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REVISTAN69-PRINCIPAL

ENSXXI Nº 69
SEPTIEMBRE - OCTUBRE 2016

Por: JOSÉ ARISTÓNICO GARCÍA SÁNCHEZ
Decano Honorario

Excelente novela que narra con luces y sombras los años de plomo de una sociedad azotada por el terrorismo

Si algo puede hacer un escritor para consolidar la paz en nuestro país es contribuir con su pluma a la derrota literaria del terrorismo. Cuantos más testimonios se puedan aportar, más difícil será para los violentos fomentar la mitología o la leyenda. Y esta tarea corresponde a los contemporáneos, a los que pueden hacer uso de su memoria personal y han presenciado, de visu et auditu conforme al código notarial, la gran tragedia que el grupo terrorista ETA desató sobre todo el país y con más virulencia en Euskadi durante las últimas décadas. Así se ha expresado de forma contundente Fernando Aramburu. Y en perfecta coherencia con ese pensamiento ha editado su última y excelente novela PATRIA (Tusquets, Sept. 2016) lanzada con profusión de aparato, que está circulando entre los lectores como pocas veces se recuerda.
Aramburu nació en San Sebastián en 1959, vivió los primeros brotes de violencia etarra, sintió su influjo fascinante -el gudari heroico-, y estuvo expuesto a caer en el abismo como cayeron de hecho algunos de su propia cuadrilla. Solo su formación estética, por esencia ecuménica y universal -Machado, Lorca, Dickens, Stevenson, los Beatles y la música clásica entre otros-, le permitió desarrollar suficientes anticuerpos que a la larga constituyeron una poderosa vacuna frente al fanatismo capaz de neutralizar su influjo.

"Aramburu nació en San Sebastián y estuvo a punto de ser captado por la banda. Solo su formación estética, por esencia ecuménica y universal le permitió desarrollar una poderosa vacuna frente al fanatismo"

No obstante, ha estado siempre atento a la evolución del terrorismo etarra, ha presenciado in situ su desarrollo, su expansión y sus impulsos, incluso le ha obsesionado y ha sido tema recurrente de su iconografía desde que comenzó a escribir. Ahí está Fuegos con limón escrita hace más de veinte años en la que denunciaba la hipocresía de los que lo llamaban conflicto vasco. O ese conjunto de cuentos lacerantes publicados en 2006 bajo el título Los peces de la amargura en el que las voces de las víctimas llegan a conmover. O Años lentos, la más reciente y premiada, en la que ya avisa de la implicación de cierta parte del clero vasco en la causa etarra.

"Aramburu se opone al olvido histórico colectivo, cree necesario conocer, explicar, incluso crear espacios y aulas donde los ciudadanos conozcan con exactitud qué pasó, quién lo hizo y por qué"

Pero su nueva obra, Patria, va más allá. Es más ambiciosa. Patria es una propuesta de perspectiva y propensión universales. Aramburu desde 1985 reside en Alemania y ha sido testigo de cómo los alemanes afrontaron el pasado nazi, comprobando que la gran mayoría, que se horrorizaba y no quería mirarse en aquel espejo atroz pero tampoco se conformaba con rendirse al deseo de olvidar y pasar página, decidió dar un paso más, aprender la lección y hacer pedagogía, convirtiendo los lugares del horror en páginas explicativas, incluso en aulas y museos para que las generaciones futuras que ignoran esa historia, según la vieja cita ya convertida en adagio, no queden condenadas a repetirla. También Aramburu, salvadas desde luego las distancias entre un caso y otro, se opone, no ya al perdón individual tan reparador como legítimo de cada víctima, pero sí al olvido histórico colectivo, al adormecimiento de la masa en la indiferencia, o al deseo de enterrar cuanto antes la culpa implícita en una aparente complicidad justificada en la ignorancia activa como la llama Edurne Portela. Aramburu cree necesario conocer, explicar, incluso crear espacios y aulas donde los ciudadanos conozcan con exactitud qué pasó, quién lo hizo y por qué.
Es lo que hace en su nueva obra, Patria, que es un libro que -según confiesa el personaje/escritor en la novela- se ha ido incubando y creciendo dentro de él a lo largo de los años en espera de la ocasión oportuna de ser escrito. Y ese proyecto de componer, por medio de la ficción literaria, un testimonio fidedigno de las atrocidades cometidas surge en su caso de una doble motivación, la empatía que profesa a las víctimas y el rechazo sin paliativos que le suscitan la violencia, las agresiones al estado de derecho o el crimen perpetrado con excusa política. Por eso en la confección de su libro evita los dos peligros más graves de esta literatura de ficción enmarcada en un ambiente histórico y real. Rechaza los tonos patéticos o sentimentales y la tentación de detener el relato para tomar de forma explícita postura política. Incluso se abstiene de juzgar, solo quiere saber, comprender, no brindar una comprensión condescendiente, sino llegar fríamente al fondo de la verdad, trazar con neutralidad, con luces y sombras, en toda su crudeza y realidad, el angustioso panorama de una sociedad sometida al terror.

"El autor rechaza los tonos patéticos o sentimentales y la tentación de tomar de forma explícita postura política"

A diez años vista del cese de la violencia, Aramburu cree llegado el momento de narrar con igual empeño todas las escenas de terror y crueldad en uno u otro lugar, lo que difícilmente pudieron hacer antes otros cronistas. Porque eran cómplices, porque se sentían amenazados, o meramente porque estaban amordazados por aquella omertá que atenazó la voluntad de todos los residentes en Euskadi. Daba igual. En aquella época, entonces, dice el autor, había desaparecido la verdad del país vasco, murió porque a nadie le servía, el miedo se había enseñoreado de las conciencias. Y ese no era el mejor observatorio ni la mejor perspectiva para escribir en libertad.
Hoy, en las nuevas coordenadas, Aramburu se permite narrar, con singular maestría por cierto, la densidad del vacío que rodeó al señalado desde que lo fue en cartas o pintadas, la atmósfera de tensión y miedo que le empieza a envolver, el pavoroso desasosiego que siente crecer en su interior, el desapego acusador de su entorno, el sobresalto al sonar el teléfono o al abrir el buzón. También narra con igual intensidad interrogatorios y torturas en cuartelillos y comisarías, los registros domiciliarios, la angustia de la vida carcelaria, algún turbio suicidio como el de Zabalza, o las penalidades de los familiares para visitar a los presos tras la dispersión, sin que ello suponga que el autor adopta una posición.

"Su planteamiento de cronista fidedigno no signifca que el autor adopte una posición maniquea o hipócrita de equidistancia, ni acepta la miserable teoría de la obediencia debida o la excusatoria de Arendt sobre la banalidad del mal"

Pero este planteamiento de cronista fidedigno no implica que el autor adopte, porque ello supondría desde luego haber tomado partido, una posición maniquea o hipócrita de equidistancia o planteamiento igualitario entre víctimas y verdugos, ni siquiera acepta como excusa la miserable teoría de la obediencia debida o la excusatoria de Arendt sobre la banalidad del mal para justificar a aquellos jóvenes incautos envenenados de fanatismo, aún reconociendo que su caída en las garras de la banda estaba anunciada a la vista de la presión, a veces insuperable, del entorno.
Patria es una novela, solo una novela. Aunque esté anclada en la realidad de un pequeño pueblo innominado cercano a San Sebastián donde todos se conocen, aunque esté centrada en un período concreto de la historia de las últimas décadas del siglo XX, aunque esté trufada de algunos hechos reales como la captura de la cúpula de ETA en Bidart, la oscura muerte de Zabalza, el asesinato de Gregorio Ordóñez o el atentado de Hipercor, solo es una novela, pero una gran novela llena de amor al pueblo vasco, con añoranza de los lugares, las calles, la atmósfera de San Sebastián, que solo un vasco que lo siente en carne propia y la ha vivido en parte podría escribir. Solo él podría advertir los matices de la tragedia de su pueblo, e indagar en las pulsiones y los entresijos de la condición humana buscando las razones de los actores del drama que relata. Aramburu utiliza muy pocos personajes, los integrantes de las dos familias que protagonizan la novela, dos familias sometidas al secular matriarcado vasco con dos amás fanatizadas, una con dos hijos y otra con tres, antes amigos íntimos y después enfrentados a muerte, en una aldea donde se mantiene una sociedad vetusta y patriarcal, vapuleada por la asquerosa complicidad de los discursos políticos o religiosos, con un cura cubriendo con capa evangélica los instintos primarios de esa lucha ciega que él declara justa y cristiana, una taberna donde todo pasa y nada se sabe, y un conjunto de personajes que terminan todos enfrentados o al menos afectados en todas sus relaciones por la causa innombrable de un pueblo a la espera de una quimérica liberación de capa romántica o melancólica en el decir de Juaristi.

"La obra da una panorámica global de  una época y  un país marcados por la crispación y el terror, que disculpaban  en base a valores coyunturales como la nación o la patria,  que un instinto colectivo visceral y primario convierte en tótems justificativos de la extorsión, el acoso y la violencia, a la que apenas se oponen unas instituciones que a veces caen también en el fango de la degradación moral"

Pero tras esos mimbres concretos late con fuerza de forma constante una vocación de trascendencia, de convertir lo concreto en universal y los personajes en prototipos, de darnos una panorámica global de toda la sociedad vasca de una época y de un país marcados por la crispación y el terror, y disculpados en base a valores coyunturales como la nación o la patria que un instinto colectivo visceral y primario convierte en tótems justificativos de la extorsión, el acoso y la violencia, a la que apenas se oponen unas instituciones que en ocasiones caen también en el fango de la degradación moral.

"Con su narración el autor quiere evitar que el silencio colectivo deje cauce para la creación y transmisión de mitos que glorifiquen a la organización y conviertan en héroes legendarios a sus más crueles servidores"

El resultado es una novela histórico-sociológica de costumbres y lugares, escrita en un lenguaje llano y directo, sintaxis simplificada, con transcripción literal en los diálogos del lenguaje popular, que mantiene imprecaciones y blasfemias sincopadas, y el tiempo condicional sustituyendo a casi todas las formas verbales del subjuntivo. Remedando los montajes cinematográficos para facilitar la lectura, utiliza capítulos cortos, hasta 125, que en el fondo son otras tantas secuencias que no ordena por la cronología sino al hilo de la evocación, la añoranza y hasta de la emoción, lo que provoca constantes vueltas atrás, varias reiteraciones y alguna confusión. Pero son 125 imágenes directas y muy vivas. Un gran friso de 125 episodios del drama de Euskadi y que el autor ha querido reflejar, como ya se ha dicho, de forma objetiva, sin tomar partido, sin ver la realidad con un solo ojo, para dejar constancia escrita de la verdad de una sociedad herida y dividida. Y sobretodo para evitar que el silencio colectivo, la indiferencia de la masa que algunos alimentan, deje cauce para la creación y transmisión de mitos y leyendas que glorifiquen a la organización y conviertan en héroes legendarios a sus más crueles servidores.

"La carga de PATRIA debe ser  positiva siempre, aunque a veces incuba un virus que llega a sacralizar, como ya advirtió Habermas, los derechos del ciudadano y pisotear los derechos del hombre que deben tener mayor jerarquía"

Tampoco el título, Patria, es indiferente. Es la causa que agrupa a todos, pero también es el virus maligno que puede contaminar todo. Nacionalismo y Patria tienen una carga sentimental positiva, romántica, sacralizadora de la tribu, épica, ancestral, tradicionalista. Pero también tienen su lado negativo, atávico, inmovilista y sobre todo excluyente que exacerba instintos y justifica muertes, y envenena hasta el amor, la convivencia y la amistad, como se refleja en los avatares de la novela de Aramburu, donde todas las parejas acaban afectadas cuando no destruidas por ese virus. Un virus que llega a sacralizar, como ya advirtió Habermas, los derechos del ciudadano y pisotear los derechos del hombre que deben tener mayor jerarquía. Que se negara la humanidad de una persona por llevar uniforme advierte el narrador no deja de ser una aberración.
Una novela, en fin, excelente y magistral, además de imprescindible. La gran novela que despliega una panorámica general sobre una sociedad azotada por el terrorismo. Y como todas las grandes novelas no deja al lector al borde del abismo ni con el acíbar del odio en el paladar. Termina con cierta grandeza: encuentros reparadores y gestos de transigencia disimulada, dejando abierta una puerta a la esperanza, la comprensión y el perdón. Aunque queden cicatrices, dice el relator, éstas son otra forma de curación.

¿Serías capaz de quedarte por mí?

Merece citarse por sorprendente la ópera prima de un autor vinculado a esta institución, Miguel Vasserot, abogado, juez sustituto y profesor, una novela también gestada durante años y que nos ofrece una radiografía global de las pequeñas poblaciones de la costa almeriense situadas junto al cabo de Gata y secularmente dedicadas al cultivo de los espartales durante las primeras décadas del siglo veinte. La obra se llama ¿Serías capaz de quedarte por mí? (Esdrújula Ediciones 2015) y constituye otro gran mural sociológico de aquella sociedad patriarcal, caciquil, tradicionalista, anclada en costumbres de abolengo, políticamente clientelar a la que sirve de contraste una mujer liberal adelantada a su tiempo, Ángela, y la sorpresa, a veces pasmo, del relator, tal vez el propio autor en ejercicio autobiográfico. Sorprende la maestría para presentar los personajes y describir sus reacciones frente a los discursos de los políticos, los curas o los caciques, o la capacidad para percibir la etología, el entorno y la atmósfera de la época y sus gentes. Por encima de los episodios e incidentes de contenido habitual, amoríos o dramas familiares y personales, sobresale la excelente factura de esa crónica crítica y general que subyace de una época y un lugar que deja al descubierto su complejidad y sutilezas, y la capacidad de percepción del autor para reflejarlas en esta interesante obra de ficción que trasciende al mundo literario una peculiar realidad social.

 

El Bosco al desnudo

Y no podemos olvidar que este año cierra el quinto centenario del fallecimiento de un pintor, Jheronimus Bosch, El Bosco, cuya figura se ha ido engrandeciendo progresivamente con el paso de los años hasta alcanzar el gálibo indiscutido de la genialidad. Hoy nadie duda de que tras ese universo aparente de sobreabundancia medieval, caos delirante o júbilo sublimado, se esconden claves, la mayoría incomprendidas -quizá incomprensibles-, de un adelantado a su tiempo en quien el surrealismo o el psicoanálisis por ejemplo han encontrado raíces sólidas, y al que el Museo del Prado ha dedicado una fascinante exposición conmemorativa, la más completa del pintor y la que ha batido records de visitantes. Henk Boom en una interesante obra De bezeten visionair (Ed. Athenaeum 2016) traducida al castellano como El Bosco al desnudo, 500 años de controversia sobre J. Bosch (Antonio Machado libros 2016), ha hecho en un libro documentado y seductor, una meritoria e inteligente recopilación exhaustiva y agudamente comentada de trabajos, tesis y monografías de cuantos han intentado interpretar el submundo de su genio, y la historia, llena de misterio, enigmas y cábalas del autor y sus obras, reproducidas en el libro para mejor comprensión de un texto documentado como ninguno y de fácil lectura, a pesar de la dificultad de explicar los símbolos heréticos? cabalísticos? sexuales? oníricos? solo especulativos?, de un pintor místico y libertino a un tiempo.

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