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No hay ninguna duda de que los tiempos de crisis son necesariamente tiempos de pronósticos. Es difícil reflexionar sobre nuestra coyuntura actual sin incurrir en la debilidad de imaginar un plazo de duración, un punto de inflexión, el fondo del pozo y, por supuesto, la luz al final del túnel. Cuál sea concretamente esa luz, que no sólo nos saque del atolladero sino que nos impida caer nuevamente en él, no parece sencillo adivinarlo, pero de lo que no hay duda es que todos los ojos se dirigen a un mismo objetivo: el Estado.
Los politólogos han sido los primeros en apresurarse en anunciar el inicio de una nueva época. O más bien, el retorno a una bien conocida, porque a veces se nos olvida que, tras la Segunda Guerra Mundial, Europa ha vivido más tiempo bajo el paraguas de la socialdemocracia que a la intemperie del neoliberalismo. En cualquier caso, el vaticinio es claro: el Estado, el héroe de la modernidad clásica, será el gran protagonista de los tiempos venideros. Vuelta al big goverment y al paternalismo burocratizado.

"El Estado sigue siendo incapaz de prever los riesgos derivados del “libre” funcionamiento del mercado y, por supuesto, de intervenir para evitarlos. Construir uno fuerte no es fácil, ni aun deseándolo. Más aun, cuando, como ocurre en España, nadie parece estar especialmente interesado"

La verdad es que la idea no deja de resultar atractiva, máxime en horas de incertidumbre radical, como las que hoy padecemos. Además, es probablemente muy necesaria, pues han sido los excesos desregulatorios los principales culpables de la caótica situación en la que nos encontramos. No deja de ser sorprendente la difusión que ha llegado a alcanzar entre casi todos los colores políticos –al menos en la práctica- esa idea de que un mercado dejado a su completo albur garantiza plenamente la eficiencia, o lo que para muchos es lo mismo, la justicia. Es normal que al despertar del sueño lo primero que se añore sea la casa paterna.
Pero lo que tampoco cabe negar es que en esa añoranza y en esos pronósticos hay mucho de wishful thinking. Da la impresión de que lo que se tiene en mente es la imagen del Estado como un enorme gigante al que una suerte de temerosos liliputienses neoliberales han mantenido atado con férreas cuerdas y que ahora, cuando nos damos cuenta de su carácter apacible y benéfico, nos apresuramos a liberar para solicitar su inestimable ayuda. O, por utilizar otra metáfora todavía más conocida, un padre afectuoso, y muy bien equipado, dispuesto a sacrificar el novillo cebado a la vista del sincero arrepentimiento de sus hijos pródigos.
La realidad es muy distinta. Más que un gigante, el Estado es hoy, después de décadas de desmantelamiento y desgobierno, una organización profundamente ineficiente, desde la Administración central a la Judicatura, dirigida por políticos atados por sus estructuras e intereses partitocráticos, donde reina a sus anchas el principio de irresponsabilidad, lógico e interesado fruto de la falta de rendición de cuentas y de la indefinición competencial, tanto territorial como funcional. A todo ello hay que añadir el grave déficit presupuestario que padecen todas las Administraciones públicas, que no va a hacer otra cosa que ir a peor. Si este es el Estado en el que tenemos que confiar a partir de ahora, definitivamente no hay luz al final del túnel.

"El Estado es hoy, después de décadas de desmantelamiento y desgobierno, una organización ineficiente, desde la Administración central a la Judicatura, dirigida por políticos atados por sus estructuras e intereses partitocráticos, donde reina a sus anchas el principio de irresponsabilidad"

Pero puede haberla si esta crisis, al menos, nos despierta de otro sueño. Del sueño de que una sociedad con significativos crecimientos anuales del PIB podía permitirse el lujo de una Administración ineficiente y de una clase política poco brillante. Sueño que, en realidad, no es más que una manifestación de ese general fenómeno de confianza en lo que se ha venido a llamar “los sistemas expertos” (la medicina, la genética, la industria farmacéutica, las finanzas, etc.) capaces de sostener por si solos a la sociedad en general y a nuestras vidas en particular. Pero el que no podíamos permitírnoslo lo demuestra la propia existencia de la crisis, a la postre facilitada por un sector público supuestamente regulador, pero que –por confiar tan ingenuamente como el resto- ha terminado delegando su función directora en los bancos y en los mercados financieros, que suelen estar para otra cosa. Por eso, ¿cómo nos va a sacar el Estado (nuestro Estado, el único que tenemos) de la crisis, si por su ineficacia e inhibición ha sido incapaz de preverla?

"Tras la Guerra Mundial, Europa ha vivido más tiempo bajo el paraguas de la socialdemocracia que a la intemperie del neoliberalismo. En cualquier caso, el vaticinio es claro: el Estado será el gran protagonista de los tiempos venideros. Vuelta al big goverment y al paternalismo burocratizado"

Pero hay un sueño más del que despertar: del sueño de que podía haber sido de otra manera. Malos productos producen malos resultados y esa relación de causalidad sí que es una verdadera ley de hierro. Basta leer estos días la prensa para comprobar cómo el Estado, hoy mismo, con todo lo que ha pasado, sigue siendo incapaz de prever los riesgos derivados del “libre” funcionamiento del mercado y, por supuesto, de intervenir para evitarlos. No cabe duda de que el futuro debería reservar al Estado un papel importante que jugar, pero no a uno débil, pequeño, fragmentado, capturado, incapaz de poner resistencia, incapaz de idear y dirigir una política económica autónoma. El verdadero problema es que construir uno fuerte no es fácil, ni aun deseándolo. Más aun, cuando, como ocurre en España, nadie parece estar especialmente interesado.

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