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REVISTA87

ENSXXI Nº 87
SEPTIEMBRE - OCTUBRE 2019

Por: JOSÉ ARISTÓNICO GARCÍA SÁNCHEZ
Decano honorario
Presidente ENSXXI


LOS LIBROS

En su última entrega, Serotonina, Houellebecq alegoriza en la depresión progresiva del protagonista el desmoronamiento de la civilización occidental

Cínico, provocador, picante, imperturbable, indómito, amoral, jactancioso, fisgón, tierno, amado y odiado por igual, nunca insustancial ni aburrido, siempre punzante y fustigador. Es el negativo de un personaje poliédrico, decadente y rabiosamente actual, desarraigado y parasito renuente hasta la asfixia en las costuras de la sociedad en que se mueve, en cuyas entrañas husmea hasta dejar sus miserias al descubierto sin asomo de pudor. 

Me refiero, los lectores ya lo habrán adivinado, a Michel Houellebecq, el escritor de mayor talento -no olvidamos a Emmanuel Carrère- de la actual intelectualidad francesa, especialmente dotado para captar la mística del aire y el espíritu de los tiempos, el volkgeist de la sociedad en la que vive y a la que fustiga en forma demoledora con crueldad. El simple anuncio de la aparición de una obra suya siembra el pánico en los foros sociales, asustados hasta saber quien se sentirá concernido por su incisiva procacidad.

Ya en su madurez, acaba de cumplir sesenta años, Michel Houellebecq ha sido calificado por Le Nouvel Observateur como la primera star literaria francesa desde Sartre y Camus. Aunque sus obras siempre nacieron entre el escándalo y la polémica todas lograron éxitos indiscutibles. Su primera novela Ampliación del campo de batalla ganó el premio Flore; la siguiente, que le lanzo a la fama, Las partículas elementales, obtuvo el premio Noviembre y fue elegido mejor libro del año en Lire; El mapa y el territorio obtuvo el premio Goncourt, de lo que se dio noticia en esta páginas en su día, como también se dio de su siguiente obra, Sumisión, que fabulaba la dilución de la civilización francesa absorbida por la islámica, y que como todas nació envuelta en galardones, asombros y diatribas, pero obtuvo otro éxito rotundo.
Con las mismas previsiones de escándalo y polémica acaba de aparecer la última, Serotonina la titula (Ed. Anagrama, 2019), a la que como en las otras, la fuerza mediática del autor augura otro éxito más. Los 300.000 ejemplares que el editor Flammarion ha lanzado de golpe al mercado, cuando la media en Francia para un autor consagrado es de 5.000, así lo hace prever y el entusiasmo de sus millones de fans lo garantiza.

"Si algo no se le puede negar a Houellebecq es su olfato para detectar el aliento de la sociedad en que se mueve, visceralmente conectado y cuyo underground escruta y airea con regodeo"

No es una novela que progrese al hilo de una trama planeada o que desarrolle un argumento definido. Tampoco es un ensayo de costumbres o un diario de un mero observador más o menos agudo de la movida social que le rodea. Es todo eso y mucho más. Está escrita en primera persona, como una crónica de vivencias íntimas que un nihilista confeso y con humor desabrido vomitara al compás de críticas despiadadas a cuanto le rodea.
Desde luego si algo no se le puede negar a Houellebecq es su olfato para detectar el aliento de la sociedad en que se mueve, con cuyos miembros más activos conecta o mejor está visceralmente conectado y cuyo underground escruta y airea con regodeo. Por eso sus fans, aunque le reprochan su virulencia, lo consideran imprescindible. Es un autor de genio, el más leído, también el más odiado, quizá por fisgar demasiado en secretos colectivos inconfesables de una sociedad inconscientemente despreocupada. Su obra tiene fuerza, él quiere provocar emociones fuertes y agitación nerviosa en un lector libre de prejuicios, y su prosa que tiene el aire de lo clásico sin llegar a serlo, da cauce a un torrente de ideas y opiniones chispeantes y rabiosamente actuales aunque incómodas. Pero la incomodidad que genera no le impide ser indiscutible. Sus nuevos dictados se siguen buscando con temerosa avidez.

"Su obra tiene fuerza, él quiere provocar emociones fuertes y agitación nerviosa en un lector libre de prejuicios"

Le han achacado que se repite, que no dice nada nuevo, y la realidad es que en líneas generales es el mismo discurso. Pero hay una diferencia. Su cantinela sube cada vez más el diapasón, el libreto intensifica los reproches, y él agita con más fuerza el látigo fustigador y dota a su relato de un cariz más conminatorio de la inminencia de ese final apocalíptico que presagia para la civilización europea.
El nuncio en Seratonina de este discurso es el protagonista de la obra, Florent-Claude, un cuarentón deprimido inmerso en lamentaciones que se relame en sus fracasos y se sumerge en una actitud iconoclasta y autodestructiva. Inicia sus vivencias en Almería en unas vacaciones fallidas que prefiere acortar, para embarcarse en un proceso de ascesis o liberación progresiva que inicia desligándose de su actual pareja japonesa y termina emprendiendo la ruta del vacío existencial, a la vista de que nada parecía capaz de frenar su camino hacia la aniquilación. Su vida carece de objeto y va reduciéndose a un anodino continuo pedir disculpas por las molestias.

"El nihilismo recurrente de Houellebecq ha cristalizado en Serotonina en abatimiento y derrota; y la angustia de aquel enfant terrible, es ahora desconsuelo y desaliento, trasunto alegórico de una civilización en marcha inexorable hacia su desaparición"

El nihilismo recurrente de Houellebecq, que debutó como el enfant terrible pour épater le bourgeois ha cristalizado en Serotonina en abatimiento y derrota; y la angustia de aquel enfant terrible ha traído ahora desconsuelo y desaliento, trasunto alegórico de una civilización en marcha inexorable hacia su desaparición, como es la marcha de Florent al que los médicos diagnostican que se está muriendo de pena y que en su depresión decide liberarse de su piso, de las relaciones tóxicas con sus amantes, de su empleo de contratado en el Ministerio de Agricultura, y bucea en la periferia de París, que como todas las ciudades parece hecha para engendrar soledad, para intentar vegetar en una pequeña habitación de hotel en que apenas cabe la maleta y una cama que basta como mobiliario, pero en la que permiten fumar, algo imprescindible, frente a un televisor en desuso, meditando en ese vago continuum biológico y técnico de la mayoría de los humanos que no piensan en un destino posterior, solo con la vaga intuición de que habría sido preferible no nacer. Le angustia la desaparición de la cultura francesa, le agobian esos entresijos oscuros del siglo XXI, una informática atosigante y una liberación sexual ominosa, el modelo matrimonial de su generación ha sido destruido, el sexo es una catástrofe, ha desaparecido la libido, su único amigo, aristócrata decadente también, que parecía perfecto, ha perdido a su mujer que prefirió un pianista ingles y se ha llevado a los hijos y en su hundimiento particular le enseña a disparar rifles… Han desaparecido todos sus referentes, ya nada le estimula, está sometido al sueño letárgico de quien se refugia en antidepresivos. Ha fracasado en el amor y no cree en las familias reconstituidas como versificó Baudelaire, cuando nuestro corazón ha hecho una vez su vendimia, vivir es un mal. Tampoco la literatura le tienta, ni Proust o Mann, cimas de la civilización francesa y alemana, ni menos el viejo chocho de Goethe a quien tilda de imbécil, y al final se refugia en Conan Doyle y su serie de Sherlok Holmes… como sin querer. Es el hundimiento anunciado.

"El libro es todo un símbolo, una alegoría que, como los mitos, aspira a sintetizar el espíritu de una época. Y está formulada nada menos que por un reputado intérprete del clima intelectual y cultural de esta era"

Florent intenta subsistir artificialmente -aparte los irrenunciables cigarrillos- a base de drogas antidepresivas, captorix o prozac, de las que también es adicto compulsivo, aun con plena consciencia de sus consecuencias no deseadas: nauseas, desaparición de la libido y al final impotencia.
Solo como muestra del descaro del autor pueden interpretarse varias descripciones, excesivas quizá, de actos sexuales explícitos, con episodios de zoofilia y pederastia incluso, añadidos al texto de forma que se antoja artificial que quizá sean solo muestra de una desfachatez liminar, máxime cuando el protagonista solo participa como observador ajeno o testigo neutro de la degradación de una sociedad ya resignada. Y solo como escenario, aunque bien traído, se integra en el discurso de la novela la revuelta de los campesinos de la Normandía que termina con sangre y que es otra muestra de que la rica Francia, el otrora prospero campo francés, se está arruinando con alta tasa de suicidios incluso, por las malditas cuotas lecheras fijadas por la gran puta (sic) de la UE. 
El libro es todo un símbolo, una alegoría que, como los mitos, aspira a sintetizar el espíritu de una época. Y está formulada nada menos que por un reputado intérprete del clima intelectual y cultural de esta era, duende o genius saeculi decían los romanos, que lanza sus predicciones a la fase hegeliana de progresión sociocultural, es decir hacia el futuro.

"Occidente sufre depresiones, ha perdido sus valores, sus principios, sus referentes, necesita fármacos constantes para liberar la serotonina necesaria para su subsistencia"

Houellebecq convierte a Florent en portavoz de sus repetidas admoniciones del carácter crepuscular de toda una civilización, la francesa, y con ella de toda la civilización europea, juntas en marcha irreversible hacia la desaparición. Si en Sumisión nos advertía de la inexorable vampirización de la civilización francesa por el Islam, en Serotonina Florent encarna la alegoría de la autodestrucción de esa misma civilización ahogada en su propio vómito, el vacío existencial, la globalización, la informática asfixiante… y la falsa liberación sexual. Occidente sufre depresiones, ha perdido sus valores, sus principios, sus referentes, necesita fármacos constantes para liberar la serotonina necesaria para su subsistencia, al menos de forma aparente en medio de un mundo globalizado que extraña, aunque la contraindicación de esos fármacos, como en el caso de Florent, sea hacer imposible la regeneración.
En ese inexorable camino hacia la autodestrucción empiezan a asaltarle torturadas reflexiones, que superan en amargura a las de Raskolnikov, sobre la muerte, incluso sobre el asesinato, del que le alejan solo unas extrañas fuerza cautivas que nada tienen que ver con la moral, son mero residuo antropológico, una cuestión de adhesión tardía a los códigos de la especie, simple cuestión de conformismo, nueva versión de la banalidad con que Camus justifica en El extranjero el gratuito asesinato de un árabe anónimo en la playa de Oran.

"No encontrar la razón a la existencia conduce a aceptar que la norma de conducta sería el absurdo, decía Camus, y convertiría el suicidio en el único problema filosófico verdadero"

Y no es esta la única ilación de Houellebecq con el hálito que Sartre y Camus, intérpretes racionales del nihilismo nitcheano y sus secuelas existencialistas, soplaron durante décadas sobre las élites intelectuales europeas que terminaron deglutiéndolo y transformándolo en un relativismo generalizado. No encontrar la razón a la existencia conduce a aceptar que la norma de conducta sería el absurdo, decía Camus en El hombre rebelde, y convertiría el suicidio en el único problema filosófico verdadero. Y a esa tesitura conduce Houellebecq a su protagonista en sus declinantes y torturadas reflexiones.
Serotonina es un canto al pesimismo de un hombre desmoralizado que, después de ver cerrada la última claraboya, el último halo de esperanza del autor, el amor puro que fatídicamente termina en frustración, Kate, Camille Claire…, ya solo espera más allá de toda esperanza, y en su lacerante soledad siente entrar en una noche sin fin, en la que solo le queda una incertidumbre milagrosa y una inesperada apelación a un Dios cósmico, aunque esta llamada que cierra la obra más bien parece un verso suelto del relato total.

"Serotonina es un canto al pesimismo de un hombre desmoralizado que ya solo espera más allá de toda esperanza, y en su lacerante soledad siente entrar en una noche sin fin"

Explícito queda el mensaje. Se van hundiendo los referentes y las formas de vida tradicionales de la civilización occidental sin que aparezcan otros que los sustituyan. Solo queda un vacio vital que flota sobre el ambiente socio-cultural europeo lo que nos recuerdan recurrentemente sociólogos y políticos -Macron el último en una Tribuna de hace pocos días en El País- que llaman a reinventar la sociedad, los valores, los principios, la matriz cultural y espiritual de la civilización europea, reclama Mayor Oreja y su tribuna One of use. Pero también a esta idea responde Houellebecq yo podría reinventarme como cómicamente repiten en la TV o…abandonarme a una inacción letárgica, lo que, incrédulo, parece preferir.
Houellebecq no da la receta, las que propone se frustran o no llegan. Pero su diagnóstico del volkgeist es preocupante. Es preciso reaccionar.

 

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