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ENSXXI Nº 26
JULIO - AGOSTO 2009

JUAN CRUZ
Periodista

La devastación que trajo la primavera a la escritura "y a la lectura española" se llevó también este año 2009 a Rafael Conte, crítico literario, memorialista, periodista, navarro, apasionado de Francia, traductor. Era un tipo peculiar: sólo quería leer: la comida, los puros, las reuniones, el periódico en sus distintas facetas, incluso la amistad, el amor, la paternidad, la familia en general, para él eran tránsitos hacia la lectura. Estaba leyendo siempre, e incluso cuando escribía era para poder seguir leyendo. Leí en el periódico, en la mesa de la redacción, y en medio de las reuniones; si tú estabas leyendo un libro que no hubiera leído, quería leerlo también.
Era feliz leyendo, leyéndolo todo, vorazmente. Y era feliz escribiendo de los libros que amaba. Tuvo la fortuna de poder elegir: desde que fue crítico en Informaciones, en el suplemento que dirigía Pablo Corbalán y que fue uno de los mejores suplementos literarios de España y parte del extranjero, Conte hizo lo que le daba la gana. Era, además de buen lector, un brillante escritor que además escribía a una velocidad endiablada, como si tuviera dentro un motorcito que le activaba las neuronas y le regala los sustantivos y los adjetivos desde una memoria sideral e invencible. Era, en el ámbito de la escritura en periódicos, el equivalente literario a la escritura de Manuel Vázquez Montalbán, éste más inclinado a lo que es estrictamente el oficio periodístico.

"Era un tipo peculiar: sólo quería leer: la comida, los puros, las reuniones, el periódico en sus distintas facetas, incluso la amistad, el amor, la paternidad, la familia en general, para él eran tránsitos hacia la lectura"

A Conte el periodismo le daba igual. Le hicieron, en función de su brillantez y de su pasión por Francia, corresponsal en París en la etapa más importante de Informaciones, cuando lo dirigía Jesús de la Serna y ocupaba un puesto crucial en la España de los últimos años de Franco; pero en París Conte no era realmente un corresponsal político; a él le daban igual las ruedas de prensa o las noticias en sentido estricto. Ahora que el periodismo recupera para sí lo que antes tuvo, la capacidad de análisis, puede considerarse a Rafael Conte como un adelantado. Él escuchaba las noticias, cómo no, leía los periódicos, asistía desde su casa a los grandes acontecimientos, y después se sentaba a escribir. No se le escapaba uno porque tenía las orejas grandes y los ojos multidimensionales, pero sólo escribía de aquello que le despertara una pulsión: esto vale la pena.
Fui su ayudante en El País, su segundo, en la sección de Cultura. Había sido requerido por el periódico cuando éste estaba ya andando, y vino para hacerse cargo de todo lo que fuera Opinión y de todo lo que fuera pensamiento. Su contribución al debate literario nacional, desde esas páginas, no se reducía tan solo a sus propios escritos, que iban ganando en velocidad y en influencia, sino a la capacidad que tuvo de generar colaboraciones de escritores de generaciones distintas que vinieron a cubrir, durante más de una década, una de las más brillantes etapas del periodismo cultural español.
Se decía que Conte era capaz de escribir al tiempo un editorial, una crítica literaria o una necrológica. Probablemente era cierto. Pero todo eso lo hacía rápidamente para ponerse luego a leer. Y ahí, en la crónica inabarcable de sus lecturas, en sus críticas, está el verdadero Rafael Conte, el que gozó con la literatura hasta extremos indecibles, el que hubiera dado (¡incluso!) sus puros por un buen libro, el que hubiera renunciado (¡incluso!) a sus copas de coñac de balón por alguna obra maestra, y el que siempre estaba dispuesto a aceptar una buena comida ¡a no ser que estuviera leyendo un buen libro!

"Se decía que Conte era capaz de escribir al tiempo un editorial, una crítica literaria o una necrológica. Probablemente era cierto. Pero todo eso lo hacía rápidamente para ponerse luego a leer"

En los últimos años de su vida, antes de entrar en un estado de postración que le llevó al silencio más absoluto, en casa y hacia fuera, Rafael Conte aceleró aún más el ritmo de su escritura, que adquirió en cierto modo, aunque fuera para periódicos, niveles de alta tensión literaria; ahora que ha muerto podría decirse que sentía la urgencia anímica del que se despide y quiere hacer crónica antes de todo aquello que le conmovió o le hizo feliz. Conozco muchos lectores, y conozco la pasión literaria que desprenden muchos escritores, o por lo menos algunos, en este tiempo en que el recurso de la literatura es la banalidad, la vanidad o el dinero; y conozco muy pocos que hayan alcanzado el grado tan alto de pasión literaria que alcanzó Rafael Conte.
Él hubiera renunciado a todo por un buen libro; a veces he pensado si ese silencio suyo tan enfurruñado de los últimos años no sería su rebeldía honda al saber que se acercaba el tiempo en que ya no leería más. No leerá más, pero cuánto nos hizo leer.

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