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REVISTA98

ENSXXI Nº 98
JULIO - AGOSTO 2021

Por: ANDRÉS TRAPIELLO
Escritor


Andrés Trapiello nació en Manzaneda de Torío, León, en 1953, y desde 1975 vive en Madrid. Es autor de una extensa obra: novelas, entre ellas El buque fantasma (1992), Los amigos del crimen perfecto (2003), Al morir don Quijote (2004) o Los confines (2009), premiadas con los galardones más prestigiosos internacionales y nacionales, como el Premio Nadal; ensayos, en Destino Las vidas de Miguel de Cervantes (1993) y Las armas y las letras (1994, 2010, 2019), y una decena de libros de poemas agrupados bajo el título Las tradiciones. Es autor de un diario novelado, Salón de pasos perdidos, del que lleva publicados hasta la fecha veintitrés volúmenes, así como de la prestigiosa traducción al castellano actual del Quijote, publicada en 2015. Su último libro es Madrid (2020). Ha recibido, entre otros, el premio de las Letras de la Comunidad de Madrid (2003) y el de Castilla y León (2011) al conjunto de su obra. Recientemente ha recibido la Medalla de Oro del Ayuntamiento de Madrid.

Las grandes novelas realistas del XIX entraban y salían de las notarías con gran facilidad. Balzac se pasa la vida entre notarios y policías, sabe que la comedia humana está ahí. Dickens tiene que atravesar Londres, siendo niño y a pie, naturalmente, para visitar a su padre, en prisión por deudas y desarreglos contables, y pasados unos años empieza a trabajar en un juzgado. Por deudas va también a la cárcel el padre de Cervantes, en Valladolid: el inventario de sus bienes es tan exiguo que no hay otro modo de satisfacer a los acreedores que pasar por la prisión. Por desfalco acaba el propio Cervantes entre rejas, en Sevilla, por contadurías sospechosas. Por fraude acabamos de saber que cumple condena en las cárceles de Figueirido y Lugo Álvaro Cunqueiro; trató de dignificar esos amargos recuerdos haciendo loas a François Villon, el poeta de vida desarreglada.
De la notaría a la cárcel, hay, claro, un alto en el camino: los juzgados, donde también impera la policía. Ahí está toda la vida humana.

“Yo entre notario, policía y juez elegiría siempre ser notario”

Yo entre notario, policía y juez elegiría siempre ser notario. Por nada del mundo querría ser ni verme en el pellejo de un juez porque no es fácil ser justo y, sobre todo, porque sería de los que prevaricaría sin que me temblara el pulso: a sabiendas de que había desfalcado, habría puesto en libertad a Cervantes; claro que cuando lo mandaron a la cárcel de Sevilla, el juez no sabía que era Cervantes, ni Cervantes sabía que era Cervantes… No, no, he hablado a la ligera. Sin la cárcel, es poco o nada probable que Cervantes hubiera escrito el Quijote; solo cuando Cervantes hubo de admitir que su vida de recaudador de alcabalas y acopiador de bastimentos en nombre del rey para la armada real era ya inviable, se dedicó a lo único que sabía hacer, escribir; o sea, que igual sí hubiera sido yo un juez prevaricador y lo hubiese metido en la cárcel, a sabiendas de que era inocente, prevaricando al revés, sabiendo que de ese modo acabaría escribiendo el Quijote.
La profesión de policía tampoco es probable que la siguiera. Para serlo hay que ser tan valiente como los bandidos, sin los alicientes de estos ni de sus alijos y de la mala vida que llevan (en general bastante buena, hasta que les echan el guante).
Balzac dio con la clave: no es que los maleantes sean más inteligentes que los policías, sino que trabajan a tiempo completo, sin descanso, le dedican la vida a eso, en tanto que el policía lo hace en horario de oficina. Esta es una razón poderosa para no querer ser tampoco un delincuente. Porque la dedicación al bien y a la ley requiere una dedicación completa, que no sé yo si mi alma egoísta sería capaz de seguir (y nada nos admira más que las actuaciones de los policías que fuera de servicio exponen su vida reclamados por el deber: salvar a un niño en un incendio, impedir un robo, mediar en una pelea).
La única salida interesante para un novelista es ser notario.

“Si el confesor es el depositario de los secretos morales, al notario se le cuentan todos los demás secretos, muchos de los cuales son también morales”

Si el confesor es el depositario de los secretos morales, al notario se le cuentan todos los demás secretos, muchos de los cuales son también morales (dígame, señor notario: “¿Hay un modo legal de quedarme la herencia que mi padre nos dejó a todos?”. “¿Me está diciendo, señor notario, que de ser intestado el difunto todos los bienes vendrían a mí como dicen que iban a san Francisco las avecicas del campo? Ahora mismo me deshago yo de cierto documento comprometedor que guardaba él en su gaveta”).
Pla estaba muy orgulloso de su país nativo, el Ampurdán. Aquellos pocos kilómetros cuadrados de próspera agricultura le tenían muy orgulloso. Cuando había de mostrar la región a un visitante ilustre lo llevaba a Pals, un pueblo primoroso, toscano. En Pals hay una eminencia desde donde se divisa, hasta el mar, toda la región. Es un panorama magnífico y desde él se domina el paisaje como lo haría un águila.
También el diablo llevó a Jesús a una montaña parecida, en el Pals palestino. Como Pla, le mostró las magníficas posesiones, y le tentó, como es sabido: “Todo esto será tuyo, si me adorares”. Fue el primer futuro de subjuntivo al que me enfrenté en mi vida. Pla, al visitante al que le mostraba la región, mucho más benévolo y apaciguador, solo le informaba, para que el otro sacara sus propias conclusiones. “¿Ve usted todo esto? [una inmensidad de masías, campos y cultivos, casas]. Fíjese bien: ni una hipoteca”.
¿Cómo podía llevar Pla en la cabeza todo el registro? Lo llevaba. Eran esas cuestiones en las que fundaba su literatura, su visión del mundo, la idea que tenía de la felicidad, consciente, al mismo tiempo, de que toda esa felicidad, mirada de cerca, casa por casa, estaba más bien menoscabada, hipotecada.
Se ha dicho que la novela es un género burgués no solo porque la novela conoció su auge cuando la burguesía se había apoderado de las instituciones del Estado y de los resortes de la economía, sino porque tiende a ordenar una realidad caótica, tal como hacen los burgueses con sus propias vidas, a base unas veces de normas de lo más prudentes, pero también de convenciones y prejuicios.
Cuando pasea uno por Madrid descubre, en primer lugar, lo bien conservado que está el mundo galdosiano, el novelista burgués por excelencia.

“Cuando se pasea uno por Madrid, lo constata: todas las familias son felices y desdichadas a un tiempo; no hay una sola que sea solo feliz o solo desgraciada”

Cuántas veces habremos repetido la conocida frase de Tolstoi: todas las familias felices se parecen, solo las desdichadas lo son cada cual a su manera. La obra de Galdós es un desmentido a ese aserto. Cuando se pasea uno por Madrid, lo constata: todas las familias son felices y desdichadas a un tiempo; no hay una sola que sea solo feliz o solo desgraciada. Incluso en estas, azotadas por el infortunio más cruel, hay alguien siempre que aparece para recordarnos que sin esperanza no podremos vivir, y que la esperanza es la primera sonrisa del mundo.
El galdosiano, lo galdosiano como categoría, es algo dolorosamente común, gris, ramplón, que huele un poco a brecolera hervida y a besugo cocinado la víspera, a colonia barata y a naftalina (de los mantones de Manila que se llevan al empeño). Pero en ese escenario Galdós ha puesto siempre unas pasiones (principalmente amorosas) que nos devuelven la fe en el género humano.
No obstante, no se olvida él de desmenuzarnos los entresijos de la realidad, esos que las notarías han consignado. Los personajes de Galdós son providentes (recordemos al amante viejo de Fortunata, Evaristo Feijoo, dejándole a esta accioncitas, obligaciones, papeles notariales, cuando su protector prepara su mutis). Galdós pone buen cuidado en decirnos quién es el casero de un personaje, quién paga sus facturas y cómo se costean los palcos del teatro y los trapos de las mujeres. Y cuando se trata de ruina, no olvida tampoco las visitas a la usurera (doña Lupe bendita) y al logrero (Torquemada implacable). Y él, Galdós, actúa, en esos lances, como un notario también. No juzga a sus personajes, ellos a sí mismos se califican moralmente, o lo hace el lector. A Galdós, exceptuando los asuntos amorosos, casi no le interesa nada más.
Cualquiera que haya leído la prodigiosa serie de los Episodios nacionales habrá advertido esto mismo también: la historia no es para Galdós más que una excusa para contarnos los amores de sus protagonistas, de Gabriel Araceli, de Monsalud o de cualquiera a través del cual ha querido destilar las gotas casi siempre amargas de ese aguardiente que llamamos España.
¿Y cómo es posible que todo aquel mundo del que dio cuenta el notario mayor de la Villa que fue Galdós aún esté tan vivo, tan como él lo dejó?
“La pobreza, amigo, es una gran conservadora”, habría dicho. Todo el mundo se disputa el dinero. La pobreza apesta mucho más que el pestilente dinero. De eso saben, sobre todo, los notarios: el dinero urde venganzas, combina engaños, seduce a insobornables, pinta ilusiones, acaba parentescos y amistades y amista todos los imposibles. Con la pobreza, la dolorosa pobreza decimos, todos tenemos que ver lo justo. Madrid es una ciudad provinciana, decimos también, un lugarón manchego, dando a entender que los más ricos de ella harían en París, por ejemplo, un papel deslucido. Bien, pues a la pobre se la deja en paz. Si la riqueza destruye con la excusa del progreso, la pobreza conserva, obligada por las circunstancias.
Madrid ha contado incluso (Galdós se ocupó de contárnoslo) con la inapreciable colaboración de los ricos, que ni siquiera se tomaron la molestia de destruirla: abandonaron los barrios viejos y emigraron al barrio de Salamanca, al de Chamberí, al de Argüelles, barrios netos de ricos, de burgueses, de empleados. Le dejaron los barrios clásicos al “Madrid de toda la vida”. Solo algunos heroicos resistentes (doña Barbarita), se resistieron a abandonar sus bastiones históricos (la plaza de Santa Cruz) por algo que ni Madrid les parecía.

“¿Y cómo es posible que todo aquel mundo del que dio cuenta el notario mayor de la Villa que fue Galdós aún esté tan vivo, tan como él lo dejó? ‘La pobreza, amigo, es una gran conservadora’, habría dicho”

Y así fue como el Madrid de Galdós se ha conservado durante estos ciento cincuenta años: porque nadie se tomó la molestia de destruirlo. Lo que ha ido desapareciendo ha sido por decaimiento, abandono, descuido. Si las grandes pasiones de Proust se desarrollaron en el lujoso faubourg parisino, los enamoramientos de Galdós suceden en malolientes escaleras de vecindad, en corralas, en la angostura de un viejo simón.
Galdós se ha tomado la molestia de ir levantando acta notarial de ese Madrid, calle por calle, casa por casa. No olvida ni una sola escritura.
Pero a diferencia de Pla (y su jactancioso “ni una hipoteca”), Galdós nos dice de la realidad: “Esto se sostiene, amigos, de milagro, aquí todo el mundo vive de la trampa, del Monte de Piedad, del sueldo de la Administración; no hay en Madrid nadie que un día vaya al teatro y al otro no se vea en la cesantía. Está el que empeña su colchón para comprarse una entrada para ir a ver a su torero favorito y la que por un bistec y media tostada se deja llevar a uno de los desmontes de la montaña del Príncipe Pío”.
Y si de las notarías salen algunos a celebrarlo, de las novelas de Galdós, la gran notaría de Madrid, salimos casi todos diciendo aquello de Moreno Villa: “Pobretería y locura”. Sin asomos de drama, sin exclamaciones teatrales, con fatalidad y sentimientos mezclados, como quien hereda por la muerte de un ser querido. Lo decía Cervantes, el primer galdosiano de nuestra literatura, con ocasión de la muerte de Alonso Quijano. Recordemos la escena: los deudos del hidalgo llaman a un escribano o notario para que dé fe de todo lo sucedido y las diferentes disposiciones. El hidalgo se moría, sí, y andaba la casa alborotada; pero, con todo, comía la sobrina, brindaba el ama y se regocijaba Sancho Panza, que esto del heredar borra o templa algo en el heredero el recuerdo de la pena que es natural que deje el muerto. Y de allí a un rato, “entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, entregó su espíritu, quiero decir que se murió”, escribió Cervantes (en el tránsito más breve y mejor contado de toda nuestra literatura).
Y por eso decía al principio, que de los tres oficios novelescos por antonomasia (detective, juez y notario), elegiría yo este último. Por ser el más completo (risas y lágrimas, felices y desdichados), y sobre todo el más cercano, no desde la eminencia palsiana, sino a pie de calle y mezclado con la gente.

ANDRES TRAPIELLO ILUSTRACION

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