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REVISTA73-PRINCIPAL

ENSXXI Nº 73
MAYO - JUNIO 2017

Por: ROSA PAZ
Periodista. Ha sido subdirectora de La Vanguardia y subdirectora del periódico semanal AHORA

Los partidos socialdemócratas han pasado de gobernar en muchos países europeos a hacerlo solo en dos: Portugal y Suecia

Conceptos como justicia social, igualdad de oportunidades o redistribución de la riqueza a través de los impuestos, que fueron habituales durante décadas en el discurso de los socialistas -y aceptados por la mayoría de los ciudadanos como objetivos a los que aspirar-, han desaparecido del vocabulario cotidiano de políticos y de los medios de comunicación. Ahora predominan las disertaciones sobre la necesidad de bajar impuestos y cotizaciones sociales y sobre las dificultades, por tanto, para sostener el Estado del bienestar, ese sistema que hizo posible un reparto más equitativo de las rentas al garantizar, por ejemplo, la gratuidad y universalidad de la educación y la sanidad y la percepción de prestaciones por jubilación y desempleo. Es decir, al dar seguridad a los ciudadanos desde la cuna hasta la tumba.
Hubo un momento en que los socialdemócratas europeos pensaron que perdían apoyos electorales porque sus objetivos, esas políticas sociales redistributivas, ya eran una realidad alcanzada. Ni era del todo cierto ni, como se ha comprobado, esos logros eran irreversibles. En cualquier caso, eso era lo que pensaban antes de la crisis económica de 2008, que aún colea. Ahora parece más bien que pierden votos porque los ciudadanos identifican los recortes que se están haciendo al Estado del bienestar con las políticas de la derecha, incluso cuando quienes los aplican son gobiernos socialistas que tratan de suavizarlos.
Eso le ocurrió en España al PSOE. El 10 de mayo de 2010 el presidente José Luis Rodríguez Zapatero pasó de golpe de la política de expansión keynesiana -o de lo que él denominaba “la salida social a la crisis”- a practicar los recortes exigidos por los defensores de la austeridad que dominaban -y dominan- la Unión Europea. Ese día Zapatero anunció por sorpresa en el Congreso de los Diputados un tijeretazo al gasto social, con medidas impopulares como la congelación de las pensiones y la bajada de un 5% en los sueldos de los empleados públicos. El PP después fue más allá reduciendo becas y maestros en la educación y personal sanitario en la sanidad pública, por ejemplo. Pero fueron muchos votantes socialistas los que se sintieron engañados y los que siguen sin perdonar al PSOE. De ahí precisamente el éxito que tuvo a partir del 15-M de 2011 -aún gobernaba Zapatero- la identificación del PP y el PSOE, con el exitoso eslógan PPSOE y la irrupción de una formación como Podemos, que obtuvo cinco millones de votos en su primera experiencia en unas elecciones generales.

"Los partidos socialistas se debaten ahora entre un cierto radicalismo o el socialiberalismo sin acabar de encontrar las respuestas adecuadas a una situación política, económica y social que irrita a buena parte de su electorado y lo aleja de sus formaciones"

No es este un fenómeno que haya ocurrido solo en España. El mes pasado el socialismo francés vivió uno de sus peores momentos cuando su candidato a la Presidencia de la República, Benoit Hamon, obtuvo solo un 6,2% de los votos. Pocos días antes de que el exministro socialista Emmanuel Macron, reconvertido al centrismo, se hiciera con el triunfo electoral en la segunda vuelta, el comisario europeo de Asuntos Económicos, el socialista francés Pierre Moscovici -encargado, por cierto, de garantizar la ortodoxia en la aplicación de las recetas de austeridad-, declaraba a la cadena SER que los gobiernos socialistas en la Unión Europea “han hecho el trabajo sucio, demasiado cerca de la derecha, sin distinguirse lo suficiente”. Y el ex primer ministro francés Manuel Valls, que perdió las primarias frente a Hamon e intentó pasarse al movimiento de Macron La République En Marche!, no dudó en asegurar que el Partido Socialista francés “está muerto”.
Pese a que en Francia durante el quinquenio presidencial del socialista, François Hollande, los recortes, aplicados en su mayoría por el propio Valls, suscitaron mucha contestación, y eso que fueron menores que en los otros países del sur de la UE. El rechazo a esas medidas alcanzó a sus propios diputados, hasta el punto de que pese a tener mayoría absoluta en la Asamblea Nacional acabaron por aprobar la reforma laboral por decreto.
Estos son algunos ejemplos de los partidos socialdemócratas que gobernaban hace pocos años en muchos países europeos con el 45% de los votos. Su media general en las más recientes elecciones está en torno al 20%. Sin contar el caso del Pasok griego, que en las elecciones de 2015 no llegó al 5% de los votos, y el citado del PSF en la primera vuelta de las presidenciales.
Ese 20% aproximado que están obteniendo los partidos socialdemócratas -el 22,66% obtuvo el PSOE en los comicios de junio de 2016- es un porcentaje que les impide gobernar. Salvo que forjen alianzas con otros partidos. De hecho, en este momento solo gobiernan en dos países: António Costa, en Portugal, gracias a un pacto con otros partidos a su izquierda, y Stefan Löfven, en Suecia, con la ayuda de Los Verdes y gracias a la abstención en su investidura de las cuatro formaciones de centro derecha y de la izquierda excomunista.
¿Cómo se ha llegado a esto? Evidentemente la crisis económica y financiera de 2008 y las recetas que se han aplicado para afrontarla han agudizado el descontento de los votantes de la izquierda. Entre otras razones porque la crisis se produce por los excesos de los mercados financieros desregulados, pero en el reparto de las consecuencias quienes sufren son las clases medias, que se han empobrecido, y las clases populares, que han sufrido más directamente los recortes. El resultado ha sido un incremento de las desigualdades sociales, un malestar generalizado contra los partidos tradicionales, en algunos casos también de la derecha, y el auge de partidos populistas.
Pero las razones que han acabado por provocar el desapego de los electores a los partidos socialdemócratas vienen de lejos. Ya en septiembre de 1993 líderes socialistas europeos -prácticamente todos en el poder- se reunieron en el Monasterio da Arrábida en Azeitao (Portugal) para estudiar cómo se iba a sostener el Estado del bienestar con la deslocalización de las grandes empresas, que abandonaban el suelo de la Unión Europea y se iban a producir al sudeste Asiático. Era el inicio de la globalización, aún no definida como tal. Ya en aquella reunión Felipe González, los portugueses Mário Soares y António Guterres, el francés Michel Rocard, el austriaco Franz Vranitzky, el sueco Ingvar Carlson y el italiano Achille Occhetto, entre otros, se preguntaron cómo se podrían pagar las pensiones o la sanidad pública en el futuro si las grandes factorías dejaban de pagar impuestos y cotizaciones sociales en Europa.
Uno de los problemas planteados por la globalización es precisamente esa dificultad de los Estados para recaudar y, por tanto, para redistribuir la riqueza, cuando las empresas sitúan sus sedes en paraísos fiscales o en los países donde la carga impositiva es menor. En Europa, además, con la cesión de soberanía a la Unión Europea los gobiernos, especialmente los de los países del euro, han perdido autonomía para aplicar políticas propias, para decidir por su cuenta a qué dedican sus ingresos tributarios, como se ha visto en estos nueve años de crisis económica.

"Según el politólogo Fernández Albertos la crisis de la socialdemocracia no se debe exclusivamente a un problema de oferta o de liderazgo sino que podría estar provocada por un problema de 'demanda'"

De ahí también que los partidos socialistas se debatan ahora entre un cierto radicalismo, tipo Jeremy Corbin en el Partido Laborista británico, o el socialiberalismo modelo Martin Schulz en el SPD alemán, sin acabar de encontrar las respuestas adecuadas a una situación política, económica y social que irrita a buena parte de su electorado y lo aleja de sus formaciones.
Hay politólogos que consideran, sin embargo, que la clave de esa crisis de los partidos de la izquierda socialista no está exclusivamente en recuperar una propuesta atractiva para el electorado. Así lo explicaba, por ejemplo, José Fernández Albertos en un análisis publicado en el desaparecido semanario AHORA en octubre pasado. Fernández Albertos, que es investigador del CSIC, explicaba que, en su opinión, la crisis de la socialdemocracia no se debe a un problema de oferta o de liderazgo, sino que podría estar provocada por un problema de “demanda”.
“Hay varios motivos por los cuales la ‘demanda’ de políticas socialdemócratas puede que esté dañada hoy de manera estructural: los sindicatos, tradicionales proveedores estables de votos a los partidos socialdemócratas, son cada vez más débiles y están más fragmentados, en parte como consecuencia de las transformaciones posindustriales de nuestra economía. Las carreras laborales de los individuos son más inestables, los centros de trabajo están más atomizados, la polarización salarial es mayor y las condiciones laborales de los trabajadores menos cualificados, precarias y vulnerables a la integración internacional de los mercados de bienes y a la movilidad de los factores de producción. En resumen -concluía-, los votantes tradicionales de la socialdemocracia son hoy mucho más heterogéneos, están mucho más divididos, defienden intereses mucho más diversos y tienen muchos más obstáculos para articular colectivamente sus demandas. Será complicado que compren el mismo programa político”.
Fernández Albertos citaba en ese artículo a los politólogos Johannes Lindvall y David Rueda y su trabajo “The insider-outsider dilemma” (British Journal of Political Science, 2013) en el que apuntan a la dificultad de los partidos socialdemócratas para representar al mismo tiempo a los trabajadores precarios, los excluidos, los desempleados (los outsiders) y a los trabajadores estables, con mayores ingresos, de mayor edad (los insiders), dos grupos que tienen aspiraciones en muchos casos contrapuestas. De ahí que si no atienden las demandas de los outsiders estos tiendan a votar a partidos más radicales y si desprecian las peticiones de los insiders estos se vayan a opciones más de centro o de derechas.
Eso es en buena medida lo que les está pasando a los partidos socialdemócratas. En España varios millones de votantes del PSOE pasaron a votar a Podemos. En Francia, en la primera vuelta de las presidenciales muchos electores socialistas se pasaron al movimiento Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon -próxima a Podemos- y otros tantos al centrismo de Macron. De ahí el debate en la socialdemocracia entre quienes están por radicalizar sus posiciones y los socioliberales. No parece una cuestión fácil de resolver. Al menos hasta ahora nadie ha dado con la solución.

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