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REVISTA93

ENSXXI Nº 94
NOVIEMBRE - DICIEMBRE 2020

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Por: MIGUEL ÁNGEL AGUILAR
Periodista


LA PERSPECTIVA

En el prólogo del libro Prision blues. Retratos de política, crimen y castigo de Jaime Rull está escrito que, al menos desde el estreno en 1993 de la película Todos a la cárcel, que protagonizan José Sazatornil, Juan Luis Galiardo, José Luis López Vázquez, Agustín González, Santiago Segura, Amparo Soler Leal, Eusebio Lázaro, Marta Fernández Muro y Torrebruno, las relaciones de la ciudadanía con las Instituciones Penitenciarias han ido evolucionando a tenor de con la diversificación del origen social de los reclusos que iban ingresando en esos establecimientos sin pase de pernocta. El Código Penal fue haciendo estragos progresivos en los ámbitos sociales más distinguidos. De modo que aquella distinción entre bajos fondos y altas esferas se invirtió, como en la novela de Jesús Pardo de Santayana, para derivar en bajas esferas y altos fondos. En todo caso debemos precavernos contra los espejismos y otras ilusiones ópticas porque de la visibilidad que ha alcanzado la corrupción en España en modo alguno deriva que el nuestro sea un país corrupto. Que hayamos visto ingresar en prisión a los dirigentes de los partidos que se han ido relevando al frente de los gobiernos municipales, autonómicos o nacionales, según eran condenados por los Tribunales como reos de abusos, apropiaciones y prevaricaciones varias, es la mejor prueba.

Ante ese alud de casos, los bufetes más prestigiosos que se habían esmerado en el cultivo del derecho civil, mercantil o contencioso y que apenas atendían al derecho penal, hubieron de reforzar ese último departamento. Se advertía que las áreas de impunidad dejaban de estar garantizadas por el aforamiento, cuya extinción reclamaban algunos justo hasta el momento de empezar a disfrutarlo. Y pasaba a ser de estricta observancia el cumplimiento de los deberes tributarios y a someterse al escrutinio más exigente a quienes manejan los caudales del erario público. Así que los penalistas, cuyas expectativas profesionales y económicas eran de tercera clase, pasaron a ser los primeros de la fila. Las cárceles se estaban abriendo sin discriminación alguna para acoger a huéspedes de postín, procedentes de las elites más encumbradas, justo al mismo tiempo que su ubicación se alejaba de las ciudades. El derribo de los viejos edificios de las cárceles, que habían ido quedando en los centros urbanos de Madrid, Barcelona y demás capitales autonómicas y provinciales, hizo aflorar solares muy codiciados por los ayuntamientos que enseguida los recalificaron con el lucro emergente para la explotación inmobiliaria que puede imaginarse. Los municipios, que siempre quieren ser la sede de universidades, casas de cultura, instalaciones deportivas u hospitales, mostraban resistencia inicial al emplazamiento de centros penitenciarios considerando que serían un polo de atracción del lumpen indeseable. Pero, vista la categoría de los nuevos huéspedes que en ellos se alojaban, los munícipes enseguida se convencieron de las ventajas que reportaba aceptar la erección de esos establecimientos sobre su suelo. Además, jueces, funcionarios de prisiones, policías nacionales, guardias civiles, personal de limpieza, lavandería y demás servicios generaban empleos indirectos y los abogados y familias de los reclusos de alto poder adquisitivo aportaban un flujo regular de visitantes de fin de semana que constituían una bendición para bares, restaurantes y otras instalaciones de la hostelería o del comercio de la artesanía local.

“La última memoria disponible del Consejo General del Poder Judicial correspondiente a diciembre de 2019 da idea de la dimensión de la cadena hotelera gestionada por la Secretaria General de Instituciones Penitenciarias, capaz de alojar a una población reclusa cifrada en 58.517 personas, de las cuales 92,5% varones y 7,5% mujeres”

La última memoria disponible del Consejo General del Poder Judicial correspondiente a diciembre de 2019 da idea de la dimensión de esta singular cadena hotelera gestionada por la Secretaria General de Instituciones Penitenciarias, capaz de alojar una población reclusa de 58.517 personas, de las cuales el 92,5% son varones y el 7,5% mujeres. De modo que por capacidad resulta ser la tercera cadena de España, solo superada por Meliá y apenas por NH, que suma algunos centenares más de camas, con la diferencia favorable a la red penitenciaria de que ésta tiene garantizada una ocupación permanente sin oscilaciones ni efecto estacional alguno. Momento de subrayar el contraste entre los centros de hace años, etiquetados bajo la denominación cárcel-modelo como el de Carabanchel en la avenida de los Poblados, y los de nueva planta como el de Estremera, a 65 kilómetros de Madrid, un verdadero cinco estrellas, inaugurado el 15 de julio de 2008 por el entonces ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, en compañía de Francisco Granados, a la sazón consejero de Presidencia, Justicia e Interior de la Comunidad de Madrid, quien años después pasaría a ser uno de sus residentes. De la ambición que anima a la red de alojamientos de Instituciones Penitenciarias es buena prueba que el centro de Estremera ocupe más de 36 hectáreas con una superficie construida de más de 90.000 metros cuadrados en la que están dispuestas 1.180 celdas de 11 metros cuadrados cada una, agrupadas en 16 módulos.

“Momento de subrayar el contraste entre los centros que se denominaban cárcel-modelo como el de Carabanchel en la avenida de los Poblados, y los de nueva planta como el de Estremera, a 65 kilómetros de Madrid, que es un verdadero cinco estrellas, inaugurado el 15 de julio de 2008”

Cundía así una nueva sensibilidad a medida que quiénes habían venido recibiendo la admiración pública como próceres encumbrados por la nación agradecida, iban ocupando mayor número de celdas. De ahí que se fuera incorporando a los buenos usos sociales el saludo cortés al paso de los coches celulares asignados a la conducción de los reos por si en su interior invisible pudiera encontrarse algún amigo. Además, sucedía que gentes alejadas desde la cuna del mundo carcelario experimentaban la insospechada sensación de descubrir muy buenas amistades al otro lado de las rejas y de sentirse muy unidos a los justiciables de cuya proximidad durante generaciones habían estado excluidos. El mundo carcelario dejaba de ser un mundo raro por muy amurallado que permaneciera. Y como solo por sus accesos, rigurosamente vigilados, está permitido el paso en ambos sentidos -de afuera a dentro o de adentro a fuera- cuando entre los reclusos figuran algunos de suficiente notoriedad, los periodistas hacen guardia informativa. De ellos se espera que dirijan una mirada lúcida y que como vigías conviertan, llegado el caso, esa mirada en fotografía. Son fareros a la intemperie que resisten o sucumben a los mecanismos perversos del odio, de la ira y del culto a la fatalidad.
Aceptemos que es la atención y la diligencia del periodista la que, al difundir los hechos seleccionados con ese propósito, transforma sus propias percepciones visuales y acústicas en acontecimientos noticiosos, a la manera en que el astrónomo, cuando privilegia determinados vértices lumínicos, establece las constelaciones. El periodista añade el contexto de la naturaleza que circunda las prisiones y se aplica a escuchar su silencio con los ojos. Solo la presencia en el lugar permite esa observación. Nada puede sustituirla. Continuará.

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