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REVISTA93

ENSXXI Nº 94
NOVIEMBRE - DICIEMBRE 2020

Por: EMILIO LAMO DE ESPINOSA
Real Instituto Elcano


Con el presente artículo inauguramos una sección de la revista destinada a firmas invitadas de prestigio que ilustren al lector sobre temas generales de actualidad que sean de interés para cualquier ciudadano culto. El autor de esta primera tribuna es Emilio Lamo de Espinosa (Madrid, 1946), Doctor en Derecho por la Universidad Complutense y Ph.D. en Sociología por la Universidad de California-Santa Bárbara (1979), actualmente Catedrático Emérito de Sociología en la Universidad Complutense y Presidente del Real Instituto Elcano. Es Doctor Honoris Causa por la Universidad de Salamanca (2012), Premio Nacional de Sociología y Ciencia Política (2016), Académico Numerario de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y Premio Internacional de Ensayo Jovellanos (1996). Su libro más reciente es De nuevo sobre la sociedad reflexiva. Escritos de teoría y estructura sociales (Centro de Investigaciones Sociológicas). El tema sobre el que versa esta tribuna es la incertidumbre que anega los tiempos post-pandemia.

A finales del año 2019 apareció en Wuhan, una inmensa ciudad china hasta entonces casi desconocida en Europa (pero donde se habían instalado 300 de las mayores empresas del mundo), un nuevo virus de la familia de los coronavirus, bautizado como COVID19, que pronto se extendió por toda China, después por Asia, llego a Europa a comienzos del 2020, para saltar posteriormente a América y África. Cuando escribo estas líneas (septiembre del 2020) no ha terminado su expansión futura, que dependerá de dos variables, encontrar medicación adecuada y/o la vacuna, que pueden retrasarse meses. 
Este ensayo trata de abordar un análisis transversal de los efectos de la pandemia, un análisis institucional.

Un comentario inicial: ¿inesperado?
Para comenzar hay que destacar que se trata de una experiencia nueva, que el mundo no había sufrido desde la gran gripe llamada “española” del 1918, que ha succionado sociedad tras sociedad como un agujero negro, y que no sabemos bien, ni cuando nos liberará ni en qué condiciones lo hará. Miles de millones de personas encerradas en sus casas, calles vacías, universidades, escuelas, teatros y aeropuertos desérticos, como en una pesadilla. Una catástrofe sanitaria con miles de muertos en todos los países, que ha obligado a un confinamiento y paralización total durante semanas, y que trae consigo una crisis económica global nunca vista, con caídas del PIB superiores al 10%, que sin duda será seguida después por otra crisis social e, inevitablemente, política, de un alcance actualmente difícil de prever. Lo que John Kay y Mervyn King han llamado “incertidumbre radical” (1).
Pero es importante señalar que en absoluto se trata de un evento inesperado. Muy al contrario, y por ello Nassim Taleb considera que la Covid-19 no es un “cisne negro”, porque era previsible (2) . Epidemiólogos y expertos en sanidad pública, organismos internacionales como la OMS, think tanks y analistas de la globalización, y todas las estrategias de seguridad nacional de los países, advertían de la pandemia como un riesgo sistémico global, a la par con el cambio climático. Así, por ejemplo, la española Estrategia de seguridad nacional (de 2017) señalaba entre los desafíos a tratar la inestabilidad económica, la vulnerabilidad energética, los movimientos migratorios, las emergencias y catástrofes, las epidemias y pandemias y el cambio climático. Y añadía: España, un país que recibe más de 75 millones de turistas al año, con puertos y aeropuertos que se cuentan entre los de mayor tráfico del mundo, un clima que favorece cada vez más la extensión de vectores de enfermedades, con una población envejecida y una situación geopolítica polarizada, no está exenta de amenazas y desafíos asociadas a enfermedades infecciosas, tanto naturales como intencionadas.

“La primera enseñanza de la pandemia del COVID19: que se menosprecia a los expertos. Se sabía y se esperaba, pero no nos preparamos”

Como es evidente ahora, un análisis muy acertado y preciso. Y esta es la primera enseñanza de la pandemia del COVID19: que se menosprecia a los expertos. Se sabía y se esperaba, pero no nos preparamos pues no planificamos, ni para el largo plazo (como el cambio climático) ni para lo poco probable, como las zoonosis (3) . Poco probables, pero seguras, pues las ha habido en el pasado y las habrá de nuevo en el futuro.
Como ocurre con el cambio climático, se hace pues imprescindible generar, en el marco de la OMS, un sistema internacional de vigilancia y control más sensible que el actual, que disponga de un stock de material sanitario y/o de una red actualizada de proveedores que pueda activarse en corto plazo. La siguiente pandemia no puede pillar desprevenida a la humanidad.

¿Con qué consecuencias?
¿Con qué consecuencias? Aunque conocemos las consecuencias en el corto plazo de la pandemia, es difícil prever las de medio y largo plazo pues carecemos de experiencias previas. Para algunos, nada será igual tras la pandemia (por ejemplo, J. Gray o H. Kissinger). Otros, más escépticos, aseguran que se trata más bien de un acelerador de tendencias ya existentes (por ejemplo J. Borrell). Parece que las dos cosas al tiempo: un acelerador de tendencias ya existentes, pero que nos lleva a un mundo en buena parte nuevo. La historia tiene una fuerte dependencia de senda, y nadie puede librarse de la mochila de su pasado, ni los individuos ni las sociedades. Una continuidad que, en este caso, se manifiesta en que las consecuencias se solapan sobre las consecuencias aún no resueltas de la Gran Depresión. Señalaré algunas consecuencias ya evidentes, y apuntaré otras de medio y largo plazo, que lo son menos.
Y para comenzar, la evidencia de que la modernidad nos ha unido a todos. Si hasta hace poco la historia de la humanidad ha sido la de muchas y variadas sociedades separadas, encerradas en burbujas auto referenciadas como mónadas leibnitzianas, hoy es evidente lo que Terencio nos enseñó hace dos mil años: que nada humano nos es ajeno. Nos pensamos como una colección de países/Estados y seguimos representando el mundo en los mapas como un puzle de Estados/países cada uno con su color, su bandera y su capital. Pero eso es el pasado y la modernidad nos ha unido a todos en una sociedad global. 

“La segunda gran lección del COVID19, la misma experiencia primordial que da lugar a la cultura y a la civilización: la de la inseguridad radical”

Y así, cuando hacíamos el inventario de cuestiones globales que saltan por encima del poder y las fronteras de los Estados, y junto al cambio climático, el riesgo de pandemias figuraba siempre. Más de mil millones de turistas y viajeros recorriendo el mundo en cada instante aceleran los mecanismos de transmisión de cualquier virus en cuestión de horas. Pero era una idea, no una experiencia, que es lo nuevo. Y si el cambio climático estaba siendo la primera experiencia global, esta pandemia es la segunda. Experiencia que debería llevar a una sensación de solidaridad global en un marco de potente cosmopolitismo. Todos unidos frente al peligro.
Una experiencia vinculada a la de la vulnerabilidad de la misma especie. Y esta es la segunda gran lección del COVID19, la misma experiencia primordial que da lugar a la cultura y a la civilización: la de la inseguridad radical. De momento más de 40.000 fallecidos solo en España, 900.000 en el mundo, sirven de memento mori, exigiendo un duelo frente a lo que, por ahora, es solo una fría estadística.
Pero no es solo el riesgo personal, pues la pandemia nos hace conscientes de que podemos desaparecer como especie, y no por culpa nuestra, no por riesgos socialmente producidos (nucleares, climáticos, o de otro orden, y recuerdo a U. Beck y su Risikogesselschaft) de los que podríamos culparnos, sino por fenómenos naturales con los que ni contábamos ni podíamos contar. Al fin y al cabo, la humanidad es el resultado de una casualidad en el espacio-tiempo, que sin duda podría desaparecer a consecuencia de otra casualidad. Evidencia para la especie tan indiscutible como la muerte para los individuos, y frente a la que tratamos de construir burbujas de seguridad y de certidumbre que calmen la ansiedad y angustia primordiales. Nada nos garantiza que un virus nuevo, una bacteria, un meteorito, no pueda acabar con la especie humana en cuestión de meses. Les ha ocurrido a otras muchas especies en el pasado y, quien sabe si no también a otras muchas humanidades y civilizaciones en otros mundos posibles e ignorados. Pero, del mismo modo que olvidamos (“echamos en olvido” sería lo justo) nuestra propia muerte, olvidamos la certeza científica (de las pocas con que contamos al 100%) de que tampoco la especie es eterna, como no lo es ninguna.
Se trata de dos aprendizajes (el de la unidad y el de la vulnerabilidad) que podrían sumarse: la vulnerabilidad global debería llevar a la unión frente al peligro común, al cosmopolitismo, como decía. 

“Ante el vacío de gobernanza global y los evidentes riesgos de una excesiva globalización afloran dos instituciones que hace siglos proporcionan seguridad en última instancia: el Estado y la familia”

Me temo, sin embargo, que es más fácil que se resten; la reacción “natural” frente a vulnerabilidad es buscar refugio en lo conocido, en la tribu, la nación, la religión, las comunidades “naturales”, para blindarse, negando justamente la experiencia cosmopolita y, más bien, demonizando al “otro” como fuente del peligro, de modo que la inseguridad cancela el cosmopolitismo y nos devuelve a los particularismos. De hecho, ya está ocurriendo.
Y lo vemos en los dos ganadores claros de este gran distribuidor de premios y castigos que es la pandemia. Falta perspectiva, sin duda, pero ante el vacío de gobernanza global (el gran perdedor), y los evidentes riesgos de una excesiva globalización (otro perdedor), afloran dos instituciones que hace siglos proporcionan seguridad en última instancia (y no olvidemos que seguridad es lo primero que exigen los ciudadanos): el Estado y la familia. Y más que unirnos, nos hemos encerrados sobre nosotros mismos como un caracol dentro de su concha.

Y dos ganadores inmediatos: familia y Estado
Pues efectivamente, y durante meses, los ciudadanos de medio mundo hemos vivido confinados en nuestros hogares, pero conectados a los medios de comunicación que nos trasladaban las instrucciones de los gobiernos nacionales, es decir, de los Estados. Y entre los hogares y los Estados, hemos pasado muchos meses, sin nada entremedias salvo los medios de comunicación (clásicos y digitales).
Y así, la primera institución que sale claramente reforzada es la que siempre proporciona seguridad en última instancia: la familia, en sus más diversas formas. Recordemos que es la única institución conocida que se basa por completo en el principio del don y no en el de la reciprocidad, dispuesta siempre a dar sin pedir nada a cambio. Y por ello, cuando todo se desmorona, ya sea por causas colectivas (guerra, revolución o pestilencias), o por razones personales (ruina, enfermedad o incapacidad), solo nos queda la viejísima institución del parentesco, y ya lo vimos con motivo de la Gran Recesión. Lo que llamamos -despectivamente- “familismo” (a veces incluso tildado de “amoral”) no es sino la respuesta natural -nunca mejor dicho- a un entorno de inseguridad y desconfianza. La familia no nos va a cobrar nada y nos va a dar cobijo y cobertura, nos va a blindar frente al infortunio. Una institución reforzada ahora por otro de los ganadores de la pandemia: la digitalización, de la que hablaré más tarde.
Lo que pueda haber ocurrido entre las paredes de los hogares es variado: fortalecimiento de la comunicación y de la unidad doméstica, violencia de género o violencia (siempre olvidada) sobre la infancia o, al contrario, oleada de embarazos y nacimientos en nueve meses. En todo caso una mayor intensidad de interacciones y sentimientos cerrados en las cuatro paredes de los hogares, en la mayoría de los casos sin espacio vital. Una “hogarización” forzada (si se me permite la expresión, que en inglés tiene concepto: cocooning): encerrarse en la concha como una tortuga.
La segunda institución ganadora son los Estados justo cuando, como consecuencia de la globalización, estaban perdiendo relevancia. Hace bien poco creíamos (con Thomas Friedman) que el mundo era plano y las fronteras (políticas o físicas) habían desaparecido. Pues bien, de pronto, ni siquiera el área Schengen ha aguantado el levantamiento de los viejos muros fronterizos, y la sociedad global se ha plegado sobre sus Estados, de nuevo como un caracol dentro de su concha. 

“Ya llevamos al menos una década de deterioro de la calidad de la democracia en el mundo; pues bien, la pandemia no augura una inflexión en esta tendencia negativa”

Y efectivamente es de destacar la ineficiencia de los organismos multilaterales para hacer frente a la pandemia. Para comenzar la ONU y el Consejo de Seguridad no lograron consensuar una resolución por el desacuerdo entre Estados Unidos y China. Las decisiones tomadas por el G20 (presidido por Arabia Saudí) y por el FMI (moratorias en el pago de intereses por seis meses y solamente a los países más pobres), fueron claramente insuficientes. El papel de la OMS, acusada de connivencia u ocultamiento, no ha salido tampoco reforzado; tampoco el de la UE que, sin embargo, puede alegar que no tiene competencias en temas sanitarios. Pero ni la OMS ni la UE (ni tampoco el gobierno español) han sido capaces siquiera de elaborar un protocolo de contabilización de fallecidos o contagiados que permitiera datos comparables, de modo que hemos nadado en un mar de cifras, estadísticas y porcentajes, literalmente kafkiano.
La consecuencia es que pierde el multilateralismo que, como poco, debería de reinventarse en una nueva “gramática” (Macron), unas nuevas reglas para cuya elaboración y ejecución no debemos contar con el liderazgo de la gran potencia de los Estados Unidos, y que exigiría a su vez un nítido fortalecimiento de la llamada “autonomía estratégica” de la UE. Y mientras, gana el unilateralismo de un mundo bi o multipolar, más hobbesiano y basado en relaciones de poder, que kantiano y basado en reglas. Y, por el contrario, se ha cumplido lo que Richard Haas llama la “obligación soberana”: los Estados son responsables ante la comunidad internacional de lo que ocurre en su territorio, y tienen que dar cuenta de ello (ab intra ante su ciudadanía, y ab extra ante la comunidad internacional).
Y ello porque solo los Estados han sido capaces de movilizar los inmensos recursos necesarios para hacer frente a la pandemia. Recursos económicos en primer lugar; por ejemplo, si a la UE le cuesta movilizar el 1% de su PIB los Estados pueden movilizar más del 50%. Y en un santiamén; según la OMC los Estados han movilizado ayudas de más de 9 billones de dólares. Francia amplió su presupuesto por una cuantía equivalente al 4,5% del PIB y Estados Unidos ya lleva aprobadas ayudas por un 10%. Los Estados tienen además recursos políticos (una inmensa y entrenada burocracia y el control de la legislación) (4) , y tienen poder duro (gendarmes, ejercito) y poder blando (medios de comunicación y propaganda). Inmensos recursos que se han movilizado en días para gestionar y controlar la pandemia, que ha venido así a re-estatalizar el mundo cuando, como consecuencia de la globalización, estaban perdiendo relevancia.
Una tendencia reforzada por la posterior crisis económica, pues caminamos inevitablemente hacia una economía más estatalizada, con mayor intervención y control, nacionalizaciones de empresas estratégicas, mayor fiscalidad, y una renta universal o mínima vital (inevitable por otra parte) que hace que porcentajes crecientes de la población (incluso más del 50%) acaban en la nómina del Estado. Pensionistas, parados, dependientes, subsidiados, el Estado -no el mercado- vuelva a ser el gran redistribuidor de la renta nacional.
Todo ello acentúa seriamente el riesgo de autoritarismo político. Una sociedad desperdigada, atomizada, incapaz de manifestarse o agregarse por el confinamiento, frente a un poder político muy reforzado por medidas legales de excepción, que puede (y debe) endeudarse muy por encima de lo aceptable, que maneja el poder casi sin contrapesos, y que monopoliza el ágora pública y habla en solitario (5) y dispone de nuevos y sofisticados instrumentos de control social a través de la IA y las TIC, es un notable riesgo para una sociedad abierta. Ya llevamos al menos una década de deterioro de la calidad de la democracia en el mundo; pues bien, la pandemia no augura una inflexión en esta tendencia negativa.

(1) John Kay and Mervyn King, Radical Uncertainty, The Bridge Street Press, March 2020.
(2) “El cisne blanco del coronavirus era previsible”, entrevista a N. Taleb, en Bloomberg, 31 de marzo de 2020.
(3) Ya en el 2019, en el blog que mantenían Gary Becker y Richard Posner, se discutieron los riesgos y las consecuencias económicas de una posible pandemia global. Puede verse en: https://www.becker-posner-blog.com/2009/05/the-economics-of-the-flu-epidemic--posner.html
(4) Olvidamos, por obvio, la fuerza que representan los Boletines Oficiales del Estado, editando cataratas de normas y resoluciones a diario, regulando todo lo regulable.
(5) Terribles imágenes las de un parlamento semivacío en el que media docena de personas hablan no se sabe bien a quien.

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