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REVISTA105

ENSXXI Nº 105
SEPTIEMBRE - OCTUBRE 2022

Por: CONSUELO MADRIGAL MARTÍNEZ PEREDA
Fiscal de Sala del Tribunal Supremo
Académica de Número. Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España


Consuelo Madrigal Martínez Pereda (Segovia, 1956) es licenciada en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid, en la que hizo los cursos de doctorado. Ingresó en las Carreras Judicial y Fiscal en 1980 y ha estado destinada en las Fiscalías de Tenerife, Palencia, Madrid, Tribunal de Cuentas y en la Secretaría Técnica del Fiscal General del Estado don Carlos Granados Pérez.
Fiscal del Tribunal Supremo desde 1993, en 2008 fue nombrada Fiscal de Sala del Tribunal Supremo, Coordinadora de la actividad del Ministerio Fiscal en Justicia Juvenil y protección jurídica de menores de edad. En enero de 2015 tomó posesión como Fiscal General del Estado, convirtiéndose en la primera mujer en ocupar este cargo. Actualmente es Fiscal de Sala del Tribunal Supremo, con destino en la Sala de lo Penal. Ha sido profesora de Derecho Penal en la Facultad de Derecho de la UPCO (ICADE), miembro del Instituto de Ciencias Penales Marqués de Beccaria, Profesora de Formación Inicial y Continuada del Ministerio Fiscal, donde ha participado en infinidad de cursos, así como del Consejo General del Poder Judicial, Universidades y otras instituciones, habiendo impartido y publicado más de 120 ponencias. Es autora de varios libros en colaboración y de numerosos artículos. Actualmente es Académica de Número de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España.

Los recursos del planeta, controlados por cadenas de producción global que amparan las políticas transnacionales, se explotan y consumen bajo el chantaje de la guerra y la escasez. Mercados exclusivamente regidos por la competencia y fronteras nacionales impenetrables contribuyen a la persistencia de las guerras y la violación de los derechos humanos. Análisis académicos serios parecen demostrar que las rentas del capital superan al crecimiento económico, acelerando la tensión entre la expansión de la libertad y el bienestar de unos pocos y la precariedad existencial de muchos.
El exponencial avance de la tecnología incorpora amenazas graves para las condiciones de vida del hombre y los ecosistemas. Los teléfonos inteligentes, las redes sociales, los motores de búsqueda y los sistemas de control de movilidad articulan una hiper-vigilancia y condicionan nuestras opciones de consumo, nuestras formas de pensar y nuestras decisiones. El mundo laboral que conocemos está ya siendo transformado, con consecuencias desastrosas para muchos, por la inteligencia artificial y la robótica. Así, las distopías tecnológicas que funcionarían en un vacío de posibilidades humanas, se han tornado plausibles y cercanas.

“El mundo está lleno de disonancia y crueldad, pero todos deseamos paz, justicia y armonía”

En pocos años se han impuesto en distintos países modelos políticos autoritarios y radicalismos o populismos de uno u otro signo prosperan en los sistemas democráticos. El Estado social y democrático de Derecho parece estar en retirada. Por supuesto, la democracia liberal no es un fin en sí misma, sino una organización de la convivencia y unos procedimientos que permiten a los ciudadanos participar en el ejercicio del poder y realizar su libertad. En el diálogo Las Leyes, Platón sugiere que la democracia es también realización de los valores que arrancan al hombre del egoísmo de sus instintos para buscar, en la reflexión con otros, lo verdadero, lo bueno, lo bello, lo justo. En las democracias modernas, la confianza entre electores y elegidos, el debate parlamentario y el diálogo social generan espacios de libertad en los que, “en el silencio de las pasiones” de cada uno, de que habla Diderot, las diferencias pueden integrarse en una unidad de rango superior y se logra, a través de las mayorías, una mayor aproximación al interés general.
Hoy, sin embargo, aquella confianza está debilitada: la animadversión al adversario parece centrar los esfuerzos de la política cuyos representantes se muestran incapaces de llegar a acuerdos o cumplir compromisos. Éxitos editoriales como El malestar en la democracia de Galli o El ocaso de la democracia de Appelbaum, analizan las razones de esa desconfianza y de la desazón que nos provoca.
La idea del “yo”, surgida en la modernidad, no solo se ha deconstruido a nivel lingüístico desde el yo es otro de Rimbaud, se ha desvanecido en nuevas formas de individualismo. La batalla por las identidades de grupos que se oponen entre sí y se clasifican por etnias, sexo, cultura, nación o pertenencia, ha sustituido a la antigua lucha de clases: políticas identitarias que apelan a estrategias populistas nos distraen de los valores universales, se centran en las reivindicaciones de unos pocos y ni siquiera compensan la explotación y los padecimientos sufridos por los oprimidos, por mucho que sus requerimientos sean justos y su logro, indispensable. Porque todos somos los otros para los demás, las diversas identidades que nos separan no son objetivas, proyectan estereotipos peligrosos y distorsionan la identidad universal de los seres humanos que funda el ideal de la fraternidad.
Si la peste del coronavirus desveló el abismo de la inequidad y las deficiencias de los sistemas de salud y de cuidados, la guerra de Ucrania -ruina y muerte para tantos- nos sitúa a todos ante una grave emergencia energética y alimentaria. En el panorama global descrito, una y otra catástrofe evidencian la fragilidad moral de nuestra forma de pensar los unos en los otros y la urgencia de reflexionar juntos, sobre quiénes somos y qué necesitamos para seguir siendo; revelan la necesidad de poner en acto la razón moral que delibera y decide sobre lo que es malo, lo que es bueno y, especialmente, sobre lo que es mejor, abriendo paso al progreso moral.
Y porque nos unen la individualidad personal y la vulnerabilidad, solo la conciencia de pertenencia común a la condición humana permitirá transformar nuestras existencias separadas en un “nos-otros” fraterno que parta de la diferencia y hasta pueda contar con el conflicto porque valore la tensión entre unidad y diferencias, preservando la individualidad que hace de cada uno una persona distinta junto con todo aquello que le hace una persona como las demás.
Ciertamente se ha desarrollado en muchos lugares la tolerancia. Pero la tolerancia no es sino una estación de paso. Un imperativo más alto apremia, cuando el nivel de civilización puede medirse por la capacidad de re-conocer -el énfasis aquí está en el prefijo- la humanidad de los otros, aunque tengan rostros, ideas o hábitos diferentes de los nuestros, reconociéndonos todos en la diferencia y la fragilidad común.

“Frente a la perversión y decaimiento de las instituciones, la idea de ejemplaridad pública debe sustituirse por la de una justicia social vertebradora de la responsabilidad de cada ciudadano”

El mundo está lleno de disonancia y crueldad, pero todos deseamos paz, justicia y armonía. Esa contradicción, fuente de dolores y esperanzas, marca el territorio de “lo humano”, muestra nuestra profundidad interior y nuestras posibilidades. Hace que algunas personas -y podríamos ser cualquiera de nosotros- arriesguen su bienestar, sus hábitos de consumo y en algunos casos, hasta su vida por los valores que le dan sentido y dirección: dignidad, libertad, compasión… valores que no dirigirán la política, siempre urgida por intereses inmediatos, pero que pueden suscitar acciones creativas frente a la lógica del poder y la aritmética de la economía. Al fin y al cabo, enseña Zeldin, los mayores cambios de la historia no se han debido tanto a revoluciones que derrocaban reyes como a individuos que los ignoraban y prestaban en cambio, su lealtad a valores espirituales.
Sin embargo, un cientifismo cerrado nos ha persuadido de la suficiencia de las ciencias naturales y sociales, relegando nuestra capacidad de reflexión moral. Las redes sociales, los motores de búsqueda orientados a optimizar la conectividad y el ritmo de consumo, junto a otras formas de distorsión digital del espíritu humano, contribuyen a debilitar nuestro aprecio por la verdad, el conocimiento y la ética.
Las experiencias totalitarias del siglo XX y sus trágicas consecuencias, generaron una comprensible reticencia frente a las políticas de formación de valores impuestos autoritariamente. Las teorías políticas liberales, de Kant a Rawls, ahorran a la política y al derecho toda controversia moral. Pero no es sensato prescindir de la ética en la busca de respuesta a las nuevas demandas de justicia. La neutralidad pública puede ser cómoda para la convivencia inmediata, pero debilita la cultura política e impide descifrar el entramado de deberes y lealtades que nos incumben como miembros de una familia, comunidad, nación y planeta amenazados, en los que compartimos historia y futuro. Las respuestas políticas transnacionales a los grandes desafíos que afronta nuestro mundo requieren la construcción de una ética pública mínimamente compartida, a la altura de las circunstancias, que acompañe cada avance científico, cada conquista tecnológica, de una deliberación conjunta sobre el alcance de nuevos deberes y responsabilidades.
El progreso es inescindible de un progreso moral cuyas propuestas concretas aún no podemos articular. No se trata de cancelar el derecho de propiedad o imponer un igualitarismo radical, por poner ejemplos tópicos, sino de cuestionar seriamente los fundamentos de nuestro orden social en busca de un mundo-valioso-para-todos. Añadir valor al mundo es ya de suyo, un valor.
La argumentación es un elemento ineludible en busca del consenso posible pero será insuficiente sin el sentido ético común que es posible articular en debates públicos, iluminados por los sistemas de la ciencia, la economía, la política…, pero siempre bajo el apremio de las necesidades y los anhelos de las personas. Y siempre con el horizonte de lograr un consenso entrecruzado entre posturas diversas que, sin marginar ninguna, esté abierto a todas ellas, para sustituir la competencia por la cooperación, para diseñar formas de vida sostenibles, centradas en el ser humano integral que es, ciertamente, una realidad mucho más compleja que la que ofrecen los modelos bio-psico-lógicos de conducta programada. Ignorar la esencia del ser humano, reducir su espíritu y capacidad de amar a conexiones neuronales, más o menos azarosas, reduce o anula el acceso a la comprensión moral.

“Es indispensable la articulación de una ética basada en la persona, que supere la polarización radical, que tome en cuenta los hechos y realice los valores comunes en contextos complejos”

Políticos y ciudadanos tenemos deberes distintos en la búsqueda de respuestas universalmente válidas que, pese a lo que proclama el escepticismo relativista, sí existen aunque la complejidad de los distintos contextos interconectados y las dificultades de su comprensión, nos den una impresión contraria.
Por ello es tan necesario reforzar la incuestionable vinculación entre ética y política que permita y compense renunciar al practicismo y al electoralismo cortoplacista. Fue Karl Popper quien afirmó que el principio ético supremo que debe guiar la política es el alivio del sufrimiento. Y, por paradójico que resulte, los políticos mejor valorados no son los mejores gestores, sino los que, en momentos de crisis, invocan y asumen la responsabilidad moral de sus decisiones.
La política -en cuyo ejercicio aparece tantas veces la corrupción- es un servicio esforzado que requiere deliberación y valor ante exigencias complejas cuya verdad y justicia no dependen solo de la reflexión intelectual sino también de la realidad que se pretende conocer, resolver y comunicar. Con todo, una política moralmente ambiciosa es siempre posible y necesaria. Por complicada que parezca la situación a nivel mundial, ni es irresoluble ni impide adoptar las decisiones correctas mediante una reflexión que, en la doble acepción de esta palabra, sea reflejo de la realidad actual y repensamiento de los elementos del pasado que interpelan al presente de un modo más directo y apremiante.
La cualificación moral incumbe también a las instituciones que han de dar cuenta de su poder y su capacidad para incluir a todos los implicados en la satisfacción de los intereses en juego. Como enseña Amartya Sen, no bastan la transparencia y el deber cumplido, aunque lograrlas parece ahora tan difícil. Es preciso transformar las instituciones por dentro, eliminar su politización o su servicio a intereses espurios, escuchando a todos, especialmente a los ciudadanos más débiles. Frente a la perversión y decaimiento de las instituciones, la idea de ejemplaridad pública debe sustituirse por la de una justicia social vertebradora de la responsabilidad de cada ciudadano.
En suma, es indispensable la articulación de una ética basada en la persona, que supere la polarización radical, que tome en cuenta los hechos y realice los valores comunes en contextos complejos. Esos valores universales, pese a lo que sostiene el relativismo moral, sí existen y tienen su expresión jurídica mínima en los derechos humanos. Pero nuestra reflexión moral no puede detenerse ahí. Los desafíos planetarios que afrontamos demandan complicados procesos de deliberación prudencial, multidisciplinar y de máximo nivel para identificar juntos los valores que inspiren lo que debemos hacer y lo que no podemos seguir haciendo y generen acciones y deberes concretos.
Pero ni la mejor política puede eximir el compromiso individual con la justicia y la igualdad. Hemos de ser mucho más exigentes con nuestra conducta personal, modificando hábitos de lujo, conectividad y consumo, reclamando espacios comunes en los que se despliegue una unidad cultural, política y económica más firme y mejor institucionalizada, compartiendo ideas, bienes y valores, para construir sociedades más justas e igualitarias.
En este contexto, la diferencia entre políticos y ciudadanos no es tan evidente como creemos. Los políticos pueden ser poderosos, pero surgen de la sociedad y en ella, todos contribuimos con nuestra conducta y nuestros posicionamientos con respecto a otros seres humanos a que las cosas sean como son. Por eso, mientras los políticos sientan los pilares del bienestar y alzan los muros de la paz mundial, los ciudadanos debemos vigilar su acción tendiendo al mismo tiempo los hilos de la concordia que debería unir a todos, según la imagen del Buen Gobierno que pintó Lorenzetti en el Palacio Público de Siena.
En relación con esto, la participación ciudadana, más allá del voto periódico, a través del flujo de la opinión pública no organizada y la acción comunicativa de grupos y entidades, es un apremio moral si, como explica Habermas, el potencial crítico del entramado de estructuras y acciones independientes de la sociedad es lo que confiere o no validez a los discursos políticos, estratégicos y económicos.

“La ciudadanía activa y crítica puede llevar los requerimientos de la vida en común al procedimiento democrático por excelencia que no es la negociación para los que negocian, sino la deliberación, el diálogo, la transacción y el consenso”

Porque la política y la sociedad civil articulan un ciclo de influencia recíproca, la ciudadanía activa y crítica puede llevar los requerimientos de la vida en común al procedimiento democrático por excelencia que no es la negociación para los que negocian, sino la deliberación, el diálogo, la transacción y el consenso. Experiencias democráticas que se han tornado problemáticas y que es preciso renovar con nuevos ingredientes.
Para ello, será necesario, en primer lugar, alimentar la voluntad de encontrarse con otros y asumir los riesgos del descubrimiento, la duda y la renovación que todo encuentro conlleva, sabiendo -la mitología y las normas universales de la hospitalidad nos lo revelan- que la acogida del otro en nuestro lugar y en los recintos de nuestra intimidad mental afecta a oportunidades y obligaciones de orden superior.
En segundo lugar, hemos de proveernos de recursos adecuados. El diálogo socrático es un primer modelo: nos exige hacer acto de presencia, lo que es ya un buen comienzo y hace que las palabras y las ideas, por perturbadoras que puedan resultar, generen un espacio intelectual fructífero, en el que los desacuerdos y la desazón puedan transformarse en ahondamiento y consciencia, haciéndonos sentir que allí hay algo que, de algún modo, nos concierne. Pero las claves radican en la escucha y la mirada atentas. Escuchar lo que los otros tienen que decir, asumiendo con Gadamer que “podrían tener razón”; contemplar su rostro que ordena e interpela… nos abren al misterio de los pensamientos, los anhelos y las necesidades de los demás.
Nuestras ideas solo cobran fuerza y sentido con el intercambio y la interacción. Las más de las veces, surgen para responder al pensamiento de otros y se iluminan cuando estos las entienden, aunque no las compartan. Esa interacción productiva requiere revisar con atención crítica los propios modos de pensamiento para deshacer las ideas falsas sobre los demás, los prejuicios y sesgos que nos llevan a calificarlos en razón de su supuesta identidad y nos impiden ver su verdadero rostro. Puesto que la realidad es más complementaria que antagónica, resulta más eficaz armonizar la pluralidad de métodos y sensibilidades, enfatizando la complementariedad sobre las oposiciones, alejarse de la polarización, practicar la hospitalidad intelectual y frecuentar ámbitos compatibles para el cultivo de bienes que pueden ser mentalmente compartidos.
Tales modos se enseñan con el pensamiento mismo, fomentando la capacidad de pensar, re-incorporando la filosofía (lógica, argumentativa, hermenéutica, ética) en el repertorio curricular de escuelas y universidades, articulando sistemas de enseñanza que generen comunidades de resonancia crítica para filósofos, científicos, sociólogos y políticos y proporcionen a todos conocimientos y competencia pero sobre todo, educación. La educación que permite comprender, aplicar y disfrutar lo mejor y hacer de todo ello una respuesta política y social.
En tercer lugar, debemos recuperar el aprecio por la verdad, debilitado por la negación posmoderna de la realidad y la acumulación digital de información. La realidad, las verdades y los argumentos mejores sí existen, al margen de nosotros y de nuestras dificultades para acceder a su completa complejidad. Debemos aproximarnos juntos a la comprensión de la verdad, prefiriéndola siempre a nuestra pasada aprehensión sobre ella.
En cuarto lugar, hemos de acopiar valor de disentir. La deliberación prudencial en el mundo de los valores y las decisiones razonables que es también el mundo de la política, exige el coraje de afrontar lo inesperado, de estar en minoría y desventaja. La ciudadanía crítica, vinculada a la conciencia personal y la disconformidad valiente, contribuye a la construcción de una ética social cuyo gran reto es compatibilizar la libertad de expresión crítica, incluso contra los valores democráticos esenciales, con la firme afirmación y defensa de esos valores.

“En la apremiante tarea de renovación política, ética y social que tenemos por delante, solo el poder creativo de la experiencia humana y los anhelos de justicia y libertad pueden afianzar la construcción de un-mundo-para-todos”

Finalmente, porque “estamos hechos de la misma materia que nuestros sueños”, el progreso moral necesita atender también a los requerimientos de la imaginación, la sensibilidad y las emociones. Sin ceder a la retórica del emotivismo que presiona el pensamiento perezoso hacia la solidaridad o la violencia grupales, hemos de alzar la arquitectura simbólica de los valores del diálogo y cultivar las emociones vinculadas a la compasión, más allá del círculo familiar, si queremos iluminar el camino de los esfuerzos y sacrificios que nos aguardan.
Esto solo será posible si ampliamos horizontes, mediante la observación de los logros del intelecto y el corazón del hombre, enriqueciendo la vida interior de los ciudadanos con propuestas imaginativas que amplían el círculo de la conciencia sobre los objetivos de la sociedad y las necesidades de las personas en un mundo interconectado, dando vida a nuevas imágenes sobre deberes de solidaridad y compasión que todo ciudadano pueda suscribir porque partan de la vida de todos y la memoria del sufrimiento.
Podemos exigir y habilitar espacios y ocasiones que evoquen experiencias y esfuerzos compartidos, estimulen el descubrimiento recíproco y la interpretación de uno mismo y de los otros y reclamar su inclusión en las agendas públicas de cultura y arte para acopiar la contribución que los artistas realizan a la crítica de la vida y la visión que nos ofrecen de otras posibilidades de vivirla.
En la apremiante tarea de renovación política, ética y social que tenemos por delante, solo el poder creativo de la experiencia humana y los anhelos de justicia y libertad pueden afianzar la construcción de un-mundo-para-todos. Cada ciudadano y cada uno de los grupos en que los ciudadanos se integran puede y debe aportar su comprensión de la realidad, sintiendo y compadeciendo con los que padecen, para descifrar, comunicar y proponer, para exigir, incluso cuando todo parece desesperado, acaso sobre todo entonces, que la esperanza y los ideales de fraternidad universal sean motor de la acción política y social y anticipación racional del mañana.

CONSUELO MADRIGAL ilustracion

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