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MIGUEL ÁNGEL AGUILAR
Periodista

En la plaza de San Pedro se había congregado la multitud una vez que se supo que por la chimenea era visible la fumata blanca, es decir, que mediante señales de humo se daba noticia de que a la quinta votación el colegio cardenalicio, recluido en la capilla Sixtina había alcanzado la mayoría de dos tercios necesarios para la designación de quien había de ocupar el solio pontificio. Era el final del cónclave, esa asamblea de varones ancianos que en principio habrían sido declarados inválidos para cualquier tarea relevante. Imaginaba Juan Goytisolo el pasmo de Jesús de Nazaret y el de millones de desheredados creyentes al ver en la tele un ceremonial tan anacrónico como huero, que no puede alterarse sin dejar de existir Pero, fuera de imaginaciones, crecía la expectación, las emisoras de radio y los canales de televisión mantenían las antenas y las cámaras enfocadas en la logia central donde debería aparecer el cardenal protodiácono, Jean Louis Tauran, para dar cuenta -nuncio vobis gaudium magnum habemus Papam- del elegido Jorge Mario Cardenal Bergoglio y del nombre Francisco bajo el cual ejercerá. Pasaban los minutos de suspense los periodistas ante las cámaras y los micrófonos daban pruebas de su habilidad o de su torpeza para rellenar un lapso de tiempo buscando recursos y apoyándose en expertos de ocasión, que competían en inanidad y en fraseología vaticanista almibarada a base de dar vueltas al Espíritu Santo y su inspiración.

"En la plaza de San Pedro se había congregado la multitud una vez que se supo que por la chimenea era visible la fumata blanca, por la que se daba noticia de que a la quinta votación el colegio cardenalicio, recluido en la capilla Sixtina había alcanzado la mayoría de dos tercios necesarios para la designación de quien había de ocupar el solio pontificio"

Ninguno de ellos supo desentrañar el significado de la gaviota, que se había posado junto a la chimenea humeante, en prueba de que el nuevo obispo de Roma venía del otro lado del océano atlántico. Tampoco la audiencia fue ilustrada por el significado y el origen de las compañías de infantería, de la armada, de la aviación y de los Carabinieri, las cuales con sus correspondientes banderas y bandas de música iban llegando en perfecta formación para alinearse junto a la Guardia Suiza, en paralelo a la fachada principal de la Basílica. El nuevo Papa iba a recibir así junto a los honores litúrgicos los primeros honores militares, cuando ya fallaba la luz del día y sobre la piedra mojada por la lluvia se reflejaban los focos luminosos y las siluetas de uniforme. Era una comprobación más de que sólo la Iglesia y las Fuerzas Armadas saben cumplir esa función de rendir honores, sea quemando incienso o disparando salvas, con el agua bendita de los hisopos o la pólvora de los cañones, con los cortejos procesionales o los desfiles de las unidades, con la música sacra o la música militar.
En la conferencia de Yalta de 1945 cuando se planteaba que el Papa participara en las conversaciones de paz Stalin preguntó a Churchill cuántas divisiones tenía el Papa. Pero lo que el Papa tenía y sigue teniendo en gran medida es el sistema de asistencia espiritual a los ejércitos, mediante el que brinda el confort espiritual que favorece la entrada en combate y llegado el último momento las honras fúnebres a los que dejan allí su vida para consuelo de quienes les han sobrevivido. Enfervorizar a los guerreros ha sido siempre un factor decisivo en la batalla. Lo explica muy bien Richard Overy en su libro Por qué ganaron la guerra los aliados, uno de los análisis más perspicaces de la Segunda Guerra Mundial. En la guerra es de primera importancia tener a Dios de nuestra parte. El día que los milicianos fusilaron la imagen del Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles perdieron la guerra civil porque su capacidad de enfrentarse a los enrolados en la cruzada cristiana o en la jihad islámica quedaba muy debilitada. En este sentido Overy refiere cómo hasta en la Unión Soviética, donde Dios había sido prohibido oficialmente, la religión renació por necesidades de la Segunda Guerra Mundial. De manera que el día de la invasión alemana, el metropolitano Sergei, cabeza de la Iglesia ortodoxa rusa, después de haber sido perseguido por las autoridades durante años pidió a los fieles que hicieran todo cuanto pudiesen por ayudar al régimen y concluyó su oración diciendo "¡El Señor nos concederá la victoria!" (a los soviéticos).  
Volvamos a la plaza de San Pedro, recordemos el trisagio angélico y su estribillo de ?Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los Ejércitos? y veamos un poder sin ejércitos, salvo los alabarderos de la Guardia Suiza, con carácter simbólico pero con una función tan relevante como la de rendir honores militares a los jefes de Estado que son recibidos en el Vaticano por el Papa, quien además conserva resortes para influir sobre la moral de combate de muchos ejércitos. Desechemos por tanto la idea de que el Papa sea un inválido en la carrera del poder. Sobre todo cuando además tiene una panoplia de condecoraciones que ofrecer y un servicio de inteligencia muy por encima del de las primeras potencias por la capilaridad de su despliegue y la entrega de sus agentes.?. Observemos, por contraste, que la Unión Europea, seguirá muy capitidisminuida en tanto que en Bruselas sólo pueda presentar una alineación de guardas jurados de Prosegur o Seguriber ante la llegada del presidente de los Estados Unidos, de China o de Rusia o de Tanganica. Que además carezca de condecoraciones propias que otorgar y de un servicio de inteligencia disponible, explica muchas de sus vulnerabilidades.

"El anuncio de la muerte de Hugo Chávez el 5 de marzo estuvo rodeado de las sospechas inevitables que generan los regímenes caudillistas por su  empeño en reservarse la administración de los tiempos y en decretar la gradualidad de las noticias"

Un cambio de escenario de Roma a Caracas puede servirnos para indagar algo más en la naturaleza de los ejércitos que adquiere gran visibilidad con el anuncio oficial de la muerte del presidente de Venezuela Hugo Chávez el 5 de marzo. Un anuncio rodeado de las sospechas inevitables que generan los regímenes caudillistas por su  empeño en reservarse la administración de los tiempos y en decretar la gradualidad de las noticias, conforme siempre a las conveniencias de una ?nomenclatura?, que parte del supuesto de la minoría de edad de la población. Porque los apóstoles de la verdad, en este caso chavista, como sucedía en 1938 con los franquistas amparados en la Ley de Prensa de Serrano Súñer, se consideran guardianes de la revelación y declaran setenta y cinco años después, como hacía la mencionada  ley, que quien ?tienda a mermar el prestigio de la Nación o del Régimen, entorpezca la labor del Gobierno en el Nuevo Estado (república bolivariana, en nuestro caso) o siembre ideas perniciosas entre los intelectualmente débiles? sería severamente castigado y remitido a las tinieblas exteriores. 
Todos saben que el comandante ha muerto de cáncer pero, en vez de facilitar el parte médico correspondiente, como hicieron aquí reconozcámoslo los especialistas integrantes del equipo médico habitual, las autoridades del régimen de Caracas han preferido dictaminar que la responsabilidad corresponde a  los imperialistas norteamericanos. Enseguida el vicepresidente Nicolás Maduro, sobrepasando lo dispuesto en la constitución, ha decidido denominarse "presidente encargado" y ha prodigado toda suerte de halagos a las Fuerzas Armadas, en un momento en que se sienten invadidas por un sentimiento de orfandad. Trance que presenta algunas analogías con el que atravesaron los militares españoles a la muerte del que llamaban Generalísimo. Desde el fondo en Caracas se ha escuchado también a uno de los mandos reivindicar el apelativo chavista para aplicárselo al Ejército con el añadido de "a mucha honra".  Pero ni muerto Franco las Fuerzas Armadas españolas podían seguir siendo franquistas, ni las portuguesas salazaristas muerto Salazar, ni las rusas stalinistas muerto Stalin, ni las chinas maoístas muerto Mao. También las venezolanas deberán hacer un cambio de lealtades y convertirse en las Fuerzas Armadas de la nación. Porque  los ejércitos no pueden ser monopolizados por una opción política y los de Nicaragua tuvieron que dejar de ser sandinistas y los de Cuba, cuando se produzca el hecho biológico, tendrán que dejar de ser castristas.
Porque al igual  que en botánica hay plantas de hoja perenne y de hoja caduca, también hay instituciones que perviven y otras que llevan anillada la fecha de caducidad, indisolublemente ligada a la del fundador del régimen personal que nunca le sobrevive. Estas instituciones de hoja caduca son las más pregonadas como de duración milenaria, según vimos con el III Reich o aquí con los sindicatos verticales o el Movimiento Nacional, que era "por su propia naturaleza permanente e inalterable" y del que nunca más se supo. En a otra vertiente, las Fuerzas Armadas son un referente decisivo del Estado, de ahí que, como en alguna parte tengo escrito, muchas veces los partidos políticos oscilen entre el recelo y el halago y que los regímenes autoritarios o dictatoriales quieran garantizarse su manejo porque las consideran la ultima ratio, la clave para garantizarse el sometimiento de la población, cuando llega la ocasión de defenderse de ella.

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