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Por: JOSÉ ARISTÓNICO GARCÍA SÁNCHEZ
Decano honorario




LOS LIBROS por José Aristónico García Sánchez

Con una prosa vigorosa Vuillard narra en clave ridiculizante y turbadora la historia de la anexión pacífica de Austria por los nazis con que se inició la 2ª guerra mundial

El inquietante relato desvela el grado de indiferencia de los políticos ante la invasión y la implicación de los magnates alemanes en el ascenso del nazismo

De potente, fulgurante, recia, certera, aguda y magistral ha sido calificada en Francia una pequeña pero notable obra de poco más de cien páginas que narra en fórmulas inéditas los primeros escalones de la deriva de Hitler hacia una guerra mundial. No es una historia novelada, ni una narración histórica en forma de novela, ni tampoco un facsímil de las experiencias vividas por el autor. Lo que se nos ofrece es una serie de estampas encadenadas en las que se pormenoriza en clave de farsa la trágica historia de la invasión pacífica de Austria por el ejército nazi, que ante la indolencia fascinada de los actores políticos aliados encaminó irremisiblemente a Europa a su mayor catástrofe.
Utiliza para ello el arte de la tensión dramática en patrones del lenguaje cinematográfico. No en vano el autor, que además de novelas ha escrito guiones y dirigido dos películas, es también dramaturgo. El resultado es una obra potente y violenta que golpea la conciencia del lector y deja al descubierto a través de pequeños detalles -esas pequeñas minucias tantas veces olvidadas que a la postre determinan el curso de la historia- las torpezas y miserias de unos personajes mezquinos y ridículos que se doblegaron a la primera sin advertir el drama feroz que se avecinaba y que dejó millones de muertos.

"Es una obra potente y violenta que golpea la conciencia del lector y deja al descubierto a través de pequeños detalles las torpezas y miserias de unos personajes mezquinos y ridículos que se doblegaron a la primera sin advertir el drama feroz que se avecinaba"

El autor es Eric Vuillard, un escritor nacido en Lyon en 1968, que con esta obra ha ganado el premio más prestigioso de las letras francesas, el Goncourt 2017. La trepidante obra por la que lo mereció es El orden del día (Tusquets, 2018), título que alude a la previsión escalonada de sucesos que narra y que responden a un guión previamente escrito -aunque en algún caso era secreto, como la reunión de magnates con que se inicia la obra- y que luego fue ejecutado con esa fría y rutinaria frivolidad que denunció Hannah Arendt y que certeramente calificó como la banalización del mal.
Con frases cortas, entre pequeños detalles y anécdotas triviales, el autor compone una narración basada en hechos reales. Vuillard es un convencido de que en el mundo actual, que ha visto reducidos derechos que se creían consolidados, incluso la libertad en aras de la seguridad, no sirve la ficción, lo único que nos hace temblar es la verdad. La verdad es lo único que nos toca, nos emociona y nos hace pensar. Y la verdad que Vuillard nos narra es pura realidad, una realidad lacerante pero cierta, una realidad esquematizada en clave de sarcasmo y horror. Con un Hitler más cerca del Gran Dictador de Chaplin que del retórico delirante de Nuremberg. Un Lord Halifax pusilánime, cegado por su comunión inconsciente y fascinada, como la mayoría de la aristocracia inglesa de entonces, con el nacionalismo y el racismo nazis -recordemos que dejo escrito que “ni uno ni otro son contra natura ni inmorales” (sic)-. Un Göring narcotizado y banal, que durante la invasión solo oye trinos de pájaros y vítores de los austriacos. Y unas democracias europeas que todo lo que opusieron a aquella invasión repentina fue una resignación fascinada.

"El título alude a la previsión escalonada de sucesos que narra y que responden a un guión previamente escrito y que luego fue ejecutado con esa fría y rutinaria frivolidad que denunció Hannah Arendt y que certeramente calificó como la banalización del mal"

Vuillard despoja su narración de velos y ropajes protectores, y deja situaciones y personajes -en especial al canciller austriaco, que parte grotescamente disfrazado de esquiador a una entrevista secreta con el Führer ante el que cede una y otra vez-, en ridícula desnudez. Y vierte sobre ellos un humor negro humeante cargado de crítica moral que más que hacer sonreír, ruborizaría a toda la humanidad. Lord Halifax desde su altanería que tomó a Hitler por un lacayo y le tendió su abrigo. Los balbuceos reales del Canciller austriaco ante el Führer. La inicial complacencia norteamericana que, a hechos consumados, solo tomó la precaución de almacenar trajes de los militares nazis en los atrezzos de Hollywood para futuros films. Los gritos del basilisco de Hitler cuando la que se presumía flamante exhibición y desfile de tanques supuestamente invencibles se convirtió en un atasco de panzers empantanados en la carretera por avería de uno de ellos. La cena en casa de Lord Chamberlain en Londres a la hora en que tenía lugar la invasión de Austria cuya sobremesa el embajador alemán invitado Ribbentrop consiguió prolongar para evitar una pronta reacción del anfitrión. O el corte de gas a los judíos bajo la excusa de que muchos se suicidaban con él y dejaban la factura sin pagar. Desvergüenza y desfachatez!! Si. Pero a todos nos queda la sospecha de que cuando el humor se ennegrece tanto es cuando realmente emergen las creencias profundas que se esconden.

"Y la verdad que Vuillard nos narra es pura realidad, una realidad lacerante pero cierta, una realidad esquematizada en clave de sarcasmo y horror"

Porque Vuillard con su narración husmea en la historia buscando la verdad. Sabido es que la historia y la literatura tienen una relación ancestral. Incluso para Vuillard ambas tienen el mismo destino, buscar la realidad, hoy por cierto cada vez mas borrosa e imprecisa, buscar las causas lejanas, intentar entender y dar con comparaciones imperfectas y buscar en la historia los puntos de ruptura.
En esta obra desde luego lo intenta. Una cruda sucesión de estampas enlazadas a la manera del montaje cinematográfico, va desvelando las claves de comprensión de esta historia absurda de la invasión pacífica de Austria: telefonazos, guerra psicológica, golpes bajos, amenazas, faroles, demoras y ruidos que desembocan, horror!, en cataclismo. Y lo hace en clave de humor ridiculizante como se ha dicho, todo sarcasmo y mordacidad, pero del que también trasciende una acerba crítica que golpea la conciencia del lector en un continuo puñetazo moral de remordimiento.

"El mundo más serio, el viejo orden, concluye, aquel día se doblegó ante un simple bluff, que el autor retrata en su obra en una serie de gags que parecen componer una ópera bufa"

Vuillard enjuicia a los actores y denuncia la terrible culpa moral de todos ellos. Porque lo que sorprende es que aquella invasión que provocó la guerra se iniciara por el inaudito triunfo de la insolencia y la desfachatez. Y lo triste es que el mundo entero se inclinara ante lo que resulto poco más que un bluff. El mundo más serio, el viejo orden, concluye, ese que resiste y no cede cuando se reclama justicia o el pueblo entero se subleva, aquel día se doblegó ante un simple bluff, justo el que el autor retrata en su obra en una serie de gags que parecen componer una ópera bufa. O una farsa brutal.

"Vuillard termina con una lección final: nunca se cae dos veces en el mismo abismo, pero siempre se cae de la misma manera, con una mezcla de ridículo y de pavor"

Y quizá lo más preocupante sea la crítica moral que subyace en el mensaje, ciertamente pesimista, que Vuillard, en su particular lectura de la historia, nos quiere transmitir con su relato. La primera escena de la obra es una reunión secreta y por supuesto fuera del orden del día, de la cúpula nazi con magnates alemanes, que desvela la implicación secreta de las grandes empresas en la financiación del nazismo con la disculpa de atajar la amenaza comunista, suprimir los sindicatos y permitir que cada patrón sea fuhrer de su propia empresa. Eso fue así. Y lo peor, concluye, es que esas empresas no mueren como los hombres, son cuerpos místicos que no perecen jamás, que siguen existiendo y siguen formando todopoderosos conglomerados. Y cuando al final pone colofón a su obra hace referencia a las reflexiones exculpatorias al fin de la guerra de los empresarios que trascendieron al horror. Y Vuillard termina con una lección final: nunca se cae dos veces en el mismo abismo, pero siempre se cae de la misma manera, con una mezcla de ridículo y de pavor. Solo la historia, diosa sensata, nos contempla y nos juzga.
 
Con la música a cualquier parte

En una obra didáctica Andrés Amorós nos describe en forma divulgativa los momentos estelares de toda la música, clásica y popular

La música es considerada la forma artística más espiritual, fue el lenguaje con la divinidad, se la veneró como mantra para trascender el sufrimiento. También la más antigua, en la cosmogonía hindú un sonido en el éter fue el primer aliento de la creación y el hombre surgió al despertar desde el inconsciente al sonido del mundo. Pero al ser arte del movimiento es volátil, pasajero, efímero, inasible, solo vuelve por el eco, que suele dejar en el que lo escucha ansia insatisfecha de aprehensión, tan torturante como el afán de los pintores por plasmar con su pincel el movimiento.

"No pretende la obra llegar al fondo de esta música profunda llamada clásica, tal vez insondable y desde luego imposible de traducir a palabras porque la música va muy por encima y llega más allá que las palabras"

Fue momento estelar de la humanidad sin duda aquel en que, en la alta Edad Media, en algunos monasterios del Siglo X, se fueron traduciendo a pergaminos las escalas ascendentes o descendentes de la monodia gregoriana y un día, sobre un rudimentario tetragrama, se plasmaron los primeros trazos del sonido. Su tardía aparición nos ha privado conocer las creaciones musicales clásicas, que previsiblemente alcanzarían el nivel paradigmático que lograron en las demás artes como lo sugieren su musa específica, Euterpe, o el mito universal de Orfeo y su flauta embriagadora.

"Se echa en falta en el elenco al mundo beatle pero tiene, entre otros muchos, el acierto de rescatar del olvido a dos monstruos musicales, Tomás Luis de Victoria y el gran trovador-poeta francés del Siglo XX, Georges Brassens"

Otro escalón decisivo en la difusión de este arte ha sido el disco de larga duración y la virtualidad reproductora casi infinita de las nuevas tecnologías que han conseguido universalizar las creaciones musicales y hacer accesible a todos los públicos lo que parecía reservado a las élites que podían acudir a los conciertos. La música dejó de ser privilegio de castas o clubs minoritarios para ampliarse a un público nuevo, a toda la humanidad, ansiosa de participar en el festín musical.
Faltaba otro escalón. La música, enraizada en la astronomía y las matemáticas, no es siempre un arte de fácil comprensión. La milagrosa flauta de Pan, la danza cósmica de Shiva o la concepción de Orfeo como armonía del mundo ya nos avisan de que aunque podamos sentir las emociones que produce este arte del movimiento ordenado como la define San Agustín, por detrás quedan claves y resortes sin descifrar que nos podrían aclarar los enigmas que intuimos detrás del sonido. Es la fase didáctica, tan necesaria como las demás en la que han destacado maestros inolvidables. Recordemos solo en la época actual y en nuestro país en el plano filosófico a Eugenio Trias, Ramón Andrés o Xavier Güell, y en el divulgativo la obra del actual director artístico del Teatro Real Joan Matabosch, o la reciente aportación de un gran profesor, hijo de un notario señero de Madrid, catedrático de literatura, humanista polifacético e integral, Andrés Amorós, Premio Nacional de Ensayo y Nacional de Literatura, que acaba de publicar La vuelta al mundo en 80 músicas (La esfera de los libros, abril 2018). La cita en los lemas de Cervantes y Shakespeare pero también de Tócala de nuevo, Sam, nos recuerda que no se circunscribe a la música clásica o científica, sino que extiende su exposición a la música popular, religiosa, militar…, a todas las que han conmovido de alguna forma a la humanidad, desde el canto gregoriano, primera trascrita a neumas y los madrigales de Juan del Encina, hasta los últimos éxitos de la pantalla cinematográfica, sin olvidar claro está los inabarcables gigantes, enfermos de lo sobrenatural en frase de Nietsche, Bach, Beethoven, Mozart, Wagner o Mahler, por ejemplo. No pretende la obra llegar al fondo de esta música profunda llamada clásica, tal vez insondable y desde luego imposible de traducir a palabras porque la música va muy por encima y llega más allá que las palabras y porque además el sentido último de esas creaciones escapa a una percepción segura y unívoca, quedando siempre abierto entre ellas y el oyente un abismo de enigmas que arruinan cualquier intento satisfactorio de captación. Ni los tambores de Brahms, ni el acorde de Tristán, ni las recreaciones de Bruckner o las variaciones o contrapuntos de Bach, ni todo ese continente de complejidad en gran parte indescifrado, entra en la intención del autor. Esta obra tampoco lo pretende. Es divulgativa y va dirigida a un público no especialista como el autor dice en el prólogo. Pero tiene la virtud de una fácil comprensión y de una lectura cómoda y divertida con citas y anécdotas que rompen la monotonía. Y por todas las virtudes de una didáctica asombrosa.

"Óperas, zarzuelas, conciertos… En todo ha husmeado Amorós para encontrar y mostrarnos lo distinto, la excelencia, los motivos conductores, la clave oculta, el misterio de la emoción"

Se echa en falta en el elenco al mundo beatle cuando sabido es que Lennon suele salir en las encuestas populares como el músico hoy más influyente y su pieza Yesterday la más reproducida, pero tiene, entre otros muchos, el acierto de rescatar del olvido a dos monstruos musicales, Tomás Luis de Victoria, el mejor músico español de todos los tiempos, que como Cervantes ha estado condenado a ser descubierto por los ingleses y cuya Semana Santa destaca entre las producciones polifónicas mundiales, y el gran trovador-poeta francés del Siglo XX, Georges Brassens, cuya obsesión contra el conformismo y los modos burgueses, con una simple guitarra, inspiró el movimiento de rebeldía de ese 68 cuyo cincuentenario celebramos.
Óperas, zarzuelas, conciertos, directores, éxitos populares, intérpretes señeros, momentos culminantes de música emotiva… En todo ha husmeado Amorós para encontrar y mostrarnos lo distinto, la excelencia, los motivos conductores, la clave oculta, el misterio de la emoción, el secreto final. Y lo ha hecho con prosa directa, de oraciones cortas bien hiladas y vocabulario erudito pero sencillo. Una prosa en la que subyace la armonía y la elegancia que acompañan y distinguen a un buen profesor.