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MIGUEL ÁNGEL AGUILAR
Periodista

La figura de José Tomás, aún situada en la más alta cumbre de la torería andante, sigue siendo signo de contradicción y causa de desconcierto porque rehúsa con terquedad adoptar los hábitos de conducta propios del peculiar planeta taurino. He aquí, pues, al número uno de la tauromaquia instalado como un extraterrestre, fuera del mundillo de los ganaderos, de los apoderados, de los empresarios, de los críticos y de la prensa del papel couché. Un torero que sólo acepta ser noticia cuando pisa la arena de las plazas, sale a hombros en triunfo o es retirado a la enfermería. Eso si, la figura de José Tomás ha servido de nuevo para confirmar que la fiesta de los toros sigue marcando en España una divisoria, aunque haya dejado de ser aquella línea cainita que escindía el ruedo ibérico mediante un diámetro en esas dos Españas incompatibles, antagónicas, aludidas por el gran Antonio Machado en los versos donde dice: “españolito que vienes al mundo/ te guarde Dios/ una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón/.
En la época en que nuestro poeta escribía, de un lado quedaba la España de “charanga y pandereta,/ cerrado y sacristía,/ devota de Frascuelo y de María/”; la España zaragatera y triste; la España desatenta y embrutecida; la España cerril y abotargada; la que conocía al salir de los toros la derrota de la escuadra –“mas vale honra sin barcos, que barcos sin honra”- en Santiago de Cuba al enfrentarse a la Navy americana. Y del otro lado, “la España del cincel y de la maza”, “la España del compromiso y de la idea”, la España de la ilustración y el librepensamiento, la que tenía como programa europeizarse. Todavía, por ejemplo, en 1917 los iniciadores del diario El Sol, con Nicolás María de Urgoiti a la cabeza, tuvieron claro que sus páginas, donde colaboraban los grandes de la literatura y del pensamiento desde Ortega y Unamuno a Valle Inclán, negarían cualquier espacio a la crítica taurina. Han cambiado los tiempos y en nuestros días el rechazo a los toros ha dejado de ser seña de identidad inevitable de todo progresismo. Así permite verificarlo de forma meridiana el encumbramiento de José Tomás, porque ahora partidarios y detractores de la Fiesta nutren tanto las filas de los ilustrados como las de los reaccionarios, tanto las de los casticistas como las de los europeizadores, tanto las de los progresistas como las de los conservadores, tanto las de los escritores de culto como las de los populistas, tanto las de la clase dirigente como las del pueblo llano.
Lo cierto es que desde su vuelta a los ruedos hace más de un año, cada vez que en los carteles han puesto el nombre de José Tomás ha prendido la pasión y un público desbordado ha llenado hasta la bandera las plazas donde se anunciaba. Todas las tardes en las que José Tomás ha debido hacer el paseíllo, ya sea en poblaciones grandes o pequeñas, el magnetismo de su nombre ha hecho que se colgara el cartel de “no hay billetes” y que “los reventas”, versión castiza del mercado de futuros de Chicago, se vieran asaltados por quienes querían garantizarse a cualquier precio verle torear. José Tomás se ha convertido en la última leyenda viva del toreo, dentro de una secuencia que tiene muy contados eslabones, los que nos permiten remontarnos a Curro Romero, a “Antoñete”, a Antonio Ordóñez, inseparable de Ernest Hemingway, a Luis Miguel Dominguín, a “Manolete”, a “Joselito” o a Juan Belmonte, “el pasmo de Triana”. De este último se recuerda el diálogo con Ramón María del Valle Inclán quien le dijo “ahora, Juan, ya sólo te queda morir en la plaza” a lo que el torero replicó “se hará lo que se pueda, don Ramón”, se hará lo que se pueda”. También otro torero ya retirado “El Guerra” recomendaba a quienes quisieran ver torear a Belmonte que se dieran prisa porque el toro que iba a matarle ya estaba comiendo hierba. Luego el destino se cruzaría y quien moriría el 16 de mayo de 1920 en la plaza de Talavera en los cuernos del toro “Bailaor” sería “Joselito”, su rival, mientras que Belmonte, indemne en los ruedos, acabaría pegándose un tiro en su finca de Utrera (Sevilla) el 8 de abril de 1960.  

"En ese sistema de la contención verbal y gestual cristaliza José Tomás, quien le dijo a la novelista Almudena Grandes que volvía a los ruedos porque 'vivir sin torear no es vivir' y concluía 'hay que contar con la posibilidad de morir; hay que tener miedo y aprender a superarlo"

Tras una retirada que había durado cinco interminables años, verdadera travesía del desierto para sus ardientes seguidores, el maestro José Tomás decidió reaparecer en la plaza monumental de Barcelona el 17 de junio de 2007. Se dijo que quiso hacerlo allí en recuerdo de muchas tardes de triunfo sobre esa misma arena. Pero su elección tenía también el sabor de un silencioso desafío porque hacía el paseíllo pocos meses después de que el gobierno municipal, una coalición de socialistas y nacionalistas, hubiera declarado aquella ciudad territorio anti taurino. El caso es que los ecologistas, trufados de militantes de Esquerra Republicana de Cataluña, se habían apostado con anticipación en las calles adyacentes, blandiendo cartelería adversa, coreando consignas e increpando a los aficionados que iban afluyendo al coso para ocupar sus localidades. Por una vez me había adelantado y en premio tuve la ocasión privilegiada de situarme frente a José Tomás, ya vestido de luces con su capote de paseo al hombro, de pie, ante el portón de cuadrillas, a la espera del momento en que hubiera de salir al ruedo.
Eran las cinco en punto de la tarde, hora del meridiano de Greenwich y del “Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías” de Federico García Lorca, aunque el reloj de la plaza Monumental de Barcelona marcara dos más, conforme al adelanto establecido por conveniencias oficiales para mejor aprovechamiento de la luz solar. Entonces el presidente, máxima autoridad del espectáculo, dejó flotar su pañuelo blanco sobre la barandilla del palco para que a esa señal convenida sonaran los clarines y timbales, se abriera el portón y los tres espadas iniciaran el paseíllo, seguidos de los subalternos, los picadores, los monosabios, los areneros y las mulillas de arrastre y cruzaran en diámetro la arena del redondel hasta llegar a las tablas al pie de la presidencia, ofrecer su saludo de respeto y dejar al mismo tiempo constancia de encontrarse todos en perfecto estado de revista, según dispone el reglamento. Había un lleno absoluto. Entonces estalló una ovación unánime, emocionada, interminable. José Tomás hubo de corresponder saliendo del burladero a saludar con el gesto cortés de reclamar la presencia de sus compañeros de terna con los que quería compartir los aplausos. Enseguida los alguacilillos a caballo despejaron la plaza, se abrió el toril y salió el primero de la tarde, que correspondía lidiar a “Finito de Córdoba”. Luego vino el turno de José Tomás y empezó el delirio.
Recordé las páginas de José Bergamín dedicadas a “la música callada del toreo”. Porque desde el primer lance de José Tomás con el capote quedamos todos embriagados por una interpretación asombrosa del arte de torear. Era la lentitud del torero contrapuesta a la velocidad del toro, conforme a esa mecánica existencial descrita por Milan Kundera. Era, cada vez, el hallazgo de la distancia precisa a la que debía citarse al animal para provocar su embestida. Era el aguante con los pies juntos, atornillados en el centro del redondel, sin enmendarse. Era el valor impávido, sin alardes. Era el dominio con la mirada en los ojos del toro, hasta lograr el sometimiento colaboracionista de una res con más de cuatro años y por encima de los quinientos kilos.
Como en el poema dedicado por Fray Luis de León a su músico predilecto Francisco de Salinas, en la Monumental de Barcelona  estábamos viviendo aquello de “El aire se serena/ y viste de hermosura y luz no usada,/ Salinas, cuando suena/ la música extremada,/ por vuestra sabia mano gobernada./”. Aunque en este caso lo que sonara fuera el silencio absoluto de un público entregado a “la música callada”, al “desmayo dichoso”, que iba dibujando José Tomás con sabia mano. La derecha, y la portentosa izquierda. Solo después de consumado cada lance estallaba el ¡olé!, entusiasmado, unánime, de quienes nos sentíamos transportados en comunión plena con el arte. Ninguna explicación era precisa, la belleza anonadaba por igual a los aficionados más expertos y a los que habían acudido por primera vez. Concluía una serie ligada de pases, rematada en adorno, y todos, movidos por el resorte de la admiración más encendida, nos sorprendíamos de repente en pie para subrayar nuestra ovación cerrada. Frente a aquellos toreros que una y otra vez dejan patente “con cuánto trabajo erraron”, que se empeñan en la porfía sin obtener la embestida de su antagonista, nuestro José Tomás en su reaparición era el ángel, “la gracia bajo presión”.

"En Barcelona solo después de consumado cada lance estallaba el ¡olé!, entusiasmado, unánime, de quienes nos sentíamos transportados en comunión con el arte. La belleza anonadaba por igual a los aficionados más expertos y a los que habían acudido por primera vez"

Para José Tomás, la temporada de su vuelta a los ruedos, la de 2007, fue deliberadamente corta porque la inició cuando ya iba muy avanzada. Las principales ferias taurinas –la de Sevilla, en la Maestranza y la de San Isidro, en la Monumental de las Ventas-  ya habían terminado. Evitó prodigarse. Sólo compareció en algunas plazas de las prefirió excluir las de primera categoría y decidió concluirla el 23 de septiembre en Barcelona, víspera de la fiesta de la Virgen de la Merced, patrona de la ciudad. Para el 2008 decidió presentarse en los ruedos más exigentes empezando por Sevilla en abril con un triunfo memorable, que le abrió la Puerta del Príncipe para salir a hombros después de cortar tres orejas. También vino a la Monumental de Madrid, fuera de la feria, los días 5 y 15 de junio. La tarde del 5 fue de apoteosis ante un público que parecía estar dolido por la ausencia del año anterior, el Rey estaba no en el Palco de Honor sino en barrera. El derroche de arte y valor derrochados por José Tomás sellaron un nuevo  entendimiento, un éxtasis de emociones, que adquirió tintes de delirio y borró la sombra de la menor reticencia. Días antes le habían preguntado al torero Luis Francisco Esplá qué es el valor. Su respuesta certera fue que “el valor es ponerse en el sitio donde se pone José Tomás”. Casi noventa años atrás otro predecesor de los grandes, Rafael “El Gallo”, dijo que “un torero es artista cuando tiene un misterio que decir y lo dice”. Los 22.000 privilegiados espectadores de esa tarde en Las Ventas podemos atestiguar dónde está la cumbre nunca antes vista del arte y el valor, tan raras veces conjugada al mismo tiempo. Un año atrás cuando la reaparición en Barcelona me recuerdo llorando abrazado a mi hija y a mi compañero de tendido, el actor Sancho Gracia, nuestro particular John Wayne. Esta vez, en Madrid, me abrazaba con los desconocidos para descargar la emoción que me abrasaba.
Muchos pensaron que después de ese momento culminante había que desertar de los toros porque nunca podría darse una conjunción astral comparable. Pero José Tomás volvía a los carteles de la Monumental de Madrid diez días después, el 15 de junio, y allí acudimos los incurables. De París había venido a verle Jorge Semprún y encaminados desde primera hora hacia la Plaza nos encontramos con el cantante y poeta Joaquín Sabina, que ha logrado la rara amistad del torero. Esta vez los toros se resistían a prestar su imprescindible colaboración. José Tomás hubiera podido dejar en evidencia la imposibilidad de lucimiento y con faenas de aliño quitárselos de en medio. Prefirió hacer una demostración de vergüenza torera y de pasión, que acabó en sangre pero no doblegó su decisión de cumplir. José Tomás puso la plaza boca abajo y cortó una oreja al primero de su lote y dos al segundo, que no pudo pasear dando la vuelta al ruedo porque cuando las recibió del alguacilillo saludó y atravesó en diagonal la arena para entrar en la enfermería. Enseguida los detractores agazapados surgieron para evocar que el toreo de José Tomás “tiene aroma de ciprés” y que anda buscando morir en la plaza como “Joselito” o su ídolo “Manolete”. Pero esos críticos son los mismos que si José Tomás hubiera optado por no emplearse a fondo le hubieran reprochado valerse del triunfo del primer día para cobrar también la segunda tarde, sin exponerse ni intentar sacar lo que toros tan difíciles tuvieran, que es la ocasión donde han de medirse los maestros. Como ha escrito el poeta y cantante Joaquín Sabina, no se trata de un loco sino de un torero, de un artista, con un orgullo que no deja sitio a la vanidad, de corazón caliente y sangre fría con creces derramada. José Tomás sostiene que cada cornada es un error del diestro.     

"José Tomás se ha convertido en la última leyenda viva del toreo, dentro de una secuencia que nos permite remontarnos a Curro Romero, 'Antoñete', Antonio Ordóñez, Luis Miguel Dominguín, 'Manolete', 'Joselito' o Juan Belmonte, 'el pasmo de Triana'"

Rafael Sánchez Ferlosio en su libro Las semanas del jardín lleva a cabo un deslumbrante análisis comparativo para dejar claras las diferencias de la fiesta de los toros con la competición deportiva, el teatro, el cine y el circo. En este último espectáculo también intervienen los animales, incluso las fieras, pero sus números consisten en ejercicios de doma y nadie vuelve al circo para ver la misma función. Por el contrario aunque se repitan en el cartel los mismos espadas y los toros que hayan de lidiarse sean de la misma ganadería nadie puede decir por anticipado que ya ha visto esa corrida. Porque en la fiesta de los toros hay unos cánones, unas figuras, que los toreros deben ejecutar, pero en este caso, sin doma previa, cada toro guarda siempre una dificultad distinta en su embestida. Observemos también que sometidos a la televisión en directo hay espectáculos que resisten intactos, algunos como las competiciones deportivas mejoran las opciones del espectador porque las cámaras pueden repetir las jugadas decisivas, tomadas desde ángulos complementarios, pero las retransmisiones taurinas enturbian la belleza porque traen a primer plano la expresión contraída del rostro del torero en algunos momentos como, por ejemplo, el de la “hora de la verdad” cuando se tiran a matar y deben salvar las astas del toro. Sea para evitarlo o por otras razones no explicadas, el hecho es que José Tomás se niega a que sus actuaciones sean televisadas lo cual le ha creado problemas en las plazas que complementan los ingresos con los derechos de retransmisión del espectáculo. Así que quien quiera verle torear solo puede hacerlo yendo a la plaza. Puede que su renuncia le prive del impacto adicional que añade la televisión pero el torero gana de este modo proyección en el plano de la leyenda. Otra cosa distinta es que él se haga grabar sus actuaciones para repasar después en detalle los errores en que haya podido incurrir.
Hastiados como estamos de ver y escuchar a todas horas a las figuras del mundo deportivo, como los galácticos del fútbol por ejemplo, haciendo declaraciones incesantes por radio o televisión o en entrevistas concedidas a diarios y revistas, donde por lo general sólo dan muestras de incapacidad para remontar tópicos de bajura y lugares comunes, sorprende y admira el laconismo del leguaje, cargado de sentido, que se advierte en los matadores de toros, incluso si hablan los que van más rezagados en el escalafón. Será que se juegan la vida y que de ahí les nace un grave respeto a las palabras que comprometen. En ese sistema de la contención verbal y gestual cristaliza José Tomás, quien en una de sus contadísimas entrevistas le dijo a la novelista Almudena Grandes poco antes de reaparecer en junio de 2007 que volvía a los ruedos porque “vivir sin torear  no es vivir” y concluía “hay que contar con la posibilidad de morir; hay que tener miedo y aprender a superarlo”. En otra ocasión José Tomás interrogado sobre si tenía miedo se adelantó a reconocer que tenía tanto que a veces para ir a torear dejaba su cuerpo en la habitación del hotel.
Los grandes toreros viven en el límite por eso nunca cuando alternaron en tertulias sentados junto al pintor Picasso, al poeta García Lorca, al filósofo Ortega y Gasset o a los escritores Valle Inclán, Bergamín, Baroja o Hemingway. José Tomás está ya recuperado de las cornadas que recibió en su actuación del 10 de agosto en la plaza del Puerto de Santa María, donde toreaba un mano a mano con “Morante de la Puebla” que se pensaba la corrida del año y se quedó en fracaso. Como dijo el crítico del diario “El País” todo estaba preparado para que fuera una ocasión culminante pero nadie se ocupó de hablar antes con los toros de la ganadería de “Nuñez del Cuvillo”. Ellos fueron los cuales con su actitud impidieron el menor lucimiento de los matadores. Sucede, como escribió Sebastián de Erice, secretario técnico de la Unión de Criadores de Toros de Lidia, “que es imposible garantizar que los toros embistan”. El último compromiso para cerrar la temporada era el domingo 21 de septiembre de nuevo en Barcelona y Jorge Semprún tampoco quería perdérselo.

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