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MIGUEL ÁNGEL AGUILAR
Periodista

El arrasamiento del campamento Libertad en las inmediaciones de El Aaiun, capital del territorio del Sahara Occidental, en la madrugada del lunes 8 de noviembre, ha tenido un fuerte impacto emocional en la opinión pública española. Los activistas polisarios han denunciado excesos represivos del gobierno de Rabat, aunque el balance de víctimas mortales resulta desfavorable a los agentes de policía marroquí que perdieron 11 efectivos frente una sola baja entre los acampados. Pero al clamor de los desalojados se ha sumado, instantánea, la invencible mala conciencia que  arrastramos aquí desde aquel el 14 de noviembre de 1975 cuando se firmó en Madrid el Acuerdo Tripartito por los Gobiernos de España, Marruecos y Mauritania. Fue entonces en la linde del deshonor, en la agonía de Franco, cuando el Gobierno decidió suspender el ejercicio de los  deberes que nos incumbían como potencia administradora del territorio, a tenor de la Carta de Naciones Unidas. Esa firma precipitó el abandono fulminante del Sahara, sin atender a que estuviera vigente su condición de Provincia. Situación adquirida a  consecuencia de un decreto de la Presidencia del Gobierno de 10 de enero de 1958, que rubricaban Franco y Carero Blanco. Idéntica evaporación se había producido con el territorio de Ifni, constituido en Provincia mediante el mismo decreto y retrocedido, sin trampa ni cartón, a Marruecos mediante el acuerdo de Fez de 4 de enero de 1969, que ratificaron las Cortes el 22 de abril.

"Los activistas polisarios han denunciado excesos represivos del gobierno de Rabat, aunque el balance de víctimas mortales resulta desfavorable a los agentes de policía marroquí que perdieron 11 efectivos frente una sola baja entre los acampados"

Con los ejercicios de prestidigitación, que sirvieron para declarar provincias estos territorios, se intentaba seguir la senda emprendida por el salazarismo respecto de las posesiones portuguesas de ultramar. Su objetivo común era evitar la rendición de cuentas ante el Comité de los 24, que era el competente en materia de descolonización de Naciones Unidas. Mucho antes, desde Napoleón, ésa había sido también la fórmula francesa, según la cual sus colonias eran Francia. De modo que se esperaba, como señala Philipp Boom en su libro Años de vértigo. Cultura y cambio en Occidente, 1900-1914, que tanto en las junglas de Indochina como en los desiertos de Argelia los franceses se sintieran igual que si estuviesen en Picardía o en los Campos Elíseos. Otra cosa es que el embajador de Franco ante la ONU, Jaime de Piniés, ignorara la pretendida provincialidad y cumplimentara bajo cuerda las peticiones del mencionado Comité. Porque ha quedado averiguado que en el régimen franquista la situación se mantenía gracias de una parte al noble arte de la inercia controlada y de otra, a la improvisación ocasional y espasmódica, igual que sucedía en las postrimerías del imperio habsbúrgico. En nuestro caso, por ahí andarán los documentos gráficos acreditativos de la presencia en el hemiciclo de aquellas Cortes orgánicas del consejero nacional del Movimiento enviado por los camaradas nómadas y de los dos procuradores de representación familiar que correspondía elegir a los cabezas de familia, empadronados en las tribus el desierto, con sus llamativos atuendos del cuello a los pies blancos y azules.
Repasados los datos básicos anteriores, reconozcámonos, una vez más, instalados en el entusiasmo por el desastre. Ya sea a propósito del Sahara o de los puntos básicos de la deuda que se nos aplican. Una actitud que forma parte de nuestro ADN característico. Porque ni siquiera en los tiempos de mayor esplendor, cuando se decía que éramos un imperio tan extenso que sobre sus dominios nunca se ponía el sol, hemos sido complacientes. Nunca hemos valido para disfrutar del éxito. Siempre hemos tenida interiorizada la leyenda negra, que da de nosotros la más penosa versión. Sabemos que las últimas biografías de Jefferson dan cuenta de las esclavas negras que tenía en sus posesiones de Virginia y de la descendencia que algunas le dieron. Pero nadie le ha bajado del pedestal que le mantienen erigido los Estados Unidos. Los españoles del siglo XVI conquistaron América en condiciones de apabullante inferioridad numérica aunque se sirvieran de algunas ventajas que aportaba una civilización más avanzada. Pero nuestros antepasados remotos y recientes y nosotros mismos hemos quedado retratados como autores del exterminio de los indios. Otra cosa es que sea en las áreas geográficas bajo otras banderas y soberanías donde se haya perdido su rastro, mientras que sólo allí donde llegaron los castellanos y demás peninsulares la indiada perviva con cifras demográficas relevantes. De modo que a partir de la línea historiográfica dominante, se diría que, cuatro siglos después de la aventura americana de los españoles, las anexiones territoriales protagonizadas en otros continentes por británicos, franceses, alemanes, belgas, holandeses e italianos se hubieran conseguido disparando con munición de mazapán. En todo caso, pareciera que los demás nunca han sido emplazados a rendir cuentas de sus barbaries civilizatorias. sí que hemos debido esperar a la novela El sueño del celta de Mario Vargas Llosa para recuperar a Joseph Conrard y acercarnos al elemental ajuste de cuentas con monstruos miserables de la talla de Leopoldo, rey de los belgas. A Roger Casement lo ahorcaron la mañana del 3 de agosto de 1916 en la prisión de Pentonville pero nunca hubo más sectarismo e intolerancia que el ejercido por Felipe II sobre los Condes de Horn y de Egmont.   

"Al clamor de los desalojados se ha sumado, instantánea, la invencible mala conciencia que  arrastramos aquí desde aquel el 14 de noviembre de 1975 cuando se firmó en Madrid el Acuerdo Tripartito por los Gobiernos de España, Marruecos y Mauritania"

Sobre el Sahara ha vuelto a escribirse con profusión estos días, a partir de la eliminación del citado Campamento Libertad junto a El Aaiun más arriba mencionada. Pero para un mejor entendimiento se impone volver a los orígenes históricos de nuestra mala conciencia respecto a los saharauis, que se desencadena en el año 1975. Tiene un valor e interés muy diferente lo que se escribió mientras el conflicto, que nos enfrentaba con el Polisario y con Marruecos, estaba encendido. Porque a toro pasado es muy fácil arrimarse, mancharse la taleguilla. La simulación del arrojo puede hacerse sin riesgo y brillan las dotes anticipatorias, a base de predecir el pasado, una vez que han sido despejadas las incógnitas que, en los momentos de la bronca, estaban sin resolver. Pero sabemos que la competencia de un artillero, como la de un periodista, se prueba cuando es capaz de hacer puntería sobre los objetivos decisivos del adversario en medio del estruendo de la  batalla y mientras recibe el fuego contrario. Vayamos pues a la crónica que me facilita un buen amigo periodista, que escribía en el número 27 del semanario Posible correspondiente a las fechas del 17 al 23 de julio de 1975. Estaba transmitida desde El Aaiun. Se titulaba "Nadie quiere morir por el Sahara". Pronosticaba que "El reparto del territorio acabaría en genocidio" y que "Hassan II tendría que enfrentarse a la guerrilla". Señalaba que aquel trozo entrañable de España del que hablaban los discursos oficiales en otras épocas estaba en trance de dejar de serlo; que en esas condiciones nadie quería morir por el Sahara; que era gratuito el nerviosismo revestido de halago al Ejércitos que algunos manifestaban para patrocinar un abandono al galope; y que había sobre aquellas arenas un pueblo con el que habría que contar para marcharse, igual que se contó para permanecer. En breve, que el final de la colonización española sería la baza radical para el juicio definitivo de la historia. Nuestro enviado especial empezaba así: "Dijo Kissinger 'el Sahara para Marruecos'. Y la luz se hizo".

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