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Por: JOSÉ ARISTONICO GARCIA
Decano honorario



LOS LIBROS por JOSÉ ARISTÓNICO GARCÍA SÁNCHEZ

Tres excelentes novelas cargadas de especificidad femenina en la percepción y en el desarrollo

También acertó Stuart Mill, aquel filósofo clarividente de lo obvio, el individuo, la libertad, el mercado o los límites al poder, cuando demandó en el XIX la igualdad de la mujer con el varón porque lo contrario, dijo, a más de injusto es el principal obstáculo para el progreso de la humanidad. Hoy, vistas las masivas manifestaciones del pasado 8 de marzo, nadie en el mundo occidental puede poner seriamente en duda la igualdad de derechos políticos, sociales, familiares y profesionales de ambos sexos, aunque ello no quiere decir que no haya diferencias de personalidad entre ellos. Incluso, según los últimos estudios, casi todos los sicólogos coinciden en que las distancias encontradas en el orden psíquico son mayores de lo que se creía. Y no afectan solo a los baremos psicológicos de sensibilidad, también a los tipos de comportamiento, fluidez verbal, fuerza psíquica, serenidad, comprensión o habilidades espaciales, y concluyen sus encuestas afirmando que son tantas y tan acentuadas las diferencias de género, que es como si realmente existieran dos naturalezas humanas diferentes, como anunciaron hace décadas Davies y Shackelford.
En lo que nadie duda desde luego es que es mayor y más intuitiva y matizada la sensibilidad de la mujer, siempre más cordial, ansiosa y aprensiva, obligada quizá ab origine a desarrollar, frente a la secular opresión del varón, mecanismos de defensa relacionados con la astucia y la intuición para contrarrestar esa presunta dominancia desde el polo opuesto de la fuerza. Tampoco está en debate que la paleta de la sensibilidad de la mujer tiene mayores y más sutiles matices porque son realidades contrastadas.
Estas diferencias se advierten también en el ámbito de las letras. Cierto es que gran parte de la literatura femenina está escrita desde el plano universal de la igualdad y en competencia lineal con el varón, sin que se adviertan matices o sobreintenciones peculiares de mujer. Pero hay otra parte, también numerosa, en que las autoras hacen gala de una ultrasensibilidad privativa de género llevando al lector a conocer rincones inexplorados y por él nunca imaginados de la psique de la mujer que justifican conductas y respuestas enigmáticas especialmente para el varón. Son por ejemplo esas astucias, cautelas, dobles sentidos y sutilezas que más parecen un guiño a las lectoras o sobreentendidos entre mujeres, que explicaciones generalistas para un lector indeterminado.

Adolescencia turbada

No ha mucho, en septiembre de 2016 circuló de forma vertiginosa por los 35 países en que se ha traducido, una novela singular, The Girls (Las Chicas, Anagrama, Septiembre 2016), con la que debutaba una norteamericana de 25 años, Emma Cline, y en la que desde un punto de vista de feminista rebelde, a las mujeres nos educan para que nos miren, no para ser protagonistas, nos ofrece una historia de ficción sobre las chicas, solo le interesan las chicas, repite, convirtiéndolas en protagonistas únicas de su relato. Únicamente da entrada a los varones como comparsas, en cuanto puedan servir de contrapunto, contraste, tropiezo o cruce coyuntural para que las chicas intervengan, piensen o actúen.

"Lo que realmente le importa son las chicas, procedentes de familias formales o desestructuradas, da igual, escrutar desde una óptica femenina los sentimientos de sus heroínas y diseccionar el mundo emocional, cognitivo y social de cada una utilizando para ello un bisturí tan sagaz y afilado que solo la emotividad femenina es capaz de manejar"

En la novela desde luego lo que realmente le importa son las chicas, procedentes de familias formales o desestructuradas, da igual, escrutar desde una óptica femenina los sentimientos de sus heroínas y diseccionar el mundo emocional, cognitivo y social de cada una. Huye desde luego de prototipos, tópicos y clichés, y se esfuerza en construir personajes femeninos complejos y muy actuales, en la forma en que solo una mujer lo puede hacer, porque solo ellas en las coordenadas actuales han podido llegar a las profundidades del corazón femenino y percibir, en el caso de la protagonista, las complejidades de la adolescencia, utilizando para ello un bisturí tan sagaz y afilado que solo la emotividad femenina es capaz de manejar. Nadie puede dudar de que en la novelística clásica hay obras maestras que han escrutado hasta las raíces el alma femenina, recordemos por ejemplo los maestros Sthendal o Tolstoi, pero estas disecciones de bisturí de una feminista consciente y en funciones, que deja al aire el detalle, el sobrentendido y la reserva o la sutileza que con frecuencia solo percibe el olfato de otra mujer, no suele formar parte de los trazos, aun magistrales y de superior grandeza con que los grandes maestros cincelaban la psicología de sus heroínas.

"Las Chicas está llena de frases brillantes, muchas cortas y contundentes, que no van hiladas y ordenadas por la lógica ni por la gramática sino solo por la intuición, el lenguaje es brillante, el relato absorbente"

Las chicas está llena de frases brillantes, muchas cortas y contundentes, que no van hiladas y ordenadas por la lógica ni por la gramática sino solo por la intuición, el lenguaje es brillante, el relato -que utiliza como telón de fondo uno de los episodios más truculentos de la crónica negra norteamericana, la matanza organizada por la demoníaca secta de Charles Mason que aún golpea la conciencia colectiva de ese país- es desde luego absorbente. Pero no lo olvidemos todo está orientado a representar el mundo emotivo, sentimental y algo desconcertado en la adolescente, de las dos chicas protagonistas. Y parece dictado preferentemente para la connivencia y complicidad de todas las demás.

Orgullo y distinción

De mayor altura, a pesar de ser ochenta años anterior, es una novela del mismo género y de un refinamiento delicioso escrita por Rosamond Lehman en 1936, The weather in the streets, que traducida al castellano acaba de ser editada en España con el título A la intemperie (Errata Naturae Editores, Madrid, 2017). Es un venturoso acontecimiento. Aunque hay en el trasfondo algunas referencias de fuste menor a la bohemia londinense de entreguerras, por otro lado poco significativa, el núcleo central de la obra es el análisis crítico de las costumbres, los sentimientos, las pasiones y también, cómo no, la hipocresía de la alta sociedad británica que la autora deja al descubierto con un punzante bisturí impregnado de humor y de ironía. Y lo más destacado, lo que sorprende para la época en que está escrita, es el agudo análisis anímico, emotivo y pasional de las mujeres, hacia las que dirige fundamentalmente su ojo de halcón y a las que parece sobre todo dirigirse.

"De mayor altura, a pesar de ser ochenta años anterior, es una novela del mismo género y de un refinamiento delicioso escrita por Rosamond Lehman en 1936 acaba de ser editada en España con el título A la intemperie"


La protagonista, Olivia, es una mujer liberada, independiente, de educación exquisita, como la de la autora, Rosamund Lehman, en cuyos salones bullía en su infancia una actividad cultural de nivel, Brownis y Dickens por ejemplo, oxigenado por los acordes de un piano tocado por su abuela acompañada por la nieta de Schumann. La propia autora ha reconocido que en la protagonista, Olivia, hay mucha autobiografía, es como ella una mujer apasionada y al tiempo firme y serena. Y como ella vivió una larga pasión amorosa con el poeta Cecil Day Lewis que estaba casado con otra.

"El núcleo central de la obra es el análisis crítico de las costumbres, los sentimientos, las pasiones y también, cómo no, la hipocresía de la alta sociedad británica que la autora deja al descubierto con un punzante bisturí impregnado de humor y de ironía"

Esta es la médula de la novela, un menage a trois en el que el varón está descrito con trazos bellos y certeros pero tópicos y vulgares, y siempre reflejos o subordinados, que no se siente obligado a profundizar -no tenía ni idea de que no fueras feliz, Olivia, dice al final del relato-, una mujer, la legítima, esposa-funcionaria, siempre correcta, insulsa y algo pueril, y otra, la que asume todo el protagonismo, la Otra, tipo literario magistralmente descrito y ensalzado por primera vez, cuyas comprometidas vivencias en las coordenadas de la sociedad burguesa posvictoriana de hace un siglo narra la autora con matices decisorios y una maestría insuperable. Es la primera vez que la heroína de una novela es la amante, la Otra, aquella que ha de estar escondida y cuya primera regla es que no debe exigir demasiado (Y una vez lo solté todo de golpe, ¿por qué tenía que quedarme siempre al margen de todo, por qué no contaba para nada?). Es la primera vez que se analizaba profundamente su psique, sus sentimientos, sus angustias, los desaires, su humillación, aunque ella se siente heroína, nunca villana, su amor es legítimo, procede de la adolescencia de ambos y se mantiene en un plano de máxima nobleza y nunca pierde la dignidad... Es también la primera vez que se describe, con una perspicacia y agudeza, lo que siente este personaje y los límites en que su distinguida elegancia natural le permite interactuar para esconder o moderar sus emociones sin romper la armonía exterior.

"Es también la primera vez que se describe, con una perspicacia y agudeza insuperables, lo que siente este personaje y los límites en que le permite su distinguida elegancia natural interactuar para esconder o moderar sus emociones"

Como ya se dijo, es pura autobiografía. Es quizá la primera escritora que narra a través del crisol de las percepciones y sentimientos específicamente femeninos. Y para hacerlo con mayor intensidad utiliza una técnica narrativa en la que salta de un relato-crónica hecho por tercero, a una confesión-diario de la propia Olivia, y en ocasiones intercala incisos para explicar a los lectores -quizá más a las lectoras- lo que ha omitido conscientemente en su fraseo o la clave para entender alguna conducta ambigua. Refinamiento, sutileza, perspicacia, delicadeza, distinción... Y una lúcida sagacidad femenina… (Me gusta lo incierto, lo imperfecto… Me gusta eso que… eso que brota detrás de las facciones, que aparece de pronto y al momento desaparece). Estos monólogos de Olivia consigo misma, lo que musita hacia dentro, cosas que piensa y escribe pero que no forman parte del relato, incluso cosas que piensa pero no dice (Adiós, gracias, no sabe cuánto se lo agradezco... No corte la comunicación, no me deje sola en las tinieblas de los excluidos…), o cosas que le gustaría oír sentir pero que no le dicen, ese eco íntimo de las mujeres hablándose a sí mismas, esa paleta rica y delicada de sentimientos que esculpen como nunca se había hecho el prototipo de la Otra, Ah! Y -repito- lo hace con una belleza, una nobleza y una sensibilidad difíciles de superar.

"Estos monólogos de Olivia consigo misma, lo que musita hacia dentro, cosas que le gustaría oír sentir pero que no le dicen, ese eco íntimo de las mujeres hablándose a sí mismas, esa paleta rica y delicada de sentimientos que esculpen como nunca se había hecho el prototipo de la Otra"

Inocencia enturbiada

Y para terminar este tour de force de la especificidad de la mujer dejaré constancia de otra obra magnífica que evidencia la penetrante visión femenina de uno de los sucesos más escalofriantes del siglo XIX del que todos los lectores tendrán alguna referencia porque sacudió con violencia a la opinión pública, el asesinato en 1843 en Canadá de Mr. Kinnear y de su ama de llaves y amante, que fue atribuido, además de a un mozo de cuadra que fue ahorcado, a una sirvienta de 16 años, Grace Marks, condenada a cadena perpetua cuya culpabilidad nunca fue unánimemente aceptada. Es un suceso sórdido y canalla, devorado en gacetillas, series baratas y romances urbanos de la época, pero también escrutado en tratados jurídicos y psiquiátricos, reexaminado por reformistas y espiritistas que convencidos de su inocencia pedían su indulto, y hasta revisado por el psicopatólogo europeo más famoso de la época. Todavía no se ha firmado la paz sobre la culpabilidad de Grace que siempre declaró no recordar nada de aquel día.

"Evidencia la penetrante visión femenina de uno de los sucesos más escalofriantes del siglo XIX, un asesinato que fue atribuido a una sirvienta de 16 años, Grace Marks. Es un suceso sórdido y canalla"

Una magnífica escritora, Margaret Atwood, cargada de premios literarios, entre ellos el Príncipe de Asturias, ha sido capaz de plasmar en una espléndida novela, o mejor historia novelada, porque ha investigado el proceso, su instrucción y toda la documentación histórica y judicial de la época, titulada Alias Grace (Salamandra, 2017), esta indecente historia. Lo hace, apoyándose en la verosimilitud, desde la óptica de una mujer activista por los derechos humanos y feminista militante, adentrándose en los entresijos del alma de Grace y rebañando en los rincones de su corazón las pulsiones y latidos más profundos que puedan iluminar tanto misterio.

"Lo hace, apoyándose en la verosimilitud, desde la óptica de una mujer activista por los derechos humanos y feminista militante, adentrándose en los entresijos del alma de Grace y rebañando en los rincones de su corazón las pulsiones y latidos más profundos que puedan iluminar tanto misterio"

Es pura y neta visión femenina, intuitiva y llena de matices, que además sirve a la autora para despellejar aquella sociedad victoriana de la época plena de ignorancia y miedo, plagada de prejuicios, contrasentidos y carencias, que maldecía de la mujer, una sociedad injusta y cruel que hipócritamente tapaba sus desvergüenzas guardando las apariencias con la religión, el puritanismo y, eso sí, sobre todo, los buenos modales.

"Además sirve a la autora para despellejar aquella sociedad victoriana de la época plena de ignorancia y miedo, plagada de prejuicios, que hipócritamente tapaba sus desvergüenzas guardando las apariencias con la religión, el puritanismo y, eso sí, los buenos modales"

El relato es apasionante, el análisis del alma de Grace magistral, la crítica social descarnada y mordaz. La condición de la mujer, la justicia arbitraria sobre todo para el pobre, una prensa amarilla y desvergonzada ávida de escándalo, la misoginia imperante… Atwood no está dispuesta a suavizar su punzón afilado, y para no salpicar la inocencia de una niña de 16 años, que cuenta su historia de forma casi infantil, reserva para ella la narración desnuda de los hechos, y deja la sátira critica en manos de su amiga intima, Mary Whitney, cuyo nombre una vez muerta utilizó sin maldad confesada Grace en ocasiones. Mary y Grace. Grace y Mary complementan, en la pluma de Atwood la visión femenina de aquel mundo del XIX lleno de claroscuros y paradojas en el que la mujer o era fría y desapasionada, o se la tenía por pervertida y libertina cuando no por loca...

"Deja patente tanto la sutileza de los recursos y la riqueza psíquica de sus heroínas como el talento perceptivo de la autora, cargado de tanta especificidad como el de Emma Cline y Rosamund Lehman"

Atwood deja también al descubierto el mundo de injusticias y humillaciones en que se desenvolvían las mujeres en el siglo XIX, pero también deja patente tanto la sutileza de los recursos y la riqueza psíquica de sus heroínas como el talento perceptivo de la autora, cargado de tanta especificidad como los de Emma Cline y Rosamund Lehman.

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