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Por: JOSÉ ARISTÓNICO GARCÍA SÁNCHEZ
Decano honorario


LOS LIBROS por JOSÉ ARISTÓNICO GARCÍA SÁNCHEZ

Peter Brown nos ofrece, en un ensayo histórico de referencia, la historiografía de la Antigüedad tardía a través de la distinta consideración que cada generación o sociedad daba a la riqueza

Hace tiempo que los historiadores han desechado como hilo conductor y monopolizador o al menos privilegiado de la historia, el de las hazañas de reyes, conquistadores o generales. Todos han incorporado ya a sus análisis el prisma económico, social o etológico, por ejemplo, y han dado a fuentes más humildes, cartas, inscripciones populares, rótulos, apuntes manuscritos, diarios o narraciones privadas o a la versión del perdedor el protagonismo comedido que cada una merece para formular unas conclusiones más seguras.
Con mayor razón esto ha ocurrido con los criterios para la interpretación de la antigüedad tardía, esa época, particularmente morbosa, en la que tiene lugar la caída del Imperio Romano, la invasión de los pueblos germánicos y la expansión del cristianismo cuya investigación parecía haber quedado agotada con los análisis desde todos los prismas posibles desde Gibbon o Mommsen hasta Lane Fox o Beard etc. Pero no ha sido así.

"Constituye un grandioso mural que reproduce el período histórico que ve nacer el arte paleocristiano, la caída del imperio, la invasión de los godos y sobre todo la consolidación y expansión de los cenáculos cristianos cuya cosmovisión terminó imperando sobre toda la sociedad occidental"

Peter Brown, el famoso historiador irlandés ha ensayado un prisma inédito. Nos propone analizar esos hechos utilizando como herramienta de diagnóstico la distinta consideración que a la riqueza se daba en la fase imperial tardía y la sutil evolución que se fue produciendo en la consideración de las distintas generaciones que la siguieron. No es un prisma baladí, pues aunque el estoicismo romano predicaba la moderación, pocos fueron los que seguían el famoso axioma de Seneca Nunca es poco lo que basta, y muchos los que seguían el camino contrario de la ansiedad, tantos que el propio Pablo de Tarso calificó la avaricia de raíz de todos los males, radix ómnium malorum avaritia. No es para Brown una vara de medir frívola o caprichosa. El trata de desentrañar el profundo cambio que para la tenencia y uso de la riqueza supuso la irrupción de las primeras iglesias cristianas. Hay que recordar que los mensajes evangélicos divulgados en los cenáculos nacientes, más fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja... etc. y vende todo, dáselo a los pobres y sígueme, suponían un giro radical en la noción de riqueza dominante en el Imperio romano tardío, que limitaba su uso a adquirir rango social y como segunda meta ejercer la magnanimidad señorial o filantropía republicana. Brown, aunque es irlandés, no se confiesa católico. Se crió en un hogar protestante y sufrió la opresiva intolerancia clerical de un catolicismo profundamente aliado del nacionalismo irlandés, lo que le condujo a tomarse en serio la religión, pero fundamentalmente como fuerza social. En su análisis no da trato de favor a la concepción extremista sobre la riqueza de las comunidades cristianas primitivas, pues éstas, advierte, cuando sobrevino la grave crisis económica del siglo IV, abandonaron las críticas tajantes a la riqueza y en lugar de denunciar el origen, en ocasiones infame, del dinero, hacían hincapié en la oportunidad de emplearlo para reforzar y consolidar las propias comunidades cristianas, produciéndose de un lado el enriquecimiento de la Iglesia como consecuencia de donaciones en masa y de otro la aparición del clero como administrador -a cambio de tonsura y otros votos- de esos bienes, cuyo legitimo propietario era Dios.

"Agustín de Hipona promovió una nueva cultura cristiana dirigida a personas de todos los niveles educativos, incluso a su madre, Mónica, alabada por su indocta sabiduría, insuflado del favor místico que predicaba Plotino"

Brown reconoce que el ascenso del cristianismo en Occidente es algo inexplicable, un tema “abrumador”. Y se acerca al grupo de modernos pensadores que, desde el agnosticismo, la duda o el propio nihilismo, analizan asombrados cómo pudo ser posible que una doctrina, nacida como una facción desgajada del judaísmo y predicada por unos pobres pescadores analfabetos, devorara desde el interior en menos de tres siglos al imperio romano y, contra toda verosimilitud, llegara a convertirse en la fuerza social más influyente de la cultura occidental durante siglos.
Y desde esa plataforma inicia su análisis. El, Peter Robert L. Brown, nacido en Dublín en el seno de una familia protestante, educado en Oxford, catedrático luego de historia antigua en esa Universidad, en Londres, en Berkeley y en Princeton, es una autoridad de resonancia internacional, especialmente en la historia de la Antigüedad tardía, a la que se aficionó desde que en su juventud escribió una muy notable biografía de Agustín de Hipona, que aún sigue siendo obra de referencia. Cuatro años después, en 1971, publicó otra obra singular El mundo de la antigüedad tardía (Taurus 1991) en la que enfrentándose a la teoría dominante desde que en 1780 E. Gibbon publicó su obra señera Decadencia y caída del Imperio Romano, Brown destapa las grandes innovaciones culturales, sociales y espirituales que se produjeron en la sociedad tardo romana por la irrupción y expansión fulgurante del cristianismo, que fijaron las bases para que investigaciones posteriores hayan podido desarrollar y dejar sentadas las coordenadas culturales de la primera Edad Media.

"Ambrosio veía la limosna, no como gesto de condescendencia, sino como una misericordiosa devolución al prójimo de una deuda antigua, original"

Partiendo de este vasto bagaje cultural acumulado, Peter Brown ha seguido investigando durante años sobre esa época que va desde la mitad del siglo IV, con la conversión de Constantino, hasta la mitad del siglo VI en que los reinos bárbaros postromanos quedaron consolidados, dos siglos cruciales, en los que tuvo lugar la caída la Roma y la construcción del Cristianismo en Occidente. Y lo hace, como ya se ha dicho, con el estetoscopio de la distinta consideración que a la riqueza le iban dando los distintos grupos sociales que se sucedían, cristianos o no. Sus investigaciones han cristalizado en una obra extraordinariamente documentada y de una erudición exhaustiva, quizá excesivamente prolija, bautizada con un título intencionadamente alusivo que no precisa mayor aclaración, Por el ojo de una aguja (Acantilado, noviembre 2016).
Constituye un grandioso mural que reproduce, con amenidad y precisión, ese período histórico que ve nacer el arte paleocristiano, la caída del imperio, la invasión de los godos, la irrupción de Atila y sobre todo la consolidación y expansión de los cenáculos cristianos cuya cosmovisión terminó imperando sobre toda la sociedad occidental.
La trama se articula sobre tres personajes prototipo de los que hay sobrada, casi excesiva documentación. Símaco, Quinto Aurelio Símaco, prototipo del noble romano que representa la forma de vida imperial sobre la que incidieron las visiones cristianas, prefecto y cónsul de Roma, político magistral que se enorgullecía en sus múltiples Relationes y más de mil cartas manuscritas que se conservan, de mantener la forma nobilis vetustatis, el modo de la antigüedad, y con él la concepción romana de la riqueza como forma de prestigio y honor. De otro Ambrosio, obispo de Milán, primer obispo aristocrático y primer gran disidente, detentador de una gran fortuna con la que fundó la Iglesia de Milán, que entendía integrados a los pobres en una sola y única comunidad cristiana y veía la limosna no como gesto de condescendencia sino como una misericordiosa devolución al prójimo de una deuda antigua, original, prototipo precursor de una incipiente justicia social que aparece plasmada en su obra, replica a la ciceroniana de igual título, De officiis, de los deberes. Y el tercer eje del trípode, Agustín de Hipona, patrocinado por Símaco, y convertido al cristianismo por Ambrosio, hombre pobre nacido de pobres según él mismo se describe, procedente del maniqueísmo que concebía la religión como un panal de pequeñas células cada una de las cuales constituía una Santa Iglesia en miniatura, y que promovió, como se advierte en sus Diálogos, una nueva cultura cristiana dirigida a personas de todos los niveles educativos, incluso a su madre, Mónica, alabada por su indocta sabiduría, insuflado del favor místico que predicaba Plotino, y que daba a la riqueza el destino de hacer frente a las exigencias de la comunidad, cada hermano, repetía en su Praeceptum, sea pobre o rico, debe aprender a anteponer el bien de la comunidad a sus propias necesidades y terminando por despojar a sus monjes de la propiedad privada, la no-riqueza debe convertirse, terminaba, en absolutamente ninguna riqueza.

"La obra, amena y de fácil lectura, quizá peque para los profanos de exceso de erudición"

Sobre esta terna y con un análisis exhaustivo de la profusa documentación manuscrita que se conserva de los tres protagonistas, se desarrolla fundamentalmente el planteamiento de Brown. La obra, amena y de fácil lectura, desarrolla, como se ha dicho, la evolución del concepto de riqueza desmenuzando los textos. Quizá peque para los profanos de exceso de erudición que llega a veces a confundir al lector al percibirse variaciones y hasta contradicciones en las citas y textos de un mismo autor. Pero el material analizado por Brown es de tal calidad y genera tanta tensión que igual que ha dado lugar a una obra de análisis histórico, podría haber sido utilizado como libreto de un drama con los tres actores dichos que encontraría su punto de fricción en el año 370 en que empiezan a incorporarse a las iglesias ciudadanos acaudalados, y estallaría en la brutal crisis económica del siglo V que indujo a los cristianos a atribuir a la riqueza de los fieles naturaleza colectiva y carácter sacro, asignándole como destino la consolidación de la comunidad cristiana y el cuidado del ciudadano medio en dificultades.

"La posición de la Iglesia con relación a la riqueza no fue uniforme. Hubo una posición radical, la de Jerónimo, que pretendía que todos se sintiesen culpables de su riqueza. Pero también hubo una reconsideración de su utilidad como riqueza corporativa con carácter sacro"

Porque la posición de la Iglesia con relación a la riqueza no fue uniforme. Hubo una posición radical, la de Jerónimo, por ejemplo, que pretendía que todos se sintiesen culpables de su riqueza, o la de Agustín de Hipona que predicaba la no-riqueza. Pero también hubo una reconsideración de su utilidad como riqueza corporativa con carácter sacro, destinada a atender las necesidades de los pobres, de la propia Iglesia o de la corporación mística que la integraba. Y también se defendió la necesidad de colocar la riqueza en el más allá, como don divino que debe estar supeditada a alguna meta espiritual, la salvación del alma.
La Iglesia y sus representantes fueron adoptando, dice Brown, una posición acomodaticia, con vacilaciones, dudas y conflictos, siempre apartándose del modelo imperial romano de patronazgo y beneficencia, sentando las bases que luego aceptó la Iglesia unificada de la Edad Media: la riqueza como don divino que debe ser utilizada en beneficio común para así alcanzar la salvación del alma. Y con esa misión el reino de los cielos no quedaba cerrado a los ricos.
Un excelente mural que recoge, con luces y sombras, los matices espirituales y el pragmatismo coyuntural sobre la riqueza en el marco historiográfico mejor documentado de la época tardo romana.

Staël: anotaciones a sus memorias

Es notable la fecunda vertiente ilustrada del colectivo notarial, que haciendo honor a la tradicional faceta humanística de que siempre ha hecho gala esta profesión, año tras año nos sorprende con nuevas y admirables aportaciones.

"Es extraordinario su valor testimonial sobre unos hechos que vivió y que enjuició bajo el prisma de los valores de la Ilustración. Y de no menor interés son los comentarios del notario catalán"

Es el caso de Xavier Roca, notario de Barcelona, al que no ha mucho, en el nº 63 de esta revista, encomiábamos por haber editado la primera y además excelente biografía en español de la primera activista política comprometida de la historia, la baronesa de la libertad, importadora del romanticismo alemán, que Stendhal califico como la mujer más extraordinaria que se haya visto nunca, que se las tuvo tiesas con el mismísimo Napoleón Bonaparte, Madame de Staël (Ed. Berenice, marzo 2015). En ella ya anunciaba Roca que en este año 2017, en que se conmemora el bicentenario de su muerte, publicaría una edición traducida y comentada por él mismo, de la que quizá sea la más interesante y actual obra de Staël, las Consideraciones sobre la Revolución francesa. Y así lo ha hecho. El mes pasado, editado por Arpa Editores, traducido y anotado de forma brillante e impecable por el notario catalán Xavier Roca Ferrer, han aparecido, también en primicia editorial en castellano, estas memorias, inacabadas y publicadas póstumamente, en 1818, en las que la genial autora plasma sus impresiones sobre los hechos que ocurrieron en una larga época de la historia de Francia, la que va desde los últimos años del reinado de Luis XVI hasta la restauración borbónica de 1814, los Cien Días y la 2ª restauración de 1815, casi hasta la fecha de su muerte que como se ha dicho ocurrió en 1817. Es extraordinario su valor testimonial sobre unos hechos que vivió, presenció y en los que incluso participó, y que enjuició agudamente bajo el prisma de los valores de la Ilustración, especialmente la libertad, en los que profesaba. Y de no menor interés son los comentarios y anotaciones, agudas y eruditas, del notario catalán que desentraña con exactitud y brillantez, el sentido de esos hechos y juicios de valor.

Costumbrismo con guasa

Paralelos elogios hay que dedicar a otro brillante representante de la estirpe de notarios humanistas, al que ya hemos hecho referencia en dos ocasiones anteriores, el notario sevillano Pablo Gutiérrez Alviz. Hace años publicó una obra jocosa, desbordante de gracia y crítica social, Un patinete de lujo (Ingrasa 2003). Y no mucho después editó otra que encabeza con el título de otro de los artículos que la integran Cariño, quítate la corbata, de la que se hizo relación en el número 6 de esta revista en abril de 2006. Ambas eran sendas recopilaciones de artículos publicados en prensa, políticamente incorrectos se dijo, pero desde luego rabiosamente ágiles e ingeniosos que merecieron el aplauso general. Hoy, con Prólogo de lujo de Manuel Olivencia y patrocinio de Unicaja, acaba de brindarnos la tercera parte de la serie -porque esperamos que continúe- La soldada rasa (Ingrasa 2017), también recopilación de brillantes y agudos artículos publicados en prensa, impregnados todos de esa leve ironía cáustica que en Cádiz se conoce como guasa, y que se engloba en un género literario tan difícil como es el periodístico de observación y crítica que, como Cervantes, parece querer solo hacer reír, pero que inconscientemente trasciende hasta la promoción de una forma más correcta de pensar y de vivir. El propio título de la obra, que es el de uno de los artículos recopilados, denota su mordaz actualidad pero también su orientación equilibradora. Como ocurrió con los dos anteriores, la presentación del libro fue un acontecimiento literario y social en Sevilla. Esta vez tuvo lugar en la Academia Sevillana de Buenas Letras, institución de la que, por cierto, fue Director el padre del autor Francisco Gutiérrez-Alviz. En esta ocasión la ordenación de los artículos no responde a un criterio cronológico sino objetivo. Del conjunto general se escinde el grupo referido a un ficticio espía ruso destinado en Cádiz, vago, gorrón y estrafalario, personaje creación del autor, que le permite guasearse de las minucias políticas, y otro relacionado con el foro o el mundo jurídico al que también aplica una prosa cáustica. Enhorabuena, Pablo.

"Parece querer solo hacer reír, pero inconscientemente trasciende hasta la promoción de una forma más correcta de pensar y de vivir"

Tierra viviente

Y terminaremos haciendo referencia a otra obra magnífica de otro miembro del humanismo corporativo, Pío Cabanillas, hijo del inolvidable, eximio notario y registrador, Pío Cabanillas Gallas. Con el título GEA, personificación griega como se sabe de la tierra, la tierra Madre, ha editado en La Fábrica, una obra que contiene las más sugerentes, bellas y sobrecogedoras fotografías de una naturaleza viva que a veces parece palpitar y otras sufrir. Agrupadas en tres bloques, Estructura como conformación o armazón, Forma como sombra, color y contraste, y Textura como materiales o sustratos ingredientes, el libro nos sobrecoge con sus más de 100 fotografías tomadas por este reportero de la tierra como él se defina, en sus largos periplos por más de 16 países desde Islandia al Tibet y Vietnam, o desde Groenlandia a Kenia, Pakistán o Argentina. El reportero ha sabido escoger el encuadre, el momento, el enfoque y la luz para reproducir con precisión exquisita y poética tanto las majestuosas explosiones de vitalidad caprichosa de la naturaleza, como las arrugas, las cicatrices y costurones telúricos de una tierra atormentada. Es un trabajo de 18 años que pretende, y consigue, concienciar.

"Contiene las más sugerentes, bellas y sobrecogedoras fotografías de una naturaleza viva que a veces parece palpitar y otras sufrir"

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