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REVISTA87

ENSXXI Nº 87
SEPTIEMBRE - OCTUBRE 2019


José Aristónico García Sanchez
Decano Honorario del Colegio Notarial de Madrid

IN MEMORIAM

Ha muerto Ipiens, un nombre sin segundo en verso de Garcilaso, porque en los foros en que se movió no hay riesgo de confusión y su proyección es irrepetible.
Hubiera madurado más este memorando si pensara que sería posible plasmar fielmente con palabras su sigiloso y singular perfil, pero ni más tiempo ni más palabras bastarían para conseguir una imagen cabal, aunque solo fuera pálida, de sus méritos. Son muchos los elogios que recibió en vida y muchos los que después de este memorando quedarán por decir, porque son tantos los que merece que no es fácil agotarlos.

Dice el mito que Sofrosyne, personificación ideal de una gama sutil de virtudes afines que van desde la moderación y la discreción, hasta la armonía, la proporción y la templanza, fue uno de los espíritus que escaparon de la caja de Pandora pero que huyó al Olimpo abandonando para siempre al género humano. Debió haber alguna excepción. En la placa conmemorativa del homenaje espontáneo y multitudinario que se hizo a Ipiens a raíz de su jubilación se le declaraba último representante de la Sofrosyne. Y no faltaban razones para ello, porque en su talante se dieron cita la moderación, el equilibrio, el autocontrol, la prudencia y la proporción. Verdaderamente con él se cierra un ciclo singular de una manera de pensar, de decir y de callar, de actuar y de orientar dentro de los confines de los cuerpos registral y notarial difícil de repetir.

"En su talante se dieron cita la moderación, el equilibrio, el autocontrol, la prudencia y la proporción"

Antonio Ipiens Llorca nació en Murcia por ascendencia materna con raigambre del pirineo aragonés, de Biescas, de donde era oriundo su padre, profesor selectivo durante décadas de la Universidad Central en una disciplina, la química, de la que era catedrático desde los 21 años. Antonio ingresó en el Notariado a los 25 años en las oposiciones de 1948 celebradas en Burgos, y ejerció como notario en Orduña durante dos años y en Mengibar durante otros cuatro, hasta 1954. En 1988, a los 65 años, regentó el Registro de la Propiedad nº 37 de Madrid donde se jubiló. Desde 1954 hasta 1988, durante 34 años, formó parte del Cuerpo Facultativo de Letrados de la Dirección General de los Registros y del Notariado, donde accedió siguiendo un impulso interior en concurso de méritos. Comenzó de notario y terminó de registrador, pero fue en la Dirección General, cuyo Centro Directivo ejerció sobre él un atractivo irresistible por el enorme prestigio de los grandes maestros que le había integrado desde su fundación en el siglo anterior, donde Antonio desarrolló su vocación y alcanzó la dimensión profesional y humana que le caracteriza y por la que se le recordará siempre.

"Antonio Ipiens siempre permanecerá como un arquetipo imperecedero de esa cultura inmarcesible e irrepetible de un saber estar, saber escuchar y saber hacer sugerente y responsable que solo allí y entonces se practicaba"

Yo podría destacar de Antonio sus méritos como estudiante aprovechado y brillante opositor, o su magisterio en Icade donde impartió durante años clases ejemplares de Derecho Civil, o en la Comisión General de Codificación de cuya Sección de Mercantil fue Secretario durante décadas.
Podría destacar su dimensión cultural en todas las ramas de las ciencias y las artes, especialmente en el terreno musical en el que llegó a ser un erudito omnisciente y un coleccionista de reproducciones exhaustivo.
Podría recordar los numerosos premios y justos panegíricos recibidos en vida y a raíz de su jubilación, relacionando los méritos que en ellos se desgranaron con justicia, tanto en el homenaje colectivo brindado espontáneamente por sus amigos y compañeros en junio de 1993 a raíz de su jubilación, como con ocasión del Primer Premio concedido por la conocida y admirable web notariosyregistradores.com por su labor técnica y didáctica en resoluciones y oposiciones, a cuyo homenaje se sumó la revista del Colegio de Madrid EL NOTARIO DEL SIGLO XXI, o en los contenidos en el libro homenaje conjunto a él y a Manuel Peña editado por el Centro de Estudios Registrales en 1996, elogios que ni aún sumados todos ellos serían capaces de agotar la hondura y riqueza de sus sentimientos, méritos y valores.

"Se afanaba en derramar sobre el frío severo de los estrados un magma etéreo y cálido que neutralizaba angustias, disipaba desalientos"

Podría destacar su legado doctrinal, que con la excepción de su brillante conferencia en la Academia Matritense en 1974 sobre hipoteca y anotaciones de embargo, permanece anónimo en varios de los voluminosos tomos de Resoluciones de la Dirección General -aquella Dirección General modélica con figuras de la talla de Jordán de Urries, Lledó, Peña B. de Quirós, Lucini o Díez del Corral entre otros, cuya categoría humana y profesional el mundo jurídico no se ha cansado de encomiar-, dictadas entre 1954 y 1988 en las que hizo gala de un equilibrio proverbial entre los dos pilares de la Justicia Preventiva, notarios y registradores, cuyas respectivas funciones creativa y de vigilancia siempre entendió complementarias y mutuoexigidas, alcanzando en esa disputa crónica interprofesional la perfección en la armonía, el equilibrio y la proporción que representaba esa palabra que ningún idioma ha sido capaz de traducir a una sola voz, la Sofrosyne griega, y que le fue reconocida como último representante de ese mito en el homenaje del 93 a que antes se hizo referencia. Ese legado jurisprudencial, que además del equilibrio institucional citado, superó por delante del legislador y del Tribunal Supremo, metas entonces inauditas de progreso en el orden sustantivo, por ejemplo ajustar los automatismos de la condición resolutoria, o proteger a la mujer casada de ejecuciones por actos unilaterales del marido o permitirle comprar sin licencia marital etc., se dictó siempre a su propuesta y siempre actuando con absoluta independencia, y con la satisfacción de que en 35 años solo recibió dos contranotas en sus propuestas a los Plenos, quedando todas las demás refrendadas sin ambages, lo que cimentó el enorme prestigio del Centro Directivo y la categoría de su jurisprudencia que el propio Tribunal Supremo tuvo la elegancia y delicadeza de alabar en más de una ocasión. Ese complejo jurisprudencial, decía, esos considerandos y resoluciones en recursos gubernativos contenidos en muchos tomos, podría decirse metafóricamente que constituyen las obras completas de Antonio, su legado.

"Juzgaba en silencio y decidía con la mirada, enseñaba preguntando, escuchaba animando y daba agradeciendo"

Podría destacar también su capacidad de selección en los exámenes de acceso a notarías, registros y Centro Directivo de cuyos Tribunales formó parte en 20 ocasiones y presidió la mitad, reforzando su prestigio como paradigmas de justicia, rigor, equidad y seriedad. Antonio, que sabia distinguir los ecos de las voces y el recital vacio del discurso razonado incluso con ausencias o lagunas, se afanaba en derramar sobre el frío severo de los estrados un magma etéreo y cálido que neutralizaba angustias, disipaba desalientos, advertía tenuemente de tiempos, rumbos o discursos, y despertaba en el opositor con su actitud cercana y familiar esa energía positiva que desprendía la mirada alentadora de quien quiere y disfruta al aprobar.
Pero con ser todo lo dicho tanto y tan profundo no es esto lo mejor. O mejor, no es solo eso.
Sabido es que la mayor honra y memoria de los muertos no se guarda en los monumentos materiales ni en la solemnidad de las exequias. Por encima de todos los recitales de méritos estará siempre la memoria no escrita que los hombres atesoran en sus mentes. Antonio, por su actitud y trayectoria, y por dejar un recuerdo perenne de sí mismo por su virtud, se ha hecho acreedor al derecho a pertenecer a la memoria colectiva. Siempre recordado anunció en esta revista Juvenal ya hace años cuando aun vivía. Y para siempre permanecerá en el imaginario colectivo de los cuerpos notarial y registral.
Siempre cordial, familiar, cercano y prudente. Agudo en sus análisis y equilibrado en la ejecución. Juzgaba en silencio, sin emitir juicio y decidía con la mirada. Como dice la placa conmemorativa ya citada enseñaba preguntando al modo socrático, escuchaba animando y daba agradeciendo. El aura que desprendía, tanto él como, justo es decirlo, los demás miembros del Centro Directivo ya citados a los que nunca se cansó de reconocer su categoría profesional y humana y agradecer la influencia positiva que sobre él ejercieron, creaba una singular atmósfera simbiótica de equilibrio, mesura y equidad que dimanaba -todos eran conscientes- del ideario inmanente de la institución y en parte también de la fascinante autoridad y magisterio humano que irradiaba en silencio Pablo Jordán de Urríes, certeramente calificado de reencarnación de cardenal renacentista. Era un aura de calidez, moderación, autocontrol, prudencia y de la tan olvidada templanza, justo el conjunto de virtudes que solo el idioma griego ha sido capaz de unificar en esa sola y mágica palabra ya citada.
Como ya se ha dicho y consta en el famoso epitafio de Pericles la mayor honra para los muertos queda en la memoria no escrita que todos los hombres atesoran en sus mentes y en sus corazones. Antonio Ipiens siempre permanecerá en la nube platónica de los ideales como un arquetipo imperecedero de esa cultura inmarcesible e irrepetible de un saber estar, saber escuchar y saber hacer sugerente y responsable que solo allí y entonces se practicaba.

 

 

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