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Por: JOSÉ ARISTÓNICO GARCÍA SÁNCHEZ
Decano honorario
Presidente de El Notario del Siglo XXI


LOS LIBROS

El siglo XX presenta tal registro de violencia extrema y persistente que a muchos les gustaría borrarlo de los anales de la historia

Dos décadas parecen tiempo razonable para enjuiciar con suficiente perspectiva un siglo, el vigésimo, en el que parece haber culminado la espiral de violencia en que desde sus orígenes se embarcó la humanidad. Todas las civilizaciones, desde la sumeria, la asiria o la egipcia y los cantos literarios desde la Epopeya de Gilgamesh o la Ilíada ensalzando la cólera de Aquiles, reservaban la corona de laurel y la gloria para los héroes victoriosos y conmemoraban las victorias con obeliscos y arcos de triunfo como hitos históricos de su apogeo. Hoy, como hace poco advertía el filosofo Javier Gomá, el mundo ha dado un vuelco radical, la guerra se considera un fracaso de la civilización y la paz se ha convertido en valor absoluto. El giro lo ha provocado el siglo XX, quizá por la catástrofe total que presagiaban las bombas atómicas del 45.

Así piensa la mayoría de la historiografía que, sin embargo, suele catalogar la primera mitad de ese siglo, por sus dos guerras globales, como Era de la Catástrofe, pero salva la segunda mitad como una Edad de Oro de paz y prosperidad de extraordinario crecimiento económico y transformación social, solo salpicado levemente al final con la descomposición sufrida en la Europa del Este tras la caída del muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética.
LIBRO 1No está de acuerdo con ese relato el catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza Julián Casanova, renombrado publicista de proyección internacional, que acaba de publicar su nuevo trabajo Una violencia indómita. El siglo XX europeo (Ed. Crítica, septiembre 2020) en el que defiende que ese siglo, desde el terrorismo anarquista hasta las guerras de secesión de Yugoslavia, fue testigo de tales manifestaciones de violencia, tan recurrentes y continuas, que debe quedar estigmatizado por ello a sangre y fuego para siempre.

"Hoy, como advertía el filosofo Javier Gomá, el mundo ha dado un vuelco radical, la guerra se considera un fracaso de la civilización y la paz se ha convertido en valor absoluto"

No ha sido Casanova el primero en abominar del siglo XX. Ya lo había hecho en 2005 el agudo filósofo Gabriel Albiac en su Diccionario de los adioses y nos lo acaba de recordar en una nueva edición (Ed. Confluencias, octubre 2020) significativamente aumentada con voces nuevas como libertinaje que analiza con la misma sagacidad con que antes lo hizo con guerra o terror, por ejemplo, y cuyo subtítulo, aún más agresivo, Para borrar el siglo XX, y desde el foco superior de la filosofía política, coincide en denostar una centuria que engendró el totalitarismo/fascismo/nacionalismo más gangrenoso y que concluyó permitiendo rebrotar esos monstruos. Un siglo para olvidar, o mejor como él dice para borrar.
Hoy el nuevo libro de Casanova sobre la violencia es un memorándum acusatorio que debería levantar los colores a la humanidad entera, por el continuo de episodios de barbarie, terror y muerte que han asolado las tierras de un continente que se tiene por más culto y civilizado del mapamundi. 

LIBRO 2Las postrimerías del XIX, con el volcán que estaban cebando el poder explosivo del colonialismo y el insurgente nacionalismo étnico-racista que a veces encubría una rebelión clasista frente al privilegio que exhibían nobleza y aristocracia, y la irrupción tecnológica de nuevas máquinas de matar -rifles de 40 balas, ametralladoras y obuses con nitroglicerina, etc.-, habían preparado desde luego el terreno para el desarrollo de violencia más letal y devastadora. Agresiones, conquistas e invasiones que se consideraban amparadas por una perversión de la doctrina, entonces comúnmente aceptada, de un inevitable darwinismo social.

"Albiac coincide en denostar una centuria que engendró el totalitarismo/fascismo/nacionalismo más gangrenoso. Un siglo para borrar"

Comenzó el siglo con una ola de atentados terroristas y magnicidios políticos, iniciados el siglo anterior con el asesinato del zar Alejandro II y promovidos por el llamado anarquismo de élite que pronto derivó en anarquismo comunitario o solidario, de clase. Siguió la ola de terror propugnado por el sindicalismo revolucionario de masas cuyo espejo de referencia eran los soviets. Alcanzó su cresta en la Gran Guerra, con sus decenas de millones de muertos, pero esa ola de violencia no se extinguió en 1918, sino que se mantuvo latente en amenazadora ebullición hasta su segunda explosión en 1939 que aportó otra vergonzosa nómina millonaria de víctimas, y que tampoco se acabó con la paz del 45, como se suele decir, porque la mantuvieron activa varios años más la violencia retributiva y vengadora de los vencedores en Italia, Austria o en Francia (también en España con la Ley de Responsabilidades Políticas de 1939), la ejecutaron los Tribunales Populares incluso en ejecuciones públicas que restauraron previamente para ello, y la completaron los suicidios por desesperanza que se dispararon en el Este europeo. Como recordó Albert Camus, al odio de los verdugos ha respondido el odio de las víctimas. El total de muertos de esta primera mitad del siglo por las diferentes explosiones de terror estatal superó los 80 millones de muertos. 

"El libro es una fotografía del horror, el relato de devastaciones implacables y programadas, la descripción detallada con rigor histórico de genocidios, el armenio, el bosnio, varias etnias africanas o el holocausto"

Y para continuar la ignominia, esa ola de indómita violencia tampoco paró aquí. Entre el fin de la 2ª Guerra y la caída de la Unión Soviética en 1989, cerca de 20.000.000 de personas murieron en el centenar de conflictos militares que se extendieron por Latinoamérica, Asia y África. Y aun perduró en Europa, como Casanova desgrana con detalle y precisión histórica: guerra de Grecia, guerras coloniales como la de Argelia, rebrote del terrorismo, OAS, Brigadas Rojas, Ordine Nero, Eta, Baader Meinhof, etc., a lo que hay que añadir los episodios de la paz de los tanques con epicentros en Hungría y Praga aunque en realidad toda la Europa del Este vivía un estado permanente de guerra no declarada con sus propios ciudadanos que en 1989, cuando explotó, desató nuevas orgías de violencia de especial virulencia cuyo exponente más próximo fue el resurgir de las guerras de secesión en los Balcanes con nuevos genocidios y reales limpiezas étnicas que ensangrentaron vilmente hasta los estertores un siglo XX al menos en este capítulo para olvidar.
El libro es una fotografía del horror, el relato de devastaciones implacables y programadas, la descripción detallada con rigor histórico de genocidios, el armenio, el bosnio, varias etnias africanas o el holocausto, éste de proporciones incalculables -aparte los campos europeos, solo en la URSS murieron 2,8 millones-. La violencia sexual, burdeles militares, el movimiento eugenésico, violaciones masivas, la sauna nazi, los mercados de esclavas en los campos con escarnio y humillaciones masivas como rapados de cabeza o purgas con ricino, etc... O en otro orden la violencia bolchevique, el terror rojo, las levas de niños-soldado de 15 años y menos; los campos de exterminio, los gulags… Un catálogo siniestro de infamia y destrucción que debería ser lectura obligada de políticos y dirigentes, pues por muy insensibles o iluminados que se sientan, no dejaran de sonrojarse.

"Más lamentable aún es la teoría de los que, pretendiendo argumentar con un discurso disfrazado de kantiano, han tratado de entronizar la violencia en el altar de la razón encuadrándola en la lógica (¿) del fascismo (o de la revolución)"

Triste es que en ocasiones esa violencia masiva y devastadora encubra su ignominia con mantos sagrados, sea la patria, la raza, la religión, o una demente visión transformativa de la utopía como se ha dicho de Hitler o Stalin. Y más lamentable aún es la teoría de los que, pretendiendo argumentar con un discurso disfrazado de kantiano, de razonamiento puro, han tratado de entronizar la violencia en los parámetros o en el altar de la razón encuadrándola en la lógica (¿) del fascismo (o de la revolución), algo aberrante, porque como afirma Gabriel Albiac en el libro antes citado, refiriéndose a la Gran Guerra, todo el majestuoso proyecto de entrada en la edad adulta del género humano, se desmorona en el estruendo de las trincheras.

CENSURA A LA TITULICRACIA

La meritocracia como sistema de movilidad social no supera los efectos perversos del clasismo tradicional

El famoso sociólogo Michael Sandel recurre como solución para la convivencia ordenada a la vieja teoría del bien común en versión cívica

LIBRO 3Nunca politólogos de toda laya habían coincidido con tanta unanimidad al calificar de errática, irracional y reaccionaria la presidencia que ahora acaba en Estados Unidos. Nunca había ocurrido que el representante de un partido conservador, el republicano, practicase una política populista tan radical y radicalizadora. Nunca había habido tanta coincidencia entre los intelectuales al desautorizar la gestión de un presidente aupado en sorprendente amalgama por un puñado de magnates y la población blanca menos culta y menos acomodada del electorado.

"Sendel hace un interesante análisis de ese sorprendente viraje social iniciado en USA, secundado en el Brexit y que está propagándose por Europa -Piketty la advierte ya en Francia- que agrupa a magnates y pueblo llano no titulado para entronizar populistas"

Hasta 1.500 libros han dedicado sociólogos, historiadores y politólogos a analizar fenómeno tan paradójico temiendo que además pudiera repetirse, lo que al fin no ha tenido lugar. Biden, el vencedor, ha mantenido el núcleo del voto de color, el femenino, el de las minorías y el de los titulados universitarios, ha incorporado la mayoría de moderados e independientes, y ha arrebatado a Trump una pequeña parte de su gran caladero de hombres blancos de rentas bajas y sin estudios. Pero ni se ha roto la polarización del país ni se ha encontrado explicación a ese contradictorio maridaje de votos de ultras y desfavorecidos que permitió encumbrar en 2016 al que los medios tachan de charlatán misógino, xenófobo y racista.
Quizá el diagnóstico más fiable por el momento sea el que ha hecho el filósofo político más reconocido de Estados Unidos, Michael Sandel, catedrático de Derecho en Harvard, que en su reciente obra La teoría del mérito. Qué ha sido del bien común (Ed. Debate, septiembre 2020) hace un interesante análisis de ese sorprendente viraje social iniciado en USA, secundado en Inglaterra con el Brexit y que está propagándose por Europa -Piketty la advierte ya en Francia- que agrupa a magnates y pueblo llano no titulado para entronizar populistas. Sandel es muy popular en EEUU. Su programa Justicia, que obtuvo la matrícula más alta en la historia de la Universidad de Harvard, más de 14.000 alumnos, fue grabado y emitido on line al gran público en una serie televisiva de 12 capítulos. De él se dice que sería capaz de llenar estadios. Lo hizo desde luego en sitios tan distintos como la Ópera de Sidney o la catedral londinense de S. Paul. En China fue nombrado en 2016 figura extranjera más influyente del año. Aquí recibió el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales en 2018.

"La democracia liberal y el libre mercado generaron una clase meritocrática convencida de que si todos pueden competir, los beneficios que cada cual obtenga son debidos a sus méritos, los han ganado en justicia, y es culpa de su desidia el fracaso de los rezagados"

Sandel confiesa su asombro de que Trump consiguiera en 2016 dos tercios de los electores blancos sin titulación universitaria y lo sublimara en un mitin, Adoro a la gente sin estudios, dijo. Los titulados habían votado en masa por Clinton.
En realidad estamos ante un fenómeno novedoso, un viraje inesperado, una auténtica inversión del voto. Todavía en el siglo XX los partidos de izquierda, demócratas o laboristas por ejemplo, atraían a los más débiles y de menor nivel educativo y los conservadores a los más dotados en riqueza o formación. Hoy por esa inversión las personas con estudios votan a los partidos de centroizquierda y, paradójicamente, los votantes sin estudios universitarios votan en el mismo sentido que los electores más ricos.
A analizar este fenómeno ya en expansión global, y a abstraer de sus corolarios las razones sociológicas que lo generan dedica Sandel las páginas más brillantes de su estudio. A su juicio el avance arrollador de la teoría del mercado omnipotente y la competencia, incuestionada desde la caída del muro de Berlín y la disolución de la URSS, convenció a todos de que la historia avanzaba inexorablemente en la línea marcada por la democracia liberal y el libre mercado, lo que generó una clase meritocrática convencida de que si todos pueden competir, los beneficios que cada cual obtenga son debidos a sus méritos, los han ganado en justicia, y es culpa de su desidia el fracaso de los rezagados. Ocurrió además que la izquierda progresista nunca puso en duda este axioma, troncal ya en una economía global, lo aceptó como verdad inconcusa y, sin mayor comprobación, redujo sus críticas a pulir las aristas más afiladas del libre mercado. Consecuencia natural de todo ello fue que la meritocracia asumiera una actitud arrogante y soberbia que degeneró en verdadero prejuicio -del que por lo demás no se avergüenzan porque lo consideran merecido- contra las personas con nivel educativo inferior y contra los que sufren la desigualdad causada por la globalización del mercado.

"Consecuencia que la meritocracia asumiera una actitud arrogante y soberbia que degeneró en verdadero prejuicio -del que por lo demás no se avergüenzan porque lo consideran merecido- contra las personas con nivel educativo inferior y contra los que sufren la desigualdad causada por la globalización del mercado"

Esta actitud provocó en las clases desfavorecidas un resentimiento contra esas élites meritocráticas y los profesionales de alto nivel enriquecidos por una globalización que, por contra y además, había sometido a la clase trabajadora a la competencia exterior de indigentes. Este resentimiento, entremezclado con xenofobia y racismo, alimentó una angustia racial que en general -es patente en el caso de Trump- ha derivado en racismo descarado. Eso ha provocado la inversión de voto y el auge de los partidos hipernacionalistas y antiinmigración y su resbalón imperceptible hacia las tesis de la ultraderecha.
La meritocracia, piensa Sandel, nació como un término peyorativo pero de hecho se ha convertido en el primer objetivo de la juventud actual. La educación selectiva en universidades y máster elitistas es ahora la máquina de clasificar que sustituye a la aristocrática de antaño por familia y augura el mismo ascenso socioeconómico que aquella, ahora basado en el mérito. Pero, avisa Sandel, este sistema tampoco sirve, tiene la misma lacra que el otro: afianza privilegios y fomenta actitudes ante el éxito que son corrosivas para el espíritu de comunidad que la democracia requiere.

"La educación selectiva en universidades y máster elitistas es ahora la máquina de clasificar que sustituye a la aristocrática de antaño por familia. Este sistema tampoco sirve, tiene la misma lacra que el otro: afianza privilegios y fomenta actitudes ante el éxito que son corrosivas para el espíritu de comunidad"

La tiranía del mérito, bajo el lema de que todos somos responsables de nuestro destino, deviene también en cóctel tóxico: crea condiciones de desigualdad galopante, ufanía en el triunfador y desmoralización en el que queda atrás, socava la dignidad del trabajo y degrada a los ciudadanos corrientes despojándolos de poder. La vieja teoría de que la igualdad de oportunidades iba a acabar con la odiosa jerarquía aristocrática de privilegios heredados no trajo una sociedad sin clases sino otra de élites meritocráticas que es hoy tan privilegiada y odiosa como lo era aquélla a la que reemplazó.
La meritocracia no ha resuelto el problema sociopolítico de la convivencia ni ha creado una sociedad más justa. Solo ha cambiado el criterio de jerarquía, el patronímico por el mérito basado en el esfuerzo y el talento. Y si seguimos analizando ni siquiera esto es verdad: nada han hecho los agraciados para tener talento innato, y un esfuerzo arduo no garantiza el éxito, ¿dónde está el mérito? Y por otro lado sus altas retribuciones no son premios al talento o el esfuerzo, sino pagos que reflejan el valor que la sociedad da a un bien en un momento dado. Y si ahondamos, veremos que tampoco ese valor de mercado es el valor real ni mucho menos equivale a la contribución que ese bien hace al bienestar social. Por ejemplo, si un químico fabricara droga recibiría mil veces el salario que recibe como profesor de esa asignatura. Otro, la actividad financiera, que no tiene valor económico propio ni aporta valor añadido alguno a la economía global (Tobin), no justifica las elevadas retribuciones del sector.

"La vieja teoría de que la igualdad de oportunidades iba a acabar con la odiosa jerarquía aristocrática de privilegios heredados no trajo una sociedad sin clases sino otra de élites meritocráticas que es hoy tan privilegiada y odiosa como lo estaba aquélla a la que reemplazó"

Pero además hemos dejado atrás otro problema: ni siquiera el sistema de selección para acceder a las universidades de élite se rige por criterios objetivos de talento y aptitud, dice Sandel, que se entretiene en desvelarnos pormenorizadamente los criterios reales de selección -que no son el talento o la capacidad, sino la familia, los patrocinios, donaciones, antiguos alumnos, etc.- para acceder a esas universidades distinguidas que seleccionan las élites del futuro, la nueva meritocracia. Que por lo que se deduce no responde siempre a verdaderos méritos ni aunque respondiera dejaría de ser nociva para la vida en comunidad: fomenta la jactancia de los que llegan a la burbuja elitista, degrada, tiraniza, a la gente corriente y no fomenta ningún espíritu comunitario integrador.
Analiza Sandel bien el problema y avisa con tino de sus consecuencias. Pero no es tan brillante a la hora de las soluciones. Por ejemplo, para purificar la selección de acceso a las universidades de élite, tras evaluar varios sistemas, opta por uno singular tributario del igualitarismo: fijar un umbral de aptitud y cualificación mínimos y decidir por sorteo entre los múltiples aspirantes los que ocuparán las plazas limitadas de cada campus de élite, lo que no parece tampoco una solución exenta de críticas.

"No encuentra soluciones novedosas, y termina recurriendo a la más vieja teoría política, la aristotélica del bien común que con tanto acierto desarrolló la escolástica tardomedieval y muy particularmente la escuela de Salamanca, y de la que nos propone una versión cívica para una sociedad democrática"

La realidad es que Sandel analiza certeramente la meritocracia y su fundamento en la doctrina calvinista de la responsabilidad individual y del mérito, aunque sin entrar en el campo más espinoso de la predestinación. También aborda con sutileza las consecuencias negativas de su tiranía, entre ellas el aumento de la brecha social, etc. Pero a pesar de sus brillantes razonamientos no encuentra soluciones novedosas, y termina recurriendo a la más vieja teoría política, la aristotélica del bien común que con tanto acierto desarrolló la escolástica tardomedieval y muy particularmente la escuela de Salamanca, y de la que nos propone una versión cívica para una sociedad democrática.
Sandel asume el principio inconcuso de esta doctrina: gobernar es el arte de descubrir el bien común y tratar de hacerlo realidad. Y para ello enuncia dos presupuestos indispensables: enfrentarse y corregir los fallos de la aristocracia, la meritocracia y la tecnocracia devolviendo al trabajo la dignidad perdida (conforme pedía Juan Pablo II en su encíclica Laborem exercens), y afrontar las cuestiones morales que subyacen a nuestros sistemas económicos ensombrecidos por la política tecnocrática.
Del bien común no importa su versión económica como suma de preferencias e intereses de todas y de todos, sino su concepción cívica, en la que el bien común, más allá del bienestar como consumidores, lo define una reflexión crítica para mejorar y depurar preferencias. Para ello es primario y previo hacer una deliberación conciudadana sobre cómo conseguir una sociedad justa que cultive las virtudes cívicas, y un razonamiento conjunto para determinar los fines dignos de una comunidad política. En resumen, es un esquema más que un desarrollo en línea ortodoxa de la teoría eterna del bien común como objetivo político de una sociedad democrática. Sandel ha sido calificado de estrella del rock de la ciencia moral.

Un anecdotario festivo

NOTARIO DE GUARDIA

LIBRO 4

Repetía D. Jose Castán que es en el Notariado donde, no de forma esporádica sino típica y normal, sobresale un personal educado en el doble ambiente del estudio científico y de la percepción directa de la vida real. Así es. Y precisamente esa inmersión activa del notario en el quehacer ciudadano y el gesto serio y circunspecto con que lo iconiza el imaginario popular originan inevitablemente anécdotas, episodios e historietas que despiertan el asombro o la sonrisa cuando no la risa abierta de los concurrentes.
Dos periodistas ilustrados, Javier Ronda y Marián Campra, han tenido el humor y el acierto de recopilar, contactando con más de 200 notarios, en un libro de lectura ágil y ligera ilustrado con una decena de oportunas viñetas titulado Notario de Guardia (Campra Ediciones, septiembre 2020), un centenar de anécdotas, situaciones jocosas y divertidas que a veces se producen en esas oficinas prototipo de gravedad que son las notarías. Y no son las menos festivas las que un notario, el actual Presidente del Consejo, Jose Ángel Martínez Sanchiz, incluye en el prólogo de la obra, lo que corrobora que la seriedad se aviene, incluso compagina bien con el humor. Bergson definió en su ensayo la risa como un gesto social que castiga lo rígido. Y humaniza, podemos añadir, el porte habitualmente severo que se atribuye al notario. Otro colegiado inolvidable, Jose González Palomino, lo expresó muy bien: Yo soy hombre serio, decía, y por tanto de buen humor.

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