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REVISTA106

ENSXXI Nº 106
NOVIEMBRE - DICIEMBRE 2022

Por: MIGUEL ÁNGEL AGUILAR
Periodista


LA PERSPECTIVA

Es cada vez más urgente formar al público para que sea capaz de identificar falacias lógicas y evitar así su deslizamiento por la senda de la condescendencia que le inhabilitaría para enfrentarse a los argumentos cuantitativos. Hay que adiestrarle a detectar el engaño subyacente en las afirmaciones estadísticas o en los análisis de inteligencia artificial, los cuales propenden a encubrir con cifras el sesgo de opinión al que inducen. Esta es la cuestión acuciante, planteada con extraordinario acierto por Carl T. Bergstrom y Jevin D. West en su libro Contra la charlatanería, que acaba de aparecer en castellano en una traducción excepcional de Victoria Padilla y editado por Capitán Swing.

Estos profesores de la Universidad de Washington escriben paltering, cuyo equivalente sería engatusar, para referirse a la estrategia de “engañar sin mentir abiertamente”, que nos empuja de modo deliberado a que saquemos conclusiones erróneas, las cuales, sin ser técnicamente falsas, facilitan la implantación de la mentira sirviéndose de la verdad. En lenguaje cheli viene a ser aquello de “si te dijera la verdad mentiría”. Un proceder que se hace posible gracias a que muchas veces lo que decimos de forma literal no es exactamente lo que intentamos comunicar. En esa línea, lanzan el neologismo implicatura apuntando a la utilización de una frase a la que se atribuye un significado concreto, en vez de optar por circunscribirse al que literalmente le correspondería.

“Paltering (engatusar) es la estrategia de ‘engañar sin mentir abiertamente’, que describen con precisión los profesores Carl T. Bergstrom y Jevin D. West, de la Universidad de Washington, en su libro Contra la charlatanería”

La implicatura proporciona un gran margen de maniobra para decir cosas engañosas y sostener al mismo tiempo nuestra plena inocencia. Para ello utiliza la brecha que hay entre el sentido literal de una oración y las implicaciones o correlaciones que de ella puedan derivarse. Recuerdo, por ejemplo, una entrevista al marqués de Griñón en los años del reinado de Juan Carlos I que el diario Pueblo quiso titular: “Al Rey y a mí, nos gusta jugar al squash”. Carlos Falcó en absoluto decía que ambos jugaran juntos a ese deporte, pero todos los lectores establecieron sin dudar esa correlación. Cuando pocas semanas después fui yo el entrevistado intenté ir por la misma senda diciendo “al Rey y a mí, nos gusta jugar al gua” pero en esta ocasión el periodista se abstuvo de titular con esa afirmación y tampoco de ahí nadie dedujo que yo anduviera por Zarzuela jugando con Su Majestad a las canicas. En breve, conviene discernir entre las meras asociaciones aleatorias, las que generan correlaciones de algún calado y aquellas otras que implican causalidad. Es fundamental detectar el bullshit que propende a confundirlas, y saber que de la yuxtaposición espacio-temporal en que se encuentran dos cosas es ilegítimo colegir un encadenamiento causal entre ambas, que pusiera a la segunda en dependencia de la primera.
Peter Esterhàzy escribe en su libro Armonía celestial que “es harto difícil mentir sin conocer la verdad”. Y sabemos que las verdades no siempre son reveladas, ni tampoco gratuitas, de modo que nos está negado acceder a ellas sin esfuerzo como promete el método Assimil a los estudiantes de inglés. En cambio, basta refugiarnos en el uso de una jerga compleja y argumentar aduciendo gráficos y cifras, vengan o no a cuento sin responder a criterio de veracidad alguno, para ubicarnos en el terreno pantanoso del bullshit, en el que cada uno se adentra aferrado al propósito de llevarse el gato al agua “intentando que los demás se salgan con la nuestra”.

“Conviene distinguir las meras asociaciones aleatorias de las que generan correlaciones de algún calado y de aquellas otras que implican causalidad y detectar el bullshit que propende a confundirlas, como si de la yuxtaposición espacio-temporal en que se encuentran dos cosas pudiera colegirse su encadenamiento, de forma que la primera trajera causa de la segunda”

Dentro del arte de la decepción el análisis de la que procede del área comunicativa constituye capítulo aparte, sin que el bullshit humano requiera del receptor más que el cambio de su estado mental y de su percepción de los estímulos que le alcanzan. En todo caso, señalan nuestros autores, un data-driven bullshit en versión renovada, envuelta en datos, apoyada en gráficos de barras, porcentajes, artículos científicos o anglicismos tecnológicos, es mucho más eficaz a la hora de persuadir o impresionar a la audiencia, distrayéndola, abrumándola o intimidándola con un flagrante desprecio por la verdad, la coherencia lógica o la información que realmente hay detrás, logrando así su verdadero objetivo de vendernos lo que sea, porque solemos creer que los números poseen un valor objetivo.
Se apuntan tres estrategias para protegernos de la información engañosa y de la desinformación en las redes. La primera estaría basada en la tecnología, pero no está claro que las empresas de Internet tengan incentivos para colaborar en esa línea. La segunda, quedaría encomendada a la regulación gubernamental, preocupante porque ¿quién determina qué es una noticia falsa? La tercera, se basa en educar a la población para conseguir la alfabetización mediática mediante su adiestramiento en el pensamiento crítico, dado que vivimos en un mundo donde es decisivo que nos mantengamos en la sospecha distante frente a la inundación informativa de las redes sociales, “cada vez más cerradas porque ya no aguantamos no tener razón”, y también frente a la que procede de los medios tradicionales.
Solo con ciudadanos así, que se resistan a plegarse a los impulsos tribales y narcisistas, podrá sostenerse la calidad de la democracia. Atentos, pues, porque aquí nos la estamos jugando. Urge un manual para los estudiantes de secundaria que ilustre sobre los engaños de las redes y de los medios convencionales de comunicación, que ayude a detectarlos y desactivarlos, que incentive la sospecha inteligente de los lectores, oyentes y espectadores, que propugne el respeto a la distancia reglamentaria de cuya pérdida resulta el amontonamiento y la falta de perspectiva. Veremos.

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