nuestra estación de destino, pero que los problemas internos debemos resolverlos entre nosotros y no pretender solventarlos remitiéndolos a una “instancia superior” como sería la UE. Los problemas políticos hay que resolverlos políticamente. Así, la cuestión territorial ha de afrontarse con la ley como marco, la política como tarea y la palabra como instrumento.

Abstract

Many appeals have been made to Europe in Spain in recent years due to what is referred to by some as the "Catalan problem", which others prefer to call the "Spanish problem", or the Spanish problem of the territorial structure of the State, i.e. the distribution of power. Some have insisted that Catalonia would be excluded from the Union if it unilaterally proclaimed its independence; others assumed it would remain in the Union. Both sides need reminding that the European Union is our final port of call, but we must resolve our internal problems ourselves, and we should not try to resolve them by referring them to a "higher authority" such as the EU. Political problems must be resolved politically. The territorial question must therefore be addressed using the law as our framework, politics as our task and the word as our instrument.