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LOS LIBROS por José Aristónico García Sánchez

Un cúmulo de causas confluyeron para que estallara pero la mas  determinante fue un nacionalismo desaforado

El año entrante 2014 nacerá con el estigma de ser el centenario de la mayor devastación que se autoinfligió el viejo mundo en toda su historia. También evocará la mayor transformación que se produjo en siglos en las estructuras de la sociedad europea. Se acabaron los cuatro imperios, Europa dejó de ser el centro del mundo y se transformaron radicalmente las relaciones entre naciones, entre clases y entre personas. 1914 puso fin abruptamente a un largo periodo de más de cien años de paz y progreso, cortó de raíz la convicción en la seguridad confiada de que habló Zweig, y precipitó a las potencias europeas, que hasta entonces se repartían alegremente los continentes asiático y africano, a un choque catastrófico que dejó como rastro ocho millones y medio de muertos, ocho millones de prisioneros o desaparecidos, veintiún millones de heridos y una huella imborrable de horror en la conciencia del mundo entero. Y lo que es peor, el germen de dos monstruos, fascismo y comunismo, que desembocaron veinte años después en otra conflagración aún más sangrienta que removió los cimientos del planeta.

"1914 se lee con la facilidad que a sus narraciones imprimen los mejores prosistas,  y está salpicada de anécdotas, incidencias, trances y consignas sacadas de Diarios, cartas y Memorias de los protagonistas de la contienda"

Muchas serán las exposiciones, publicaciones y actos rememorativos de tan deplorable efemérides que se sucederán durante el año entrante. Editorial Turner se ha adelantado a todos con la publicación, simultánea con su original en inglés, del libro 1914 De la Paz a la Guerra (Turner, Madrid, Octubre 2013), magnifica traducción del que la historiadora canadiense Margaret MacMillan, catedrática de la Universidad de Oxford y Directora del St. Anthony’s College, tras dos décadas de investigación, ha titulado The war that ended peace. How Europe abandoned peace for the First World War, y que a un mes de su lanzamiento ha cosechado ya un extraordinario éxito en el mundo anglosajón.
Margaret MacMillan está especializada en historia contemporánea, En octubre de 2005 sorprendió al mundo editorial con su obra Paris 1919.Seis meses que cambiaron el mundo (Tusquets Editores 2009) sobre la cara oculta y poco amable de la diplomacia que urdió en París de enero a julio de 1919 el Tratado que puso fin a la Gran Guerra, libro que arrasó con todos los galardones por su labor de investigación histórica y también por el brillante realismo literario de que hacía gala en su narración y que ha mantenido en la obra que ahora comentamos, sin apartarse un ápice en una y otra del rigor de los hechos y sin concesión alguna a la complacencia narrativa. 1914 se lee con la facilidad que a sus narraciones imprimen los mejores prosistas, y está salpicada de anécdotas, incidencias, trances y consignas sacadas de los libros, periódicos, protocolos, notas diplomáticas, Diarios, cartas y Memorias de los protagonistas de la contienda que demuestra haber investigado con intención. Su habilidad narrativa sube de tono cuando narra, minuto a minuto, los treinta días transcurridos entre el 28 de Junio de 1914, fecha del asesinato en Sarajevo del heredero al trono del Imperio austrohúngaro, el archiduque Francisco Fernando y de su esposa Sophia que desató la crisis final, y el 28 de Julio de ese mismo año en que los cañones austriacos de la ribera norte del Sava comenzaron a disparar contra Belgrado. Esos treinta días de ultimatums y consultas, llamadas y reuniones entre los líderes de las potencias europeas, plagados de nervios, desasosiegos, disimulos y dobleces, son escenificados minuto a minuto en dos intensos capítulos por MacMillan en un magistral crescendo de la intriga y la tensión propio del mejor thriller.

"Su habilidad narrativa sube de tono cuando narra, minuto a minuto, los treinta días  transcurridos entre el 28 de Junio de 1914,  fecha del asesinato en Sarajevo y el 28 de Julio de ese mismo año en que los cañones austriacos de la ribera norte del Sava comenzaron a disparar contra Belgrado"

La obra no se ocupa del desarrollo de la guerra. La narración termina en 1914, el año del choque. Es una crónica de la década anterior a 1914, la que cocinó y precipitó el estallido final. Y es una crónica razonada que escarba en el detalle de los hechos y en el factor emocional de los agentes, la etiología de la explosión, tratando de averiguar en qué momento y por mor de quién la crisis de 1914 devino irreversible, cuando crisis similares surgidas con anterioridad, como las de 1905 y 1908, o las de 1911, 1912 y 1913 por culpa de África y los Balcanes, pudieron ser conjuradas antes de su explosión por el concierto de naciones europeo.
Son frecuentes las digresiones de la autora comparando las situaciones y personajes de su narración con otros similares de la actualidad política, y para el caso razona que la tensión del asesinato de Sarajevo y el ultimátum austriaco que siguió, no fue superior a la que vivió el mundo en la guerra fría cuando en 1960, como reacción a los misiles instalados en Cuba, el Presidente Kennedy dio un ultimátum a la URSS que pudo desatar otra conflagración general, o más recientemente y en otra escala cuando el Presidente Obama dio un ultimátum a Siria por las armas químicas. Sin embargo nadie perdió los estribos y en ambos casos con pactos extremos se preservó la paz. ¿Por qué no fue así en 1914?

"Es una crónica de la década anterior a 1914, la que cocinó y precipitó el estallido final. Y es una crónica razonada que escarba en el detalle de los hechos y en el factor emocional de los agentes,  la etiología de la explosión,  tratando de averiguar en qué momento  y por mor de quién la crisis de 1914 devino irreversible, cuando crisis similares surgidas con anterioridad pudieron ser conjuradas antes de su explosión"

Pasa así a lo largo de la obra a enjuiciar las causas de este arrebato fatal y no puede sino reconocer que no hubo una causa única, que fue una concatenación de causas confluyentes lo que condujo irreversiblemente a las potencias al choque final. Es también la teoría común entre los historiadores. La tesis subyacente en la Conferencia de Versalles de 1919 que imputaba la responsabilidad (¿y la culpabilidad?) al vencido, y la teoría de Fisher sobre el ataque preventivo alemán hoy están desechadas, y los historiadores, también MacMillan, solo discuten sobre el calibre de cada una de las decisiones y su mayor o menor incidencia en la subida de la tensión general, lo que, superada también la teoría estructuralista, nos obliga a poner el punto de mira primero en el factor humano, es decir en el proceso de toma de decisiones.
Culpa tuvieron las personas, desde luego. Y el parentesco entre las casas reinantes en nada contribuyó a la paz. Aunque la reina Victoria veraneaba en Francia, descendía de dos casas alemanas --los Hannover y los Sajonia-Coburgo- y de esta casa procedía también su marido Alberto, y murió en brazos de su nieto el Kaiser Guillermo que los británicos consideraban medio inglés, y aunque en mayo de 1913, víspera de la gran tragedia, Jorge V de Inglaterra, el zar Nicolás II --casado con una alemana nieta de la Reina Victoria--, y el káiser de Alemania, todos primos entre sí, se reunieron en Berlín con motivo de la boda de la única hija del Kaiser con el Duque de Brunswick --también emparentado con todos ellos--, ni el parentesco ni la reunión fueron capaces de destensar un ápice las relaciones entre las potencias, y ello a pesar de que tanto el káiser como el zar tenían en sus países la ultima palabra. Tampoco ayudó el azar, por cuya intervención habían desaparecido de la escena política de 1914, los únicos que hubieran podido evitar la decisión fatal en sus respectivas cortes. El asesinato del archiduque Francisco Fernando, el apuñalamiento de Rasputin, la renuncia forzosa de Caillaux por escándalo de su esposa, y la muerte en 1912 del General Kiderlen, todos pacifistas declarados, privaron a los centros de decisión de Viena, Rusia, Paris y Berlín de la fuerza que contrarrestara los impulsos de los más belicosos.
Desgraciadamente las decisiones cruciales las tomaban un número increíblemente reducido de individuos, todos hombres y todos de las clases altas: Bethmann, Tirpitz y el Kaiser en Alemania, solo el Zar en Rusia, Francisco José y Conrad von Hotzendorf en Viena.., Y no cabe duda de que en 1914, según MacMillan, esos pocos hombres, los líderes de aquella Europa, fallaron en su misión al optar deliberadamente por la guerra o al no haber sabido encontrar antídotos para evitarla. 

"Desgraciadamente las decisiones cruciales las tomaban un número increíblemente reducido de individuos, todos hombres y  todos de las clases altas"

Bien es verdad que tampoco fueron libres en sus decisiones. Hoy ha demostrado la psicometría que el comportamiento humano es victima de cierto determinismo exógeno de desigual intensidad, y resulta innegable que en 1914 sería una tarea sobrehumana para los líderes, la mayoría débiles además, imponer su albedrío sobre una presión ambiental en momentos insoportable. Aquella década tenía encendidas todas las alarmas de un cambio de ciclo tempestuoso. Filósofos, intelectuales, artistas y científicos cuestionaban los postulados vigentes sobre la racionalidad y la realidad. Círculos de vanguardia experimentaban contra los cánones comúnmente aceptados. El cubismo de Picasso y Braque, el futurismo y su obsesión por captar el movimiento, la danza expresionista de Isadora Duncan, los ballets eróticos de Diaghilev, la ruptura de Klimt con la pintura figurativa o de Schoenberg con la armonía y el orden musical, todos daban la espalda a la razón y exaltaban la vida del instinto y la emoción. Einstein anunciaba que bajo el mundo material visible se extendía la indeterminación y fenómenos aleatorios, y Freud y otros psicólogos demostraban que las fuerzas subconscientes determinaban la conducta humana más de lo que se pensaba. Todos siempre bajo los negros augurios de Nietzsche, el pensador más influyente, de que la cultura europea se movía en medio de una tensión tormentosa que aumentaba de un decenio a otro y avanzaba hacia una catástrofe a menos que rompiera con todo y empezara a pensar de nuevo con claridad y a sentir con intensidad, ideas que por ejemplo profesaban con devoción los nacionalistas serbios --que la autora compara, por su fanatismo y puritanismo feroz, con los actuales grupos extremistas del fundamentalismo islámico-- que llevaron a cabo el asesinato de Sarajevo. Todo alrededor de los líderes conducía a denostar la razón y exaltar lo irracional, las emociones y lo subversivo. 

"Todo alrededor de los líderes conducía a denostar la razón y  exaltar lo irracional, las emociones y lo subversivo"

A este caldo de cultivo disolvente y desintegrador del orden existente hay que añadir como derivada el irracional glamour que rodeaba a la guerra, el culto al honor, la gloria, los uniformes floreados, el prestigio de los vencedores, el halo de la victoria.... Hay algo en la parafernalia de la guerra –se escribía -- que exalta las emociones y calienta la sangre en las venas hasta a los más pacíficos y apela a no sé qué instintos remotos..... que se alimentaban con el enfático poder de la voluntad humana preconizado por Shopenhauer o Bergson. También las exhortaciones escolares a sentir el orgullo patriótico y envidiar las coronas de laurel para los héroes y el darwinismo social en boga contribuían a hacer a la guerra deseable para muchos y a situar la tensión bélica en cotas de alto riesgo que hacían que el choque se viera como algo inevitable, la guerra cuanto antes mejor, decían los generales, que la espera no debilite a la tropa, apremiando así a los políticos a activar los mecanismos que a la postre desatarían la contienda, y a hacerlo antes que el enemigo. Todos los factores presionaban a la acción. El Káiser llegó a acariciar la idea de una guerra preventiva, olvidando la famosa frase de Bismarck de que la guerra preventiva es como suicidarse por miedo a la muerte. Porque sí, como ya enseñara Clausewicz, el miedo fue otro de los factores determinantes de la Gran Guerra: miedo a las otras potencias, y miedo a los ciudadanos del propio país, que se estaban organizando en sindicatos y partidos socialistas que desafiaban a las clases dominantes intuyendo éstas que una guerra podría limar estas diferencias.
Difícilmente podían respirar en esta atmósfera el libre albedrío de los gobernantes o unas hipotéticas propuestas de paz. Todos justificaban la carrera armamentística suicida en que se habían embarcado en la creencia de estar defendiéndose con toda justicia contra fuerzas que querían destruirlos. Todos se preocupaban de garantizar que sus países fuesen vistos como la parte inocente del conflicto que si atacaba era en defensa propia. Todos tenían prevista una guerra relámpago, siempre en territorio enemigo, y siempre coronada con un éxito rotundo.
Pero si hubiera que señalar el factor más influyente, el más recurrente en las reflexiones de McMillan, la causa descollante en el cúmulo de las que condujeron a la catástrofe, éste sería sin duda la virulencia del nacionalismo, entonces en su esplendor, alimentado por arengas patrioteras y por la prensa periódica. Desde la primera revolución los europeos habían empezado a sentirse y enorgullecerse de formar parte integrante de cada nación, comenzando a endurecerse los estereotipos nacionales, y los habitantes de los Balcanes, que siempre se habían sentido divididos en razas o grupos, por influjo de escritores y agitadores políticos sintieron que las que antes eran identidades religiosas o étnicas estaban cristalizando en nacionalismos que, al no estar claros los límites territoriales de cada pretendida nación, devinieron agresivos y excluyentes, lo que abocaría irremisiblemente a conflictos múltiples, con fricciones añadidas entre ortodoxos, católicos y musulmanes o entre eslavos y albaneses, confusión que aprovechaban los nacionalistas serbios –ya independizados y protegidos por Rusia-- para argumentar que los demás sudeslavos, los en su mayoría católicos-croatas y los musulmanes de Bosnia Herzegovina, eran serbios renegados que debían escindirse del Imperio austrohúngaro e integrarse en la Gran Serbia.

"A este caldo de cultivo disolvente y desintegrador del orden existente  hay que añadir como derivada el irracional glamour que rodeaba a la guerra,  el culto al honor, la gloria, los uniformes floreados, el prestigio de los vencedores, el halo de la victoria"

Estos nacionalismos étnicos, con unos componentes repugnantes de odio y desprecio hacia los otros, estaban desgarrando los imperios austrohúngaro y otomano, y creando una opinión pública nacionalista que presionaba a los líderes y alimentaba grupos revolucionarios que a la larga fueron la chispa decisiva que alimentó la explosión bélica de 1914. Pero no solo en los Balcanes y en el imperio turco.
Los nacionalismos, en su versión discriminatoria y con el absurdo narcisismo de las pequeñas diferencias que denunciara Freud, ya se habían apoderado de toda la sociedad europea, hasta el extremo de superponerse con éxito a la lucha de clases y a los partidos políticos de derechas o de izquierdas, que a la menor fricción se fragmentaban internamente por nacionalidades. Incluso los Sindicatos y las Internacionales nacidas de los sentimientos internacionalistas del marxismo y de la clase obrera unificada, quebraron estrepitosamente ante la fuerza de las ideas nacionalistas, demostrando que la clase obrera no era más inmune al nacionalismo que los burgueses y los aristócratas. Si en otras ocasiones de la historia, los movimientos por la paz lograron detener a tiempo el choque final, en 1914 la paz se deshizo por las costuras nacionales, y en toda Europa llegado el caso los socialistas unieron fuerzas con las clases altas de su propia nación para votar abrumadoramente a favor de la guerra y a la postre de la autodevastación europea.

"Si hubiera que señalar el factor más influyente, el más  recurrente  en las reflexiones de McMillan, la causa descollante en el cúmulo de las que condujeron a la catástrofe, sería sin duda la virulencia del nacionalismo, entonces en su esplendor, alimentado por arengas patrioteras y por la prensa periódica"

Por un nacionalismo exaltado se perpetró el asesinato de Sarajevo, y un antinacionalismo militar obsesivo por destruir Serbia para zanjar el problema sudeslavo inspiró el ultimátum austriaco que, en un fatalismo predeterminado, desencadenó la reacción en cadena de las potencias conforme a los pactos que tenían comprometidos con los que prendieron la mecha: Alemania con su cheque en blanco a Austria, Rusia con su apoyo ciego por razones étnicas, y con ésta siempre Francia y al fin Inglaterra –la llamada entente cordiale- apoyando a Serbia, o mejor frenando a Alemania, pues en el fondo latía como eje de la contienda la rivalidad angloalemana.
MacMillan desarrolla minuciosamente en la primera parte de la obra con anécdotas y peripecias sorprendentes, las cambiantes etapas en el realinemamiento diplomático de las potencias de aquella Europa alegre y confiada que celebraba en gozosa armonía en 1897 el sesenta aniversario del reinado de Victoria o en 1900 la gran Exposición de Paris. Y en una segunda parte, siempre con una no disimulada complacencia hacia la actitud británica y una displicencia tampoco disimulada contra Italia y contra los serbios --que ya le han dirigido expresivas y hasta insultantes muestras de desagrado por la tesis terrorista de MacMillan—, se embarca en la narración de la carrera armamentística de todos, del desenlace incruento de cada una de las crisis que provocaba el afán imperialista y colonialista de las potencias europeas, y de cómo en cada compromiso los políticos superponían a la razón, el que creían honor o la grandeza de la nación que representaban. Pero sobre todo vuelve una y otra vez sobre la búsqueda y análisis de las causas de una guerra catastrófica que se debió –siempre se puede, cree la autora—haber evitado. Muchas fueron las causas, muchos fueron los factores confluyentes, pero ninguno debió ser suficiente para desatar la tormenta bélica.

"Los nacionalismos,  en su versión discriminatoria y con el absurdo narcisismo de las pequeñas diferencias que denunciara Freud, ya se habían apoderado de toda la sociedad europea,  hasta el extremo de superponerse con éxito a la lucha de clases y a los partidos políticos de derechas o de izquierdas, que a la menor fricción se fragmentaban internamente por nacionalidades"

Para MacMillan fallaron los líderes, aunque no solo a ellos incumben las culpas. Henry James llamó a esos pocos que decidieron banda de estafadores y villanos. Tienen excusas, desde luego, ya se ha dicho, pero todavía estamos lamentando que no encontraran un camino para haber preservado la paz. Triste centenario el del año entrante.

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