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Por: IGNACIO MALDONADO RAMOS
Notario de Madrid


Parte de las instituciones del Derecho Internacional beben en viejas normas y costumbres de nuestros antiguos municipios (esos que están hoy en trance de desaparecer por despoblarse a la carrera). Entre esas reglas tradicionales encontramos el llamado “Derecho de Frontera”, que era un tipo de prestación personal impuesta a los vecinos, y que consistía en levantar lindes y paredes para distanciar los diferentes términos o barrios. Esa concepción del límite entre jurisdicciones se extrapoló a las instancias superiores, pasando la frontera a ser el punto más extremo donde llega la potestad de un determinado Estado. En un principio, era indiferente que hubiera o no un poder instituido al otro lado. Bastaba con que fuera imposible imponer la propia autoridad más allá, como en el yermo estratégico castellano de nuestra Alta Edad Media, o el “Far West” americano. Más tarde, cuando el reconocimiento de la identidad nacional de todos los pueblos se introdujo en las instituciones internacionales, las fronteras pasaron a delimitar dos o varios ordenamientos político-jurídicos, con la necesidad de establecer un adecuado sistema para resolver los inevitables conflictos de dicha vecindad, por supuesto excluyendo el recurso a la violencia.
Pudiera pensarse que en los momentos actuales la frontera como elemento físico separador es un concepto superado, no solo por la universal aceptación de la cooperación internacional y la solución pacífica de las cuestiones que se susciten entre Estados, sino también por los vertiginosos avances entre los medios de comunicación y de transporte. Sin embargo, hemos podido constatar por desgracia como resiste y aún se refuerza ante los embates de la inmigración y los movimientos demográficos. Al mismo tiempo, en un entorno en que su abolición parecía más o menos inminente, se han establecido y redefinido fronteras nuevas en los últimos años (como en los casos de Sudán del Sur y Crimea), verificándose claramente un importante retroceso en la evolución de las relaciones internacionales.

"El 'Derecho de Frontera' era un tipo de prestación personal impuesta a los vecinos que consistía en levantar lindes y paredes para distanciar los diferentes términos o barrios"

Hay que hacer constar, no obstante, que por mucho que las instancias nacionales se empeñen en lo contrario, las líneas fronterizas han alimentado siempre cierta imprecisión. Ni siquiera los trazos longitudinales empleados en los tratados y convenios internacionales ofrecen una información segura, como nos enseña la geometría fractal. Al mismo tiempo, siempre se ha constatado la existencia de una identidad propia y especial en los territorios inmediatos a dichas líneas, es decir, la llamada “cultura de Frontera”. Las personas que habitan o ejercen actividades en dichos lugares han ostentado siempre una personalidad característica, que implica una especie de solidaridad entre los vecinos de ambos lados (la reciprocidad, de la que hablaba Bonfante al estudiar las relaciones de vecindad), ajena a las normas imperativas de sus propios Estados. Piénsese, por ejemplo, en el caso de la isla de los Faisanes, sita en el centro de la parte fronteriza del Río Bidasoa, así llamada porque allí acudían los vecinos de ambas riberas a dirimir sus cuestiones ante los “hacedores” (o faissants) por ellos mismos escogidos. Esa relación especial se ha manifestado también en casos de conflictos armados sufridos en un país, donde los habitantes del vecino han abierto sus puertas a los refugiados, a pesar de la prohibición expresa de sus gobernantes, como fue el caso de la raya portuguesa durante nuestra guerra civil (en beneficio de personas pertenecientes a ambos bandos).
Desde luego, no hay que olvidar que si las fronteras distan de haber sido abolidas, se han arbitrado federaciones y comunidades supranacionales que las diluyen y difuminan mediante acuerdos y convenios (como el de Schengen). El problema es que, como se está viendo en los últimos tiempos, parece que se trata de una tendencia en retroceso. Incluso un país como el nuestro, tradicionalmente abierto y acogedor, se ha visto obligado a unirse al carro de la estanqueidad, en cumplimiento precisamente de compromisos internacionales adoptados por una Unión presuntamente orientada a la integración de pueblos y naciones.
Al mismo tiempo, cuando el intercambio transfronterizo se realiza en circunstancias menos dramáticas, el progreso técnico e industrial permite reducir el tránsito al mínimo. En este contexto cobra especial importancia el establecimiento de puentes (de todo tipo) que permiten cubrir la distancia entre distintos países y que contribuyen a adelgazar cada vez más ese territorio ambivalente del que hablaba antes. Naturalmente, estos puentes pueden surcar terrenos, ríos o barrancos, pero también se han hecho horadando montañas o fondos marinos. Del caso histórico del Simplón a los más actuales del Eurotunnell o el Öresundbron, se ha conseguido que distancias que antes aislaban férreamente pueblos y naciones puedan franquearse en un tiempo mínimo, contribuyendo de modo notable al entendimiento y la comunicación entre los hombres. Estos progresos, además, se consolidan gracias a la inamovilidad de dichas construcciones, alzándose firmes frente a tentaciones disgregadoras (no hay que olvidar que entre los partidarios del Brexit se ha escuchado, probablemente en broma, la idea de volar el Chunnell como sea, incluso mediante una bomba atómica).

"Hay que hacer constar que por mucho que las instancias nacionales se empeñen en lo contrario, las líneas fronterizas han alimentado siempre cierta imprecisión"

Precisamente la labor de tender puentes era una de las atribuciones permanentes de la magistratura romana, incluyendo tanto la edificación de los mismos (no en vano se atribuye a Roma su introducción como elemento fijo e inmutable) como su conservación posterior. Esta misión se equipara a la comunicación con los propios dioses, quizá porque al cruzar un río a través de un puente se desafiaba el orden natural establecido y era necesario propiciar a las deidades ribereñas. Dicho título es heredado por el Papado católico, cuyos detentadores ostentan desde el principio el carácter de Pontifex Maximus, como supremos guías de la humanidad en el camino hacia el cielo. En la actualidad se retoma la metáfora para hablar de los lazos culturales y económicos entre los pueblos, fomentando la comunicación mediante los oportunos puentes sociológicos e interraciales, sobre todo a partir de la reciente crisis de los refugiados.
En cualquier caso, los puentes físicos o reales son una constante en nuestra historia, habiendo merecido también la atención de las comunidades políticas más reducidas, que regularon igualmente el llamado derecho de Pontazgo o portazgo, por el que los que usaren del puente debían abonar cierta cantidad. Fue una tradición criticada en los albores del Estado Moderno, por sus resabios feudales y por dificultar el libre tránsito (al efecto, se suelen citar las veinticinco ocasiones en que habían de pagarse al atravesar el Rhin en una distancia mínima), pero lo cierto es que se puede apreciar que se mantienen (con otros nombres) en la actualidad, y así, hasta cierto punto, coinciden con los peajes que a veces se devengan en las carreteras que se surten de dichos puentes.
Pero junto al puente, como elemento integrador, existen otras construcciones humanas que parecen buscar un efecto contrario: los muros. Nada más frustrante y descorazonador para un viajero que toparse en su camino con una sólida pared que pone un punto a sus correrías y que le obliga a negociar su franqueo o a dar media vuelta. También en nuestro derecho medieval se reguló éste fenómeno, si bien con un ámbito más restrictivo, pues se exigía un privilegio especial para erigir muros con efectos defensivos (el llamado “Derecho de Muralla”). Junto a éstos, se ha admitido tradicionalmente el levantamiento de paredes y elementos divisores entre distintas parcelas o propiedades, pero, curiosamente, bajo el principio general de su carácter común y bilateral (la “medianería” de nuestro Código Civil).

"No hay que olvidar que si las fronteras distan de haber sido abolidas, se han arbitrado federaciones y comunidades supranacionales que las diluyen y difuminan mediante acuerdos y convenios (como el de Schengen)"

El problema es que en los últimos años se ha recrudecido el empleo de estos muros (de piedra, de hormigón o de metal) para cerrar definitivamente las fronteras al paso humano, a veces dotándolos de elementos disuasorios añadidos, extremadamente crueles (como esas “concertinas” o cuchillas que, para nuestra vergüenza, coronan las verjas de las ciudades españolas de África, y que recuerdan aquellos cristales rotos que solían ponerse en lo alto de muchas paredes para disuadir a posibles invasores). No solo eso, sino que una de las prioridades enunciada por la nueva Administración estadounidense ha sido la de cubrir toda su frontera sur con una valla lo más impenetrable posible, a fin de evitar el paso indiscriminado a su territorio. Son ejemplos de la retroacción actual en cuanto a la apertura de fronteras y unificación de Estados que hasta hace poco parecía ser la tendencia dominante en el pensamiento moderno.
Todavía es pronto para saber el resultado final y si esta obsesión por aislarse físicamente de los vecinos va a ejecutarse realmente en esa integridad anunciada. En cualquier caso, no hay que olvidar que la mayoría de los muros defensivos acabaron siendo inoperantes y no impidieron la entrada de invasiones exteriores (como en La Gran Muralla China o Bizancio) ni la salida libre de los habitantes encerrados dentro (como el Muro de Berlín). Y donde subsisten, a veces se les emplea para actividades más lúdicas que aislantes (como los partidos de voleibol en Naca, que emplean como red la valla fronteriza que divide el pueblo entre México y Estados Unidos).

"Del caso histórico del Simplón a los más actuales del Eurotunnell o el Öresundbron, se ha conseguido que distancias que antes aislaban férreamente pueblos y naciones puedan franquearse en un tiempo mínimo, contribuyendo de modo notable al entendimiento y la comunicación entre los hombres"

Para ello, se ha contado desde siempre con un elemento constructivo singular: las puertas, que sirven para paliar el aislamiento defensivo mediante aberturas que permiten la entrada y salida de personas y elementos. Su uso ha sido siempre consentido o tolerado por los poderes de ambos lados, con múltiples objetivos, bien sea para cobrar un tributo a las mercancías que entraban y salían de las ciudades (llamado “Portoria” o “Derecho de Puertas” en los textos jurídicos clásicos), bien para dialogar de un modo discreto o incluso clandestino (como en las reuniones del Checkpoint Charlie en el Berlín dividido). De hecho, en la propaganda oficial de la candidatura de Trump se hacía referencia a las “amplias puertas” con que necesariamente habría de contar la ampliación del muro prevista.
Como he dicho, aún no se puede calibrar en que manera estas tendencias restrictivas pueden invertir el flujo creciente de la libertad de movimientos. Se ha multiplicado la información al respecto, y así hemos podido ver imágenes donde se muestra a los aspirantes a la inmigración forzando por sí mismos con sopletes los vallados para acceder a su vecino del Norte.
Hay, pues, resquicios a la esperanza. Nadie duda que el ingenio humano, a costa del sacrificio necesario, sabrá abrir nuevas aberturas cada vez que los poderes se empeñen en separar a los hombres tendiendo vallas en vez de puentes.

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