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Por: ENRIQUE FEÁS
Técnico Comercial y Economista del Estado
Investigador Asociado del Real Instituto Elcano


COVID-19: LA HORA DEL DERECHO

El coronavirus SARS-COV-2, causante de la enfermedad denominada COVID-19, ha conseguido detener el mundo. El hecho de que incluso los Juegos Olímpicos de 2020 hayan tenido que suspenderse -algo que solo dos guerras mundiales habían conseguido hasta ahora- es la demostración de que estamos ante otra gran guerra, también mundial, aunque contra un único enemigo común tan pequeño como peligroso.

Muchos dicen que esta pandemia se puede considerar un “cisne negro”, término propuesto por Nassim Taleb para denominar los eventos impredecibles, altamente improbables y de enorme impacto. Sin embargo, no es así: la posibilidad de un virus altamente contagioso que causase una pandemia global era desde hace años un evento predecible y altamente probable, pero despreciado, lo que en términos de riesgo se ha dado en llamar un “rinoceronte gris”. Algo así como el gran terremoto de San Francisco: se sabe que ocurrirá en un futuro cercano con una alta probabilidad, y que tendrá un gran impacto, pero jamás se le ocurre a nadie incluirlo en las predicciones del año que viene.
La diferencia no es solo terminológica, sino práctica: deberíamos haber estado más preparados para esta situación. Porque ya después de la crisis del Ébola en 2014 muchos expertos avisaron de que uno de los mayores riesgos para la humanidad sería un virus altamente contagioso o una bacteria resistente a antibióticos. Lo decía en 2016, por ejemplo, el Informe del Grupo de Alto Nivel de Naciones Unidas sobre la Respuesta Mundial a las Crisis Sanitarias: “Preocupa en grado sumo al Grupo saber que la aparición de un virus de gripe altamente patógeno, que podría causar rápidamente millones de muertes y grandes trastornos sociales, económicos y políticos, no es un escenario poco probable”. Este mismo grupo recomendaba un refuerzo de sistemas de alerta temprana a nivel nacional y, a nivel mundial, un refuerzo de la Organización Mundial de la Salud para prevenir este tipo de crisis. Algo que nunca se hizo.

“La posibilidad de un virus altamente contagioso que causase una pandemia global era desde hace años un evento predecible y altamente probable, pero despreciado. Pero ya es tarde para lamentarse: lo importante ahora es frenar la pandemia, evitar más víctimas y minimizar el desastre económico”

En todo caso, ya es tarde para lamentarse y lo importante ahora es combatir la pandemia, aplanar la curva de contagios, salvar el mayor número posible de vidas y después procurar minimizar los costes económicos. Porque la COVID-19 ha supuesto, al mismo tiempo, un shock de oferta y un shock de demanda. Un shock de oferta, porque el virus se originó en China, fábrica del mundo, y produjo una interrupción de las cadenas de valor globales que después se ha ido extendiendo por todo el planeta, aunque por el momento la producción mundial no está sujeta a demasiadas tensiones (salvo en la provisión de material de protección sanitaria y equipos médicos, debido al exceso de demanda). Pero también un gravísimo shock de demanda, causado en primera instancia por el confinamiento obligatorio de la población de numerosos países para evitar una propagación de la enfermedad muy superior a la capacidad de los sistemas sanitarios nacionales para atenderla. El consumo se ha hundido, en especial el de servicios (muy vinculado a la presencia física), y tardará en recuperarse; la inversión también se ha paralizado por la incertidumbre. La recuperación de ambas dependerá de tres factores: de la rapidez y determinación con la que se logre controlar la enfermedad, de la duración de las medidas de confinamiento y distanciamiento social, y del éxito de las medidas económicas para evitar que las rupturas temporales de la oferta se transformen en rupturas permanentes.

“La Comisión y el Banco Central Europeo han estado a la altura del desafío, proporcionando medios y aligerando el riesgo financiero del ingente colchón económico que los Estados miembros están obligados a asumir, pero el Consejo Europeo sigue bloqueado por unos pocos países alérgicos a la mutualización de riesgos”

El primer factor, la rapidez y determinación con la que se logre controlar la enfermedad, tiene un gran componente económico: es preciso conseguir material médico de protección (sobre todo para el personal sanitario, como mascarillas, trajes y guantes), material de diagnóstico (tests rápidos de detección del virus y tests de detección de anticuerpos para delimitar la población segura que puede reincorporarse a su actividad habitual), equipamiento tecnológico de seguimiento (para permitir el rastreo de enfermos y las personas cercanas), equipamiento de tratamiento de las complicaciones de la neumonía (fundamentalmente respiradores, en especial los más sofisticados, cuya producción masiva es especialmente compleja) y productos farmacéuticos (antivirales y vacunas, llegado el momento). A ello se une, por supuesto, los recursos humanos disponibles (médicos, enfermeras, celadores y otro personal sanitario). En muchos de estos aspectos, la crisis ha puesto de manifiesto que la gestión descoordinada a nivel local, o incluso nacional, no siempre es óptima, y que nadie está libre de las tentaciones proteccionistas. De hecho, en los primeros días de la crisis, Alemania y Francia (y luego otros países europeos) impusieron medidas restrictivas a sus exportaciones de material sanitario que suponían una demostración de insolidaridad y un auténtico atentado al mercado único (aunque fueran estrictamente legales). Porque la idea del mercado único es precisamente que no hace falta que cada país produzca de todo porque siempre podrá comprarlo al productor europeo que sea, sin ningún tipo de restricciones. La Comisión, por suerte, consiguió convencer a estos países para suprimir estas restricciones, no solo a cambio de lanzar un aprovisionamiento adicional a nivel europeo, sino también de establecer controles a la exportación desde la Unión Europea, algo que tendrá efectos sobre la visión de Europa por parte de los países vecinos.

“Lo malo es que esta pandemia -un evento por definición de carácter global-, se ha producido en uno de los momentos de la Historia reciente en el que la cooperación internacional es más débil y la solidaridad europea más frágil. La Unión Europea será juzgada con dureza por los ciudadanos si los Estados miembros no demuestran solidaridad y unidad de acción en esta encrucijada”

Lo malo es que esta pandemia -un evento por definición de carácter global-, se ha producido en uno de los momentos de la Historia reciente en el que la cooperación internacional es más débil y la solidaridad europea más frágil. Eso sí, por lo menos parece que hemos aprendido que no se puede permitir que los problemas de las finanzas de un país pongan en riesgo toda la eurozona, y hay que alabar la conducta del Banco Central Europeo, quien, tras unas torpes declaraciones de su presidenta (en las que expresó la necesidad de usar algo más que la política monetaria), ha estado a la altura de lo que se esperaba, ofreciendo no solo la posibilidad de comprar deuda soberana de los Estados miembros que lo necesiten, sino en la cuantía en la que haga falta (revisando, si fuera preciso, el máximo del 33% por país establecido hace unos años) y por el tiempo necesario (como mínimo hasta fin de año). Eso, unido a la decisión de la Comisión -refrendada por el Consejo- de permitir rebasar las restricciones de déficit y deuda nacionales establecidas en el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, permite un ligero respiro para la resolución de la crisis.
Pero solo un respiro. El colchón que ha establecido el Banco Central Europeo facilita que los Estados miembros gasten y se endeuden en la cuantía necesaria para luchar contra el virus, pero a cambio de un fuerte crecimiento de la deuda que, aunque no dé miedo a los mercados, siempre habrá que devolver. Por eso, desde numerosas instancias se ha demandado al Consejo Europeo la posibilidad de contemplar de una vez por todas la posibilidad de mutualizar los riesgos permitiendo la emisión de bonos europeos, eurobonos o coronabonos (quizás aprovechando la capacidad del Mecanismo Europeo de Estabilidad para emitir, pero sin exigir concesionalidad o limitándola a la asunción de determinados gastos). Es la hora de los símbolos de unidad. O ahora, o nunca.
Aunque no será fácil, ya que algunos Estados miembros se oponen (principalmente, Alemania y Holanda), quizás porque no quieren sentar un precedente que ellos consideran peligroso, quizás porque creen que con sus abultados superávits fiscales serán capaces de hacer frente en solitario a las consecuencias económicas de la crisis, o quizás porque, una vez más, son incapaces de salirse del marco mental de la fábula de la cigarra y la hormiga.

“La crisis económica será más o menos grave en función de la duración de las restricciones a la movilidad y la eficacia de los recursos destinados a combatir la pandemia y recuperar la economía. Préstamos y avales o diferimiento de impuestos solo serán útiles para las empresas si la recuperación de los ingresos no tarda mucho”

Sería injusto, sin embargo, decir que la Unión Europea no ha hecho un gran esfuerzo para apoyar a los Estados miembros en su lucha contra el coronavirus. La Comisión Europea ha activado fondos estructurales no gastados, ha anunciado garantías a empresas a través del Fondo Europeo de Inversiones, ha lanzado un programa de adquisición conjunta de equipos médicos esenciales, ha aportado fondos del programa de investigación Horizon 2020 para la investigación en una nueva vacuna y ha prometido actuar junto con las autoridades nacionales de protección al consumidor para investigar cualquier intento de inflar artificialmente precios de productos como mascarillas y geles desinfectantes. También ha facilitado el gasto de los Estados miembros, relajando temporalmente las normas de ayudas de Estado para que los gobiernos puedan salvar a sus empresas.
Pero no debemos hacernos ilusiones: como ha ocurrido en otras crisis, el juicio a la Unión Europea por parte de los ciudadanos no vendrá dado por aquellas instituciones que han estado a la altura, o incluso más allá (como el Banco Central Europeo, que ha tomado las medidas oportunas diciendo que estaban “dentro de su mandato” sin esperar a comprobarlo), sino por aquéllas que han fallado. Dicho de otra forma: si el Eurogrupo y los miembros del Consejo Europeo no son capaces de mostrar una mínima solidaridad entre Estados miembros, será el conjunto de la Unión Europea quien reciba el castigo político ciudadano. Si en la crisis del 2008 el reparto de culpas fue bastante injusto, en esta crisis es simplemente improcedente: aquí la falta de solidaridad entre Estados miembros no se entendería, y estaría reflejando un problema europeo no ya coyuntural, sino decididamente estructural.
Mientras, todos los países -europeos y no europeos- están adoptando fuertes medidas nacionales para evitar una debacle económica, en general centradas en préstamos, avales y tomas de participación en el capital de empresas, diferimientos de algunas obligaciones con la Administración (moratorias impositivas) o entre particulares (moratoria de alquileres) o incluso sostenimiento de rentas salariales (como en el caso del Reino Unido). Préstamos y avales son sin duda condición necesaria para el mantenimiento del crédito y la financiación del circulante, pero no suficiente para el mantenimiento de los negocios, ya que muchas empresas no solo se enfrentan a una demanda diferida (por ejemplo, la compra de un automóvil), sino a un lucro cesante (la pérdida de la temporada turística, que no será compensada por ningún efecto rebote más adelante). Y esto es importante, porque del establecimiento de medidas adecuadas depende en gran medida que la inevitable recesión posterior a la crisis del coronavirus sea temporal y no deje cicatrices permanentes en el tejido productivo.

“Es pronto para saber qué ocurrirá, sobre todo porque la pandemia pronto alcanzará a África y Latinoamérica. No sabemos aún si la Unión Europea será capaz de reaccionar o se sumirá en una progresiva irrelevancia como bloque”

Aún es pronto para evaluar los efectos a medio plazo de esta pandemia. No sabemos aún si la Unión Europea, como bloque, será capaz de reaccionar o se sumirá en una progresiva irrelevancia como bloque. Es muy probable que la crisis tenga un gran impacto social, económico y político en Estados Unidos, y eventos que hasta hace poco se consideraban probables (resultado de elecciones en Estados Unidos, Brexit) pueden cambiar en cualquier momento. No olvidemos, tampoco, que la pandemia terminará llegando a los países emergentes y en desarrollo de Latinoamérica y África, generalmente con sistemas sanitarios mucho menos desarrollados.
A nivel geopolítico, sería prematuro aventurar que China se alzará, tras esta crisis, como la gran potencia emergente, por mucho que haya desplegado una generosa campaña de solidaridad con Europa. Es posible, en todo caso, que la globalización tal y como hoy la entendemos, cambie para siempre, entre otras cosas por una revisión de las necesidades de autosuficiencia en productos básicos o material sanitario.
Abba Eban dijo una vez que los hombres y las naciones se comportan sabiamente cuando han agotado todas las demás posibilidades. Esperemos que, antes de que eso ocurra, Europa y el resto de la comunidad internacional sean capaces de darse cuenta que muchos de los problemas de este siglo, para bien y para mal, no son abarcables a nivel de Estado-nación, y que solo una renovada cooperación internacional podrá mantener la esperanza de los ciudadanos en un futuro mejor.

Palabras clave: COVID-19, Comunidad internacional, Cooperación, Coronavirus, Unión Europea.

Keywords: COVID-19, International community, Cooperation, Coronavirus, European Union.

 

Resumen

El COVID-19 ha conseguido detener el mundo en un mundo globalizado pero frágil. Abba Eban dijo una vez que los hombres y las naciones se comportan sabiamente cuando han agotado todas las demás posibilidades. Esperemos que, antes de que eso ocurra, Europa y el resto de la comunidad internacional sean capaces de darse cuenta que muchos de los problemas de este siglo, para bien y para mal, no son abarcables a nivel de Estado-nación, y que solo una renovada cooperación internacional podrá mantener la esperanza de los ciudadanos en un futuro mejor.

Abstract

COVID-19 has brought a globalised but fragile world to a halt. Abba Eban once said that men and nations behave wisely once they have exhausted all other alternatives. Hopefully, before that happens, Europe and the rest of the international community will realise that for better and for worse, many of the problems of this century cannot be addressed at the level of the nation-state, and that only renewed international cooperation will be able to maintain citizens' hope for a better future.

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