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REVISTA99

ENSXXI Nº 99
SEPTIEMBRE - OCTUBRE 2021

Por: LORENZO SILVA AMADOR
Escritor


Lorenzo Manuel Silva Amador nació el 7 de junio de 1966 en Madrid. Estudió Derecho en la Universidad Complutense y estuvo trabajando como abogado de una gran empresa del sector energético desde 1992 hasta 2002. Ha escrito numerosos relatos, artículos y ensayos literarios, así como varias novelas, que le han valido reconocimiento internacional. Una de ellas, El alquimista impaciente, obtuvo en 2000 el Premio Nadal; fue la segunda en la que aparecían los que quizá sean sus personajes más conocidos, la pareja de la Guardia Civil formada por el sargento Rubén Bevilacqua y la agente Virginia Chamorro. Otra de sus obras, La flaqueza del bolchevique, que ya había sido finalista del Nadal en 1997, fue adaptada al cine por el director Manuel Martín Cuenca. En 2010 fue nombrado Guardia Civil Honorario por su contribución a la imagen del Cuerpo. En 2012, La marca del meridiano le valió el Premio Planeta. Sus títulos más recientes Recordarán tu nombre (2017, Destino), Y te irás de aquí (2020, Zenda) bajo el seudónimo de Patricia Kal, El mal de Corcira (2020, Destino) y Castellano (2021, Destino).
Colabora en prensa y revistas con reportajes, artículos literarios, de viajes y de opinión, y también en radio. Sus colaboraciones escritas aparecen con regularidad en XLSemanal, diversos periódicos como El Español y El Mundo y de forma esporádica en otros medios como ABC, El País, La Vanguardia, El Diario, infoLibre, etc. Como comentarista radiofónico ha colaborado en diversos programas en RNE, la SER, la COPE y ABC Punto Radio.

El curioso caso de los notarios comuneros

Se debate a menudo en los últimos tiempos, entre nosotros y más allá de nuestras fronteras, sobre la conveniencia del olvido para la convivencia en el seno de la sociedad y la felicidad de los individuos. Más allá de si se juzga o no benéfico, el expediente de la desmemoria se ha practicado con largueza entre nosotros, en frecuente combinación con otro, el de la memoria selectiva, que resulta especialmente caro al poder y a quienes prefieren sostener y difundir una visión partidista de los acontecimientos pasados y presentes. Ello explica, tal vez, que muchos españoles no solo ignoren vastas extensiones del pasado reciente y lejano de su país, sino que algunos lleguen a sustentar, con convicción y pasión dignas de mejor causa, versiones erróneas o delirantes de hechos trascendentes, en tanto que en ellos se fundamentan interpretaciones conflictivas de la Historia que lo acaban siendo de la voluntad general y del bien común de los ciudadanos.

“El expediente de la desmemoria se ha practicado con largueza entre nosotros, en frecuente combinación con otro, el de la memoria selectiva, que resulta especialmente caro al poder y a quienes prefieren sostener y difundir una visión partidista de los acontecimientos pasados y presentes”

Quizá también por esa inclinación a no recordar, a recordar poco y mal, o directamente lo que a cada uno interesa y como le interesa, tiene en nuestro país escaso y pobre desarrollo un arte que en otras latitudes es excelente recurso para la conservación y transmisión de la memoria, sobre todo entre los más jóvenes. Me refiero a la ficción histórica audiovisual de calidad, que en países como Gran Bretaña o Dinamarca, por poner solo dos ejemplos, nos ofrece productos excelentes. Basta con recordar, también sin más afán que ofrecer sendos botones de muestra, un filme como 1917 -británico- o una serie televisiva como 1864 -danesa-, de los que con dificultad se encontrará un producto español análogo. Por el contrario, nuestra industria audiovisual sigue sin haber abordado como se merece un hecho tan crucial como el desastre de Annual -fuera de tenerlo de trasfondo en dos series televisivas de desigual alcance-. Ni aun el centenario en 2021 de este acontecimiento, que supuso nada menos que la refracción trágica de la historia contemporánea de España, ha propiciado que ninguna cadena, ninguna plataforma digital y ninguna productora se plantee proponer a los españoles -y al mundo- una ficción ambiciosa que sitúe en el lugar que corresponde de la memoria colectiva un suceso tan significativo y a la vez tan sobrecogedor. Entristece y desalienta, de manera especial, comprobar el desinterés que ante este tipo de proyecto exhiben las televisiones públicas, que en otros casos -como los citados de Gran Bretaña y Dinamarca- no solo no rehúyen el desafío, sino que lo lideran. Pertinente es otra vez la mención de la serie 1864. Frente a quienes creen que los reveses no deben recordarse, nos ofrece la lección de indagar sin complacencia en un hecho que causó en los daneses una conmoción semejante a la que a España trajo aquel descalabro africano: la Guerra de los Ducados, que enfrentó a Prusia y Dinamarca y terminó con la derrota y el declive de esta frente al emergente poder alemán.
Contra los partidarios del olvido, creemos algunos que no hay otro camino para la superación y el acarreo saludable del pasado, incluido -o sobre todo- el traumático, que el ejercicio de levantar acta fiel de los hechos, transformar esa acta en un relato honrado e inteligible y asumir cada cual, que es lo que cuesta, la parte de vergüenza y de oprobio que le toca, en lugar de estar todo el tiempo recordando y magnificando, cuando no deformando y manipulando, los que cree imputables a otros.

“No hay otro camino para la superación y el acarreo saludable del pasado que el ejercicio de levantar acta fiel de los hechos, transformar esa acta en un relato honrado e inteligible y asumir cada cual la parte de vergüenza y de oprobio que le toca”

Y para ese viaje, contamos los narradores españoles con materiales sobrados, que además resultan especialmente fiables. Entre otras razones, por la intensa presencia de los escribanos y notarios en los asuntos públicos y privados de las gentes que nos precedieron, y de cuyo legado cultural e histórico, tanto si lo asumimos con diligencia como si no, somos depositarios.
De la riqueza de los documentos notariales, para atestiguar y construir la memoria futura de los más diversos asuntos, dan fe, por ejemplo, los estudios que sobre la obstetricia de los siglos XV y XVI se han podido realizar a través de las actas notariales que documentaban los partos de mujeres viudas, de cara a la sucesión de sus maridos, tal y como nos muestra, por ejemplo, la profesora María del Carmen García Herrero, en Administrar del parto y recibir la criatura. El rigor, el celo y la pulcritud de la labor notarial en estos casos le permiten un análisis científico de las técnicas utilizadas por las parteras y comadronas de aquellos remotos años, a través de una inestimable pieza documental.
Algo muy semejante sucede con la presencia de notarios y escribanos en momentos destacados de nuestra Historia, de los que es un muy curioso y cumplido ejemplo el testimonio que nos dejaron de la revuelta de las Comunidades de Castilla entre los años 1520 y 1522; un episodio clave no solo para entender el devenir castellano posterior sino la Historia de España. Están aquellos convulsos días muy documentados, gracias a la profusa correspondencia que mantuvieron entre sí las ciudades rebeldes, sus capitanes con ellas y los gobernadores que dejó Carlos V a cargo del reino con su rey y señor, que a la sazón cuidaba de sus asuntos imperiales en Flandes y Alemania; pero en medio de ese caudal documental ingente destacan no pocos textos que tienen factura notarial, y que aportan un muy peculiar punto de vista. Son lo más parecido a un trasunto objetivo que los medios de la época, en la que aún no existían el vídeo ni el magnetófono, pueden ofrecernos a quienes venimos siglos después a tratar de averiguar, entender y contar, con lealtad y honestidad hacia el lector, una peripecia tan sustanciosa y conflictiva. No en vano se trataba de la insurrección de las principales ciudades de Castilla contra su monarca, y a la vez señor de Europa, que en Castilla, aunque la hubiera desairado hasta el punto de ponerla contra sí, tenía el asiento principal de su poder y la clave de su futuro. De su victoria frente a los rebeldes se nutrió el vigor del imperio, y de la derrota de las ciudades castellanas, y la humillación y la represión posterior de sus líderes, trae su causa el lento pero inexorable declive al que se vio luego abandonada Castilla.

“Mucho han discutido y discutirán los historiadores sobre lo que fueron o dejaron de ser los comuneros: retrógrados, rígidos y xenófobos, según unos; avanzados, visionarios y libertadores a juicio de otros”

Coincide además que algunos de estos documentos son muy útiles en la siempre escabrosa tarea de atribuir errores y responsabilidades, que a su vez determinan el sentido que ha de darse a los hechos históricos e iluminan, más que el recuento de los aciertos o el canto de las glorias, las lecciones que el pasado nos enseña a quienes nos acercamos a él con la perspectiva del tiempo y de sus consecuencias. Buen ejemplo es el registro que del crucial encuentro entre los procuradores de las ciudades castellanas y la reina Juana I de Castilla, madre del emperador y soberana del reino, nos suministra el acta notarial suscrita el 24 de septiembre de 1520 en Tordesillas por los notarios Antonio Rodríguez, Juan de Mirueña y Alonso Rodríguez de Palma.
El texto, transcrito por fray Prudencio de Sandoval en su Historia del emperador Carlos V, recoge, con las manifestaciones de unos y otros, los términos esenciales del conflicto, las razones del descontento de Castilla y, a través de las palabras de la reina, menos loca de lo que se pretendió y a algunos gustaría, el fundamento de justicia que presentaban las reivindicaciones comuneras. También el cariz desafortunado de las disposiciones que el séquito flamenco con el que Carlos de Gante desembarcó en la Península le indujo a tomar, en beneficio suyo -de los consejeros venidos de Flandes, que se lucraron con cargos y prebendas- y menoscabo del reino, de su hacienda y la de los castellanos obligados al pago de contribuciones e impuestos.
Resultan además las palabras de Juana de una particular belleza, porque era mujer instruida y se expresa en el castellano de la época, que aventaja en pureza y expresividad al común de nuestros días. Dice así, por ejemplo, en cierto momento de su alocución a los procuradores de las ciudades rebeldes:
Yo tengo mucho amor a todas las gentes, y pesaríame mucho de cualquier mal o daño que hayan recibido. Y porque siempre he tenido malas compañías, y me han dicho falsedades y mentiras y me han traído en dobladuras, yo quisiera estar en parte donde pudiera entender en las cosas que en mí fuesen.
También permite el texto del acta captar, aunque lo expresa de forma sutil, las desavenencias que en esos momentos existen entre las ciudades comuneras: así, al procurador de Burgos, que poco después hará defección, se le presta menos atención que a los de Toledo y Salamanca, bajo el pretexto de que no se oye bien lo que dice. Y en los términos en los que se manifiestan quienes hablan por estas otras dos ciudades, el regidor Pero Laso de la Vega -hermano del poeta Garcilaso- y el catedrático Zúñiga, queda patente la rivalidad entre ambas por ostentar el mérito de haberse alzado frente a las exigencias exorbitantes que por mal consejo de aquellos extranjeros el emperador había tratado de imponerles a los castellanos. Se aprecia además el reparto de papeles entre ambas: Toledo, como punta de lanza militar de la revuelta; Salamanca, con su universidad, como inspiradora y promotora doctrinal de la insumisión al gobierno abusivo.

“Gracias a estos notarios castellanos, cada uno puede formarse su juicio a partir del testimonio de sus propios dichos y hechos. No siempre tiene el historiador, ni el narrador, el privilegio de poder trabajar con tan valiosa materia prima”

Tampoco olvidan los notarios los detalles que le dan sabor a la escena. Por ejemplo, el momento en el que la reina le manda al doctor Zúñiga, postrado de hinojos ante ella: “Levantaos, que os oiré”. Y a continuación, cuentan los notarios, pide almohadas “porque quiero oírlo despacio” y se sienta en ellas para atender mejor a las prolijas razones que el catedrático le expone.
Al día siguiente, 25 de septiembre, y en presencia de dos de los notarios arriba mencionados, Antonio Rodríguez y Juan de Mirueña, los representantes de las villas y ciudades del reino reunidos en Tordesillas formulan solemne juramento de alianza y hermandad. Es este documento, entre otros, el que permite apreciar el carácter novedoso y excepcional del movimiento de las Comunidades de Castilla, frente a otras revueltas que en esos mismos años y en siglos anteriores se producían en tantos lugares de Europa: no se trata de la manifestación violenta de un interés local o estamental, sino que adquiere, para autores como Joseph Pérez o José Antonio Maravall, los perfiles de lo que más adelante se conceptuaría como revolución, en tanto que se basa en la solidaridad y el compromiso de una nación entera que, contando con catorce de las dieciocho ciudades con derecho a representación en Cortes, reunidas en Junta General del reino, se planta y se alza frente al monarca para hacerse valer.
Así dan de ello fe y levantan acta los notarios, según la transcripción que nos ofrece Manuel Danvila en su monumental Historia crítica y documentada de las Comunidades de Castilla:
para que las unas cibdades e villas e lugares no consientan que a las otras les sea fecho opresión ni agravio e que se guarden entera e perpetuamente las leyes destos reynos e lo que fuere asentado e concertado en estas cortes e junta e que las dichas cibdades e villas e lugares no sean oprimidos ni agraviados por personas algunas e sean conservadas en sus libertades e les sean guardadas sus buenos usos e costumbres e privilegios…
Mucho han discutido y discutirán los historiadores sobre lo que fueron o dejaron de ser los comuneros: retrógrados, rígidos y xenófobos, según unos; avanzados, visionarios y libertadores a juicio de otros. Gracias a estos notarios castellanos, cada uno puede formarse su juicio a partir del testimonio de sus propios dichos y hechos. No siempre tiene el historiador, ni el narrador, el privilegio de poder trabajar con tan valiosa materia prima.

LORENZO SILVA ILUSTRACION

 

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