
ENSXXI Nº 128
JULIO - AGOSTO 2026
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Periodismo de inmersión

Periodista
LA PERSPECTIVA
Nada sustituye el contacto personal con la realidad y de ahí que los periodistas deban cumplir de modo inexcusable su función de testigos directos de los hechos, como corresponde al periodismo de inmersión en el acontecimiento, además de mantener su compromiso con la defensa de la libertad de expresión y de prensa, cuya vigencia es indispensable para que prevalezca la democracia.
Porque sin libertades tenemos comprobado que no hay prensa merecedora de ese nombre, que enseguida degeneraría en propaganda servil. Pero si indagáramos la alternativa inversa, confirmaríamos que, desaparecida una prensa libre, capaz de emplazar al poder y reclamarle explicaciones, tampoco dispondríamos de las libertades ni de la democracia. En definitiva, que sin libertades desaparece la prensa degenerada en mera propaganda, pero, al mismo tiempo, sin una prensa capaz de emplazar de modo permanente al poder, denunciar sus abusos, promover el debate cívico y evitar la oxidación de las libertades por las que luchamos en la Transición para que fueran reconocidas en la Carta Magna de 1978, tampoco prevalecerían las libertades, tal como las conocemos, ni funcionaría la democracia.
Por eso, es la hora de lanzar una incitación a la vigilia, de formular un llamamiento para contener la marea del entreguismo, desafiar el pensamiento único e inocular un antídoto contra la resignación. Se impone impulsar el alzamiento contra la tergiversación del recuerdo de unos años que algunos se empeñan en desdibujar ahora como si hubieran sido la suma de todos los miedos cuando fueron la suma de todos los atrevimientos, un ejercicio valiente, lúcido y liberador, una ruptura de los pronósticos aciagos que cundían acerca de nuestra incapacidad de articular una convivencia civilizada, un abandono a tiempo de las respuestas viscerales, apasionadas, en favor de la inteligencia sentiente que ponderaba Xavier Zubiri.
“Tenemos comprobado que sin libertades no hay prensa merecedora de ese nombre, que enseguida degenera en propaganda y que sin prensa tampoco habría libertades”
Es hora de activar las energías que requiere el momento presente, de reaccionar frente a quienes nos están rogando que, para mayor seguridad, permanezcamos asustados. Porque los poderes, muchas veces, se afanan en inyectarnos el miedo en vena, induciéndonos a que respondamos con docilidades y sumisiones para mejor manipularnos; salen al paso del entusiasmo que entre nosotros provocan los desastres; identifican las fragilidades de la democracia; promueven la reversibilidad de los logros políticos, sometidos como están a la incuria del tiempo cronológico y a la erosión de los agentes de la intemperie causantes de su oxidación como la de los metales.
También es hora de que los periodistas emprendan una reflexión autocrítica y abandonen la irresponsabilidad en que, a veces, se instalan ignorando que nada permanece igual a sí mismo después de haber sido difundido como noticia, sin que su noticiabilidad haya sido verificada pasándola por el filtro de la ley de la gravitación informativa. Los periodistas, que se sienten desplazados, una vez perdido el monopolio del que gozaban para otorgar luminosidad o dejar en las tinieblas hechos, acontecimientos o personas, siguen gozando de propiedades análogas a los catalizadores. De modo que su presencia hace posible que se produzcan determinadas reacciones informativas, sin que ellos mismos sufran desgaste o alteración alguna. De los periodistas se espera que se comporten como los bomberos y que corran hacia el fuego cuando los demás lo hacen en sentido contrario intentando escapar de las llamas. Porque su vocación de testigos es irrenunciable, sabedores de que no hay prenda como la vista y de que nada sustituye el contacto personal.
“De los periodistas se espera que se comporten como los bomberos y que corran hacia el fuego cuando los demás lo hacen en sentido contrario para escapar de las llamas”
Reconozcamos que bajo los puentes de la Transición hemos visto pasar caudales poderosos, a veces mansos, a veces embravecidos, y desfilar muchos antifranquistas póstumos, como acertó a definirlos Víctor Márquez Reviriego, empeñados en pasar al cobro facturas por aquello que nunca habían hecho, sin que deba infravalorarse por ello la nómina honorable que componen quienes han dado serenamente la cara y demostrado su competencia midiéndose valerosamente con las noticias. En cuanto a la independencia del periodista, que tanto se pondera, sépase que ha de medirse, más que por el grado de hostilidad hacia el Gobierno o hacia la oposición, por la capacidad que tenga el profesional de la información de que se trate de mantener sus propios criterios, sin sumarse mecánicamente a los entusiasmos o a los odios o vasallajes profesados por el medio donde escribe o donde habla o por los directivos a quienes deba reportar, sin dejarse arrastrar a la adhesión inquebrantable, ni hacer la ola al sectarismo del jerarca de turno porque como decía El Roto en una de sus viñetas “toda crítica es excesiva; todo elogio, insuficiente”.
Las reflexiones a las que estoy invitando salen al paso del entusiasmo que entre nosotros provocan los desastres; alertan contra el regreso al cainismo de las dos Españas machadianas; se dirigen a esa tercera España, la de los transterrados de Juan Marichal, la extraterritorial de Arturo Soria y Espinosa, que hace más valiosos a quienes la integran. Las postrimerías del régimen, según se aproximaba la extinción de su fundador, hacían que se abriera la expectativa de que, otra vez, los españoles diéramos espectáculo; que volviéramos a nuestras guerras civiles, de mayor o menor intensidad, para delicia y provecho de los hispanistas, en particular de los especializados en narrar nuestras discordias, nuestros pintoresquismos y nuestros disparates. El hecho es que algunos de ellos parecían dispuestos a cuestionar la legitimidad del intento en el que andábamos de embarcarnos en la racionalidad para cambiar el paroxismo unamuniano por el entendimiento cívico y abandonar la oscilación pendular que, otras veces, nos había llevado de la parálisis a la epilepsia.
“’La razón no puede prosperar sin esperanza, ni la esperanza expresarse sin razón’, ha escrito Ernst Bloch
Los españoles descubrimos, en esos años de aproximación al eclipse la lucidez dialéctica, que deriva de ponernos en los zapatos de nuestros antagonistas. Descubrimos el empirismo; renunciamos a esas convicciones que crean evidencias, según Marcel Proust; optamos por ser cartesianos y nos decidimos por el diálogo como discurso del método. Es decir, nos pusimos a la escucha atenta y paciente del adversario. Porque, como acertó a decir Julio Cerón, “cuando murió Franco el desconcierto fue grande: no había costumbre”. Pero nosotros nos aplicamos al aprendizaje del arte de la renuncia en aras de entendernos. Averiguamos que el éxito en política procede de la renuncia, mientras que la exasperación maximalista es la senda más corta hacia el desastre.
La aproximación a entender las posiciones de los demás, la renuncia mutua a los programas máximos hizo posible un camino de entendimiento civil, intelectual y cordial. En España, esta vez, había prevalecido una inteligentísima combinación que potenciaba un horizonte de convivencia, de entendimiento, de inauguración de la concordia, frente a la idea del exterminio del adversario que había predominado durante años. Se procedía de una manera progresiva, con la técnica del plano inclinado, sin que a nadie se le exigiera abjurar de no se sabe qué convicciones, deseos o pasado. Son actitudes que ahora se echan en falta y que es de máxima urgencia recuperar. Porque como escribió Ernst Bloch, “la razón no puede prosperar sin esperanza, ni la esperanza expresarse sin razón”. Atentos.






