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ENSXXI Nº 22
NOVIEMBRE - DICIEMBRE 2008

Una entrevista de Juan Luis  Gómez Ávila, notario de Calasparra (Murcia)

Hacía tiempo que no venía a esta casa y, sin embargo, durante una época de mi vida no muy lejana acudí dos y hasta tres veces por semana para ver a Don José Enrique Gomá Salcedo. Durante ese tiempo aprendí con una de las personas más brillantes que he conocido; para mí es un amigo, un gran maestro y, sin duda, uno de los grandes del Notariado.

¿Por qué cree Vd. que la Revista le considera un “Grande del Notariado?
Aparte de la estatura, debo confesar que no encuentro razón suficiente para semejante elección. Si he de contestar, creo que debería remitirme a un artículo de mi hijo Javier en el que hace la apología, el elogio de lo vulgar; espero que no lea esto, porque tiene un pensamiento muy preciso y unas ideas muy definidas, que yo traigo aquí a colación seguramente traicionándolas, pero adaptándolas a lo que me interesa. Dice Javier que en este tiempo desmitificado y sin puntos de referencia viene a ser ejemplo y prototipo el hombre ordinario que da a la sociedad lo que ésta le pide y acepta lo que le ofrece, sin aspavientos ni heroicidades pero contribuyendo en lo posible a la convivencia social. Pues bien, yo me veo como un Notario corriente y vulgar que durante muchos años ha hecho lo que debía con constancia y aplicación, y, en ese sentido, puedo admitir que se me considere “grande del Notariado”.
Recuerdo una anécdota que puede venir al caso. Siendo Notario de Bilbao estaba pasando el rato en un club social cuando me vi envuelto en un altercado en el que intervinieron varios socios y hubo hasta bofetadas. Como es lógico, la Junta Directiva incoó un expediente disciplinario en el que fue llamando a todos los socios implicados .. menos a mí. Intrigado, pregunté a un miembro de la Junta, que era amigo mío, por qué no me habían convocado, y me respondió: puedo asegurarte que la Junta ha examinado minuciosamente todo lo sucedido, y concretamente tu participación en el evento, y ha concluido por unanimidad que tu actuación fue la típica de un Notario, y que no había nada más que decir.

¿Llegó Vd. al Notariado por vocación o por otras razones?

Yo procedo de una familia de militares por los cuatro costados y ni por asomo pensaba en una carrera civil. Pero cuando terminé el Bachillerato y mi padre me preguntó qué quería estudiar y yo le dije que, por supuesto, la carrera militar “como todo el mundo”, me encontré con que mi padre se opuso en redondo porque, según él, el que ingresara en ese momento en un Ejército superpoblado a consecuencia de la guerra, y carente de recursos, no tenía ningún porvenir. Finalmente, después de muchos dimes y diretes, me convenció, estudié Derecho y luego hice las oposiciones sin saber muy bien dónde me metía.

"La preparación de opositores ha sido para mí una tarea muy grata porque me encanta el trato con personas jóvenes e inteligentes, como suelen serlo, y ayudarles en la medida de mis fuerzas para que alcancen su objetivo"

¿En algún momento se arrepintió Vd. de esa elección?
Jamás. A pesar de ser “vocación tardía”, la profesión notarial me cautivó desde el primer momento, y ese amor por mi quehacer y esa satisfacción que produce el trabajo eficaz y bien hecho no me han abandonado nunca.

Usted no tenía tradición notarial en la línea ascendente pero no ha ocurrido lo mismo con la descendente ya que tiene dos hijos Notarios…  

Así es, y estoy muy orgulloso de ellos, y espero que no sean los últimos.

¿Ha cambiado mucho el Notariado desde que ingresó hasta ahora?

Depende del punto de vista. En cuanto a la función notarial en sí misma, no ha cambiado mucho, y si lo ha hecho ha sido para mejorar, afinando sus técnicas, aumentando su bagaje cultural y asumiendo todos los avances informáticos, que multiplican exponencialmente su efectividad práctica. No puede decirse lo mismo del medio en que se desenvuelve. Mi proceso personal fue el que discurre desde la humanización a la deshumanización. Mis primeros pasos, en un mínimo pueblo de la Tierra de Campos vallisoletana, se dieron en el ámbito de una pequeña sociedad en la que los protagonistas eran hombres y mujeres perfectamente definidos y conocidos, con nombres y apellidos, con personalidades distintas y vigorosas. Ahí el Notario se siente en su elemento, sabe perfectamente lo que quieren sus clientes y por qué lo quieren, y –lo que es más- el propio interesado lo sabe igual o mejor. Y ese maravilloso invento, la escritura pública, surge espontáneamente en su plenitud. Pero el medio urbano, de por sí, despersonaliza; los ciudadanos son mucho más parecidos entre sí que los campesinos, y, además, han perdido esa cultura milenaria rural que en el campo se transmite de generación en generación y que hace que un aldeano comprenda mucho mejor los conceptos jurídicos elementales que un urbanita. Pero cuando, además, se incorporan al baile y lo dominan y dirigen entidades abstractas como las de crédito y las multinacionales, las grandes corporaciones, aquello tiende a convertirse en la danza de los malditos y pierde toda la gracia. Las relaciones personales desaparecen y sólo cuentan los intereses de la política financiera de cada uno. Por otro lado, una Administración cada vez más desinformada, burocrática e intervencionista, se mete en todo y carga sobre los ciudadanos tareas que debía desempeñar por sí misma, amenazando con fieros males a todo el que pretenda desmandarse.

"Todavía subsisten amplias zonas de la convivencia social en las que las personas siguen siendo personas y el Notario puede desarrollar a gusto su función. Y, como la esperanza nunca se pierde, no es imposible que mejore el panorama en el futuro"

Pero no todo está perdido. Todavía subsisten amplias zonas de la convivencia social en las que las personas siguen siendo personas y el Notario puede desarrollar a gusto su función. Y, como la esperanza nunca se pierde, no es imposible que mejore el panorama en el futuro.

González Palomino hablaba de los cuatro puntos cardinales del quehacer del Notario, ¿cuál es para usted el punto esencial de su función?¿Qué es para Vd. la profesión notarial? ¿Para qué sirve?

Poco después de jubilarme, hará unos seis años, publiqué en “La Notaría” un artículo titulado “¿Qué he hecho yo todos estos años?” en los que exponía mi parecer sobre este asunto, opinión que sigo manteniendo aunque soy consciente de que no es mayoritaria. A mi entender, el Notario se caracteriza sobre todo por ser el autor de la escritura pública, instrumento, como antes decía, de gran perfección y utilidad por su redacción precisa y técnica, por su esmerado ajuste a la legalidad –aunque una sentencia reciente, que es un ejemplo de lo que ocurre cuando se habla de lo que no se sabe o no se quiere saber, diga lo contrario- y por sus contundentes efectos de todos conocidos.
Pero desde el punto de vista teleológico, lo que distingue al Notario es su posición de vanguardia. A él llegan de primera mano y en bruto todas las necesidades y aspiraciones de las personas, las familias y las empresas y es misión suya abrirles cauce, diseñar aquellos modelos jurídicos que van a hacer que esos impulsos se canalicen y discurran tranquilamente y sin problemas por el tráfico. Por eso entiendo que el Notario está sobre todo al servicio de la libertad civil y del progreso social, aunque también –pero en un segundo plano- de la seguridad.

¿A qué ha dedicado su tiempo de jubilado?

Puedo decir que no lo he perdido; he publicado unas voluminosas “Instituciones de Derecho Civil” adaptadas al Programa de Notarías, en cuatro gordos tomos, y ahora, para no perder la costumbre, me estoy metiendo con el Mercantil. Aparte de eso, como es natural, me entretengo con otras cosas: concretamente, los iPods, Mp3, etc., combinados con la posibilidad de bajarse cosas de Internet, han sido para mí un descubrimiento maravilloso. También vivo, como, paseo y, desde luego, leo.

¿Qué está leyendo ahora?

Acabo de terminar un libro curioso, escrito por Carmen Martín Gaite, quien, como todo el mundo sabe, es novelista, pero que en esta ocasión le dio por la investigación histórica y escribió “El proceso de Macanaz. Historia de un empapelamiento”, que es una obra estupenda que contempla la época con la frescura de un espíritu independiente y una solidísima documentación muchas veces inédita, y que nos da un fresco exacto y pavoroso de la sociedad española de comienzos del XVIII. Ahora me he metido con un “best seller” que se me pasó en su día, “Tokio blues”, de Haruki Murakami, que no creo que pase a la historia de la literatura, pero tampoco carece de mérito.

A propósito de sus “Instituciones” creo que pueden considerarse una de las principales novedades editoriales jurídicas de los últimos tiempos; ¿podría hablarnos algo sobre su gestación y sobre lo que podemos encontrar en ellas?

En cuanto a su gestación, creo que podría optar al Guinness, porque no sería exagerado decir que ha durado cincuenta años. Desde que ingresé en el Notariado, el año 1954, mi interés por profundizar en los temas jurídicos, leer, investigar y, de otro lado, aprender de la experiencia práctica, ha sido constante. Ya en 1960 publiqué un trabajo sobre la renta vitalicia en la entonces llamada “Revista de Derecho Notarial”. La oposición entre Notarios fue un acicate definitivo. Y en 2004 se publica el primer tomo de las “Instituciones”. Cincuenta años habían pasado entre estos dos hitos.

"En este tiempo desmitificado y sin puntos de referencia viene a ser ejemplo y prototipo el hombre ordinario que da a la sociedad lo que ésta le pide y acepta lo que le ofrece, contribuyendo sin aspavientos ni heroicidades a la convivencia social"

Como peculiaridades de esta preparación quisiera destacar dos: la primera, el método: desde el primer momento desarrollé un sistema de notas y archivo que aún hoy sigue vigente en lo esencial y que me ha sido de gran utilidad, porque me permite localizar y tener a mano en todo momento toda la información de que dispongo; lo segundo, una coherencia que aún a mí me extraña. Desde mis primeros pasos hasta ahora mi pensamiento no se ha rectificado en nada, sino que las primeras ideas han ido desarrollándose y coordinándose con otras sin ninguna modificación sustancial. Si se compara lo que digo en 1960 sobre la renta vitalicia con lo que se dice en el Tomo II sobre el mismo tema se verá que básicamente es lo mismo, aunque mucho más claro y con mayor precisión en el último.
En cuanto a lo que se puede encontrar en ella, pues es una exposición bastante completa y detallada del Derecho Civil vigente que se caracteriza sobre todo por su coherencia. Es decir, la posición sistemática del autor respecto al conjunto y a cada una de sus partes es siempre la misma, con el pertinente desarrollo histórico y doctrinal, si bien es cierto que esto sólo se puede apreciar si se lee por entero o, mejor quizá, comparándolo en cada institución con otros libros semejantes. Por lo demás, resaltaría en el aspecto práctico la visión realista de los problemas y el abundante acopio de jurisprudencia totalmente al día.

También dedica su tiempo a la preparación de opositores, ¿cómo se ve en esa faceta y cómo observa a las nuevas generaciones de futuros Notarios?

La preparación de opositores ha sido para mí una tarea muy grata porque me encanta el trato con personas jóvenes e inteligentes, como suelen serlo, y ayudarles en la medida de mis fuerzas para que alcancen su objetivo. Además, ha constituido un elemento de primer orden para aclararme yo mismo las ideas. En cuanto a las nuevas generaciones, por una vez tengo la satisfacción de poder ser optimista. A mi entender, el gremio progresa notablemente en calidad: cada vez se estudia mejor, se profundiza más en los problemas que se plantean y se superan los arduos obstáculos que presenta una oposición de tanta dificultad. Sobre todo el sexo femenino (con perdón) ha dado un paso importante al superar una tendencia al estudio memorístico que era bastante acusada entre ellas para pasar a competir en el plano teórico e intelectual con los varones en condiciones –al menos- de igualdad.
Voy a aprovechar esta ocasión para deslizar una idea en mí muy antigua y que he expuesto en varias ocasiones pero nadie me ha hecho caso: a mi entender, las oposiciones debían empezar por un ejercicio escrito de carácter práctico, a modo de dictamen, en el que los problemas propuestos tocasen conceptos fundamentales del Derecho civil de los que tiene una solución generalmente conocida y aceptada. Este ejercicio, de carácter eliminatorio, cribaría la lista de opositores y aliviaría mucho el trabajo del Tribunal en los orales. Ya en el tercer ejercicio habría que abordar cuestiones más difíciles y controvertidas.

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