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REVISTA103

ENSXXI Nº 104
JULIO - AGOSTO 2022

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Por: MIGUEL ÁNGEL AGUILAR
Periodista


LA PERSPECTIVA

Sostenía Fernando Fernán Gómez que las bicicletas son para el verano y en esa línea elemental también nosotros podríamos convenir en que la defensa es para las amenazas, más aún si fueran de carácter existencial. Así parece haberlo confirmado la cumbre de la OTAN, celebrada en Madrid los días 29 y 30 de junio pasado, donde quedó definido su nuevo concepto estratégico en 44 puntos cardinales, susceptibles de exégesis contrapuestas para satisfacer a unos aliados con perspectivas y ángulos de visión diferenciados e incluso antagónicos.

El texto donde ha quedado plasmado ese concepto estratégico enlaza bien con el sermón del ser y no ser y los sonetos teológicos de Agustín García Calvo donde puede leerse:
luz que medra en la noche, más espesa
hace la sombra, y más durable acaso.
Es decir, que la luz euroatlántica que medra en la noche del putinismo agresor, pudiera espesar más la sombra que ha proyectado la agresión rusa contra Ucrania, desencadenada el 24 de febrero lo que confirmó con plena exactitud el pronóstico de los servicios de inteligencia de Estados Unidos, devolviéndoles la credibilidad perdida desde aquel patinazo sobre las armas de destrucción masiva de Sadam Hussein, que resultó ser una invención carente de cualquier respaldo real. La OTAN había estado a punto de perecer poco después de aquel engaño a manos del anterior presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, quien invalidó el artículo 5º del Tratado de Washington al cuestionar su aplicación si fuera invocado por algún país que no estuviera al corriente de pago. Fueron esos titubeos, sumados a una percepción del fin de la historia de Francis Fukuyama o, al menos, de la guerra, los que llevaron al presidente de Francia, Emmanuel Macron, a diagnosticar el pasado 7 de noviembre la muerte cerebral de la OTAN.

“La OTAN había estado a punto de perecer a manos del anterior presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, quien invalidó el artículo 5º del Tratado de Washington al cuestionar su aplicación si fuera invocado por algún país que no estuviera al corriente de pago”

Ese ambiente de ¡rompan filas! se ha evaporado con la agresión de Putin a Ucrania. El modus operandi por el que ha optado en respuesta a la mayor proximidad de la OTAN, que iba sumando países procedentes del disuelto pacto de Varsovia, ha logrado el efecto contrario. Así que Suecia y Finlandia han abandonado el neutralismo del que llevaban décadas haciendo gala para alistarse en la Alianza, consumando un giro desconcertante en tanto que Pablo Echenique procede a su descodificación. Cañones o mantequilla era el dilema que postergaba el gasto militar en favor del gasto social, hasta que la aparición de la variable Putin ha llevado a gobiernos como el de Pedro Sánchez al compromiso de duplicar las inversiones militares sin tener que ofrecer explicaciones de con qué renuncias deberá compensarlas.
El presidente de los Estados Unidos ha dicho tajante que su homólogo Vladimir Putin no va a ganar la guerra, pero se ha abstenido de augurar que vaya a derrotarle, ni tampoco que merced a las ayudas de la OTAN la victoria vaya a ser asignada a la Ucrania de Zielenski. Todas estas exclusiones podrían ser compatibles y sumadas configurar la zona gris donde pudiera imaginarse un final que en el que todos pensaran haber salvado la cara. La cuestión reside en determinar en qué consistiría ese “no ganar la guerra” y a quién correspondería declarar si el presidente de la Federación Rusa cumple esa condición de “no ganador de la guerra”. Pero, como ha advertido el colega Joaquín Rábago, la conversión por Estados Unidos y la Alianza Atlántica de la defensa de Ucrania frente al invasor ruso en una cruzada moral, dificulta en extremo negociaciones y compromisos para toda negociación de un alto el fuego que terminara cuanto antes con la actual carnicería, pues parece que quienes propugnan esa caracterización solo aceptarían contentarse con la victoria total, según escribe Richard Moser en Counterpunch. Mientras, por ejemplo, la lucha contra el cambio climático queda relegada y el gobierno polaco se escabulle en la polvareda bélica para seguir cuestionando los derechos y libertades, cimientos irrenunciables de la UE.
Siempre se habla de la preparación artillera, que ha de preceder al avance de la infantería sobre el terreno. Pero, tras la aparición de los medios de comunicación de masas, se ha impuesto la necesidad inesquivable de utilizarlos para enardecer al público y definir una causa patriótica de obligado respaldo. Porque mucho antes de que de que el mando operativo ordene a las baterías abrir fuego sobre las posiciones enemigas el primer bombardeo debe ser el de las posiciones morales del adversario y la primera tarea ha de consistir en construir con los materiales más innobles pero más convincentes el perfil odioso del que pasa a ser nuestro enemigo. Las guerras no se hacen en el vacío del laboratorio, deben responder a una demanda y la demanda hay que crearla cuando no existe o fomentarla para que se desarrolle a partir de sus elementos germinales. En definitiva, la ambientación periodística es precisa para llevar a cabo la fase de envenenamiento colectivo que precede al enfrentamiento bélico.

“Ese ambiente de ¡rompan filas! se ha evaporado con la agresión de Putin a Ucrania y la vuelta del ardor guerrero”

Para emprender una guerra, como decía Manuel Azaña, hace falta estar convencido de tener una causa moral imbatible. De ahí la necesidad de comprender que la causa vale el riesgo que se va a tomar. Y a los incondicionales del pacifismo naif habría que recomendarles la lectura de Liddell Hart y que si quieren la paz, estudien la guerra. Les bastaría remontarse a Jenofonte donde ya aparece nítida la distinción entre dos tipos de combatientes: los soldados patrióticos y los soldados expedicionarios. La motivación básica de los primeros se cifra en la defensa inmediata de sus familias, sus mujeres, sus hijos, sus casas, sus tierras y su manera de vida. Su empeño se limita a una defensa avanzada de la puerta de sus hogares y de sus costumbres e instituciones. En el cumplimiento de esos deberes pueden alcanzar la gloria y verse premiados por el reconocimiento de los suyos.
La guerra de Ucrania prueba una vez más que la clave fundamental del soldado patriótico es el arraigo; su superioridad defensiva reside en el conocimiento del terreno. Los principios del patriotismo de proximidad, que Horacio sintetizaría en el dulce et decorum est pro patria mori, dejan de ser activos en las aventuras expedicionarias características de los soldados mercenarios, en cuyo alistamiento pesa de manera definitiva el argumento de la paga. En las páginas del Anábasis hay una insistencia en identificar valentía con victoria y salvación. Las arengas reiteran ese argumento y asignan a los cobardes la perdición. Claro que sucede, como escribió un buen amigo, que “para arriesgar la vida en la batalla, es preciso llenar la muerte de sentido. Por eso, también se la rodea de honores”.

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