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Así no se puede trabajar ...

Más de dos años después de constituirse el último Consejo, los notarios de toda España nos vimos honrados, el 18 de abril pasado, con un anónimo titulado “Informe de gestión del Consejo General del Notariado”, remitido a nuestros despachos por correo electrónico ordinario (por si acaso, claro, que ya se sabe lo que pasa con el corporativo). No cabe duda de que dicho documento constituye, tal como seguramente pretendía el remitente, una perfecta radiografía de la actual cúpula gestora de los intereses del Notariado español. Y si nos atrevemos afirmar tal cosa, siempre con el debido respeto, es porque la mayoría del Consejo lo terminó por aprobar (aunque es cierto que a posteriori y un poquito a la fuerza, tal como se aprueban los facta praeterita, porque cualquiera se atreve a decir que a quizá le debían haber consultado...). El informe propiamente dicho viene precedido por una frase gloriosa cuya lectura exonera de leer ni una más, y dice así: “Pero para comprender y enjuiciar la actual situación de la Corporación notarial es necesario detenerse, aunque sea brevemente, en el acto de constitución del Consejo”.
Analicemos detenidamente el aserto, aplicando a su interpretación las técnicas preconizadas por la moderna hermenéutica. La primera palabra -“Pero” (conjunción adversativa con que a un concepto se contrapone otro diverso) viene a significar algo así como: ya sabemos que lo que sigue no es muy convincente, pero es que existen circunstancias atenuantes, no nos vayamos a precipitar en el juicio, por favor, maticemos un poquito el cabreo, que no es culpa nuestra. De ahí se sigue la procedencia de la utilización acto seguido de los verbos “comprender” y “enjuiciar”, que como todo el mundo sabe, son términos que contienen una invocación a la calma, a la reflexión, a no dejarse llevar por esa irritación fruto de la pasión momentánea: las apariencias engañan. A continuación se menciona lo que podría dar lugar a esa reacción precipitada e irracional: “la actual situación de la corporación notarial” -confesando de manera implícita que su mera apariencia no parece muy boyante- pero terminando inmediatamente, de forma contundente y casi sin dar respiro al lector, con el origen (ajeno, claro está) de todos los males: “el acto de constitución del Consejo”.
Uno podría imaginar que en el acto de constitución del Consejo habría acontecido un suceso espantoso, aterrador, algo así como un abducción alienígena del intelecto de la actual mayoría gobernante, y... ¡efectivamente!, el apartado siguiente se encarga de aclararlo: la explicación radica en que el candidato derrotado afirmó, después de pedir el voto a los decanos concurrentes que, “si no gano, os vais a enterar”, cumpliendo acto seguido su amenaza con un celo y eficacia –pues nadie puede dudar de que la actual situación de la corporación notarial sea obra suya- que ya quisiera el Conde de Montecristo.
Verdaderamente, a la vista de dicha revelación cobra todo su sentido la frase de marras. Es cierto que cualificados testigos se han atrevido a afirmar en público que tal acontecimiento no existió, que es totalmente falso, pero eso es lo de menos. El simple hecho de que circule como leyenda (con total independencia de que nadie en sus cabales pueda creerla) es más que suficiente para justificar cualquier actuación (o dejación) ulterior. Y es que –tienen razón, caramba- así no se puede trabajar....

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