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REVISTAN68-PRINCIPAL

ENSXXI Nº 68
JULIO - AGOSTO 2016

Por: JOSÉ ARISTÓNICO GARCÍA SÁNCHEZ

Mary Beard complementa la genial obra de Gibbon sobre la caída y ruina de ese imperio describiendo su nacimiento y expansión.

La concesión hace dos meses a Mary Beard del premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2016 ha contribuido a la divulgación de la obra de esta peculiar catedrática de la Universidad de Cambridge, requerida en la Universidad de Berkeley, oficial de la Orden del Imperio Británico, experta mundialmente reconocida en el mundo clásico grecorromano, que ha sido capaz de añadir originalidad a un tema tan manido y escrutado como es la historia de la antigua Roma.
Beard no es una romanista más. Es algo diferente. Disecciona con claridad y precisión lo que es leyenda, mito, fábula o tradición de lo que es pura historia, datos y hechos probados. Pero conjuga perfectamente en un solo texto el rigor histórico con la expresión divulgadora, la anécdota relajante con la fuente material donde consta escrita. Y además se preocupa, como muchos otros historiadores de hoy, por ej. Anthony Beevor que buscaba la verdad de la II Guerra mundial más en las cartas privadas de los soldados rasos que en los partes oficiales, de contar la historia desde abajo. No desde el punto de vista de los autócratas o prebostes en la paz y de los mariscales en la guerra, sino de la gente de a pie, de los plebeyos, de los soldados, de los sirvientes, de los esclavos. Ah! y de las mujeres, pues ella fue en su juventud feminista militante y demuestra que la mujer fue decisiva también en la historia antigua.
Beard, desde la escuela infantil, participó en excavaciones arqueológicas, haciendo de éstas durante toda su vida una fuente esencial de sus investigaciones e hipótesis, casi siempre incontestadas. Por eso y a pesar de su apariencia divulgativa y de las polémicas que han levantado sus apariciones en los medios y en los programas culturales de la TV inglesa, sus tesis son respetadas y el propio Jurado del Premio Princesa de Asturias, presidido por la historiadora Carmen Iglesias, le reconoció su sobresaliente contribución no a la divulgación sino al estudio de la cultura, la política y la sociedad de la antigüedad grecolatina.
Ya en la Universidad cuando se doctoró en Cambridge se decidió por la Roma clásica y por su autor favorito, Marco Tulio Cicerón, cuyo inagotable legado escrito, en discursos, opúsculos, obras, ensayos, historias, notas y cartas -más de mil hay editadas-, ha sido siempre la fuente esencial de su magisterio. No para aceptarlas en su texto literal sino solo después de una interpretación contextualizada que haya tenido en cuenta la actitud, las creencias, las coordenadas y sobre todo la finalidad de cada escrito, pues solo esos filtros gradúan para Beard su fiabilidad.

"SPQR como todas las historias del mundo anglosajón sobre la Roma antigua ha sido escrita mirando de reojo la genial obra de su colega y compatriota Edward Gibbon. Al propio Mommsen, aunque haya corregido algunos errores, inexactitudes y falsas  hipótesis le fascinaba"

Su tesis fue un estudio sobre La religión de estado en la República romana tardía, basado en las obras de Cicerón. Pero la primera obra que alcanzó notoriedad generalizada no podía ser otra, si tenemos en cuenta su afición arqueológica y su visión democrática de la historia, que una investigación sobre las ruinas urbanas menos derruidas de la vieja Roma, Pompeya: Historia y leyenda de una ciudad romana, obra cuya popularidad inspiró dos de las series culturales de más éxito de las que Beard presenta en la BBC2 de la que es colaboradora habitual.
Pero su obra más ambiciosa, a la que dice haber dedicado cincuenta años de su vida y que es motivo de estas páginas, es sin duda SPQR. A history of Ancient Rome aparecida el año pasado en Londres y que en España, magníficamente traducida por Silvia Furió, ha editado Planeta con el mismo titulo, SPQR. Una historia de la antigua Roma (Crítica, Barcelona, mayo 2016), que, como todas las historias del mundo anglosajón sobre la Roma antigua ha sido escrita mirando de reojo la genial obra de su colega y compatriota Edward Gibbon.

"Beard ha decidido doscientos años después complementar la primera parte averiguando las razones del ascenso y esplendor de aquella pequeña aldea junto al Tiber que conquistó todo el mundo entonces conocido"

Porque nadie ha podido borrar por el momento de la lista de libros inolvidables la Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano que en seis tomos, publicados por entregas entre 1776 y 1788, escribió Edward Gibbon, y que en su edición completa o abreviada ha circulado por todo Occidente asombrando a sucesivas generaciones de lectores y estudiosos, y sirviendo de guía y fuente de inspiración no solo a historiadores y políticos, también a dramaturgos y poetas. Churchill por ejemplo la tenía como vademécum, y ha sido y es obra de referencia absoluta. Para Beard y para todos. Al propio Mommsen, aunque haya corregido algunos errores, inexactitudes y falsas  hipótesis de Gibbon, sobre todo al enjuiciar los orígenes del Imperio, le fascinaba. Y es que como ha escrito el Profesor Bury, aunque algunos de sus datos, detalles y facetas queden anticuados, Gibbon siempre será inmune a la descalificación histórica; su cabal visión intuitiva, su tacto en el manejo de la perspectiva, y su cautela y oportuno escepticismo a la hora de enjuiciar dan carácter inmortal a su magistral estudio. Han pasado dos siglos y medio desde su aparición y sigue siendo la más importante Historia de Occidente desde el año 100 d.c. al 1.500. Y como reconocía Mary Beard en la obra que comentamos constituyó un idiosincrásico experimento histórico que desencadenó el estudio masivo de la Roma antigua en la era moderna y avivó el interés general sobre el mundo clásico. También el suyo, aunque no se atrevió a revisar la historia de la época que ya había descrito Gibbon sino que limitó su libro al periodo que éste había preterido. Si Gibbon, extasiado según ha confesado ante las ruinas del Capitolio decidió un día concreto, el 15 de octubre de 1764, por cierto, averiguar la causas del desmoronamiento y caída de aquel imperio fabuloso, Beard ha decidido doscientos años después complementar la primera parte de ese trabajo averiguando las razones del ascenso y esplendor de aquella pequeña aldea junto al Tiber que conquistó primero toda Italia y después todo el mundo entonces conocido. El punto de partida de Gibbon es el punto en que Beard se para. Ambos coinciden en que la época del máximo esplendor de Roma, hasta donde llega y desde donde cae, es el periodo de los antoninos, aunque con una pequeña fricción. Gibbon, quizá preso de su fascinación y tal vez para hacer más inclinada la curva del desmoronamiento progresivo, idealiza en exceso el punto álgido del imperio mitificando a los antoninos, a todos desde Nerva a Lucio Vero, como los emperadores buenos, cuyo carácter y autoridad imponían un respeto involuntario y natural en una atmósfera de armonía cuyo sustrato y símbolo sería la  libertas romana. Y esto los historiadores posteriores lo rechazan por inexacto, negando la posibilidad de encajar a todos los emperadores en una sola imagen convencional y estereotipada.
Tampoco Beard que, ni en este caso ni en otros,  acepta principios incontestables ni afirmaciones profesorales no contrastadas. Aunque no pierde la referencia de Gibbon, paradigma y acicate de todos, Beard prefiere seguir el método analítico y empírico de cualquier romanista crítico, máxime desde que a finales del XIX irrumpió Mommsen y su escuela recopilando inscripciones y escrutando textos originales olvidados.
Beard también disecciona de forma impecable el acervo romano clásico separando, como ya se ha dicho, la historia real, los hechos probados, de la leyenda y el mito, incluso de las tradiciones comúnmente aceptadas. Como la de los pregonados fundadores de Roma, Rómulo y Remo, la loba y el Capitolio de lo que no hay prueba alguna a pesar de que así lo recoja, bien que con escepticismo, el primer historiador romano Tito Livio -Ab urbe condita- y lo acepte el mismísimo Cicerón. Rómulo no fundó Roma, fue al revés, Rómulo fue una invención imaginativa derivada de Roma, y Remo, el antagonista de una cultura, la romana basada en una dualidad básica, casi telúrica.

"Beard también disecciona de forma impecable el acervo romano clásico separando la historia real, los hechos probados, de la leyenda y el mito, incluso de las tradiciones comúnmente aceptadas"

Tampoco las hay de que la fundara el mítico héroe troyano Eneas a pesar de que la épica de Virgilio lo da por hecho mientras lo mitifica. Y no está probado ni es verosímil el rapto de las sabinas a pesar de su halo legendario, ni Coriolano o Espartaco fueron como los encumbró la leyenda y luego Shakespeare o Beethoven. Ni el primer autócrata fue Augusto sino Sila y después de él Pompeyo y desde luego César, lo que le costó la vida. Ningún emperador romano nombró senador a ningún caballo ni Vespasiano pronuncio el tópico pecunia non olet que solo es un chascarrillo de taberna.
Beard solo busca y acepta pruebas en la literatura escrita, en la poesía, los ensayos, discursos, reseñas de textos técnicos transcritos por los monjes medievales y los eruditos islámicos, en los papiros rescatados en los desiertos, en las tablillas de bases militares, en las lápidas por todo el imperio -solo Mommsen en Alemania,  como es sabido, cataloga en el Corpus inscriptionarum romanorum hasta 120.000 epígrafes-, en restos arqueológicos, notas, listas de la compra, libros de escritos y últimos mensajes grabados en las tumbas, Y en las cartas, miles de cartas, solo de Cicerón sobreviven casi mil doscientas escritas en los últimos veinte años de su vida que Beard ha analizado concienzudamente. Y con pasión.

"Rómulo no fundó Roma, fue al revés, Rómulo fue una invención imaginativa derivada de Roma, y Remo, el antagonista de una cultura, la romana basada en una dualidad básica, casi telúrica"

Tampoco quiere ello decir que Beard admita estas fuentes ad pedem litterae o como dogma. Como ya se ha indicado, antes los somete implacablemente al filtro de la actitud, las creencias, la visión del mundo y sobre todo el propósito del autor al redactarlas, para que Beard los incorpore a su narración como fiables. Ni siquiera los primeros historiadores romanos merecen para ella credibilidad ciega. Del primero, por ej., Tito Livio, piensa que es un autor convencional o acomodaticio que repite acríticamente como ciertos las leyendas y mitos engrandecedores de la Republica. Tampoco se fía del pacifista Salustio, que en su Historia se lamenta del carácter depredador de Roma basándose en una carta que el mismo califica de imaginada y que aprovecha su Historia de la guerra de Yugurta para lanzar un ataque malintencionado a los privilegios, venalidad y arrogancia de los senadores sin otra finalidad que la de hacer gala de moralidad regeneradora autoproclamándose campeón de la integridad el día de su ingreso en el Senado. Lo mismo podría decirse de los demás historiadores directos, Cesar o Plinio, y de las alusiones que se encuentran en poetas, comediógrafos y demás escritores de la época. Todas han de pasar el control científico de Beard antes de usarlos para fundamentar sus asertos,

"Ni Coriolano o Espartaco fueron como los encumbró la leyenda y luego Shakespeare o Beethoven"

Llama la atención que, a pesar de su escrupulosa contracción a datos y hechos, no se encuentre en su obra ninguna alusión a los romanistas italianos ni tampoco al mayor y más respetado historiador de la época moderna, el ya citado Theodor Mommsen ni a ninguno de los epígonos o discípulos de la escuela historiográfica alemana. Mommsen fue el primer fanático del rigor, del manejo estricto de las fuentes primarias, y aunque escribía magistralmente como lo demuestra que obtuviese el Premio Nobel de Literatura, consideraba incompatibles las imaginaciones e hipótesis literarias con el academicismo al más alto nivel del que él quería presumir. Mommsen, aun siendo el historiador de Roma más importante de los tiempos modernos fue un gran admirador de Gibbon, y hay quien sostiene que tuvo miedo de competir con él, pues aunque pudo corregirle errores históricos concretos, no se sintió capaz de ir más allá emulando la genial visión histórica del gigante inglés, su profunda intuición para desvelar el carácter de los personajes y la penetración psicológica para desvelar las dudas torturantes de sus monólogos internos, la fuerza dramática de sus crónicas, y su maestría en el husmeo solemne, como se le ha llamado,  para encontrar la esencia y la teología de la historia. Pero aunque esto sea así, hay que dejar sentado que la obra de Mommsen tampoco es fácilmente superable.

"Beard solo busca y acepta pruebas en la literatura escrita, en las tablillas de bases militares, en las lápidas por todo el imperio, en restos arqueológicos"

Beard parece seguir el academicismo de Mommsen, solo admite evidencias contrastadas, pero en el fondo le gustaría ser Gibbon, querría alcanzar su altura y lograr su dimensión histórica. Por eso su narración no se contrae a encadenar hechos y datos. Tras los capítulos expositivos o intercalados en ellos, ensaya reflexiones y especula con visiones dialécticas de la historia, aunque mas guiadas por la deducción que por la intuición.
Por ejemplo sobre la libertas republicana, antítesis de la “clementia” excluida en la republica por ser prerrogativa monárquica. Si Atenas legó al mundo la idea de democracia tras la deposición de los tiranos, Roma tras la expulsión de los reyes latinos, legó al mundo la idea no menos importante de libertad, palabra ocho veces repetida por Tito Livio en las primeras líneas del segundo libro de su historia, aplaudida frenéticamente en foros y teatros cuado el actor la pronunciaba, y utilizada como excusa en asesinatos y magnicidios, por ej. el de César. También especula Beard sobre las estructuras básicas del estado incipiente, el primero en la historia con entramado funcional. O sobre la formulación revolucionaria del concepto de ciudadanía y sus consecuencias, idea genial, progresivamente fecunda que a la larga cimentó la concepción ecuménica del imperio. O sobre la constitución política mixta, como la llamo Polibio, de la república, que combinaba lo mejor de la monarquía, de la aristocracia y de la democracia, correspondientes a la terna cónsules, Senado y pueblo llano, al que se reserva en exclusiva el poder sancionador último, como el que atribuyen al rey las modernas monarquías constitucionales, dice Beard, aunque la equiparación no es exacta pues el pueblo de Roma ejerció de hecho el poder sancionador con deposiciones y censuras.  

"Beard parece seguir el academicismo de Mommsen, solo admite evidencias contrastadas, pero en el fondo le gustaría ser Gibbon, querría alcanzar su altura y lograr su dimensión histórica. Por eso ensaya reflexiones y especula con visiones dialécticas de la historia, aunque mas guiadas por la deducción que por la intuición"

O sobre la romanización de los pueblos sometidos, que operó de abajo arriba más que de arriba abajo, pues no se impuso en general manu militari sino que fue una opción preferida por las elites provinciales, bien que como mal menor para la paz, la llamada pax romana cuya alternativa solía ser la devastación, solitudinem faciunt pacem appellant. O sobre la hipocresía imperial que consagró Augusto, un autócrata astuto, cauto y despiadado, estadista responsable, primer dictador que resistió y murió sin violencia, cuyo símbolo podría ser el grabado que eligió para su anillo imperial, la esfinge egipcia.
Pero, sigue Beard, ni hubo tanta libertad ni tanta paz. Siempre estuvo latente una intensa tensión, entre los grupos sociales, entre los distintos centros de poder y frente a los enemigos externos. Para la autora es un tema obsesivo,  al que vuelve una y otra vez y que nos lo transmite con sabiduría. Y además viéndolo desde abajo. No le basta el punto de vista de los historiadores, tampoco de los últimos, Suetonio o Plutarco, que siempre escriben por y para los vencedores. Busca en cartas, tablas, notas, inscripciones, también de los suburbios, tras las puertas de las tabernas o de los prostíbulos, o en los mercados, el punto de vista de los marginados, de las mujeres, de los vencidos, de los gladiadores y de los esclavos. Y nos lo trasmite en estilo periodístico mediante anécdotas, hablillas, incluso chistes. Su historia no busca encumbrar héroes o abatir demonios por sistema. Solo divertir enseñando. Con amenidad, pero sobre todo con rigor.

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