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Revista91-92

ENSXXI Nº 91-92
MAYO - AGOSTO 2020

Por: MIGUEL ÁNGEL AGUILAR
Periodista


LA PERSPECTIVA

Las malas relaciones de los Medios de Comunicación con el Poder son, dentro de un orden, síntoma de buena salud del sistema político. Afirmación que se verifica llevándola al extremo, según pude comprobar en La Habana durante la inauguración de un seminario sobre Cuba y la Unión Europea, al declararme preocupado por las dificultades que estaban atravesando las relaciones del diario Granma con el Gobierno de Castro, problema que, conforme el lector se habrá maliciado, era del todo imaginario. Concluí diciendo que, citados como estábamos al día siguiente con Fidel, me ofrecía si fuese conveniente para una gestión de buenos oficios.

El director del periódico, que escuchaba sentado en primera fila, reaccionó de modo fulminante y subió enérgico al estrado. Dijo que en sus treinta años de profesión nunca había escuchado una insidia mayor. Precisó que su diario jamás había tenido una diferencia, ni siquiera milimétrica, con el Gobierno de Fidel. Declaró que cumplían sus consignas de forma fervorosa, disciplinada e invariable. En breve réplica alegué entonces que lo dicho por el colega me preocupaba mucho más que la tensión fantaseada por mí, que tanto le había airado y que tan rotundamente desmentía. Recordé cuando en la posguerra española se decía “si un obrero come merluza es que uno de los dos está enfermo” y que, del mismo modo, las relaciones idílicas de un periódico con un Gobierno denotaban una situación patológica.

"Las malas relaciones de los Medios de Comunicación con el Poder son, dentro de un orden, síntoma de buena salud del sistema político"

En todo caso, en sistemas políticos tan antagónicos como los de La Habana o Washington se confirma idéntica propensión: el poder, todo poder, en cuanto se nuclea como poder, considera toda crítica excesiva y todo elogio, insuficiente. Es el resultado de la insaciabilidad, una secreción propia de quienes ejercen como titulares del poder, siempre ambicionando mayor margen operativo y mostrando preferencia por periodistas dóciles, que no hagan preguntas impertinentes o mejor aún, en según qué ocasiones, que acepten figurar como decorado inerte o quedar ausentes para informar de lo que no han visto ni oído por sí mismos. En las democracias el natural antagonismo Prensa-Poder quedaba atemperado por el respeto que los Medios de Comunicación infundían como detentadores del temible monopolio de seleccionar los hechos y sus protagonistas para asignarles a su conveniencia la luz de la notoriedad o las tinieblas del silencio.
Esa Mutua Destrucción Asegurada tuvo efectos disuasorios en ambos sentidos, como sucedió entre las dos superpotencias nucleares durante la Guerra Fría. Su vigencia caducó cuando el poder de noticiar proliferó al surgir las redes sociales y producirse el cambio de paradigma. Antes de esa proliferación en la que ahora estamos, en el momento culminante de su influencia política y social, la Prensa pudo ser caracterizada como cuarto poder. Por entonces es cuando se escuchó al presidente norteamericano Thomas Jefferson decir que prefería “Prensa sin Gobierno que Gobierno sin Prensa”. Pero, en la misma medida en que la prensa se encumbró hasta alcanzar cotas de poder, acabó incurriendo en los abusos habituales de quienes tenían allí su residencia. Cyril Connolly escribió que “la Iglesia, cuando ha sido lo bastante fuerte para hacerlo, ha traicionado sus principios espirituales”, y de la Prensa puede decirse otro tanto. Ahora que se siente abandonada por sus lectores debería reflexionar si no fue ella quien los abandonó primero. Y hemos visto como concluía el politólogo José Ignacio Torreblanca a sectores enteros de la prensa que han dejado de cumplir su misión para convertirse en un poder autónomo que aspira a capturar el poder político mediante técnicas chantajistas y matonas para ponerlo al servicio de sus propios intereses.

"Los deberes que incumben a los periodistas y a los medios se declinan de diferente manera según sea el carácter del régimen político en el que se encuentren inscritos"

Está claro que, aún después de la irrupción de las redes sociales se mantuvo un cierto ten con ten entre el Poder y la Prensa que evitaba deflagraciones calamitosas hasta la llegada del presidente Donald Trump, que ensayó la declaración de los medios como “enemigos del pueblo” sin pagar por ello prenda alguna; o la del premier Boris Johnson, que proyecta, impasible el ademán, acabar con la BBC, cuya independencia se le ha hecho insoportable. Figuras así confirman que, a veces, es más fácil ganar clientela mediante la polarización ideológica y el cultivo de los más bajos instintos que mediante la objetividad y la transparencia. Se abre a nuestros pies el abismo de la nada y las tinieblas, que urge visitar de la mano de Tomás Pollán y Fridegiso de Tours. De regreso, es obligado marcar algunas diferencias para reconocer que los deberes que incumben a los periodistas y a los medios se declinan de diferente manera según sea el carácter del régimen político en el que se encuentren inscritos.
En el caso de un régimen que niegue las libertades de expresión, a los medios y periodistas les correspondería, en pura reciprocidad, negar de modo frontal a dicho régimen. Mientras que, si el sistema político se basara en las libertades públicas, la beligerancia de los medios de comunicación debería limitarse a defender su plena vigencia. Porque sabemos que las libertades no se alcanzan de una vez para siempre, que se oxidan como los metales por acción de la intemperie, y, de ahí, que deban estar sometidas a escrutinio permanente dado que su deterioro es tanto más insidioso cuanto menos visible. Cuestión distinta es que los medios hayan de acampar dentro del sistema, siempre que el sistema cumpla los requerimientos democráticos y que solo cuando un sistema les asfixie, negándoles el oxígeno de la libertad, tiene sentido que opten por quedar extramuros.

"Ha tenido que ser la plaga calamitosa del coronavirus Covid-19 la que venga a devolvernos el aprecio por la información garantizada"

Gobiernos y Medios de Comunicación se disputan un mismo público, ya sea en su condición de electores o de audiencia. Los Gobiernos andan a la búsqueda permanente de la adhesión de los ciudadanos, de cuyas papeletas penden en las urnas cuando llegan las urnas. Los Medios de Comunicación social intentan también ganarse la atención de la ciudadanía en cuanto lectora, escuchante o espectadora y, una vez lograda, adquieren la posibilidad de ponerla en sintonía con la opción política más afín, sea favorable o adversa al Poder en ejercicio. De ahí que la Prensa, el primero de los medios de masas en aparecer, redoblara la amenaza que años antes había suscitado la imprenta, siempre sospechosa y, por tanto, sometida a licencias restrictivas.
De la tensión Gobierno-Prensa trata el Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu escrito por Maurice Joly a la altura de 1864. Allí Montesquieu arguye cómo la aparición de la Prensa hacía en extremo vulnerables a los regímenes parlamentarios, los cuales sucumbirían con facilidad a sus embates. Maquiavelo, en modo visionario, replica adelantando su propósito de neutralizar a la Prensa por medio de la Prensa misma. Y concluye que, dada la fuerza tan poderosa del periodismo, su Gobierno también se haría periodista, sería la encarnación del periodismo. Así sucedió al aparecer las cadenas públicas de radio y televisión, que cumplirían la anticipación del Maquiavelo de Joly y permitirían a los gobiernos instrumentalizar esos medios electrónicos como si fueran su servicio doméstico.
Maquiavelo entendía que, en la mayoría de los países, la Prensa tiene el talento de hacerse aborrecer, habida cuenta de que cultiva las pasiones violentas, egoístas y exclusivas; denigra por conveniencia; es venal e injusta; carece de generosidad y patriotismo; y es incapaz de hacer que la gran masa comprenda para qué pudiera servir de ahí que pudiera hacer o deshacer contra ella sin suscitar recriminación alguna. En cualquier caso, que las audiencias de los medios brindaran credulidad absoluta a los medios sería nocivo, dada la propensión del Poder a instrumentalizarlos en aras de presentar su perfil más sugestivo y de lograr el mayor reconocimiento y adhesión.
En su réplica, Montesquieu señalaba el doble uso de la prensa, que también en sentido contrario combatía la arbitrariedad en el ejercicio del poder; obligaba a gobernar de acuerdo con la constitución; conminaba a las autoridades a la honestidad, al pudor, al respeto de sí mismos y de los demás, y proporcionaba a quienquiera que se encontrara oprimido la oportunidad de hacer oír su queja. Por eso, estimaba que se podía ser indulgente con una institución cuando, en medio de tantos abusos, prestaba tantos servicios necesarios. Cuestión distinta es la existencia de una asimetría pavorosa entre el ciudadano particular y la Prensa que tanto gusta presentarse como víctima cuando, las más de las veces, se comporta como agresora de los inermes, carentes de recursos para defenderse.
Ahora, décadas después de que los Gobiernos se hicieran periodistas, se han transmutado también en periodistas los individuos que integran las audiencias al conectarse a las nuevas tecnologías digitales, merced a las cuales cada uno de ellos, ha sumado a su condición previa de mero receptor de información la nueva capacidad de emitir. Así, We’re All Journalists Now, conforme reza el título del libro de Scout Gant. Y esta nueva propiedad la traen todos adherida de fábrica de modo que pasan de portadores de valores eternos, a portadores de teléfonos incesantes y en conexión. Sus vertidos a la red sin depuración alguna nos inundan dejándonos en la confusión, carentes de información verificada. Y ha tenido que ser la plaga calamitosa del coronavirus Covid-19 la que venga a devolvernos el aprecio por la información garantizada. Continuará.

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