
ENSXXI Nº 126
MARZO - ABRIL 2026
Los nuevos Bartleby: crónica de un cansancio colectivo

Catedrático Derecho del Trabajo y Seguridad Social
Universidad Complutense
UNA LECTURA DESDE EL DERECHO DEL TRABAJO
A mediados del siglo XIX, Herman Melville publicó Bartleby, el escribiente, la historia de un diligente empleado de oficina que, desde un determinado momento, decide contestar a las órdenes de su jefe, y a las exigencias de su trabajo, con una memorable frase: PREFERIRÍA NO HACERLO. La obra de Daniel Gascón, Los nuevos Bartbely: crónica de un cansancio colectivo (Editorial Rosamerón, 2026), es una excelente reflexión transversal de las nuevas maneras de PREFERIRÍA NO HACERLO en el siglo XXI, en especial tras la pandemia, que detuvo transitoriamente la producción y el hacer en un confinamiento de consecuencias imprevisibles y todavía por detectar.
El libro es un ensayo ameno, con la fina ironía que caracteriza a su autor y un despliegue culto, literario y analítico, en ocasiones empírico, con fuentes de referencia, de las manifestaciones actuales de los nuevos Bartleby en las “oficinas” de nuestro tiempo. El libro, además de una invitación guiada a la lectura del relato clásico de Melville, incluido en el mismo, contiene reflexiones de enorme interés, entre otras, sobre la actual organización del trabajo, la incidencia de la tecnología y la inteligencia artificial en la formación y diligencia de los trabajadores más jóvenes, la actual convivencia de diferentes generaciones con distintas culturas del trabajo, con un trasfondo de riesgos de conflicto intergeneracional, los desiguales impactos de la globalización comercial, que reduce pobreza en los países menos favorecidos a la vez que aumenta el malestar en las sociedades occidentales del bienestar, las nuevas formas de pasividad, reflejadas incluso en descensos alarmantes de natalidad, las consecuencias del cambio climático en la producción, la curiosa persecución de los romances entre compañeros de empresa o una contundente crítica a las soluciones ideológicas del decrecimiento de la economía y el consumo o del fin del trabajo.
El libro propicia también una lectura desde el Derecho del Trabajo en su doble dimensión histórica y de análisis de la realidad vigente. No entra Daniel Gascón en diálogo con ello, ni adopta una visión desde este ángulo jurídico, aunque siempre planea en sus reflexiones la gran cuestión de la regulación del trabajo subordinado, pero desde el PREFERIRÍA NO HACERLO de Bartleby, el originario y sus actuales secuaces, y sus múltiples consecuencias, sí propicia que un lector dedicado al análisis jurídico laboral puede extraer reflexiones desde este ángulo, que aquí comparto.
“El nacimiento del Derecho del Trabajo en el siglo XIX, a través de normas jurídicas y la autonomía colectiva, será, desde entonces, seña de identidad de la evolución de las sociedades occidentales liberales hacia un sistema más justo, equitativo, y con un mayor equilibrio en las relaciones de poder económico”
A mediados del siglo XIX, que es cuando se publica el relato de Melville, estaban en efervescencia las transformaciones económicas, laborales y sociales derivadas de un conflicto de clases no bien resuelto desde la cuestión social del primer capitalismo industrial. La literatura de la época ofrece, en este contexto, recreaciones magistrales, tanto de las condiciones deplorables de vida de los trabajadores en las sociedades industrializadas como de la épica obrera en la consecución de los nuevos derechos laborales y sociales, con especial atención a héroes de ascenso social, a veces de dudosa calidad ética, asociados, en ocasiones, con el sueño americano. El capítulo 5 del libro, “¿Qué fue del trepa?”, da buena cuenta, con referencias a las que me remito, de esta Literatura decimonónica y luego con continuidad en el siglo XX. Lo formidable del relato de Melville es que es capaz de recrear estas transformaciones, donde se sitúa el origen histórico del Derecho del Trabajo, desde una posición de resistencia pasiva -PREFERIRÍA NO HACERLO- sino de abulia contemporánea o tedio. El mayor acto de rebeldía, en medio de la eclosión industrial, es no hacer, la pasividad, lo que pone en cuestión todo el sistema. Como desarrolla Gascón, no resultan extrañas lecturas críticas de este primer capitalismo industrial del relato de Melville y de la organización del trabajo que estaba generando, incluso en lugares balsámicos como la oficina, lejanos a las fábricas, con un exceso de jerarquía sin límites y uniformidad, siendo Bartbely alguien “que no se somete a las reglas de todos” (capítulo 3 “Historia de una oficina”).
“Podemos estar viviendo, en las sociedades occidentales liberales construidas desde el reformismo social, una nueva ‘abulia contemporánea’ que puede conducir a un desvalor del trabajo en nuestra sociedad, con consecuencias imprevisibles”
Este modo literario, entre cómico y transgresor, entroncará luego con personajes de Kafka o con escenas de tedio memorables del teatro de Chejov, en lo que Gascón denomina “el hombre inútil”, en contraposición seguramente con el “héroe repugnante” del ascenso social, pero, desde una lectura del sentido histórico del Derecho del Trabajo, se presenta como una espita capaz de articular, incluso más que la épica obrera, los cambios de regulación del trabajo subordinado. La “ontología negativa” de un oficinista puede tener mayor capacidad de derribar un sistema de organización de trabajo que un proceso revolucionario y esta atención a los intereses de empleados pasivos, no digamos a la enorme fuerza entonces proactiva de los obreros del trabajo físico, explica el nacimiento del Derecho del Trabajo en el siglo XIX. Frente al riesgo de la caída del capitalismo, en el contexto ya del marxismo que abogaba por su demolición y asociaba el trabajo subordinado a la indignidad humana, emergió el reformismo social desde dentro del modelo de producción liberal, con el reconocimiento normativo de derechos laborales y límites al desmesurado poder empresarial unilateral. Frente a ontologías negativas, acciones y críticas, que tambaleaban la producción y ocasionaban un desorden social, se reconoció la autonomía de la voluntad colectiva, desde la que canalizar la representación de trabajadores y empresas para negociar salarios, condiciones laborales y límites mediante convenios y acuerdos colectivos con garantías de aplicación. En la organización del trabajo quedaba así integrado y atendido el “hombre inútil”-los Bartbely de distintos estratos- reconocido desde estructuras colectivas, y como sujeto político, con derechos de descanso y rentas suficientes como para PREFERIR HACER a NO HACERLO. Deja esta expresión literaria lecciones de cómo la resistencia pasiva puede ejercer de palanca de transformación social, aunque el relato de Melville no concluya precisamente con esta plenitud, y cómo sólo bastaba un poco de atención, y confianza, para integrar a las clases trabajadoras, incluidos los oficinistas, en el capitalismo industrial. El nacimiento del Derecho del Trabajo en el siglo XIX, a través de normas jurídicas y la autonomía colectiva, será, desde entonces, seña de identidad de la evolución de las sociedades occidentales liberales hacia un sistema más justo, equitativo, y con un mayor equilibrio en las relaciones de poder económico. Y, a la vez, el Derecho del Trabajo, y en general el Social, será el gran instrumento legitimador de un capitalismo transformado. Al fin y al cabo, Bartbely podía así ser despedido de su oficina, con un buen procedimiento, aunque Melville cerró su genial relato de otra manera más lacónica y, en el fondo, transformadora.
“Si el trabajo asalariado se vuelve un mal bíblico que eludir, y eso parece que está latente en las actuales críticas al capitalismo, lo que se terminará demoliendo es el propio Estado del Bienestar, en perjuicio de los trabajadores”
Con todas las convulsiones ideológicas del siglo XX, que trataron de presentar el reformismo social interno de las sociedades liberales como un experimento poco utópico o fallido, lo cierto es que estas estructuras del Derecho del Trabajo y Social, junto con otros procesos de redistribución de renta, construyeron las sociedades del bienestar más prósperas, especialmente tras la segunda guerra mundial, y siguen siendo los cimientos históricos de nuestro modo de vida occidental. Las masas de trabajadores decidieron HACER a NO HACER, en épocas doradas de revalorización de la producción, a través de un contrato de trabajo subordinado dotado de derechos laborales de origen legal o pactado y sustanciales límites al poder unilateral empresarial. Resulta irónico, aunque no lo subraya Gascón en su obra, que la gran conquista histórica de la clase trabajadora, como herramienta para defender sus reivindicaciones frente a la empresa, sea y, es, el derecho de huelga que consiste, precisamente, en un NO HACER, paralizando la actividad productividad con gran daño económico. La resistencia pasiva del NO HACER queda juridificada, dentro de la acción colectiva, lo que llevaría a Bartbely, seguramente, en una declaración de huelga en la oficina a no sumarse a la misma, porque PREFERIRÍA NO HACERLA.
Las reflexiones de Daniel Gascón en torno a los nuevos Bartbelys, en esta sugerente “crónica de un cansancio colectivo” de nuestro tiempo, también permite una lectura desde el Derecho del Trabajo y sus tendencias en el siglo XXI. Lo que viene a acreditar el libro, y más tras la pandemia, es que podemos estar viviendo, en las sociedades occidentales liberales construidas desde el reformismo social, una nueva “abulia contemporánea” que puede conducir a un desvalor del trabajo en nuestra sociedad, con consecuencias imprevisibles. El trabajo, como se pone de manifiesto en el capítulo 6 “Estoy en mi oficina”, tiene una larga tradición de maldición bíblica, corregida en parte por las transformaciones económicas, laborales y sociales antes reseñadas, que parece, sin embargo, renacer en, precisamente, las sociedades occidentales del bienestar. Da cuenta Gascón, especialmente en los magníficos capítulos 9, “No volveré a ser joven, espero”, y 10, “Edipos reprimidos”, de cierto riesgo de conflicto generacional entre la cultura del esfuerzo, el rendimiento y el ascenso social y este actual desvalor del trabajo entre la generación más joven, vinculado a críticas a la meritocracia y a una parálisis de las herramientas educativas clásicas de ascensor social. No ha sido ajeno a ello el debate de regulación del trabajo asalariado, como bien se puede observar aquí en España, protagonizado por fallidas iniciativas de reducción de la jornada laboral máxima legal, sin negociación colectiva, o la ampliación de permisos retribuidos de todo tipo, financiados por la empresa, con debates incluso de atención a los cuidados de las mascotas de los empleados. No lo menciona el autor del libro, pero su percepción entronca perfectamente con mensajes políticos que trasladan a la población que trabajar menos es ser más feliz, lema de una conocida campaña institucional del Ministerio de Trabajo. Toda una invitación en nuestro tiempo a PREFERIRÍA NO HACERLO.
A ello se une algo, que sí constata Gascón, la realidad de cierta inversión de la curva normal de ingresos, “los jubilados arriba y los trabajadores abajo”, a la luz de las cuantías medias entre pensiones y salarios. Nada bueno puede suceder cuando es la economía de la empresa y el trabajo asalariado, en estos procesos de desvalor laboral quien financia las pensiones, y en general todo el Estado del Bienestar, con sus servicios públicos. Si el trabajo asalariado se vuelve un mal bíblico que eludir, y eso parece que está latente en las actuales críticas al capitalismo, con un marxismo postmoderno, lo que se terminará demoliendo es el propio Estado del Bienestar, en perjuicio, sobre todo, de las masas de trabajadores. Corresponde, en consecuencia, al Derecho del Trabajo atender a esta nueva realidad, a este cansancio colectivo de los nuevos Bartbelys, y volver a recuperar el valor del trabajo que fundamentó las grandes transformaciones sociales desde dentro del modelo liberal de producción.
“Seguramente será necesario intensificar la participación de los trabajadores en las decisiones de las empresas y articular cauces de reparto de beneficios empresariales en las plantillas, así como cambiar normas de tiempo de trabajo, que confíen más en la autonomía del trabajador, con menos control de presencia, y mejores evaluaciones del desempeño”
Es muy útil el libro de Gascón en esta tarea, aunque se mantenga lejano del análisis jurídico laboral. Su crítica a las teorías del decrecimiento de la producción y el consumo, a veces presentadas artificiosamente como consecuencia del cambio climático, bien expresada en el lúcido capítulo 11, “A grandes males, decrecientes remedios”, es un buen punto de partida. No se trata de impedir salir de la pobreza a países que nunca fueron desarrollados, cuando la están reduciendo en el siglo XXI, ni de volver al proteccionismo mercantil y laboral o renacionalizar la política económica, tampoco de participar de estos procesos de desvalor del trabajo, que erosionan de manera corrosiva las sociedades liberales del bienestar más prósperas. Se trata de regular bien las nuevas formas de trabajo, de atender y escuchar las demandas de las generaciones más jóvenes, de reformular el fundacional pacto social capital y trabajo ante las enormes transformaciones demográficas, digitales, climáticas e internacionales del siglo XXI, para aumentar la productividad y asegurar la sostenibilidad del Estado del Bienestar. De nuevo, la resistencia pasiva del PREFERIRIA NO HACERLO, nos enfrenta ante retos similares a la cuestión social del siglo XIX en contextos históricos bien distintos.
Constata Gascón cómo tras la pandemia se dieron fenómenos, especialmente en sociedades de pleno empleo, de gran dimisión, lo que propició millones de bajas voluntarias en las empresas y una enorme movilidad laboral, con incrementos de salarios y mejoras de las condiciones profesionales. En otras sociedades, de menos empleo, pero mayor Estado de Bienestar, como puede ser la española, seguramente estos síntomas se reflejan en un gran absentismo por razones de salud, como acreditan todos los informes empíricos de bajas médicas. Tanto la foránea gran dimisión, como el aquí gran absentismo laboral, son síntomas de un malestar colectivo que obliga a la reflexión en el debate jurídico. Frente a propuestas de desvalor del trabajo y trabajar menos, con un decrecimiento que terminaría afectando a peores salarios, son necesarios enfoques que vuelvan a revalorizar el trabajo, trabajando mejor y con mayor productividad, con atención a necesidades de conciliación familiar y cuidado desde el apoyo público social, sin internalizar costes para las empresas que son las que pagan salarios, con nuevos moldes europeos de flexi-seguridad laboral que atienda la disrupción de la economía digital y la inteligencia artificial, así como los nuevos riesgos psicosociales y los problemas de salud mental en sistemas que deben ser profundamente renovados y modernizados. Seguramente será necesario intensificar la participación de los trabajadores en las decisiones de las empresas y articular cauces de reparto de beneficios empresariales en las plantillas, así como cambiar normas de tiempo de trabajo, que confíen más en la autonomía del trabajador, con menos control de presencia, y mejores evaluaciones del desempeño. Observa agudamente Gascón que nadie en su lecho de muerte va a lamentar no haber hecho más horas extras, pero, añado, es probable que tampoco se angustie al valorar cuánto tiempo de sus jornadas laborales fue dedicado a leer el Marca.
Cabe una última reflexión, que participa de la irónica paradoja antes mencionada en relación con la huelga y sus tintes de Bartleby. Es común, entre los derechos laborales, reconocer el derecho a la ocupación efectiva, como manifestación del derecho al trabajo. La actitud del protagonista del relato de Melville es decidir no ejercer, curiosamente, este derecho, y mirar al vacío desde su puesto de trabajo. Pero la abulia postmoderna puede convertir la transgresión y la rebeldía en todo lo contrario, en exigir a la empresa una ocupación efectiva, pues la principal forma de acoso laboral, condenable, consiste en tener un trabajador en este vacío. Igual, en nuestro tiempo, Bartleby habría utilizado un protocolo interno de acoso laboral en la empresa por, en anverso, a su memorable frase, ser contratado para no hacer nada. Y con ese acto rebelde activar la metáfora de la transformación de un nuevo renacer del valor social del trabajo.






