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REVISTA96

ENSXXI Nº 96
MARZO - ABRIL 2021

Por: JOSÉ ARISTÓNICO GARCÍA SÁNCHEZ
Decano honorario
Presidente de El Notario del Siglo XXI


LOS LIBROS

El autor de Calle Este-Oeste destapa la turbia trama integrada por espías, exfascistas, agentes dobles, clérigos y algún obispo filonazi, que facilitaba a los nazis fugitivos la huida hacia Sudamérica y colaboraba con el bloque anticomunista durante la guerra fría en los años cincuenta

Ruta de escape (Ed. Anagrama, 2021). Ese es el título del libro en español. Se refiere a la ruta migratoria del Reich, la Ratline -literalmente en inglés línea de ratas- es decir, a las rutas de escape utilizadas por los nazis a partir de la rendición para huir a Sudamérica, considerada lugar seguro por estar gobernada por líderes comprensivos como por ejemplo Perón en Argentina, ruta por cierto controlada por los estadounidenses porque eso les permitía elegir entre los fugitivos a los que mejor pudieran servir a sus fines de inteligencia y espionaje durante la guerra fría de aquellos años.

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Durante siglos Robespierre y el Club de los Jacobinos que dirigió han estado asociados a  ideas de represión, muerte,  terror y guillotina. Tuvieron que pasar casi dos siglos para que,  después de cientos de biografías y estudios sobre la figura más simbólica de la Revolución de 1789, se empezara a poner en duda ese perfil de visionario psicópata sanguinario y fanático que desde el día de su ejecución se divulgaba acríticamente, y comenzara a entreverse un nuevo perfil de ciudadano recto, encarnador modélico del paradigma republicano y virtuoso implacable que consiguió mantener con firmeza los ideales revolucionarios frente a los enemigos internos de la patria, que los había y muy poderosos,  y los ejércitos extranjeros. Realmente su ejecución el 9 Termidor II,  28 de julio de 1797 en el calendario gregoriano, fue una fecha históricamente crucial. Ese día se interpreta como el primer golpe de Estado oficial  de nuestra civilización, y ese día sonó el toque a rebato para que, de manera envilecida y perversa, se cargaran sistemáticamente sobre él y los jacobinos todos los excesos y desvíos sangrientos de los Tribunales Revolucionarios y del Comité de Salud Pública, incluso los cometidos por los promotores de esa Reacción Termidoriana, centristas de la llanura que, con el pretexto aparente de acabar con los desmanes sangrientos, instauraron el  primer Gobierno organizado, el Directorio,  y frenaron el proceso revolucionario que de hecho quedó abortado el mismo día de la ejecución de Robespierre.

"Quizá su error, grave error desde luego,  fue asumir el protagonismo esencial del sueño de la república virtuosa.  Esto tuvo el efecto positivo de ser valorado como la personificación de la revolución extrema, y la contrapartida, como así ocurrió, de poder ser el chivo expiatorio perfecto del festival de muertes arbitrarias en que había degenerado el Tribunal Revolucionario"

Legitimistas, girondinos y contrarrevolucionarios, todos creyeron liberarse de sus vergüenzas cargando en exclusiva sobre los jacobinos la culpa de todos los excesos y  desmanes,  y un silencio culpable que duró décadas llevó a toda una sociedad abochornada al intento de relegar al olvido a cualquiera que quienes pretendiera hacer revisión, aunque fuera desde el plano indirecto de la ironía, de las conductas revolucionarias y de la actitud jacobina, caso de escritores tan ilustres como Anatole France y su novela –comentada recientemente en estas páginas en la edición del notario Xavier Roca-- Los dioses tienen sed.

"Defensor de la libertad de prensa, de la igualdad civil, de la responsabilidad y la soberanía popular, apoyó la concesión de ciudadanía plena a protestantes y judíos,  y en un proceso místico de sublimación revolucionaria bajo la influencia del divino Rousseau,   concibe la república como un centro de felicidad que solo una ciudadanía virtuosa  puede hacer posible"

Fue a partir del bicentenario de la Revolución, 1989, cuando la opinión generalizada fue inclinándose a abandonar el cliché prefabricado que pintaba a Robespierre de psicópata paranoico y depravado, sustituyéndolo por el que realmente lo representa, el arquetipo,  intransigente y visionario eso sí,  de la pureza revolucionaria. En  esta tendencia revisionista se alinean también las dos biografías de Maximiliane de Robespierre que casi simultáneamente aparecieron en nuestro país a fines del año pasado. Una es pura biografía histórica rigurosamente documentada, Robespierre, una vida revolucionaria, editada el pasado septiembre en Barcelona (Ediciones Península, septiembre 2012),  escrita por  un historiador profesional australiano especialista en la Historia de Francia, Peter McPhee, y fundamentada en una bibliografía apabullante. La otra es una novela histórica, pero tan documentada y rigurosa como cualquier compendio de historia, que añade a los datos reales una magnífica historiografía crítica, filosófica y literaria del personaje y de la época. Se publicó dos meses después, en Noviembre del año pasado, con el simple título Robespierre (Galaxia Gutenberg Círculo de Lectores, Barcelona 2012),   y se debe a  un acreditado y galardonado escritor y ensayista, Javier García Sánchez. Es el fruto de treinta años de trabajo e investigación, y en nada desdice, en cuanto a precisión  histórica, de las obras estrictamente biográficas, con la ventaja de hacer una espléndida recreación del Paris revolucionario, esa ciudad puta y santa (sic) que a su llegada a Paris en 1793 produjo en el protagonista de la novela, un joven de quince años que iba a trabajar como amanuense de un personaje carismático de la revolución, una ligera brisa en el cuello y un olor especial procedente sin duda del Artefacto, la Máquina reina de la ciudad, la guillotina. García Sánchez declara haberse acercado al personaje biografiado por pasión, por espíritu de cruzada, y haberlo hecho, según dice, con orgullo por contribuir a que la verdad no sea falseada, y con ira hacia quienes la ocultaron o falsearon.

"Fue una decisión determinante, un paso sangriento al que estaban fatalmente abocados para salir de la encrucijada a la que se enfrentaron los jacobinos y que nadie como Camus en El hombre rebelde ha descrito mejor:  alzados contra la muerte, quisieron edificar sobre la especie una feroz inmortalidad viéndose obligados a matar a su vez. No obstante, si retrocedían tenían que aceptar la muerte y si avanzaban tenían que matar"

Una y otra coinciden en mostrarnos al primer Robespierre como un niño pausado, razonable y laborioso, educado en las disciplinas y rigores escolásticos, un joven inteligente, ambicioso y resuelto, y un hombre moderado, recto y virtuoso, de férreas convicciones e implacable; un ciudadano recto y virtuoso, decididamente contrario a la pena de muerte, a los privilegios de casta (eliminó el prefijo distintivo “de” de su apellido), a los odiosos perjuicios de clase contra los bastardos o de género contra las mujeres, y a los castigos degradantes, y luchador por la elección directa de los representantes del tercer estado, zahiriendo mordazmente los privilegios de la clase aristocrática y los lujos del segundo estado, el clerical. Defensor de la libertad de prensa, de la igualdad civil, de la responsabilidad y la soberanía popular, apoyó la concesión de ciudadanía plena a protestantes y judíos, y en un proceso místico de sublimación revolucionaria bajo la influencia del divino Rousseau, concibe la república como un centro de felicidad que solo una ciudadanía virtuosa  puede hacer posible. En su madurez, desde el  Club Jacobino que presidía, desde los Estados Generales, desde la Asamblea Nacional y Legislativa y desde la Convención, pues en todas ellas intervino, olvidándose de la política, de las guerras y de los enemigos poderosos que iba cosechando, se entregó como un poseso a implantar sus programas de reforma política y social, a la búsqueda enloquecida del republicanismo ideal y virtuoso que su mente iluminada imaginaba. Pronto sin embargo empezó a desesperar. La falta de integridad de algunos de sus correligionarios, la desidia y algún desmán de los propios republicanos, y sus nervios no siempre temperados le llevaban con frecuencia al borde mismo del colapso. Y pese a espantarle la violencia y más aún el derramamiento de sangre, se fue convenciendo en su interior de que sin la fuerza no se podría imponer el bien supremo de una republica virtuosa y feliz. Su aceptación de la virtud extrema como principio supremo, indica Hegel, abrió paradójicamente en la mente de los jacobinos la puerta del terror. La moral, cuando es formal, devora, dijo Saint-Just, el jacobino más ilustrado junto a Robespierre, que ya lo proclamó abiertamente: o las virtudes o el terror, porque la virtud misma se une al crimen en las épocas de anarquía. Fue una decisión determinante, un paso sangriento al que estaban fatalmente abocados para salir de la encrucijada a la que se enfrentaron los jacobinos y que nadie como Camus en El hombre rebelde ha descrito mejor: alzados contra la muerte, quisieron edificar sobre la especie una feroz inmortalidad viéndose obligados a matar a su vez. No obstante, si retrocedían tenían que aceptar la muerte y si avanzaban tenían que matar.

"Su ejecución el 9 Termidor II,  28 de julio de 1797 en el calendario gregoriano, fue una fecha históricamente crucial. Ese día se interpreta como  el primer golpe de Estado oficial  de nuestra civilización, y ese día sonó el  toque a rebato para que, de manera envilecida y perversa, se cargaran sistemáticamente sobre él y los jacobinos todos los excesos y desvíos sangrientos de los Tribunales Revolucionarios"

En el fondo el drama de Robespierre es haber sustituido la política por la moral. Su obsesión por la virtud individual y colectiva le llevó a convertirse en un moralista implacable,  empecinado en imponer a cualquier precio, incluso por la violencia, su ideal utópico de una república democrática y virtuosa, un sueño de perfección ciudadana que devolviera al hombre al estado de felicidad que había descrito Rousseau, autor de cabecera que Robespierre recitaba de memoria. Hoy el juicio de la historia sobre este revolucionario ha cambiado. El Terror no fue obra suya, fue un régimen de intimidación dirigido por la Convención Nacional y por todos los patriotas que, puesto en marcha a través de Tribunales populares, nadie fue capaz de controlar. Hoy se sabe que apenas en cuatro o cinco ocasiones dio el visto bueno personalmente a la pena de muerte y, aunque no rechazó en principio la justice du peuple  con la  patrie en danger, nada tuvo que ver con las ejecuciones en masa, que repudiaba.   Incluso en 1793, en pleno auge del Terror, presentó una moción en el Comité y en la Convención rechazando que el pueblo pudiera imponer su voluntad al Gobierno, a quien deben corresponder en exclusiva las ejecuciones. Quizá su error, grave error desde luego, fue asumir el protagonismo esencial del sueño de la república virtuosa, de la pureza revolucionaria, de la regeneración moral obligatoria y de la tiranía de la virtud.  Esto tuvo el efecto positivo de ser valorado como la personificación de la revolución extrema, el prototipo implacable, inexorable e incorruptible –este era su apodo--, del rigor revolucionario que por esencia conduce fatídicamente al exceso y al horror, y la contrapartida, como así ocurrió, de poder ser el chivo expiatorio perfecto del festival de muertes arbitrarias en que había degenerado el Tribunal Revolucionario. La propia Convención Nacional donde habían tomado asiento girondinos no confesos, ultrarrevolucionarios herberistas, jacobinos ávidos de venganza, indulgentes dantonianos, contrarrevolucionarios de la llanura, incluso diputados temerosos que se estremecían cuando Robespierre en sus discursos aludía a los culpables de los excesos del terror por si los incluía, todos se conjuraron para calumniarle y pedir su muerte junto con la de otros jacobinos, entre ellos Saint-Just y Couthon. Todos en número de 21 y en juicio sumarísimo,  pues como advirtió un liberal inglés W. Miles presente en París, en proceso ordinario jamás acabarían con hombre tan extraordinario, fueron guillotinados en la Plaza de la Concordia el 28 de julio de 1792. Ese mismo día en forma taimada y vertiendo traidoramente sobre Robespierre los desmanes que ellos mismos habían ocasionado, empezó como se dijo al principio, el aluvión de críticas y acusaciones calumniosas contra El Incorruptible, que fue denostado de tirano, paranoico o déspota, y comparado alevemente con los grandes genocidas de la historia. Hoy se sabe también que, como ya se dijo, se produjo también el primer golpe de Estado de la burguesía liberal que truncó la revolución y condujo al Directorio y al Imperio. Ese día, cierto es, quedaron consolidadas indudables conquistas sociales, como la soberanía popular, el gobierno constitucional, la igualdad legal y religiosa, o el fin de los privilegios corporativos y del señorío. Pero otras medidas que Robespierre demandaba como algo intrínseco a una república virtuosa, la educación gratuita y laica, o el bienestar social de enfermos, desempleados y débiles, debieron esperar décadas para hacerse realidad.

"Ambos llegan a la misma conclusión: su obsesión  de imponer de forma implacable su visión de la república democrática y virtuosa le abocó a tolerar lo que detestaba, conforme a una máxima ciertamente discutible: el terror, sin virtud, es desastroso; la virtud sin terror es impotente"

Para García Sánchez, cuya historia novelada en 1.200 páginas asombrará al lector por su ambiciosa documentación y brillante desarrollo, Robespierre no fue la cabeza del terror, sino su víctima. Su fanatismo por la virtud, un faro en su pulso vital, dice McPhee en su obra de historiador profesional, fue la causa de la deformación sistemática de su figura por tibios y mediocres. Ambos llegan a la misma conclusión: su obsesión de imponer de forma implacable su visión de la república democrática y virtuosa le abocó a tolerar lo que detestaba, conforme a una máxima ciertamente discutible: el terror, sin virtud, es desastroso; la virtud sin terror es impotente. Su obstinación por sustituir la política por la moral estricta, como la de sustituir la equidad y la justicia por la legalidad rigurosa, puede engendrar aberraciones. Ya Terencio condenó el derecho extremado como una suprema perversión, ius summum saepe summa malitia est, y Cicerón en De offitiis acuñó lo que hoy es un apotegma universal:  summum jus, summa injuria.

Por:

JOSÉ ARISTÓNICO GARCÍA SÁNCHEZ
Decano honorario

LOS LIBROS

Acaba de aparecer –y esto de por sí ya es un hito importante-- el Tomo doce y último de la gran Historia de España dirigida por dos  catedráticos,  uno emérito de la Universidad Pompeu Fabra, José Fontana y otro de la Universidad de Santiago, Ramón Villares, y editada también  por dos A la espera del Tomo 10, España en democracia encomendado a  Santos Juliá, único que falta, el recién aparecido Tomo doce cierra un magnífico trabajo que ha dinamizado por caminos novedosos la historiografía contemporánea de España. Siete de los doce tomos están dedicados a los dos últimos siglos de nuestra historia. editoriales una asentada en Madrid (Marcial Pons) y otra en  Barcelona (Ed.  Crítica).

"Tratan de recorrer el surgimiento y la evolución a lo largo del tiempo de las visiones sobre este territorio y ese conjunto humano al que hace referencia la palabra España"

No se trata de una historia colectiva más al estilo de las magníficas en su modelo de Ramón Menénez Pidal o de Jaime Vicens Vives. Los autores son también historiadores profesionales pero quieren plantear a la sociedad del siglo XXI el debate sobre el significado del pasado colectivo de los españoles con una voluntad decidida de supervisar las posiciones nacionalistas o esencialistas que tanta acritud han vertido sobre tertulias y discursos políticos en el siglo XX y en lo que va del actual, declarando una voluntad decidida de construir una imagen de la España actual como una sociedad abierta,  integrada en el plano europeo y mundial y con sensibilidad por la pluralidad y la diversidad cultural. Ninguno trata de manifestarse con alegatos políticos partidistas, cada tomo debe ser solo  el resultado de la práctica normalizada de un trabajo intelectual. Así se lo propusieron Pedro Ruiz Torres en el Tomo 5º, Reformismo e Ilustración,  con la interpretación de los acontecimientos de 1714, y lo mismo hizo nuestro conocido Borja de Riquer en el Tomo 9 sobre La Dictadura de Franco. Y este es también el propósito de los autores  del Tomo que comentamos, La historia de España, Visiones del pasado y construcción de identidad (Ed. Critica/Marcial Pons, 2013), que de forma transversal tratan de recorrer el surgimiento y la evolución a lo largo del tiempo de las visiones sobre este territorio y ese conjunto humano al que hace referencia la palabra España. Los autores,   Álvarez Junco y Gregorio de la Fuente, ambos de la Complutense, hacen un precioso ensayo  panorámico sobre la evolución de las visiones míticas e históricas del pasado español desde sus orígenes  hasta el año 1975, fecha que no han querido sobrepasar para evitar roces con personajes vivos. La obra, que además de una extensa tabla cronológica y un índice alfabético muy completo, va seguida de  un sugerente anexo  con documentos y testimonios originales muy ilustrativos de Isidoro de Sevilla, Alfonso el Sabio, Juan de Mariana y Modesto Lafuente, los prólogos de la Historia General de España de Morayta  y de la Leyenda Negra de Juderías, textos de Ortega, Menéndez Pidal, Calvo Serer, Laín Entralgo, Americo Castro, Sánchez-Albornoz,  Bosch-Guinperá y Vicens Vives sobre el  significado que cada uno de ellos da a  la palabra España, contiene  un análisis magistral desde las representaciones mágico-religiosas del Paleolítico hasta los grandes paradigmas de la segunda mitad del siglo XX, con un serio análisis de las posiciones de la última dictadura y las respuestas contestatarias de la izquierda desde dentro y del nacionalismo desde la periferia, con sugerentes escalas en el historicismo liberal, en las visiones románticas, en el compromiso historiográfico de Lafuente y Canovas,  y en la revitalización romántica de lo local a fines del siglo XIX. A este erudito mapa cambiante de las visiones de la historia de España desde dentro y desde el extranjero, añade Carolyn Boyd, catedrática de Historia Contemporánea de la Universidad de California, un documentado estudio sobre la intencionalidad política de los textos escolares en España, tradicionalmente intervenidos desde las instituciones eclesiásticas o desde los Consejos de Instrucción Pública, explayándose primero contra el sesgo de la política unitaria del franquismo y después  contra el que domina obsesivamente la situación actual,  cuestionando la utilidad tanto de los enfoques eurocéntricos como de los enfoques nacionalistas,  que en su deriva esencialista y excluyente considera incompatibles por naturaleza con los valores democráticos. La obra se cierra con otro apéndice, éste del catedrático de la Universidad de Florida, Edward Balker,  que contiene un agudo estudio sobre el significado e intención de la denominada cultura conmemorativa, es decir de las prácticas político-culturales de exaltación nacionalista de fechas, hitos y símbolos, y de culto mitómano a hechos puntuales que se magnifican o suprimen caprichosamente, con ejemplos certeramente apuntados por este eximio hispanita que le hacen concluir que bueno sería no perder de vista que más allá y más acá del 1 y el 2 de mayo, del 12 de octubre, del 6/8 de diciembre, de las díadas y los egunas, los días restantes del año son laborables.

"La obra se cierra con otro apéndice, éste del catedrático de la Universidad de Florida, Edward Balker,  que contiene un agudo estudio sobre el significado e intención de la denominada cultura conmemorativa, es decir de las prácticas político-culturales de exaltación nacionalista de fechas, hitos y símbolos, y de culto mitómano a hechos puntuales que se magnifican o suprimen caprichosamente"

Aunque se integre en varios tomos no estamos ante una obra elitista, de consulta o para iniciados, su cuidada redacción hace fácil su lectura y pone su contenido al alcance de toda la población cultivada en este país, como lo demuestra que de cada tomo se hayan vendido entre 50.000 y 60.000 ejemplares, cifra notable en el panorama actual que quizá se explique por el cada vez más candente tema de los nacionalismos excitados con cualquier excusa por los políticos. Quizá sea obligado ahora recordar otra obra histórica memorable Premio Nacional de Historia 2012 del catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona, Ricardo García Cárcel que con el título La herencia del pasado, las memorias históricas de España (Editorial Galaxia Gutenberg, Circulo de Lectores, Barcelona 2011) ha marcado un hito en la investigación histórica de las versiones,  épicas y realistas, del ADN identitario de las sufridas Españas cuya tercera edición acaba de aparecer. En una lucha tenaz contra la manipulación de la historia,  comenta tanto la difusión durante la dictadura de los viejos mitos de la España imperial como la actual entronización autonómica de los mitos del imaginario épico y lírico --bucle melancólico lo llamó Juarista--, por los nacionalismos al uso. Y lo hace no vertiendo opiniones más o menos orientadas sino aportando exhaustivamente, casi hasta la extenuación, con sentido crítico y metodológicamente riguroso,  datos y documentos que exorcizan mitos y leyendas y que abordan el pasado sin complejos. Nunca se había hecho un ejercicio de investigación tan intensivo y documentado sobre los nacionalismos, sus orígenes, sus promotores, sus símbolos y sus apologetas como el que se contiene en las páginas de esta obra cuya lectura,  en una actualidad tan tensionada por el nacionalismo catalán,  debe aconsejarse tanto  a integristas como a nacionalistas.

"En una lucha tenaz contra la manipulación de la historia,  comenta tanto la difusión durante la dictadura de los viejos mitos de la España imperial como la actual entronización autonómica de los mitos del imaginario épico y lírico --bucle melancólico lo llamó Juarista--, tener en cuenta"

A tener en cuenta
Tampoco podemos pasar de largo ante la reedición (Editorial Gredos, Madrid, 2013) de la magnífica biografía de Séneca escrita por el gran latinista francés Pierre Grimal que en una primera parte hace una magistral biografía del filósofo cordobés y en la segunda un análisis certero de su doctrina  --la estoica culturalmente dominante sobre la  epicúrea-- y de sus obras,  añadiendo en un apéndice un espléndido estudio cronológico y filosófico de las  Epístolas Morales a Lucilio. La precisión, erudición y talento de Grimal garantizan un producto de primer nivel, un clásico de fácil relectura y consulta imprescindible. De interés indudable es también la biografía política del que fue Secretario General de la ONU en 1997 a 2006, los años más convulsos de la historia reciente, el ganés Kofi Annan, premio Nobel de la Paz, que con el título Intervenciones, una vida en la guerra y en la paz acaba de aparecer (Taurus, Madrid, 2013). Es una historia de la diplomacia global, unas memorias reveladoras sobre los conflictos más envenenados del pasado reciente del planeta: el 11-S,  la guerra de Irak, Hezbolá y el Líbano, las masacres de Somalia, Ruanda o Bosnia, que nos permiten  averiguar cosas inesperadas como que fue Sadam Husseim quien alimentó el temor de que poseía armas de destrucción masiva como disuasión a los que consideraba enconados enemigos,  Irán e Israel, fanfarria que le costó la vida y la invasión de su pais.

Fenómeno editorial
Y entrando en el campo de la literatura de evasión, tan propicia en fechas estivales,  bueno será dar noticia de la última novela de E. Carrere, Limonov, Prix des Prix 2011, (Anagrama, Barcelona 2013), una novela biográfica de un personaje excesivo, un hombre desmesurado, mítico y golpista, héroe y fracasado, suicida y descarado,  pero en cualquier caso un hombre apasionante en el marco histórico de la gladnost y de la liberación rusa que el autor describe con detalle, novela excelente que merece un análisis  más detenido en el futuro.

"Novela biográfica de un personaje excesivo, un hombre desmesurado, mítico y golpista, héroe y fracasado, suicida y descarado,  pero en cualquier caso un hombre apasionante en el marco histórico de la gladnost y de la liberación rusa"

Y  ya metidos  en la literatura de evasión no podemos dejar de hacer referencia al fenómeno editorial del momento. Una verdadera eclosión editorial. La ha protagonizado un suizo veinteañero, Joel Dicker, nacido en Ginebra en Junio de 1985. Era un escritor desconocido, autor de cinco libros, el último una novela,  su primera novela escrita en 2010, Les derniers jours de nos péres de escaso éxito en su día aunque recibió el Prix des ecrivains genevois. Pero de repente, su segunda novela, La verité sur l’affaire Harry Quebert que vio la luz en Paris el año pasado (Edition de Fallois/L’Age de Homme, 2012), se ha convertido en el fenómeno editorial del año. Número uno de ventas en lengua francesa, 750.000 ejemplares en unos meses, vendidos los derechos para una versión cinematográfica y para su traducción a 33 idiomas, estrella rutilante de la Feria de Francfurt, lleva camino de convertirse en un fenómeno planetario. Los derechos en lengua española los adquirió en Francfurt el grupo Santillana,   que a rebufo de esta estela fulgurante,  tiene ya en proyecto traducir y editar también la antes citada primera novela de este autor. Ésta, ya en librerías bajo el título La verdad sobre el caso Harry Quebert  (Alfaguara, Madrid 2013) lleva la misma carrera meteórica de  ventas.
Es un thriller, un thriller descomunal, rico en peripecias, en engaños, en traiciones y pistas engañosas, en lances, sustos y sorpresas, a cuyo través campean por sus respetos todas las pasiones humanas, especialmente una matizada historia de amor prohibido de un profesor con una jovenzuela dislocada. La obra parece autobiográfica. Markus, el protagonista, que podría ser el propio Dicker, ha perdido la inspiración después del éxito de su primera novela. El editor le apremia y, acosado por el síndrome de la página en blanco, decide visitar  a su maestro Harry Quebert; allí averigua que éste tuvo una relación secreta con una menor, cuyo cadáver aparece 30 años después, precisamente en el jardín del profesor amante. Markus, el protagonista, se propone averiguar los hechos para salvar a su maestro y mentor.

"Sobre todo recuerda al gran Philip Roth y lo hace también de forma tan descarada que más parece homenaje que inspiración o plagio.Pero a la vista está que con sus agobiantes peripecias y enredos no alcanza el vigor y la sencilla maestría del gran autor americano."

Ciertamente la obra no carece de créditos. Ha recibido el Grand Prix de novela dela Academia Francesa, el Premio Goncourt des Lyceens,  el premio de la revista Lire a la mejor novela en lengua francesa, solo por un voto perdió el mayor premio literario francés, el Goncourt, es candidata para otros premios relevantes... Y es que superando el handicap que supone el estereotipo de equiparar un superventas con una obra alicorta y demagógica, la obra tiene méritos indiscutibles.  Dicker se muestra como un hábil constructor de tramas, un maestro en la introducción escalonada de personajes,  en el montaje de situaciones, en la gradación del impacto dramático,  en la dosificación de información, en el dominio de los tempi... Hay muchas vicisitudes y muchos ardides con los que consigue captar al lector e inocularle esa angustia que le empujará irresistiblemente  a continuar la lectura hasta llegar al final. Es una técnica heredada de  los autores de superventas, pero que Dicker ha perfeccionado significativamente con un sesudo escalonamiento  de sorpresas inesperadas -no siempre creíbles--,  que dan giros repentinos a la línea argumental de la trama y espabilan al lector.  Con esa técnica narrativa y un montaje intertemporal de permanentes flash-backs desde 2008 fecha de la ficción a 1998 y sobre todo a 1975 fecha del asesinato, la obra se desarrolla en forma de thriller o novela de intriga, cruzada como ya se ha dicho con una historia de amor proscrito que le sirve de contrapeso emocional. Y enmarcando la obra hay dos historias más. Una de escritores,  un curso de didáctica literaria, una historia en la que maestro y alumno departen sobre el oficio de escribir, y sus  reflexiones sobre la génesis de un libro o sobre las enfermedades del escritor, el pánico a la página en blanco,  o su contraria no  querer escribir más y ser incapaz de dejarlo, sirven al autor con frecuencia de leit-motiv de los sucesivos capítulos de la obra.  Y mas en lontananza otra historia, esta política,  narrada por cierto de forma insustancial,  la historia de EEUU entre 1975 y 2008 --año de la elección de Obama-- narrada por cierto de forma insustancial  desde la óptica del pequeño pueblo de la costa de Nueva Inglaterra  donde  se desarrolla la acción:   Historias sobrepuestas que engordan la trama y suavizan quizá la tensión de la intriga.

"Son varias historias,  pero todas están subordinadas a la básica de intriga. Una intriga técnicamente dosificada que esclaviza al lector con su poderosa  vis  atractiva, pero a la que sacrifica los demás elementos que podrían haber dado calidad a la novela"

La obra es tributaria de las grandes obras americanas de la novela negra. Se ven en Dicker grandes rasgos de Steinbeck, de Nabokov (el protagonista casi lo confiesa con el nombre, Nola, que da a su lolita),   también de Larson (técnica que Millennium), pero sobre todo recuerda al gran Philip Roth y lo hace también de forma tan descarada que más parece homenaje que inspiración o plagio: el escritor protagonista de Dicker, Markus, es judío como Roth y nació en Newmark como Roth, que hizo de su pueblo natal el epicentro de toda su obra. La acción se desarrolla en un pueblecito de la costa este de Nueva Inglaterra, Aurora, similar a la Athena de Roth, y la línea argumental de Dicker  recuerda significativamente la de La Tache... etc. Pero a la vista está que con sus agobiantes peripecias y enredos no alcanza el vigor y la sencilla maestría del gran autor americano. Por ahí le han llegado las primeras críticas de sus incondicionales que le acusan de imitación de la novela americana de intriga.  Irónicamente algún crítico francés se ha preguntado cómo han podido los académicos de Paris dar un premio de la lengua francesa a una novela americana aunque esté escrita en francés. No parece desde luego que las obras literarias deban valorarse por la nacionalidad, pero la realidad está ahí, y no toda la crítica francesa, en efecto,  ha sido laudatoria. Le Monde, por ejemplo,  se ha desmarcado ostentosamente de la loa general. También se ha tildado a esta obra de ambición torpe y ramplona,  de ser un pseudo-thriller de imitación,  de basarse en una  intriga pobre y previsible....  Porque ciertamente son varias historias,  pero todas están subordinadas a la básica de intriga. Una intriga técnicamente dosificada que esclaviza al lector con su poderosa  vis  atractiva, pero a la que sacrifica los demás elementos que podrían haber dado calidad a la novela. No busque el lector grandes reflexiones ni personajes inmortales en la obra. Tampoco análisis psicológicos o humanos definitorios. Todo está sacrificado a la intriga, hasta la coherencia de los personajes y la credibilidad de la historia que, a fuerza de giros inesperados e ilógicos, se vacía de  credibilidad,   fuerza y coherencia. La obra, en efecto, a medida que van sucediéndose las sorpresas, va degenerando hacia el folletín,  y el lector, aunque tenga irremisiblemente cautivada su atención, a medida que vaya creciendo su estupor, verá crecer también el descreimiento y la decepción. Pero como se ha dicho no carece de méritos,  y como literatura de evasión puede encabezar cualquier elenco. El mayor riesgo de esta novela es su capacidad para enganchar fatalmente.

 

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